Desde Argentina: 8 de Aborto, las pibas arriba

publicado originalmente en La Brújula de Nexos

 

Buenos Aires, 8A. A las tres de la tarde, mi amiga B. envía un mensaje desde la marcha: “Uuuh llueve”.

Es agosto. Invierno austral. Lunes y martes, y durante el fin de semana, tuvimos días lindos, soleados, menos húmedos que otros. Pero hoy llueve.

“Ni el cielo se quiso poner celeste”, dirá otra amiga mía, A., más tarde.

Estoy trabajando y todavía no puedo desplazarme a Congreso. Ayer, por Whatsapp, circuló un mensaje:

IMPORTANTE 8A

El inicio de la sesión será mañana 8 de agosto a las 9.30 a.m, antes de lo previsto. Por lo tanto la votación se adelanta. Está circulando que se votará alrededor de las 18 hs con lo cual es muy importante reforzar la mañana y la tarde, pero estar preparadxs en caso de que se extienda como en diputadxs. Tenemos que ser millones!

Avisar a todes les compas.

Cuando fue la primera sanción en la cámara de diputados en junio pasado, el resultado de la votación se dio a conocer casi 22 horas después de iniciada la sesión, a las diez de la mañana del miércoles 14 de junio. Había entrado el invierno ya, con temperaturas que rozaban los cero grados. Pero una buena parte de las doscientas mil asistentes hicieron vigilia toda la noche en las avenidas y calles aledañas a Congreso, acampando sobre la plaza renovada, único espacio verde de la zona; a lo largo de avenida Callao hasta Corrientes, y de Rivadavia, colmando las calles y rincones y esquinas de ese barrio que se conoce y nombra por el Congreso mismo, pero que técnicamente sería Monserrat, o Balvanera, dentro del cuadro central de la ciudad de Buenos Aires. Un sector donde, cada noche, pernoctan cientos de personas en situación de calle. Allí es donde esta vez, donde muchas otras veces, se concentran los cuerpos. No: las cuerpas. Las cuerpas femeninas.

Pero hoy sabemos que la sesión de Senado, y por ende el día mismo, se extenderá más de la cuenta. El resultado no saldrá a las seis de la tarde, como dicen. Y el día de hoy no hay indecisos.

En ese grupo de Whatsapp, donde somos amigos migrantes, B. (quien llegó de Caracas hace siete años, y milita como feminista en Buenos Aires) nos manda una foto. “Tan patrios, tan buenos, tan cristianos”. En la foto aparecen, en la esquina de Callao y Lavalle, dos mujeres (rubias, de unos cuarenta años, bien vestidas) con los pañuelos celestes. Al fondo, un hombre ondea la bandera de Argentina (ah: celeste). Son las cuatro o cinco de la tarde; la luz es gris y la lluvia, muy fina. Desde ayer circulan también planos con la ubicación de cada bando. Hay un lado que es del mal. Son las celestes. Y para ellas son las pibas del pañuelo verde. Miles de ellas, por cierto, estuvieron en el último Encuentro Nacional de Mujeres (ENM), que en octubre de 2017 se realizó en Resistencia, Chaco, y en dos meses será en Chubut. Un encuentro autónomo y autogestionado que, desde 1986, se organiza para debatir política y feminismo.

A las 18:58, cuando ya ha anochecido por completo, B. envía otros mensajes:

“Va ganando el no la puta madre”

“Para mí no pasa chicos”

Un mensaje de voz: “Ahora en Canal 5 Noticias estaban analizando los votos y, en los senadores menores de cincuenta años, gana el sí; en los que son mayores de cincuenta, gana el no. Para mí de verdad no pasa, no pasa hoy. Pero bah, si no es hoy, será el año que viene, y sino el otro, y sino es esta cámara de senadores será en el 2024… Y ahí veremos”.

Desánimo.

En este pequeño grupo de Whatsapp (somos cuatro), J., otra amiga, mexicana, monitorea las noticias desde casa, donde trabaja y cuida a su niña de dos años.

“Agh, las sandeces que dice Claudio Poggi! Que sí hay muchas muertes por aborto clandestino y la madre, pero que si aprueban la ley pasan por encima de la autonomía de las provincias”. Poggi fue gobernador de la provincia de San Luis. Cristiano.

Otras barbaridades dichas durante la sesión por miembros del Senado:

José Mayans, senador por la provincia de Formosa: “Imagínense que la madre de Vivaldi le hubiera negado el derecho a la existencia. O la de Mozart, o la de DaVinci, o la de Miguel Ángel. Yo le agradezco a mi madre que no me negó el derecho a la existencia”.

Por su parte, Cristina del Carmen López Valverde, senadora de la provincia de San Juan, confiesa que no tuvo tiempo de leer el proyecto y, por lo tanto, votará en contra.

Rodolfo Urtubey, peronista y salteño, dice algunas frases monstruosas:

“La violación está clara en su formulación, aunque yo creo, señora presidenta,* que hay que ver aquellos casos que no tienen la configuración clásica de la violencia a la mujer, sino que a veces la violación es un acto no voluntario hacia una persona que tiene una inferioridad absoluta de poder frente al abusador, por ejemplo, en el abuso intrafamiliar, donde no se puede hablar de violencia pero tampoco se puede hablar de consentimiento”.

*La presidenta de la cámara de senado es Gabriela Michetti, vicepresidenta de Argentina, que ha expresado en numerosas ocasiones su rechazo al aborto legal.

El 5 de agosto pasado, en Santiago del Estero, Liliana Herrero murió por una septicemia a causa de un aborto clandestino. Tenía 22 años. La extirparon el útero, desde donde la infección había avanzado a otras partes. Pero no se salvó. Dejó dos niñas huérfanas menores de cinco años. Liliana vivía en Las Lomitas, una zona rural del partido de Loreto. Hace algunos años había perdido a su hermana Mirna por el mismo motivo. Aborto clandestino. Un aborto que muy frecuentemente se efectúa por mano propia. El anuncio que Amnistía Internacional Argentina pagó en el New York Times, donde figura un gancho de ropa en primer plano, señala una realidad concreta.

Que sea ley

Finalmente es hora de acudir a Congreso, pasadas las nueve de la noche. Me subo al subte, línea B: atestada. En las estaciones Pellegrini y Uruguay entran las pibas con pañuelos verdes, llenas de glitter verde, el pelo empapado. Cantan consignas. “Somos las nietas de las brujas que no pudiste quemar”. En Callao, donde intento bajarme, el vagón colapsa: nadie entra, nadie sale. Gritos, un vidrio que se rompe. Parece que alguien intentó entrar por la ventana. Por fin logro bajarme en Pasteur. Y a esa altura Corrientes ya está cerrado y la marea verde es, todavía, una pleamar. Hace mucho frío. Mucho, mucho. Y llueve, una lluvia helada que cae a pleno.

Caminar desde ahí hasta Callao y Bartolomé Mitre, donde quedé de encontrarme con A., es una proeza. Jóvenes, casi todas. Pero también mujeres mayores, y niñas. Y muchachos. Maquillaje verde, verdísimo, en párpados, labios, mejillas, en forma de bindis, en gorritos, en bufandas, en abrigos, en paraguas. Tamboras que retumban. Parrillas callejeras que no se dan abasto vendiendo choripanes, panchos (hot dogs), hamburguesas. Vendedores de café, y de cerveza. Pero es invierno, el alcohol de la época es el vino, preferentemente tinto. Las grupas se pasan la botella abierta. Y el mate humeante. Y a veces algún porro.

En las redes sociales causa furor la intervención de Fernando “Pino” Solanas (porteño, también cineasta, 82 años), el único que argumentó que el goce es un derecho humano fundamental. Horas después, escribiría en su cuenta de Twitter: “A los 16 me enamoré profundamente. Ella quedó embarazada. Al tiempo desapareció. Perseguida por el miedo a la represión social terminó haciéndose un aborto clandestino. Casi muere de una infección. Lo viví, viví el pánico de esa chica. Yo no quiero una juventud con pánico #SeráLey”.

Todas las cafeterías, los bares, las pizzerías de la zona están copados. B. consiguió lugar para cenar en un restaurante de Lavalle, el Roma. Las atiende un mozo de unos cincuenta años. “¿Es ley o no es ley?”, les pregunta antes de servirlas. Y saca de su mandil el pañuelo verde.

La intervención más esperada es la de Cristina Fernández de Kirchner, que recién habla pasada la 1 de la mañana. Su discurso queda a deber a muchas feministas, incluso a las “cristinistas”, que lo encuentran oportunista. Otras aplauden el viraje. Es católica, nunca estuvo de acuerdo con el aborto. Pero ha cambiado de opinión, no por su hija, militante feminista, aclaró, sino por “las miles de chicas que se volcaron a la calle”. Recuerda a los senadores que están rechazando un proyecto sin proponer nada alternativo. En un grupo de militancia de Facebook una compañera cuenta que la escucharon “calentitas” en un bar, y que cada que Cristina decía palabras como feminismo, deconstruirse, patriarcado, todas gritaban.

“Miren, si yo tuviera la certeza de que votando negativamente no hay más abortos en la República Argentina, no tendría ninguna duda en levantar la mano. El problema es que van a seguir efectuándose”. Y votó a favor.

Hace mucho frío y no para de llover, tenemos hasta los huesos empapados. En la parada del colectivo, A. se quita el pañuelo, pues muchas celestes van para su rumbo (Belgrano, Cabañitas, Olivos). Ya Anfibia ha reportado quiénes están detrás de los pañuelos celestes (organizaciones sin fines de lucro inspiradas en modelos de la derecha estadounidense, y la Iglesia), así como los actos de violencia que las pibas de los pañuelos verdes han sufrido debido a su militancia.

