Incidente

Habíamos estado hablando de las clases. De las clases sociales. Estábamos en la pendiente de césped de plaza San Martín, bajo un sol muy tibio que, cuando se ocultaba detrás de una nube, me hacía temblar. Hacía mucho frío. Yo le dije vamos al Starbucks de acá enfrente que al menos hay calefacción y puedo entrar al baño y, además, una dosis de cafeína no se le niega a nadie. Fuimos. Estábamos charlando en un sofá cuando entró un hombre. Un hombre en situación de calle. Un hombre indigente. Un hombre de la villa. Un hombre. Un fisura, dirían ellos. En estado de ebriedad. En estado de intoxicación. Pedo. En pedo. Fi su ra. Pero repartía papelitos. Papelitos que eran copias de una escritura a mano, donde explicaba su situación y pedía una ayuda monetaria. Una moneda. Una limosna. Una ayuda para vivir. O sobrevivir.

Pasó muy cerca de una mesa donde estaba sentado un hombre de unos cincuenta años, gabardina color crema, zapatos caros. Un burgués. Un fresa, un cheto. Un mamón. El hombre de la calle pasó con un movimiento atrabancado y tiró ¿un vaso, una servilleta? Al momento ya estaba una de las empleadas detrás del intruso. Retiresé, retiresé, le decía. Pero el otro seguía repartiendo sus papelitos. Nos dejó uno en la mesa, lo leí y le dije vamos a darle diez pesos. Para entonces todos los comensales-los clientes-los consumidores de cafeína/azúcar miraban la escena. Las cosas se habían quedado en suspenso. Enfrente llevaba un rato estacionado uno de esos camiones blindados que transportan material delicado (dinero/papelitos). El poli que lo acompañaba se puso frente a la puerta, dispuesto a entrar cuando el ambiente se calentara. La empleada y el hombre se hicieron de palabras. Entró el poli. Se acercó al hombre, le ordenó que se fuera. Éste no hizo caso y volvió a hacer su rondín, recuperando sus papelitos. Nadie le daba nada. Si le das será una provocación, me dijo GJ. Y era un poco verdad. Y era una verdad triste. Mientras tanto el hombre vociferaba, con otras palabras, su derecho al libre tránsito. El poli jaloneó su brazo, el hombre se desprendió con un movimiento fuerte. Se acercó a la mesa del burgués, quien se levantó de un salto, como asqueado, y fue a ponerse atrás de una de esas mesas altas que llegan más arriba del ombligo. El hombre tomó su vaso y le dio un trago, y luego un pedazo de muffin y lo mordió. Luego abrió la puerta y salió del local. El poli también. Pero pocos minutos después el hombre apareció de nuevo, amagando con entrar. La empleada cerró la puerta y le puso seguro, alguna clienta le dijo no podés llamar a la policía de veras. No, no, se tardan diez minutos, dijo ella. El poli -el poli que en realidad no era un poli de calle, sino de los que resguardaban el material delicado del transporte blindado- ya no estaba por ningún lado. Por el ventanal vimos al hombre dando vueltas en la vereda. Pateó un muro del edifico contiguo. Pateó el camión blindado, le dio un golpe al espejo retrovisor, que no se inmutó. Le aventó un objeto. Y por fin se fue.

Qué tremendo, nos dijimos. Qué tremendo observar, cobardemente, aquello de lo que hablábamos.

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Buenos Aires, 764 carta de amor

Conozco la ciudad. Pero ya no puedo mostrársela a nadie. He abandonado ese proyecto. ¿A cuántos amigos y amigos de amigos he paseado por las calles de Buenos Aires? Caminatas de un día, una tarde, una noche, varios días durante una semana. Repito los datos que he ido aprendiendo a solas o, a veces, con otros, y en el fondo me siento un poco una guía de turistas fraudulenta, improvisada, repleta de inexactitudes. Los digo con amor, sin embargo. Mi edificio Kavanagh. El departamento de Borges en la calle Maipú 994 6B. La avenida más ancha entre comillas. El Rodin de Congreso. La fiebre amarilla que devastó San Telmo. La plancha de metal que confina el cadáver de Eva Perón en el cementerio de Recoleta. La estrella de Cerati en Corrientes. Carlos Thays y sus parques y jardines. Las estatuas de Borges y Bioy Casares en La Biela, con el servicio renovado cada día. Y el besazo de protesta ahí mismo, cuando sacaron a dos mujeres que se besaban. La calle Arroyo que es mi pequeña París. Y en fin. A quién podría mostrarle todos los rincones que me sé, los menos espectaculares. Ahora descubro otros, después vendrán más. Pero esa ciudad inabarcable es apenas abarcable para mí misma. A nadie podría mostrarle todo lo que ya sé.

