Publicado en Mexicanas 2. Infancias perdidas, antología de Elma Correa (Fondo Blanco Editorial, 2022).
En marzo nos confinamos, en abril murió la gatita. Dejó una camada de tres, que nos repartimos. Aquella cifra se multiplicó en los meses siguientes, cuando anclaron en nuestra isla una bandada de gatos y gatas, entrados en la adultez o incluso recién destetados ¡¡¡¡Ç`p+++++++++++++++++++++p¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡’’’’’’’’’’’`’++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡`–´, de pelajes y constituciones distintas, con sus temperamentos tan particulares. Recibieron nombres que mutaron de boca en boca y así entraron en nuestra familia. El ambiente se pobló de sus presencias parpadeantes.
Elles, que así habían decidido nombrarse, también eran muches y no me interesa numerarles. Con sus personalidades de jóvenes, que esa era la media. Nos separaba un suspiro de tiempo, ¿y no debía yo, por eso, ser más sabia que elles? Pero yo les temía. Les amaba y les temía.
Mis hermanas y hermanos vivían en casas contiguas a la de mis padres; mi vivienda, en un cuarto de azotea, era el punto más lejano de ese archipiélago. Pero había otra casa que ordenaba nuestro paisaje. Íbamos a ella y penetrábamos en su misterio, y después yo permitía que entrara en mi mente y la colonizara.
Nuestro apellido era López, un apellido tan común que nos emparentaba con las multitudes.
¿El océano, el mundo? Yo volaba alto. En octubre empecé a llenarles las cabezas de engaños coloridos. En nuestra familia se hablaba de espantos, se les temía y se les invocaba por igual. Era sobre todo un juego; y movida por ese espíritu les prometí la casita de las maldiciones. Cuando era niña mi hermano montó una en los cuartos abandonados de la casa de nuestra abuela, que me impresionó mucho. Recuerdo los muñecos descabezados, las sábanas sobre los muebles y el grito de un primo, al final del recorrido, que se agazapó en un rincón y nos saltó encima. La casita contaba una historia y nos ofrecía un clímax. Entonces yo quise elaborar la mía, producir aquel miedo agradable.
Nos pasaba que se iba mucho la luz, en el pueblo era común que nos quedáramos en penumbras muchas noches, y a veces mientras llovía. Lo que disfrutaba era domarlo, dejarme sorprender por él pero nunca permitir que me arrastrara; el miedo que yo buscaba entretenía, o sea, distraía.
En mis fantasías éramos náufragos, sobrevivientes de una tragedia marítima, habitantes únicos de una isla que debe transformarse, pese a su hostilidad, en un hogar. Pero, ¿cuáles eran los límites? No vivirían siempre bajo mi jurisdicción. Irían al mundo, se abrirían al mundo, donde lo terrible es lo común.
De repente me punzaba el miedo malo. Por las noches la ansiedad me formaba un nudo duro en el estómago. No lograba atravesar el pasaje al sueño y me imaginaba que la muerte era así, un no poder dormir nunca más, una vigilia perpetua y confusa donde las cosas pierden su filo y todo es espera y reiteración. No me gustaba su mirada, ni la de mi familia ni la de la gente del pueblo; pero aceptaba resignada la de los fantasmas, que me contemplaban en mis momentos más íntimos. También mis gatos, con sus ojos amarillos desapegados y exentos de juicio, me dejaban mensajes cuando podían y a través de sus maullidos me alertaban del espectáculo de mis obsesiones.
Mi enfermedad del humor no les sobrecogía. Aún así mis espantos no eran los culpables de mis estados de ánimo, aunque quizá aparecieran más durante mis subidas. Como la tía Amelia, que escuchaba el bufido de un perro debajo de la cama.
La casa de mis papás nos imantaba, nos reunía y nos constituía; pero yo tenía las llaves de otra. Era una casa con nombre, de tan grande; se llamaba El Ojo por un cuerno de buey clavado en el muro de afuera; era una herencia descuidada, abandonada a su suerte, ocupada por porciones de la familia de mi madre en días feriados o durante el ocasional fin de semana. Entre semana estaba deshabitada y es cuando yo me encerraba allí a piedra y lodo. La casa tenía unos corredores eternos y un jardín a cielo abierto en el que se experimentaba una privacidad casi perfecta, turbada sólo por la fauna que moraba en sus intersticios: lagartijas y arañas, y gatos y cacomixtles que brincaban y pegaban carreras súbitas por las azoteas. En los árboles, en las ramas que crecían muy por encima de los muros, una multitud de pajaritos graznaba, chillaba y a veces emitía unos ruidos semejantes a gritos desgarrados; yo me dejaba mecer por el miedo, siempre y cuando el otro no apareciera, mucho más desgarrador y de una densidad que me tapaba los oídos.