En casa me duermo casi una hora, para despertar ante el no. Cerca de las 3 de la mañana, Michetti explica a senadores cómo se vota, visiblemente fastidiada, y cuando aparece el funesto 31-38, da por terminada la sesión y el micrófono abierto alcanza a registrar un “vamos todavía, vamos”.

El mundo entero miró y los dinosaurios votaron que no. Rechazaron el aborto legal seguro y gratuito en hospitales. Rechazaron salvar vidas: la de Liliana Herrera, la de Ana María Acevedo, la de María Campos, las de quienes ahora están vivas y morirán por un aborto clandestino.

El sentimiento es de fracaso y enojo.

Hay hasta quien culpa a Mercurio retrógrado.

Si no es ahora será mañana. El próximo año. O el que sigue. O el que sigue. Hasta que sea ley.

El eco de la bronca al día siguiente

M., una compañera del posgrado, envía al grupo de chat un post de la filósofa y activista Virginia Cano, donde confiesa el deseo de instalarse en el resentimiento, “en la mala onda de las gordas y en lo aguafiestas de les tortilleras, porque lo de anoche en el senado fue una reverenda mierda y no tenemos por qué poner cara de que aquí no ha pasado nada, o de que esto no es tan tremendo”.

“Voy a sentir los ecos de la bronca y el enojo y la tristeza y la frustración y la sensación de que ayer, en el senado, se hizo todo menos justicia”.

Y concluye que ya es ley. Se legalizó en la calle. En la región. Réplicas, algunas más numerosas que otras, pero potentes igual, por ejemplo en Costa Rica, Bolivia, Ecuador, Paraguay, como lo reportó Distintas Latitudes. En Ciudad de México, una nutrida marcha del Monumento a la Madre al Hemiciclo de Juárez. En Querétaro, ciudad conservadora y religiosa del Bajío, donde viví siete años sin atestiguar algo parecido, una concentración denominada Pañuelazo Querétaro en el monumento a La Corregidora, convocado por el colectivo Tejer Comunidad.

Ésta es una carrera de duración. De persistencia. Las pibas de verde son demasiadas, cantan, sufren y se abrazan bajo la lluvia, y en sus redes sociales, y en la calle aunque les griten asesinas. El verde, en América Latina, se intensifica. Un color de algo orgánico y que crece. Porque tanta muerte, tanta violencia, tanto dogma inútil, tanta incompetencia gubernamental, enoja mucho. Encabrona. Pero el enojo tiene una ventaja: fertiliza.

 

 

18 de diciembre, tarde

Me pasó algo hermoso. Facebook reserva una bandeja de entrada diferente, y oculta, para los mensajes de personas que no son tus ‘amigos’. Acabo de darle click sin querer. Y entonces algo de hace tres meses:

Hi Lilian,
My name is Peter. I met you a few years ago on a wine tour in Argentina. You left early the next morning from the hostel and left me a note that you had to leave early for Santiago.
I recently moved and went through a lot of old papers of which I found the note from you. So I thought I’d say hi.

(aquí me cuenta de qué va su vida y otros detalles personales)

I still think of you when I hear the spanish word «lado» because you taught me what it meant on that bus tour.
If you’re ever «estado lado» look me up.
Regards,
Peter
PS Dora! is my Hollywood name. It was a joke that stuck 30 years ago.
Firma: Dora Exclamationpoint

Al leerlo me encontraba cocinando una receta que «aprendí» (vi cómo cocinaban) en el sórdido hostal de Cartagena. Esa vez quizá tenía demasiada hambre, pero mientras veía a las señoras cortando el cebollín y las zanahorias, vertiendo el jitomate de las sardinas en el arroz, la boca se me hacía cataratas. No lo probé y no he conseguido a la fecha el sabor que yo imagino que tenía. Es una receta elusiva. Cuando fuimos al tour de vinos acababa de intentar cocinarlo por segunda vez y compartí con Peter un tupper del arroz rojísimo, picante y oloroso en el camioncito que nos llevó al primer viñedo.

Escribí de él. Lo otro que recuerdas más de los viajes es las personas que conoces durante ellos. Atesoro las caras, insisto en fijarlas en mi mente. Me enternecí tanto al comprobar que Peter conserva esos recuerdos, que fui fijada también. No hubo un lazo fuerte: nos vimos durante un solo día, no hubo atracción ni comunión de almas, pero en el día que compartimos existió un intento honesto y alegre por tender un puente con otro ser humano. Lo conocí en el hostal de Mendoza: una tarde volví a cambiarme y encontré que había nuevo inquilino en el dormitorio. Eran más de las dos y el cuarto recién limpiado estaba vacío excepto por un bulto en la parte superior de una litera. Tenía su mochila abierta, sus botas de minero algo percudidas tiradas como al aventón, una pequeña torre de desorden alrededor de su espacio. De las sábanas emergía el pelo rubio y escaso. ¿Qué haría un gringo de esa edad en un hostal barato de una ciudad bonita pero medianamente turística en el norte de Argentina? Me pareció, por la escena, que era un viajero. Roncaba tan fuerte que se notaba que estaba cansado, físicamente agotado. O pasa. Viajas y un día, el día que llegas a una ciudad nueva, simplemente no tienes ánimos para salir. ¿Dónde leí eso de que al viajar uno siempre considera «su casa» el hotel donde se esté quedando? Tal vez Peter necesitaba la casa provisional que es un hostal, cuyo funcionamiento brinda la ilusión de un refugio seguro y familiar.

Ese día, mi penúltimo en Argentina antes de cruzar a Chile, estuve caminando por toda la ciudad, cuya extensión y ciertos aspectos me recordaron a Querétaro. Me despedía de todo: de las marcas, de los billetes y monedas, de los mismos comerciales de Claro y los productos para el pelo con información conjugada a la argentina, de la cotidianidad que un país te impone cuando lo habitas un tiempo. Vagué sin mucho rumbo de algún parque a una glorieta larga y despejada, me paseé por un súper como de interés social, de pasillos anchos. Fui a un cineteatro. Me gustaba mucho entrar al cine en Sudamérica, me gustaba seguir viendo películas de la cartelera y no abandonar el hábito, y además me gustaba conocer los cines de allá, los de barrio y los de cadena, y los cineclubs como ese, otra similitud con Querétaro: un teatro convertido en cine. Vi Up in the air y lloré mucho. Volví al hostal y me encontré con Peter por la noche y hablamos un rato; le dije que pensaba hacer el tour por los viñedos mendocinos y como que se interesó, sin tanto entusiasmo. Al día siguiente, más recuperado, decidió unirse de último momento.

Hablamos un montón. Recorriendo los viñedos, en la carretera, en las catas de vino y aceite de oliva, hambreados ambos porque sólo desayunamos mi arroz horrible y durante todo el día no comimos más que panecitos con jitomates deshidratados y mordiscos de uvas. Al volver a la ciudad caminamos un poco por el centro, alrededor de la plaza Independencia que no estaba lejos del hostal y luego por una larga avenida peatonal con árboles, bares y restaurantes, bonita y llena de vida. Nos sentamos en una parrilla con mesas al aire libre y comimos carne, unos enormes pedazos de carne que eran gloriosos con el hambre, el vino y el buen clima. Y platicamos. Fue una charla muy agradable y honesta, tal como escribí en el post de entonces: entre un gringo demócrata y una mexicana de tendencia a la izquierda, con todas nuestras diferencias y puntos de encuentro, en un diálogo que por más políticamente correcto no dejaba de ser verdadero. Peter tenía gestos dulces y calmos, hablaba con lentitud, era súper californiano: un laid-back dude, pues. Al día siguiente yo iba tomar el autobús de la mañana para Santiago, el que va cortando los Andes en curvas demoniacas y paisajes sobrecogedores. Me levanté muy temprano y él seguía durmiendo; como sabía que ya no lo vería, arranqué una hoja de mi cuaderno, le puse que me dio gusto conocerlo y le dejé mi correo, pensando que jamás me escribiría.

Me parece lindo, y mejor, que me escriba ahora. Ahora sí se puede decir de todo eso que fue «hace unos años». Lentamente queda en el pasado y se vuelve más fácil verlo. La semana pasada me llegó de Buenos Aires un regalo de enorme valor y significado. El intento por fijarnos nos lleva a escribirnos religiosamente, a ser confidentes. Edificamos con cada larguísimo mail un puente distinto. El día que vea a Alén en la cara de nuevo, no sé cómo vamos a hablar, no sé cómo platicaríamos, no me acuerdo ahora ni de su voz. Será descubrir algo diferente.

Ojalá en el futuro se repitan los milagros de recuperar personas momentáneamente.

 

Del regalo:
Cuentos reunidos de Felisberto Hernández, una edición bonita con prólogo de «Elvio Gandolfo, pionero de la ciencia ficción en Argentina». Se me recomienda empezar con «La casa inundada». El otro es un «alarde de bibliófilo»: la primera edición de Cuentos droláticos de Balzac, ilustrados por Albert Robida, del que «cabe agregar que fue el primer ilustrador de ciencia ficción» y cuyos grabados «están hechos al acero, con las planchas originales». Que ojalá me guste (*ñoño se desmaya*). Venían además postales encontradas en libros de viejo, como toda la serie de viajes enviada al matrimonio formado por Óscar y Lilián del 4776 de la avenida Libertador, de 1984 a 1988. Y muchos dulces hipotéticos que jamás llegaron porque en DHL son unos fachos (*robado de mi propio Facebook*).

La muzzarella

Esto, de Casciari, para variar.

Me recordó las pizzas de “muzzarella” (con u, como lo pronuncian los argentinos) de Buenos Aires. Pizzas simples con salsa de jitomate, cubiertas de queso. De olor profundo, casi ácido. Suaves y calientes y chorreantes y grasosas. Exquisitas.

Ya no me gusta la pizza. Se me fue el encanto. Creo que el gusto por la pizza es algo muy básico de la niñez y la adolescencia, porque simboliza todo lo que es bueno y simple. Y no es que me haya hecho más compleja o más complicada, es sólo que comí toda la pizza que podía comer. Abusé de lo bueno y lo simple. Ya no la encuentro deliciosa, ya no me entusiasma pedirla a domicilio, ya no se me antoja como antes (el famoso craving for). Pero no tajantemente. A veces la como con gusto, sobre todo si es de horno de piedra o de base delgada y crocante, casera como las que hace Carlita. La que es grasosa y gruesa y abusa de ingredientes no me pasa.

Pero sigo. La pizza argentina es deliciosa. Nunca he ido a Italia, no sé cómo sea la pizza italiana, aunque mis fuentes dicen que tampoco es la gran cosa. Con muchas hierbas, parece. La argentina, al menos, es tan única, tan de ellos. Y no sé si es porque fui en verano y todo era húmedo, caliente, cargado con una vibra como de vacaciones, como de tiempo libre, como de puerto turístico, no lo sé. Tampoco si fue porque viví muchas cosas, tantas que no he contado, en Colombia y Venezuela, y apenas llegaba de allá, con todo aún dando vueltas en la cabeza. Si era como un descanso y un comienzo. Si es porque era la mítica Buenos Aires, esa ciudad tan hermosa en la punta del mundo de la que tanto han escrito. Que es en tantos sentidos como una persona, con todos sus rasgos de carácter adorables y contradictorios, un personaje más de todas las historias que alberga. Donde te verán caer, porque es la ciudad de la furia. Porque es pequeña (comparada con el DF). Caminable. Parques, pasto, insectos, el río de la Plata, los cientos de cafés con baños invariablemente sucios y meseras sonrientes de dentaduras chuecas y un metro -subte- angosto, oscuro y viejo; viejo como la ciudad. Porque siempre acompañaba la pizza (la muzza, como la llaman cuando entran a una pizzería con prisas y la piden para llevar) con vino tinto corriente, corrientísimo, servido en un vaso de vidrio. Fui feliz. En esos breves momentos en que comí la pizza y bebí mi vino, y la ciudad se me mostró cálida, welcoming (¿cuál sería el equivalente en español de esta palabra? A veces el inglés es más preciso). Pero también fui desdichada, como siempre, porque así soy. Depresiva por default. Y también me sentí sola, increíblemente sola, sentada en un restaurantito de la avenida Corrientes, que es como un Insurgentes venido a más, la otrora “Broadway de Buenos Aires”, plagada de teatros comerciales y tiendas de ropa de mala calidad. Sentada ahí, pues, esperando mi milanesa a la napolitana con mi vinito tinto corriente, porque era tan barato y tan normal pedirlo que no iba a desaprovechar la oportunidad de hacerlo. Ni de desayunar medialunas y café con leche siempre, en cafeterías igualmente tristes en esa misma avenida -que recorrí entera, porque ahí mismo me hospedaba.

Todo lo describo torpemente, porque es de madrugada (y eso es una excusa fácil). Pero así recuerdo Buenos Aires. Nunca me sentí doblegada, ajena, extranjera. Ni por mi acento, porque incluso los demás lo encontraban lindo. Al contrario: sentí que la ciudad me acogió, que se permitió tocar, vaya, como una virgen decidida a entregarse. Sólo que Buenos Aires no es una virgen, es en todo caso una puta con un corazón muy puro. Una puta con clase. Siempre se te entrega, no importa de dónde vengas y con qué intenciones.

Corrientes con Pueyrredón. La foto es de Roberto Fiadone.

123

1. Me acuerdo una vez, hace mucho tiempo, que me quedé dormida en el sillón viendo televisión. En la madrugada bajó mi mamá las escaleras y me encontró hecha ovillo frente a la tele prendida. «¿Por qué no te vas a acostar?», me preguntó, y yo abrí los ojos y la vi en el pasillo, y por un segundo no entendí de qué me hablaba; aún me encontraba en la duermevela, en ese estado donde no se entiende bien a bien qué está pasando, y mi cerebro no lograba comprender gran cosa. La veía pero no sabía quién era, sino hasta que me incorporé, la vi mejor y le dije «ya voy», y al decirlo tuve la sensación de que no conocía en lo absoluto a esa persona que me miraba, y que esa persona tampoco me conocía a mí.
Sentí miedo.
¿Cómo podría no conocer a mi mamá? ¿Cómo podría parecerme una desconocida en ese momento? A partir de entonces me sentí en otra parte, en un lugar más bien nebuloso donde no soy parte de nada y soy incapaz de reconocer las caras de las personas que he visto toda mi vida. A veces todavía, cuando charlo con ella y le tengo tanta confianza y siento que no hay mujer a la que quiera más en la vida, recuerdo que hubo un segundo en el que me pareció una absoluta desconocida, como si hubiera sido abducida por los extraterrestres, me hubieran borrado la memoria, y me hubieran insertado en la casa de una familia desconocida, a la que no hubiera visto nunca.
Es horrible.
Siempre tengo esas pesadillas donde soy Nicolas Cage en Padre de Familia, y en una realidad alterna despierto como parte integral de una familia que no conozco y tengo que fingir que soy «el papá», que sé dónde está la repisa de las medicinas, dónde guardan las toallas y cómo se toma el café en esa casa.
Es, se los digo, horrible.

2. Cuando estaba en Buenos Aires fui al MALBA a ver una exposición de Andy Warhol que iba a cerrar en unas semanas. La primera vez que pasé, mientras hacía mi recorrido por la Recoleta con Nicolás, el chileno del que he hablado antes, había una fila enorme que me hizo renunciar a entrar ese día. Fui después, un miércoles por la tarde, y la fila le daba la vuelta a la manzana. Me dije que no había tiempo y, abnegadamente, me formé.
Ya saben eso de que Buenos Aires es la capital de la moda.
Me di cuenta de que tenía frente a mí la fila más larga de fashionistas de la historia: todos los sujetos estaban en sus veintes, tenían peinados a la moda, zapatos curiosos y ropajes excéntricamente combinados. Todos hablaban con su acentito porteño y leían libros de Dostoyevsky mientras fumaban sus Lucky Strike.
De modo que me quedé paradota mientras los veía y conté porteños hipsters en la cabeza hasta que, hora y media después, fue mi turno de entrar.
Lo hice, vi las obras, me reí un poco, fui al baño, regresé, leí cosas, y me salí. Cuando iba cruzando la avenida Libertador, una muchachita me detuvo. Me preguntó si me podía sacar una foto. Puse una cara de vergüenza y confusión máximas, y cuando le iba a preguntar para qué, se adelantó y me dijo que estaba haciendo un proyecto DE MODA para su clase de no sé cuánto y que le había encantado mi atuendo y que por favor, si no me molestaba, le permitiera sacarme una foto. Así que hice mi más logrado intento de una pose (mano en la cintura, mirada al vacío) y la muchacha me sacó la foto, luego se despidió con un beso y se fue dando brinquitos hasta el MALBA.
Fui dios en ese momento.
No les puedo contar en qué consistía mi atuendo porque eso arruinaría la emoción. Sólo sé que canté una canción de los Bee Gees mientras caminaba para tomar el ómnibus (que por supuesto tomé equivocadamente y donde desde luego me humillé ante todos).

3. También me acuerdo cuando fui al pueblecito ese en Chile, Pumanque, con los universitarios católicos. Me hice amiga sobre todo de una chica llamada Valeria, que tenía una relación tormentosa con su pololo. Me gustó que fuera muy sarcástica y que no moviera un dedo para levantar vigas ni cargar ropa, así que hicimos migas ipso facto. Al día siguiente me encontré en el campamento bebiendo pisco con los sujetos mencionados, y una de las muchachas católicas de alcurnia se sentó conmigo, no me acuerdo de su nombre, pero sí que era extremadamente delgada. Me contó que el «líder» de la expedición era su pololo desde hace poco, pero que ella estaba muerta de vergüenza porque desde hacía dos días no se podía dar un baño. Luego, de la nada, empezó a hablarme en inglés. A mí me dio risa y no dije nada, pero luego noté que los chavales ricos tienen la costumbre de ponerse a hablar en inglés por ningún motivo. Mientras estaba con ella llegaron otros tres que se pusieron a charlar en el idioma de Shakespeare con un acento peor que el de Penélope Cruz y de nuevo me sentí en la dimensión desconocida, una dimensión donde no sabía si era mejor llorar o reír.
Afortunadamente, Valeria llegó y me rescató. Era tan mala leche que aún la extraño.

4. Tengo ganas de abandonarme a la actividad física extrema. Cuando era chica canalizaba mi hiperactividad con peleítas con mi primo Juan: nos aventábamos almohadas, nos dábamos de patadas o corríamos sobre el pasto hasta vomitar la comida. También me gustaba poner un cassette de Ace of Base y ponerme a bailar como desquiciada en la sala de mi casa. Esa sensación de hacer algo idiota hasta sudar para después correr por un vaso de agua a la cocina y bebértelo en treinta segundos es algo que realmente extraño. Todavía de vez en cuando me pongo a bailar como estúpida, hasta sudar de veras, pero no es lo mismo: quiero ponerme a golpear a alguien amistosamente, patear objetos y dar brincos por la calle como si me hubiera tomado una pastilla de éxtasis.
Hace poco veía Little Ashes por la única razón de que sale Rob Pattinson, quien a pesar de ser el hombre más guapo del mundo es el peor actor del mundo, y hay una escena donde él -que la hace de Salvador Dalí, por razones incomprensibles- se pone a golpear unas ramas en la playa con el güey que la hace de Federico García Lorca. Ambos se ven muy desquiciados, empujándose y cayéndose al piso y luego levantándose y arrojando cosas y tropezándose contra las olas. Me gustó tanto esa acción que no sé cómo definir… ¿Pendejear acaso? ¿Andar de hiperactivo sin rumbo? ¿Jotear? Da igual.
Tengo ganas de entrar a una casa y destrozar todo. Me sabe mejor que gritarle a la gente y esas cosas.