Por los ruidos se hacían presentes los fantasmas. Muchas veces percibí voces y llamados, y también noté que estos sonidos se camuflaban entre los que brotaban de mis audífonos, o de la televisión. En El Ojo, sentada en la cocina, un estruendo venía del jardín. Luego, ya en el jardín, escuchaba que alguien se paseaba entre la sala y el comedor. Aquella casa tenía secretos propios que sólo a mí me susurraba. Ocasionalmente un brote de energía me motivaba a llevar a mis sobrines a que corrieran en el pasto crecido o curiosearan por los cuartos que no estaban cerrados con llave.
La casa de mis padres, como dije, nos reunía. La creencia general es que ahí no espantaban porque era una construcción reciente y adentro no se conocía la muerte. Allí les prometí la casita de las maldiciones, la noche de Halloween previa al día de Muertos fue un sábado, y también ya dije que durante todo octubre les llené las cabecitas juveniles de promesas y amenazas, porque espantarse era una amenaza, una predisposición.
¿Confiaban en mí? Lo que temían es que yo no tuviera piedad y les espantara de un modo brusco, que les causara un miedo violento, por una jugada vulgar como un cuerpo que emerge de un clóset y grita y persigue y siembra el pánico. Pero yo les protegía y no quería que sintieran miedo nunca, no como el que yo sentía cuando pensaba en sus vidas frágiles y nuevas.
Una tarde alguien contó que López proviene del latín lupus, luego: lobos. Conformábamos una manada, éramos gregarios pero luego yo, la tía solitaria, me perdía por ahí, merodeaba. En mis golpes de productividad confeccionaba artefactos como éste. La violencia de mis episodios me había pasado de lado, confundiéndolos con felicidad. Es cuando me comportaba a la altura y me volvía la institutriz de Bly que necesitaban, y su cuentacuentos, y además de todo, cuando mis trabajos lo permitían, la tía que les presentaba regalos y entretenimientos. La sangre proliferó, ciertas combinaciones genéticas se efectuaron, y como resultado mi cara y mis gestos se repetían en las gemelas de mi hermano. Mirarlas era mirarme fuera de mí, testigo envejecido de mí misma.
Más de una vez dijeron que les daba igual la nariz respingada que se prolongaba en una rama del árbol genealógico o la uña chata del dedo gordo que se juzgaba injustamente como una deformidad; pero, ¿qué pensaban de las enfermedades de la mente, de las melancolías cortas o prolongadas que nos igualaban, de los brotes de rabia aquí y allá, de las historias tristes que se compartían en sobremesas? Había quienes lo negaban, pero si se concedía que aquellas aflicciones se heredaban, que los talentos y virtudes atravesaran generaciones era un consuelo.
Las ficciones familiares sólo son interesantes para los miembros de esa familia. Los fantasmas de El Ojo eran nuestra sangre dispersa, o más bien éramos los vivos su sangre diluida, mezclada con otras sangres, cada alma una combinación aleatoria de otras almas. La trazabilidad del origen era imposible; por más que se escarbara, el hilo tendería a perderse como un objeto tragado por el mar.
Vagabundeábamos en internet que eran las únicas calles abiertas, tropezábamos por¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡———-/08000+++++++++++++++++ los mismos túneles, no era un territorio libre e infinito sino cada vez más acotado, restringido, de laberintos que muy de vez en cuando daban a cuartos con luz. Las errancias me condujeron a un estudio que se ocupaba del llamado masoquismo benigno, como enchilarse y asustarse por gusto, subirse a una montaña rusa o escuchar música triste, el placer derivado de las experiencias adversas.
Deseaba que sintieran un llamado. No el llamado de los fantasmas o de las experiencias limítrofes, sino el de la creación. Producían unas piezas temerarias, de técnica no siempre impecable pero bien entendida, que colgaban para audiencias dispersas y anónimas. En esa época consumíamos historias como el enfermo traga píldoras. Elles creaban imitando y refutando lo que circulaba en las pantallas rotas de sus celulares, y en una ocasión leí que por primera vez en la historia la niñez hacía uso de los medios de producción: los habían tomado, por decirlo así.