5. Aunque estuve cerca de eso hace ocho días, cuando fui a la feria del vino y el queso en Tequisquiapan. No sé por qué se me subieron tan rápido las botellas de vino espumoso, o el chiste ese de «vino… chileno… Maipo… merlots» (lo malo de las bromas internas es que cuando uno las quiere exteriorizar ya no funcionan igual), pero el caso es que amanecí con quemaduras de segundo grado, moretones en las piernas y una vaga sensación de haber estado tirada en el pasto mientras escuchaba a unos muchachos cantar unas canciones de un grupo que odio.

6. Quiero perderme en estos ojos:

Escuchando: Yeasayer: O.N.E.

Hoy hace un año empecé a escribir un cuentillo y me acuerdo cómo empezó todo. Conocí a un chileno en el hostal en el que me hospedaba en Buenos Aires, y el domingo 14 de febrero tomé mis cositas, hice check-out, me metí al metro, caminé unas cuadras y llegué a la casa de Esteban, el chico de Couch-Surfing que me hospedó durante casi un mes. Sin avisarle a mi nuevo amigo, claro. Luego de eso caminé entre la bruma espesa del calor bonaerense, aunque el cielo estuvo todo el día nublado y gris. Terminé en Puerto Madero, hacía mucho viento, y recorrí toda la orilla viendo los yates, las luces reflejadas en el agua, la gente sentada en las bancas, las parejas que pasaban tomadas de la mano, más discretas que las que acabo de ver en el metro, aplastadas entre su peso y el de los globos gigantescos. En algún momento me sentí inmensamente sola, así que entré a un café y me puse a escribir. Luego pedí la cuenta, salí, caminé por todo Lavalle hasta el número 477. Pregunté por él, no estaba. Di otra vuelta, sintiéndome cada vez más miserable. Durante mi robo de cartera, nadie me había apoyado tanto como ese tipo alto, barbón y de ojos bonitos, pero increíblemente insoportable. Regresé una hora después y esta vez me dejaron subir. Al verme no dijo nada, me ofreció pisco, nos sentamos a conversar, y al cabo de treinta minutos ya me había fastidiado de nuevo. Me acompañó hasta la casa de Esteban y quedamos de vernos de nuevo, cosa que pensé no prometer. Un mes después, me recibía en su departamento de Santiago.

No hubo nada romántico entre nosotros (él, claro, lo deseaba). De alguna manera, no pude dejar de recordar que hoy hace un año escribía con mis propias acciones una historia particular. Habría sido lindo tener algo más que contar al respecto, pero las cosas, si no se convierten en ficción, como decía Javier Marías en un artículo de cine que leí hace rato, es difícil que se recuerden.

Ella

Una arribista. Tomás Eloy Martínez, arrobado por la belleza etérea del cadáver de Evita Perón, escribe Santa Evita (1995) con la certeza nunca oculta de que en la búsqueda de las palabras encontrará una revelación casi divina de la mujer que, sin querer, describe como una arribista sin escrúpulos. Y, sin embargo, hermosa. Hermosa, sobre todo, después de la muerte. Pues es el cuerpo sin vida el que viaja y se apodera de la novela sin esfuerzo, el que se yergue como protagonista y amo de la trama, el que despierta pasiones y rencores: el que vive, sin desearlo, en la inmortalidad que Eloy Martínez le reserva. Santa Evita es una alegoría de la Historia: aquella más bella y romántica por ser ficticia y mentira, la emocionante por su coquetería con lo imposible y lo prodigioso. Y atrapa: de pronto, entre las líneas meticulosamente construidas con precisión periodística, surge la figura nítida de lo que el lector podrá considerar, en lo sucesivo, Historia prohibida pero verosímil. Y real, indudablemente real.

¿Quién fue Evita? ¿Cómo explicar el mito? Tomás Eloy Martínez, abrumado por las posibilidades, decide lanzarse al ruedo y buscar un cadáver que no le pertenece (que nunca pudo haber sido suyo) a través de historias que pecan de creíbles por lo increíbles. Nunca lo niega: “la realidad no resucita, nace de otro modo, se transfigura, se reinventa a sí misma en las novelas”[1]. Durante el texto entero, Eloy Martínez no deja de insinuar que lo suyo no es más que una sarta de mentiras acomodadas muy hábilmente entre verdades innegables. Y por eso su propuesta de la leyenda resulta tan magnética: es más romántica, más seductora, más misteriosa y dotada además de una carga de suspenso que la realidad no podría igualar. A un relato de policías y ladrones agrega un conflicto político de primer nivel, una dosis de perversión, lujuria y santería. Sobrenatural y además femenina, la novela exhibe a Evita en muchas más formas que la llana desnudez de su cuerpo embalsamado podría mostrar, a pesar de ser éste susceptible a la profanación y el estupro. Sin ponerse de un lado u otro, con una sospechosa neutralidad, el escritor argentino la describe –e imagina– en las etapas descendentes de su vida, desde el lecho de muerte hasta la tierna infancia. Diosa, madre, Jefa Espiritual de la Nación, Benefactora de los Humildes, única mandataria de la Argentina conquistada en apariencia (en apariencia, porque la verdadera figura era ella, Evita), por el general Juan Domingo Perón… Eva fue mítica y de ello no cabe la menor duda. El interés, el escozor de Tomás Eloy Martínez era encontrar una cara de la moneda que desvelara, de una buena vez, el rostro único de La Mujer. Aquel que lograra encontrarla debía ser, por fidelidad a la historia y a la nación, argentino puro de nacimiento, de patria, de alma y corazón. Un argentino exiliado que la busca en documentos, entrevistas, relatos escuchados aquí y allá, mientras se debate entre los escondrijos y trampas de las letras, en una ciudad que le es ajena (a Ella y a él) y que no comprende, con sus luces neón, la profunda argentinidad de esa mujer odiada y santificada con igual fervor.

El mito, quiere explicarlo el buscador, nace de las incongruencias, de las contradicciones, de la historia de hadas que –dicha de lejos y sin detalles– parece tanto más bella y metafórica cuanto que representa el ascenso doloroso de quien, desprendida de sus penurias, decide darlo todo por los pobres, sus eternos grasitas. Pero la historia no es así, dice Eloy Martínez, no puede ser así. Los santos siempre son mártires. Evita es santa por ser mártir, por sufrir el hierro caliente del desprecio, la pobreza, los prejuicios y el dolor… el verdadero dolor: el físico, el de las entrañas, el que sangra y deja llagas. Pero además, dicen otros, una resentida, enferma de venganza. Una inculta, casi analfabeta y vulgar que se cree ama y señora, dama de los desposeídos y ante todo superior a los oligarcas que tanto desprecia. Una revolucionaria, pero conservadorísima, cegada por un amor que para muchos no es más que la insistencia de un cariño al que se aferra desproporcionadamente. Y una figura, más allá de las descripciones psicologistas que acaso merman la increíble leyenda (leyenda tanto por lo falso como por lo verdadero) que Evita es. Evita, el cadáver: ambas son material sorprendentemente fértil para una novela vigorosa y trascendente en potencia. Y Tomás Eloy Martínez lo sabe.

Los personajes, unos verdaderos (aunque absolutamente falsos al integrarse como títeres a la farsa del escritor) y otros inventados, pueblan Santa Evita de anécdotas hermosas, cómicas, tristísimas. Pedro Ara, el embalsamador catalán que convirtió a Evita en la belleza inquietante que en vida sólo pudo imitar (y que desató, con este simple encargo, una revuelta política de proporciones dantescas), es en la novela un necrofílico amanerado y debilucho. Necrofílico… ¿Quién en la novela no lo es? El coronel Moori Koenig, el más finamente diseccionado por la pluma sanguinaria de Eloy Martínez, es el más humano y sensible de los personajes, el más atado emocionalmente a Persona. Persona, Ella, Esa Mujer, Yegua, Potranca, Evita en mil nombres y ensoñaciones. Galarza (que confiesa su total ateísmo en un descuido), Yolanda, el Chino, Magaldi, Emilio Kaufman… todos prolongaciones de la fascinación que Tomás Eloy Martínez ni oculta ni afirma. Esa fascinación que deja caer en cada línea, cada descripción, cada salto de trama y técnica narrativa: de la crónica a la entrevista, al guión cinematográfico al reporte y al ensayo, todos deshilvanados pero increíblemente compenetrados unos con otros. El descuido perfecto de una novela que se lee como el agua, que envuelve sin querer con el mito de la diosa y su burdo cadáver (pero con vida propia, atrayente como si respirara por las fosas bellamente esculpidas en formaldehído), que lleva ilusamente por un camino oscuro y espeso, donde la verdad escasea pero donde la mentira fantástica es luz suficiente. Llueve y el rostro de Evita aún no desaparece. Ella, como su versión momificada y reservada para la posteridad, pervive sin concesión alguna.



[1] Eloy Martínez, Tomás. “Santa Evita”. Editorial Alfaguara. Ediciones Generales Santillana. México-, D.F. 2002. Pp 90.

El país del cóndor

Siempre había querido estar en Santiago. Apenas lo hice, menos de veinticuatro horas después de mi llegada, ocurrió la réplica más fuerte después del terremoto: 7,2 grados Ritcher. En ese momento yo estaba en la ducha, enjabonada de pies a cabeza, sobre un quinto piso. Había cerrado la llave y segundos después sentí la trepidación, furiosa, que no cesaba. Alcancé a escuchar la voz de Nicolás (el primer chileno de este post, con quien me hospedo) que me decía «tranquila». Vislumbré por un segundo la posibilidad de salir corriendo con una toalla encima, pero entonces acabó. Duró dos minutos.

Tembló de nuevo unos quince minutos después. En el pasillo una señora lloraba. Al mismo tiempo se efectuaba la ceremonia en la que Sebastián Piñera asumía la presidencia de Chile, con invitados internacionales de honor que se quedaron congelados mientras los candelabros de la sede del Congreso, en Valparaíso, onduleaban temerariamente.

Ese día tembló quince veces en total.

***

Supongo que muchos calificarán de necia mi decisión de venir a Chile. Estaba todavía en Argentina cuando sucedió el terremoto, y fue ahí que decidí venir a hacer algo, ya que de todos modos resultaba complicado cambiar mis planes. De modo que pensé que, ya que vendría de todas maneras, lo mejor era emplear mi tiempo de manera positiva.

En cuanto llegué me puse en contacto con un grupo de voluntarios a través de Facebook. No bien mandé mi correo con mis datos, uno de ellos me llamó por teléfono. No entendí su acento poblado de «cachai, cómo estái, sí-po, no-po», pero igual pude llegar a donde se efectuó la reunión.

Me cuesta un poco de trabajo escribir sobre este apartado, como bien le confié a mi amigo Willy una noche bonaerense en que compartimos unas cervezas. Resulta difícil como mexicana decir que estuve en otro país y me ofrecí como voluntaria, pues puedo escuchar en alud los comentarios de mis coterráneos: cómo podría hacer aquí lo que, en apariencia, no hago por mi país, y mi hipocresía evidente derivada de esta decisión.

Creo firmemente que no hacerlo hubiera sido aún más hipócrita (tanto como no venir a secas, o huir con presteza, como ocurrió con los mexicanos que residían en Chile). Se hizo bastante evidente que el turismo que podría efectuar en este país no iba a ser el más común, y me parecía ruin llegar a Santiago -que está intacto-, tomar unas fotos simpáticas, y seguir hacia el norte. No me parecía correcto.

Por lo demás, me encontré con que el grupo de voluntarios estaba compuesto por chilenos católicos recién recibidos de universidades privadas, ambiente en el que yo encajé como lo haría Greta Garbo en una convención de mariachis. Pese a todo, la experiencia de ir con ellos a comunidades a unas cuatro horas de Santiago resultó buena, no exenta de cosas extrañas, inútiles y trilladas, pero interesante sin duda.

Acampamos, bebimos pisco a la luz de la luna (nunca como ahí había visto un cielo más hermoso, cuajado de estrellas), conversamos con los afectados, fuimos invitados a sus mesas, y sufrimos los constantes temblores -el epicentro del jueves fue en Rancagua- que aquejan la zona. Al menos uno cada hora, casi fugaces.

La primera noche, por ejemplo, me dirigí a tientas a la carpa, como pude me puse la pijama (la piscola desgraciada) y me metí al saco de dormir. A los tres minutos, acostada al ras del piso, escuché un bramido feroz, una especie de rugido que surgía de la entraña de la tierra, que se transformó en un temblor fortísimo que duró casi un minuto. Puedo decir con seguridad que el pedo se me bajó en un segundo.

El miedo, por otra parte, surge de forma instantánea. Aunque llegamos a acostumbrarnos a los temblores al grado de continuar charlando como si nada luego de uno (después de quedarnos inmovilizados como en pausa, comentar «está temblando», y continuar con lo nuestro), en todas las veces yo sentí ese miedo que surge en la boca del estómago y se extiende como brazos invisibles alrededor del cuerpo. Es algo básico, una reacción natural e instantánea ante el peligro. En una zona donde sólo hay silencio, porque no hay automóviles ni industria, donde la gente construye sus casas con adobe frente al bosque, y cultiva la vid en sus huertos, el temblor no sólo se siente: se escucha. Algo que, en la ciudad, nunca percibiríamos.

***

Todo lo que se escucha en Santiago tiene que ver con el terremoto. Las charlas de sobremesa, en el excepcionalmente eficiente y limpio metro, en los micros y por las calles tratan todas sobre el terremoto y las réplicas. La gente está nerviosa, intenta como puede hacer su vida, yendo a los lugares de siempre y asistiendo al trabajo, pero ante cualquier señal de peligro se queda inmóvil esperando el temblor. Algunos lloran, se tocan la frente y se jalan el cabello: están cansados, verdaderamente cansados, porque nunca escapan realmente de esto. En algún folleto de ayuda leí instrucciones para tratar sobre lo sucedido con los niños, y una de ellas decía: «no haga promesas poco realistas, por ejemplo que no habrá más réplicas». Todos lo saben y lo resienten. No es algo a lo que puedan darle la espalda.

El primer día comí en el centro en un lugar de espacio muy reducido, donde todas las conversaciones se escuchaban, lo que provocó que eventualmente me cambiara de mesa y me sentara junto a una señora de cincuenta años de Temuco. Platicamos de muchas cosas, desde el terremoto hasta el golpe de Estado. Hasta nos sacamos una foto:

Me doy cuenta, charlando con todas estas personas, del miedo que persiste. Ayer por la noche, cuando regresábamos de Pumanque, nos detuvimos en un «Pronto» -un restaurante de carretera- para comer algo. Y entonces hubo un apagón, que después supimos abarcó todo el país por una falla en el generador eléctrico que abastece la mayor parte de Chile. Los únicos comentarios: es el fin del mundo.

Mientras tanto, la Bachelet se va y entra un nuevo presidente, al que todos parecen preferir porque al menos no es Frei «junior». El tipo, una especie de Slim chileno, la tiene difícil con un país que se da cuenta, como lo han hecho todas las naciones asentadas en terrenos salvajes, que en realidad sólo son un puñado de gente establecida en una porción de tierra. Y nada más.

***

Mendoza fue lindo. Conocí a un californiano de 45 años, Peter, con el que visité los viñedos y una fábrica de aceite de oliva. Después de probar los vinos típicos -el Malbec, por ejemplo, que en esa región se da esplendorosamente-, sostuvimos una conversación mexicana-gringo que sólo podría suscitarse con un demócrata. Interesante. Él me sacó una foto y yo le saqué una, porque dice que no le sirven las fotos con él mismo, ya que sabe cómo se ve.

El trayecto de Mendoza a Santiago fue imponente: los Andes y curvas cardiacas que casi te hacen morir. Fuera de estos sobresaltos, arribé a Chile sin un rasguño.

Básicamente, al dar una vuelta en esas curvas, mientras estás sentado en el primer asiento del segundo piso de un bus Pullman, sientes que miras el borde del abismo: puedes ver que estás a punto de estrellarte y morir, pero ni te estrellas ni te mueres, sino que te dan ganas de darte un tiro. Básicamente.

El mítico Palacio de la Moneda

Por lo pronto, visitaré Valparaíso e Iquique antes de cruzar a Perú. Mi estadía en el país inca será corta, porque Machu Picchu cerrado anuló muchas posibilidades. En términos llanos, me queda una semana de viaje. Creo que ha quedado claro que esto no fueron vacaciones, sino algo muy distinto.

Me alegra que así fuera.

 

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La selva y el glaciar

A los mexicanos nos gusta decir que tenemos todo en el país: ecosistemas variados, playas, selvas, desiertos y algunos bosques. La verdad, comparados con Argentina, tenemos poco: en sus más de tres mil kilómetros de extensión poseen esas enormes porciones de tierra de aridez verdaderamente deprimente que es la Patagonia, bosques y lagos de verdor intenso, y en el noreste hay una porción selvática fascinante y salvaje. Pero al sur, oh al sur… Los glaciares más grandes del mundo, en constante movimiento: espectáculos de nieve, hielo y montaña que no se parecen a ningún otro (ni siquiera a los fiordos noruegos).

Como otros lo han hecho antes, podemos suponer que mucha de la presunta arrogancia de los argentinos proviene de una tierra rica y fértil que atrajo por montones a inmigrantes europeos a principios del siglo pasado. Por la mañana leía una porción de un libro de Marcos Aguinis donde citaba al mismísimo Cantinflas, que decía: «La Argentina está compuesta por millones de habitantes que quieren hundirla, pero no lo logran».

Yo espero de todo corazón que no lo logren, porque su imponencia natural opaca esa necesidad constante del argentino por saber cómo lo percibe el resto del mundo (que alguien me dé diez pesos por cada vez que un taxista o personaje cualquiera me pregunta cuánto me gusta Buenos Aires… tendría mi pasaje de regreso pagado).

Sin más preámbulos, fotografías de putamadre (mamá, papá: perdón por las groserías)

Las cataratas de Iguazú. Impresionantes, ruidosas y enormes.

Para sacar esta foto tuve que empaparme un poco. Como puse en mis siempre-jocosos-ajá comentarios de Facebook, ducha gratis apta para los habitantes del Edomex (yo incluida).

 

Cuando viajé en la lanchita observé esta asquerosa tortuga (odio todo lo que tenga reminiscencias reptilianas). Miraba como estatua a lontananza, mientras su vástago se asaba como pedazo de carbón sobre una piedra.

 

En una cafetería entre las parcelas había una familia de coatíes dando tumbos. Buena onda los chavos.