Creaban y experimentaban la frustración de crear. La dopamina del juego, ¿no es esto un juego? Cuando aparecían de modo explícito, sus tramas se decantaban por la tragedia, la tragedia no vivida que es tópico de tanta literatura contemporánea. Entonces todo era falsificación y por lo que a mí toca diré que su juventud les excusaba, mientras que en personas adultas se me representaba como un gesto de inmadurez.
Al mismo tiempo llegaban las noticias de las personas que se morían, que se mueren todavía. Nos rodeaba el hedor a muerte. A nuestra gata Perlita la mataron unos perros. Se metieron al patio donde ella amamantaba y a mordidas defendió a sus crías. Con esa muerte, que según algunas creencias era un sacrificio de protección, inició nuestro confinamiento.
La muerte, la muerte… ¿Qué opinaba yo de ella, y era esto digno de transmitirse? Pensaba en cómo infundirles esperanza si a veces yo misma no la tenía; elles sabían en distintos grados de la aniquilación y el despojo; eran optimistas o pesimistas, y yo me deslizaba entre los dos polos según el ciclo de mi enfermedad.
Dejaron de ir a la escuela y me encontré experimentando algo que terminé por definir como lástima, pura y llana lástima por sus vidas interrumpidas. Mi juventud me resultaba por igual lejana y cercana; sin embargo, mirada lado a lado con las de ellos, completa y vivida sin desmedro. La pulía y ornamentaba en el recuerdo, y a veces transcurría en paralelo con lo que les ocurría, como una historia que me contaba por contraste. Me miraba en sus personalidades, en sus inclinaciones. Pensaba: mirar replicadas en ellos nuestras falencias. Nuestras aptitudes y bajas pasiones, una idéntica contorsión del rostro.
Quería crearles una fortaleza y protegerlos de la intemperie, pero yo misma vivía en una isla. La depresión que sucedía a la manía me separaba de la manada por temporadas. Debido al internet escaso, en las reuniones virtuales era una fantasma que escuchaba y veía a los demás, pero que no podía hacerse oír ni materializarse más que en flashazos. Luchaba para comunicarme y hacerme presente, y luego enviaba con intermitencias una lluvia de mensajes desesperados en los chats de estos servicios; la situación me recordaba al juego de la Ouija. Mirar y escuchar sin participar, eso era un fantasma. Que recurre a la escritura para tender el puente.
En el chat familiar desfilaban las noticias de los muertos en el pueblo. En internet se multiplicaban los anuncios de niñas y mujeres desaparecidas. Había cosas indecibles que culminarían en lo más insoportable, que no era sólo la muerte. Entonces más nos abismábamos en relatos, en ordenaciones de lo que en su estado natural no tenía explicación.
La casita de las maldiciones era el triunfo de la experiencia y la narración; el reconocimiento del artificio no anula las respuestas del cuerpo, según el estudio aquel, pese a la inautenticidad del estímulo. Las sensaciones de pánico por juego mecánico, de irritación oral controlada o de tristeza instigada por una historia que me contase y añadiera aristas a mi sufrimiento eran manifestaciones de un mismo fenómeno, “reversión hedónica”: leí, reconociéndome.
Esa tarde, antes del anochecer, fabriqué monstruitos con ropa vieja, muñecas vandalizadas y máscaras descartadas de calaveritas pasadas. La casa de los López no desmerecía de las casas encantadas que se alzaban en nuestro pueblo de fantasmas. No se le atribuía malignidad alguna, pero en las noches los gatos producían ruidos extraños, varios pares de ojos destellaban, y la arquitectura había formado un pasillo largo y oscuro al que parecía conducir un grito, una aparición, un fin de juego.
Yo estaba con el humor benigno y quería procurarles diversiones, aunque es posible que el vino de la euforia ya se hubiese fermentado en mí. Compré muchas velas y conecté unas bocinas a mi computadora, que reproducía un video con imágenes y sonidos tenebrosos, bosques infinitos, truenos intercalados con gritos. Pinté mi cara y mis dientes de negro. Los reuní en el vestíbulo, les advertí: si no aguantan… Les provoqué el miedo por la expectativa, y se entregaron temblorosos a un recorrido que pasó de unos monaguillos con rostro de calaca a un muñeco de paja en una mecedora, a un vestido rojo que arrojé gritando ¡sangre!, a un oso con una capa colgado de un clavo, a un muñeco ahorcado con una cuerda que cayó de una puerta y, en el cuarto final, el rostro desfigurado de Regan en la impresión de una playera de El Exorcista que yo tenía.