 

Mi clásico foto turística de ocasión. Con los colores intercambiados, así que algunas porciones de agua se ven moradas (igual que yo, aunque es cierto que estoy más bronceada que nunca; en tu cara, Beyoncé)

 

La entrada al mirador de Garganta del DIABLOU (con dedicatoria especial a TriquisMaríaCarlangas, Fanny y Calleja).

***

Estos días, como escribí, fui al Calafate. La población es la más cercana a los glaciares del sur: es pequeña, con una vibra alpina que por momentos te recuerda al pueblito de Eduardo Manos de Tijeras, aunque igual tiene esa complacencia molesta que poseen todas las ciudades en extremo turísticas. Todas las casas tienen techo de dos aguas y están pintadas en colores aparatosos, como para agregar una nota de color al paisaje compuesto por dos paradojas: el desierto poblado de calafates (la planta espinosa), matorrales y arbustos secos. A lo lejos, montañas nevadas coronadas por el glaciar.

Me quedé en un hostal-albergue estilo cabaña, muy bonito pero con cierto personal un tanto ojete. Mi amigo de ocasión fue un francés, Aurelien, que habla con un español plagado de «súper» «buena onda» y «como se llama… este…»

Por lo demás, no hice muchas migas (además de las charlas eventuales con la señora de la cocina, varios israelíes -toda la juventud de Israel está vacacionando, luego de terminar el servicio militar- y algún despistado). Lo verdaderamente impresionante ocurrió al llegar al glaciar Perito Moreno.

«Dejemos que las imágenes nos ilustren mejor»

Vista panorámica del glaciar. Por momentos es posible observar enormes trozos de hielo en caída libre: el splash contra el agua es poco comparado con el ruido, como explosiones intermitentes de un relámpago

El close-up es cortesía del día, que estaba nublado, de modo que el hielo se ve azul (en contraposición con la brillante blancura de un día soleado). Acepto que me recuerda a una paleta helada sabor mora azul.

 

El frío es, además, muy agradable: ventoso y helado, pero no demasiado. Esta foto me la sacó un japonés, a quien yo le saqué fotos con toda su familia

 

Realmente, después de ver esto, uno puede decir: «ya, ya puedo morir en paz». Pero no nos pongamos catastrofistas, que luego mi querida Chilangelina me regaña: faltan muchos milagros naturales por ver antes de colgar las «zapatillas deportivas, goe».

 

Al otro día fui a la reserva del Lago Argentino. Acá, los presuntuosos flamingos sólo estando ahí

 

Tengo la impresión de que los pinos fueron plantados hace algunas décadas en un intento por tener un poco de verdor cerca del pueblo

Luego de mucho caminar me subí a un montecito y lo que vi casi me noquea: el Lago Argentino, de un azul turquesa con notas verdosas. Es un golpe directo al corazón

 

En esta lagunita nadan patos. Por alguna razón, me quedé atrapada en un cruce y me empapé-enlodé. Todo alrededor del agua es esponja: la sensación de caminar sobre ella es como si se hiciera sobre algodón.

Por el momento, agradezco infinitamente a todos por los comentarios del post anterior. En serio: a TODOS. Por el momento, ya que ayer asaltaron a Esteban con cuchillo en mano, y el tiempo apremia, parto hoy por la noche a Mendoza. Me dicen que todo está tranquilo en la zona, y supongo que merezco un poco de buena degustación de vino (de un vino que cueste un poco más que una tarjeta Ladatel).

Actualización:

Videos con vista panorámica del glaciar y del Lago Argentino:

 

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Soy un juguete del destino

Santiago está en ruinas. Mientras yo dormía en un expreso Singer rumbo a Puerto Iguazú, después de haber leído a Edwards sobre Neruda, un sismo de 8.8 grados sacudía la capital de Chile. Lo supe horas más tarde, cuando ya me había instalado en el hostal del pequeño pueblo, donde llovía a raudales.

Pensé en muchas cosas. Sentí tristeza por los chilenos. Todo era tan inesperado, y también sentí un poco de tristeza por mí misma, si es que cabe tal muestra de egoísmo ramplón en este blog. ¿Qué sería de mí? ¿A dónde partiría después? ¿Qué habría pasado con Bernardo, Pelao, los chicos de La Serena? ¿Qué sería de esa ciudad mítica que, a fuerza de imaginarla, se ha convertido en una de mis mayores obsesiones?

El país que propició todo este viaje, el que más ganas tenías de conocer, era Chile. Sabía que no me quedaría mucho tiempo, porque allá todo es más caro que en el resto de Sudamérica, pero me emocionaba visitar los sitios donde había ocurrido esa historia reciente que tanto me impresiona: como los alemanes, como los españoles, como muchos de sus hermanos latinoamericanos, los chilenos se habían levantado de entre las cenizas, habían sobrevivido a una dictadura brutal, y habían construido un país fuerte. Nuevamente reciben la desgracia.

Al mismo tiempo, yo vivía mis propias desgracias personales, representadas en Banamex e Ixe, que no tuvieron reparo en dejarme sin dinero durante días.

No quiero prolongar demasiado la historia, ni hacer un recuento pormenorizado de todo lo que ha sucedido por culpa de estos zoquetes. He gastado horas de mi vida y cientos de pesos en llamarlos una y otra vez, para saber si ya tenían: 1) mi avance de efectivo «de emergencia» (dos semanas para dar respuesta, nada más) y 2) mi tarjeta de «emergencia» (a quién le importa si los igualmente zoquetes de DHL son incapaces de encontrar el número 2075 de la calle Corrientes).

A Iguazú me fui con pocos pesos, suficientes para los autobuses, el hostal, la entrada al parque nacional y cualquier baratija para comer. A pesar de todo, traté de tener buen ánimo. Conocí a un italiano en el dormitorio, Massimo, con el que apenas pude comunicarme: todo el tiempo me hablaba en un italoñol extraño al que, invariablemente, yo contestaba de forma afirmativa. Luego me fui a las cataratas, donde conocí a unas colombianas nefastas que no tienen idea de la diplomacia y empezaron a decir pelotudeces sobre México («es que a mí no me gusta cómo hablan los mexicanos, ¡qué horror! y «todo el tiempo me toman por una mexicana, arhg, qué molestia»). Luego hice el trekking (o senderismo) de ocasión por los innumerables puentes y caminos del parque: vi las cataratas, esa imponente fuerza de agua a no sé cuántos kilómetros por hora, que en los claros forman arcoiris, y supe que el viaje de 17 horas con grandes incomodidades sí había valido la pena. Luego me subí a una lancha para recorrer el río, donde conocí a unas parejas de Seattle entradas en sus cuarenta. Charlé con ellos, llegaban de Chile apenas, y estaban un poco perturbados, pero fueron muy amables; me prestaron sus binoculares para ver la fauna: un cocodrilo, un tucán, tortugas gigantes. Fue trés chido.

El viaje de regreso fue más cómodo y más rápido. En cuanto puse un pie en Buenos Aires, mi pesadilla continuó de nuevo: llamadas de una hora cada vez, zoquetes en «servicio» a cliente, gente inmunda que no se detiene a pensar en ayudar a la gente en problemas, y dos grandes bancos que defraudan a sus clientes de esta forma. ¿Qué pasaría si no estuviera quedándome en casa de Esteban? ¿Les importa dejar a sus tarjetahabientes en el extranjero durante dos semanas sin efectivo? ¿Les interesa siquiera?

Soy débil. En todos esos momentos de tensión, cada que una y otra vez explicaba mi problema y repetía mi número de expediente y confirmaba mis datos, en lugar de EMPUTARME como la gente decente, sólo hacía una cosa: llorar en silencio. Salía de los locutorios en lágrimas, me arrastraba por las calles de Buenos Aires con esa sensación de no tener a dónde ir, y me iba a esperar la llamada que jamás llegaba. Ayer, por ejemplo, me leí todo un libro de Harry Potter que encontré en el librero de Esteban (quien es Harry Potter: la misma montura circular de los anteojos, los ojos grandes y expresivos, el cabello lacio cayendo en flequillo sobre la frente, la misma delgadez y palidez inglesas) mientras esperaba que algún palurdo de Banamex se dignara a enviar un fax a Master Card. Mi vida dependía de un fax que no llegaba.

Los de Visa también me hicieron el día: me llamaron y me dijeron que recogiera mi tarjeta de «emergencia» en una bodega DHL. Llamé y me dieron una dirección cerca de Parque Patricio, una zona bastante lúgubre por lo demás, o me dijeron que esperara a que hoy la enviaran a una sucursal más cercana. Como me urgía, dije que iría: tomé el ómnibus y me interné por la horrible zona, donde cada tres pasos algún trabajador de construcción me gritaba alguna lindura. Desde luego, ni activar la tarjeta, porque ya todos los bancos argentinos habían cerrado para entonces.

Pero luego, oh, una de esas paradojas que tanto encantarían a Sherlock Holmes: en tarjeta de débito, Ixe no da adelanto de efectivo sino tarjeta de emergencia (política exactamente contraria a Banamex con la misma tarjeta). Cuando uno quiere ir a retirar efectivo de un banco, ningún banco tiene por política efectuar retiros de tarjetas extranjeras de débito (como no tiene NIP, es imposible hacerlo de un cajero). ¡Ah! Y los comercios tampoco aceptan la tarjeta extranjera.

De modo que ahora tengo un pinche pedazo de plástico que no me sirve para nada salvo para mirarlo y recordar todas mis desgracias.

Con mis últimos diez pesos de ayer, me comí un sándwich de milanesa y me bebí un vaso de vino (aquí el vino corriente es más barato que el agua o la Coca-Cola). Luego esperé a que llegara el temblor.

Por fin, en la mañana, Banamex me habló para decirme que ya podía ir a retirar el adelanto de efectivo que pedí (luego de dos semanas). Eran sólo 150 dólares, que hoy ya se esfumaron pagando deudas, y por esa mugrosa cantidad me la hicieron de pedo durante cantidad de días y llamadas.

Creo que hoy estuve a punto de darle un bofetadón a alguien, desde el grosero empleado de Banco Nacional que me envió a un tal Banco Piano (¿qué clase de puñetero nombre para un banco es ese?), y luego de vuelta, con visita a otros dos bancos, sólo para informarme que por ningún motivo me dejarían retirar efectivo con esa tarjetita.

No dejo de pensar en el ladrón que me robó la cartera, con todos los 60 pesos que llevaba consigo. Sesenta estúpidos pesos que ni siquiera alcanzan para una comida decente, y en cambio yo he sido lamida por las llamas del infierno de la burocracia, he llorado de rabia y frustración, he sobrevivido a base de manzanas y estupideces de bajo costo, le he colgado a tres empleados de Banamex, y le he llorado a uno de Visa, que se hasta se conmovió por mi caso. Espero, con todo mi corazón, que esos pocos pesos le aprovechen, y que encuentre gran regocijo en mirar mis credenciales y burlarse de la pendeja distraída con acento chistoso del subte.

Es curioso cómo, antes de venir, pronostiqué que me sentiría sola y muerta de miedo a cinco mil kilómetros de distancia. Sabía que sufriría, sabía que me las vería duras, pero nunca pensé que fuera por un asunto tan burocrático como éste. Lo que es más curioso es que, en todo momento, tuve a quién llamarle. Tuve a quién llorarle mis penas. Y, finalmente, luego de comprobar que ningún puñetero banco de este mundo iba a ayudarme, resolvimos recurrir a la última opción: los ladrones de Western Union.

Y ahora que mi pequeña pesadilla burguesa está llegando a su fin, retorno a mis dolores ajenos: Machu Picchu está cerrado hasta abril, es difícil cruzar a Chile, luego del Calafate mis planes se vuelven borrosos e imprecisos.

Pero entonces, mientras arrojaba un teléfono dentro de un locutorio, pensé en las cosas que debía hacer. En las cosas que estoy obligada hacer. Mis penas pueden transformarse, porque el poder de hacerlo está en mis manos.

PD. Mañana parto al Calafate a las 6 de la mañana, cruzaré tres mil kilómetros de territorio argentino en cuatro horas, y luego seré testigo de esos raros milagros de la naturaleza. Al volver, postearé fotos de la selva argentina y de su contraparte, el glaciar. Supongo que nada malo puede ocurrir después de ver dos maravillas naturales en tan poco tiempo. Espero.

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Me verás caer

Inevitablemente, me sentí sola. Caminé por las calles de Buenos Aires esperando encontrar una cara conocida, pero no había nada.

Y luego, de la nada, en Santa Fe con Uriburu, enfrente de una zapatería con descuentos, la vi.

Cuando estaba en el DF y caminaba por la Roma y la Condesa, o por San Ángel, o por Polanco, o por cualquier lugar que se prestara a mi propósito, mi actividad favorita era cazar artistas. Ignoro por qué, si en el fondo tengo alma de paparazzi como sentenciaban los estudiantes de Sociología de mi facultad, o sencillamente voy con los ojos muy abiertos, o he leído demasiadas TvNotas en el baño de mi casa, o tengo el morbo en la sangre: siempre reconozco a los actorcillos y cantantillos de nuestro espectáculo nacional. No sólo sé exactamente dónde vive Carlos Reygadas (fácil, entrente de Elisa) o reconozco a un integrante de Tierra Cero o veo a Alberto Estrella leyendo un libro en un Vips o sé quién puñeta es Beatriz Moreno porque la vi en Zacatecas con Orizaba… mi proyecto ocioso era abrir un blog sólo con avistamientos (El Cha! en El Imperial, viernes 12, 10:30 pm) por diversión. Empiezo a pensar que me voy a emplear como fotógrafa freelance SECRETA para el pasquín mencionado.

Esta vez vi a Sabrina Sabrok. Sí, la mujer con los senos más grandes del mundo, argentina de nacimiento, que paseaba por Buenos Aires tomada de la mano de su juguete de ocasión. Y en lugar de sentir sorpresa o curiosidad, sentí tristeza: la mujer no sólo tiene senos falsos, sino nalgas falsas, labios falsos, ojos falsos, cabello falso y está virtualmente inhabilitada para sonreír.

Mi soledad se acortó un poco.

El viernes salí con Guillermo/Billy/Willy, de Couch Surfing. Comimos empanadas y hablamos de libros y de historia y de situación política, todo lo cual nos hizo sentir personas muy importantes, hasta que salimos y nos empapamos hasta la médula con la lluvia torrencial de Buenos Aires. Fue una tarde agradable, después de todo, y luego corrimos a su casa y cebamos mate mientras charlábamos de comida. Conocí a sus papás y a su hermana en su bello departamento estilo francés, y luego caminamos hacia un lugar que, dijo, era como de cuento de Roberto Arlt: «Los amigos de Carlitos». Lo malo: estaba cerrado. De modo que volvimos a caminar, pero ahora hacia el «comedero de estudiantes pobres», un sitio de pizzas donde comes parado y tomas un vino muy dulce que parece jerez. Estuvimos a tiempo de cruzar la calle y comprar los boletos más baratos para ver Hedwig and the angry inch, el musical. Al entrar a la sala, como estaba casi vacía, la acomododadora nos dejó en la tercera fila al frente por una propinita. Salimos ganones.

Recordé entonces esa emoción que sentí, a los dieciséis años, cuando vi The Velvet Goldmine por primera vez. Fanny y yo éramos fans de Placebo, como hasta ahora, y por ende lo éramos también del glam rock. Esa película fue entonces una revelación, como lo fue algún tiempo después Hedwig… Hay un post al respecto, que viene a cuento: esa tarde, séptimo semestre de licenciatura, sucedió aquello que no creí que sucedería. Oh, todo tiene alguna conexión y es a la vez tan irrelevante. Por partes…

Ayer fui a Tigre, un pueblito a una hora de Buenos Aires. Me subí a un catamarán que navegó por el río, y que pasó por cada hermosa casa de campo con su muelle particular, mientras yo leía El libro de García Ponce, la historia de amor entre un profesor y su alumna.

El pueblito tiene una pinta muy Nueva Orleáns, un estilo isleño pero al mismo tiempo europeo. Para ir se tiene que tomar el tren desde la estación El Retiro, y viajar durante una hora a través de barrios de clase alta como San Isidro, y también de lugares desoladores y sucios. Es impresionante.

 

Estando ahí di una vuelta en catamarán por el río, rodeado de flora espesa.

Una de mis materias, en el séptimo semestre, era de ciencias políticas. El profesor era un argentino guapísimo que parecía César Évora. Por no sé qué razón, charlábamos mucho, entre clases en la facultad y por correo fuera de ella: nos gustaba leer novelas y eso nos unía, fuera de lo demás. Me acuerdo que me invitó a tomar un café y, lo que es estúpido, mi mamá no me dejó ir y, lo que es más estúpido aún, le obedecí. Ahí terminó una historia de amor que ni siquiera empezó.

Esa tarde, después de la desolación de mi irresuelto affaire profesor-alumna, vi Hedwig en compañía de Fanny y de mi buen amigo El Chalu, día en que por cierto inauguramos la rara costumbre de tomar café soluble Dolca sabor canela (a partir de entonces, todos los saludos de Chalu eran «¿Cuándo unos Dolca?»).

Es increíble. Tres años después todo se une, con un grado más de intensidad.

A los porteños recomiendo enfáticamente que vean el musical. La adaptación es muy afortunada, y la forma en que trasladan el personaje de Michael Pitt a Hedwig es impresionante. La historia es divertida y conmovedora, tiene un poco de cabaret y stand-up comedy, tiene chorcha e interacción con el público, tiene música en vivo y letras desgarradoras, tiene lágrimas y risas. Fue en verdad fascinante.

Mi otra aventura: Willy trabaja en una librería de viejo poseedora de verdaderas joyas. Acá, una primera edición de Los Lanzallamas.

Por ahora estoy resolviendo los últimos puntos de mi viaje. Cuando se viaja de esta forma, se pasan varios días en la planeación. Mis próximas paradas: Uruguay, Iguazú y Calafate. No puedo morir sin ver los glaciares.

 

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Buenos Aires, mon amour

Maxi y Esteban, mejores amigos, viven juntos desde 2007. Ambos son rubios, menuditos, de grandes ojos. Uno es periodista deportivo y el otro estudia sociología. A pesar de que su departamento no es grande, me dieron una cama, un juego de llaves y me dijeron que hiciera lo que quisiera en la cocina/área común/baño.

¿Recuerdan esa percepción generalizada -sostenida incluso por mí misma en mi estadía en Taganga- sobre la arrogancia de los argentinos? Nada podría ser más falso. De hecho, tuve que elaborar una teoría según la cual, algunos argentinos dan mala imagen sólo en el extranjero. En su país de origen, son encantadores.