Esperaban el salto y el alarido, el remate esperado del relato, que la casa de espantos de mi hermano supo proveer tan bien. Pero no conseguí llegar a uno y su alivio se mezcló con la decepción. Prometí que la siguiente casita de los espantos sería en El Ojo, espantos nivel extremo. Igual, ¿no es cierto que la alegría de esa noche limpió la negrura de tantos días parecidos, enclaustrados, de errancias por internet que terminaban invariablemente en las mismas imágenes, las mismas ideas? Nos atiborramos de dulces que repartí porque no hubo calaverita y los gatos correteaban entre nuestros pies igual de excitados. Los gatos forman su familia en cualquier parte, me dijeron una vez.
Porque, ¿cómo ejerzo mi papel de tía? Debo ser vigilante y protectora. Me resisto a la encomienda dictada por voluntades ajenas, después la honro. Y esas personas siempre reciben de mí aquello que puedo darles, sin exigir más.
Lo que quiero contar no pasó la noche de la casita de las maldiciones, sino el día siguiente. Era domingo y, como todos los domingos, comimos junta la familia entera. Nada pasó durante la comida: anécdotas que ya habían sido compartidas se contaron nuevamente con variaciones y añadiduras, como si quien las contara supiera en el fondo que sus historias caían en oídos hastiados. La sobremesa fue larga, confusa, con sus planicies de aburrimiento barnizadas de contento.
Alguien golpeó la puerta de la calle.
Se formó el silencio y en medio de ese desierto llegaron tres golpes más.
¿Quién es?, se preguntó. ¿Quién va?, se volvió a preguntar.
Me levanté, me puse otra cara y fui a abrir la puerta.
Dos hombres enmascarados me miraron. Caí en cuenta de que no traía cubrebocas y me llevé una mano a la cara.
– ¿Compra colchones? –preguntó uno.
– No, gracias.
– Se los mostramos.
– No, gracias.
Una araña de voz me trepó por el cuello y se me metió en la oreja, sobresaltándome hasta el grito, un gritito seco que no pude reprimir frente a los dos hombres.
– Tía.
Enseguida, unos dedos fríos se enroscaron en mi mano. Una de las gemelas, la más teatral, había salido a ver quién era. Su expresión delató la desilusión del descubrimiento, aunque sus ojos no dejaron de escudriñar a los extraños.
– Hola, nena –dijo el mismo tipo.
La niña dijo hola.
Detrás de sus mascarillas se reirían, pero era imposible saber cómo era su sonrisa, si la fingirían, la ocultarían o la dejarían libre y a sus anchas. Me entró la desesperación, les dije que luego, en otro momento; ellos insistieron sin abandonar su sitio junto a la puerta y, cuando más incómoda era la atmósfera, la otra gemela se apareció. Buscaba a su hermana que a su vez buscaba la sorpresa.
Las dos, juntas, eran un prodigio. Su parecido, que tanto impacto causaba al principio, empezaba a disolverse cuanto más se les miraba; sus rictus eran muy diferentes aunque a veces se notaba que se los prestaban y se los imitaban; además: los ojos se curvaban distinto, y hasta su forma de permanecer de pie era peculiar en cada caso.
El hombre que menos había hablado aulló. ¡Son igualitas! Sus ojos, hasta entonces inapetentes, brillaron de curiosidad. Se puso de cuclillas y extendió una mano, que las niñas aceptaron dubitativas.
– ¿Cómo se llaman? –preguntó.
Me les quedé viendo como si yo también lo ignorara. Pero las niñas hicieron algo inesperado. Pronunciaron cada una el nombre de la otra.
El hombre repitió aquellos nombres que eran simultáneamente verdaderos y ficticios y los mantuvo un rato en la lengua, saboreándolos.
Me entró un ardor en la panza. Ofrecí mi última negativa y les di mi rostro más hostil. Luego cerré la puerta con una suavidad que quería ser cortés.
Las gemelas actuaron su arrepentimiento al detectar mi enfado. Se metieron corriendo a la casa, y yo me di la vuelta y cerré con seguro.
Recuerdo que con mis hermanos y hermanas conversamos otro largo rato. Ocupábamos nuestros lugares en el espacio, la casa marchaba como un barco, porque a mí me gustaba pensar que era un barco que había que capitanear para llegar a buen puerto. Por eso después de un rato, como humilde marinera, pasé revista. Una, dos veces. A la tercera con gritos.
Faltaba una de las gemelas.
Las circunstancias me obligaban a empuñar el timón, a capitanear la nave.