Desde el señor en el bus rumbo a Boca que te habla de cuando llegó a Ushuaia en 1947, de familia italiana. La mesera que te trae los cafés. Los cocineros de la pizzería Kentucky, afuera del subte Plaza Italia, que dicen «fue un placer» y «¿le sirvo otro vaso de vino de la casa?» (por doce pesos mexicanos uno se puede emborrachar con un vino poco fino, pero delicioso). La rubia vegetariana del hostal que defiende su estilo de vida ardientemente. Una pareja hablando puras linduras halagadoras de México en el bus, sin saber que yo era mexicana. Las personas que te piden direcciones en la calle -increíblemente, lo han hecho conmigo e, increíblemente también, he podido ayudarlos gracias a mi mapa. He visto por todos lados Jake Gyllenhaals tímidos, charlando con Brad Pitts callados en el subte. Por poco dinero, uno come como los dioses: carne, empanadas, pizzas, tartas de espinaca, alfajores de dulce de leche, café con medialunas…

Hay mucha melancolía en Buenos Aires, una ciudad que sólo puede conocerse a pie. He elegido, por gusto, recorrerla en soledad. Del jardín japonés, donde sufrí con los inmensos peces reptilianos, hasta Puerto Madero de noche. De los bosques de Palermo al cementerio de Recoleta. Me he tomado un expresso en cada café que he encontrado a medio camino, y charlado poco, porque de pronto se me quitan las ganas.

Es verdad que, después de un tiempo, uno se siente abrumado por las grandes cantidades de turistas. Se siente como si entorpecieran la percepción de la ciudad, como si mancharan la esencia de algo separado de ellos, algo que debe coexistir sólo entre las calles y los porteños. Después de un tiempo, uno ya no quiere ser turista, sino fundirse. No quiere preguntar por direcciones con un acento diferente, sino moverse como pez en el agua. No ver más flip flops y bermudas, sino sentarse en un bar a conversar de algo más que cómo se dice resaca en ocho dialectos distintos.

La razón por la que viajo sola y no con amigos es que siempre necesito mi soledad. Hay días en que no me dan ganas de hablar con nadie, no por melancolía, sino porque me gusta disfrutar del paisaje, leer mi libro y caminar con los audífonos. Buenos Aires se presta mucho para eso.

Algunas fotos de ocasión:

La tumba de Evita, que no es ni remotamente tan bella como otras en el mismo cementerio. Por supuesto, es la única que atrae a los turistas por montones, fascinados con el mito. Desde luego, no pude evitar ir a ver, porque yo también siento cierta fascinación -y cómo no, si Eloy Martínez nos hizo sentir más curiosidad por el cadáver que por la mujer en «Santa Evita». Por cierto, una tristeza su muerte reciente.

Más chisme en el Museo de Evita: sus vestidos (claro que no hay tanto chisme como en la novela citada, pero es igualmente recomendable).

En el jardín japonés hay peces asquerosos nadando en el estanque. Yo, que padezco ofidiofobia, crucé los puentes con las manos temblorosas y los ojos apretados (el lugar sería un mini-paraíso para Jair Trejo, por ejemplo)

La calle Jorge Luis Borges, en Palermo, le daría vergüenza a Borges: es como Tamaulipas en la Condesa, llena de lugares nice para ir a tomar una copa, tiendas de ropa con nombres curiosos («No me toques» o cosas así) y gente con onda. Acá el complejo Borges, donde cualquier escritor que no se respete querría vivir.

Mi prima, que es muy hipster-fashionista-escenosa-pero-jipi-orgánica y lleva cuatro años viviendo en Buenos Aires, me recomendó una peluquería llamada Roho en Palermo. Ayer fui a que me arreglaran mi corte y me sentí como en el bar con más onda del universo, sólo que ahí me lavaron el pelo en una sala pintada de negro con fosforescencias, y mientras yacía acostada veía una película en pantallas pegadas al techo con Tim Robbins (mientras tanto, la señorita me enterraba los dedos con fruición, como si nunca me hubiera lavado el cabello o apenas regresara de una aventura en las montañas). Luego un tipo delgado me hizo unos cortes menores para asegurar que el pelo me siga creciendo, y mientras tanto música tecno-indie resonaba en mis orejas. Al final, el corte ni se nota pero ah, qué bien la pasé.

Por cierto: la escena es paradójica. Yo en Buenos Aires, y mi prima -con su acento aporteñado- en casa de mis papás, tal como me escribió. El mundo está al revés.

 

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¡Denme un solaz!

Hoy iba en el subte charlando con un chileno que conocí en el hostal y que habla hasta por los codos de temas enciclopédicos varios (de la trombosis al corazón al nombre científico de todas las palmas africanas con pata de elefante a las variedades de «ají» boliviano a los músculos ejercitados en las fuercitas a las técnicas de hipnosis al sicoanálisis puntual de mi persona). Cuando bajamos en la estación Plaza Italia, noté que mi bolsa estaba abierta. No necesité revisar para saber que me habían robado la cartera.

Tres horas empleé para cancelar mis tarjetas y comunicarme tanto con Ixe como con Banamex, y por ende con Visa y Master Card. La lección: Banamex es una auténtica mierda incompetente y abyecta, Ixe es lo máximo, y las ejecutivas sudamericanas de Visa y Master Card son increíblemente pacientes, bondadosas y altruistas. El subte es un túnel oscuro y sucio donde es imposible hablar con acento extranjero, y yo soy una pelmaza distraída sin remedio.

No perdí mucho dinero (sólo tenía unos sesenta pesos argentinos) y bloqueé mis cuentas, pero me duele haber extraviado:

1) Mi credencial de elector -en la foto salgo, cosa rara, fotogénica. En la siguiente seguro saldré con el ojo chueco y el cabello enmarañado.

2) Mi RFC enmicado.

3) La cartera Old Navy que mi hermano me regaló a los dieciséis años.

4) Mi credencial de la UAQ, recuerdos universitarios que se irán.

5) 250 pesos mexicanos y varios billetes colombianos y venezolanos de recuerdito.

6) Muchas monedas argentinas, que en este país escasean y son preciadas.

Luego de eso traté de ser positiva, y Nicolás y yo nos encaminamos al Jardín Botánico después de comer unas rebanadas de pizza sentados en el parque. Allá fuimos devorados por los zancudos, un auténtico ataque que nos hizo arrastrarnos entre maldiciones varias y lamentos lejos del paraíso botánico. El diagnóstico fue picaduras extremas por todo el cuerpo, tantas que tuvimos que caminar por algunas calles de Palermo y Recoleta rascándonos la piel hasta dejarla en carne viva.

No lo parece, pero en el fondo sufro, ¡sufro!

Es curioso: mi primera mañana en Buenos Aires me encontraba desayunando en un hostal en la calle Florida. De pronto, un chileno se sentó junto a mí y me preguntó si era venezolana (he escuchado que me dicen ecuatoriana, colombiana, venezolana, chilena o argentina; nadie jamás dice México en primer lugar: supongo que mis paisanas no viajan mucho al sur, maravilladas con Europa, ¡éjele!)

Bernardo es un mapuche moderno, de cabello largo y ojos rasgados. Me contó que estudia historia en la Universidad de Chile y que vino a Argentina buscando unos libros en específico. Terminamos acordando visitar la Boca juntos: fuimos a el Caminito, nos sacamos toda clase de fotos turísticas idiotas, vimos el estadio del Boca Juniors, y acabamos vagando por las calles lejanas a la zona turística, la Boca verdadera.

Clásica foto pendeja para Facebook… que ya mismo subo.

 

Cuando vi estos zapatos pensé en Plaqueta y cómo tal vez le encantarían

 

Para que todos mis amigos pamboleros sientan ira, envidia, dolor…

En una cantina-restaurante típico nos comimos un bife de chorizo, seis centímetros orgásmicos de espesor que me hacen sentir pena por los vegetarianos, acompañado de un litro de Quilmes negra.

Conocencias casuales

En la mesa de al lado había un señor callado acompañado por dos argentinas de unos cincuenta años, rubias y alegres, que me dijeron que soy idéntica a Verónica Castro (?). Terminamos platicando con ellos sobre infinidad de cosas, y al final una de ellas (la carola, le decía Bernardo) nos invitó a su casa, uno de los departamentitos miserables de lámina clásicos de Boca, y cebamos mate con ella. Resultó medio bruja y le leyó las cartas a Bernardo, pero yo me rehusé a que hiciera lo mismo conmigo (todo lo esotérico me produce ronchas y jamás en mi vida voy a consentir que me embarren en sus ondas). Tal vez varios en mi situación se hubieran sentido tentados, que les leyeran las cartas gratis, pero no yo. La carola decía cosas tan evidentes, cosas que a todo mundo le diría («sos un líder», a Bernardo: «vas a llegar lejos» y «sos bien distraída», a mí; lo primero algo que todos quieren escuchar, lo segundo algo evidente a simple vista).

Salimos de ahí después de haberle prometido visitarla luego. Tal vez lo haga.

Par mí que esto es Boca y no las bailarinas de tango cobrando por la foto…

Al día siguiente paseamos por San Telmo con un ecuatoriano del hostal, un tipo callado y tímido. Caminamos por sus calles típicas, y de nuevo comimos otros seis centímetros de paraíso, acompañados de papas fritas. Todo es tentador: las antigüedades, la carne, los alfajores, la vista, la arquitectura. Buenos Aires es tan hermosa que es difícil escribir conclusiones apresuradas sobre ella, y además todo está empañado, cubierto por una densa capa de calor: ayer estuvimos a 37 humedísimos grados centígrados.

En la calle Bolívar encontré la librería El Rufián Melancólico, que desde luego me hizo pensar en Rufián y en Roberto Arlt. Me saqué la foto de ocasión:

Con look de carnicera (o butcherette)

Hay tanto aún por conocer de Buenos Aires y de Argentina que mi robo furtivo no me duele tanto. Acumulo puntos kármicos, supongo, así que pronto algo realmente bueno me ocurrirá. O no. Al menos mañana me mudo con un couch-surfero, Esteban, que vive en Corrientes: cerca de todo y con tiempo suficiente para caminar, recorrer y aprender. Ésta es, verdaderamente, la ciudad de la furia. Y de los sueños.

 

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