Fui al comedor, donde apenas se empezaban a levantar los platos, y lo anuncié con voz calma. Mi cuñada se puso blanca y a mi hermano lo azotó la ira. Salí a la calle y detuve a un auto, le describí a los hombres de los colchones y le pedí ayuda. Adentro, tres teléfonos intentaban comunicarse con la policía municipal. La búsqueda era un avispero agitado. La gemela huérfana llamaba a su hermana a gritos, bañada en pánico.
Yo no lloraba, no cedía a mis emociones. ¿Cuál es el miedo más verdadero?, me preguntaba. No aquel que yo me provocaba ni el que les enseñaba a domar, sino el que en esos instantes se desdoblaba con la eficacia de una sinopsis.
A veces les miro y mi corazón se estremece. Me parece de pronto que vivo en un infierno, que quererles y temer por sus vidas es un infierno.
En mi desesperación vino la iluminación. Hundí la mano en mi bolsa y, felizmente, no encontré lo que buscaba.
El trayecto a El Ojo fue odioso; después, con un martillo rompimos la cerradura. En medio de la negrura un bulto palpitaba. La niña tuvo miedo, al entrar, de prender la luz del corredor porque el interruptor estaba a mitad de camino. Prefirió hincarse en la oscuridad y llorar a grito pelado. Pero cuando irrumpimos haciendo un alboroto y echando las luces de nuestros celulares, ella se quedó –extrañamente, pensé en ese momento– callada. Lloró después, apretada a los cuerpos de su madre y su padre, y su confesión fue un balbucido.
Ella y su hermana se contaban historias. Habían aprendido a espantarse, a generarse miedos artificiales a base de discursos. La casita de las maldiciones les disparó un diálogo de escenarios tremebundos, de monstruos tan espantosos que eran sencillamente indescriptibles, al mal no lo rozaban las palabras. Sus fantasías recalaban en el mismo escenario: los largos corredores de El Ojo, el jardín de la gran oscuridad, el ambiente denso de una casa abandonada donde los espíritus se remueven aburridos, confundidos, desesperados por lograr el menor contacto.
La que era más cuentera supo leer mi incomodidad cuando aquellos hombres las miraban, supo interpretar qué significaba el miedo, y ante ella se abrió una oleada de horrores nuevos, que luego vertió en su hermana con las palabras más repugnantes que conocía, disfrutando de causarle daño con la potencia de su imaginación. La otra, asqueada, respondió con golpes, que escalaron hasta volverse vengativos. Todo esto ocurría en uno de los cuartos de la casa-barco o la casa-isla, que se deslizaba por las aguas del domingo sin obstáculos. En medio de la enajenación una de las niñas se acordó de mi llavero, un objeto que solíamos pasarnos de mano en mano para tocarlo con repulsión y admirarnos del realismo de su factura: era un dedo pulgar ensangrentado, con uña y huellas digitales, que parecía cercenado con brutalidad. La niña metió la mano en la bolsa colgada en cualquier parte y seguro sintió al instante el tacto familiar del dedo; me gustaba por eso, el dedo se encontraba con el dedo y era fácil dar con él entre formas no orgánicas. Armada del manojo de llaves, del que reconocía la de El Ojo porque una vez notó que era antigua, la niña flotó por la casa sin ser percibida, abrió dos puertas y echó a correr por la calle.
Dijo que quería esconderse donde nadie la encontrara.
No encontrarla es el miedo que no tiene nombre. Después de ese miedo no hay otro, y todos los anteriores serán preferibles. La amenaza de su desaparición es el espectro que me atormenta, lo sobrenatural me reconforta por contraste. Pocos días después murió Juan, el gato de mi hermana. De fallo renal, como muchos gatos. Pensé: un sacrificio. Y ese pensamiento se trenzó con otros menos verosímiles.
El incidente de terror me hundió en aguas peligrosas, la emoción intensa dio paso al frenesí. En esa salsa escribí estas notas, de las que me separé sólo para dormir un par de horas aquí y allá.
Los gatos maúllan, el viento deforma los murmullos, la voz resiste en un alma pura. En otro marco de lectura los felinos traen la buena suerte. Hay tantos en la isla López que a ratos olvido la espada de Damocles que pende sobre nuestras vidas. Sus sufrimientos, que me han confiado a cuentagotas, son mis pesadillas. La escritura no ha suplementado ningún sentido, de modo que en otra vuelta de tuerca decido triunfar sobre la vejez y el olvido, finjamos que soy feliz, ¿en perseguirme, mundo, qué interesas? En mi cuento nadie se muere y esa no muerte quedará embalsamada.+++++++##########################
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