Hay que tener disposición. Dejarse querer por los lugares y sobre todo quererlos. Así mido la energía y la curiosidad y la destreza de la gente, y cómo reaccionan y qué observan y qué preguntan o les interesa o desinteresa. Cuánto pueden caminar en un día. Qué cosas van a querer comer, comprar. Cómo administrarán sus días en la ciudad de Buenos Aires.

Pero se van. Vuelven allá de donde vienen. Yo me quedo. Sigo conociendo, ensanchándome la ciudad. No como antes, ya no. El método de exploración ha cambiado, se ha sofisticado. Oh, qué sé yo.

Luego está que un viernes o un sábado voy en el 15 de madrugada, volviendo de algún lado, y el colectivo va lleno de personas jóvenes que también vuelven de algún lado, amigos y amigas, novios y novias y novies, y están los que se ríen y gritan y cantan y se besan, y quien mira su teléfono o va con los ojos cerrados, y quien contempla lo que sucede detrás de la ventana o cuya cabeza cuelga y sus brazos también y su cuerpo grita el cansancio, y entonces yo siento mucho amor por todos y que una cosa nos une que no puedo explicar pero que sólo puede suceder en esta ciudad en este año en esta época.

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martesjueves

Ayer, sobre Hipólito Yrigoyen, estaba una brigada repartiendo sopas en vasitos de crema y queso, que las personas que viven en Congreso tomaban con algarabía. Están arreglando la plaza, no se puede entrar a ella por ningún flanco, y quienes viven ahí se han replegado a la acera de Yrigoyen, cerca de la Biblioteca del Congreso. Últimamente se me ha hecho por costumbre ir a estudiar ahí: como biblioteca no es tan linda como la Nacional, con sus lámparas verdes y vista espectacular de la ciudad, pero es la que me queda más cerca y no requiere mayor trámite, y por lo general tiene los libros que necesito.

Yo sabía que esto pasa, que hay quienes se organizan para llevarles comida a los que no tienen casa. Nunca había visto. En todas las ciudades hay una red de ayuda y trabajo y también de miseria y crimen, pero por alguna razón siento que en Buenos Aires esa trama es más visible, no está localizada. Yo venía caminando por Callao, había ido al BAMA a ver A quiet passion, sobre la vida de Emily Dickinson, y al cruzarme con muchas personas por la avenida pensé eso que siempre pienso por las noches: cómo aquí abundan los locos, los excéntricos, los raros (en el segundo piso de un McDonalds, bebiendo un café y mirando al frente con ojos vacíos, un hombre que parecía haber resucitado de una temporada en un lugar infernal, bajo tierra, el pelo rastudo y barba desordenada y la piel ajada).

(A quiet passion es muy hermosa y extraña: una puesta en escena teatralizada con un diseño de sonido portentoso que deja caer los diálogos, muy punzantes e ingeniosos, como piedras; en la función había puras personas mayores, que siempre son los mejores compañeros de cine porque suelen ser callados, aunque hubo uno que cerca del final empezó a roncar.)

Julio sin dinero pero algunas cosas logré hacer. Fui a casa Brandon a escuchar leer a María Moreno, Ariana Harwicz, Diana Bellessi y Laura Estrin. Hubo un programa doble de Lynch en el MALBA: no alcanzamos boletos para la primera, Blue Velvet, que de todos modos ya he visto un par de veces, pero sí para la siguiente, la que me faltaba de Lynch, Wild at heart. Al salir esa madrugada, a las tres de la mañana, la neblina había cubierto los últimos pisos de los edificios elegantísimos de Figueroa Alcorta y el frío cortaba la piel: yo traía mallones, pantalón, doble calcetín, gorrito, bufanda, guantes, la parka con el gorro puesto, y de todos modos sufría. Fue el viernes que me sacaron el celular de la mochila. Lo que más extrañaría a continuación no serían las fotos (había logrado bajar las de Uruguay, por lo menos, y las demás no importaban demasiado), sino -descubrí una tarde- el maldito Whatsapp, los mensajes grupales que por lo menos me mantienen entretenida o me dan una falsa sensación de acompañamiento. Aunque queda el Telegram web. También intenté ir a ver El invierno llega después del otoño, pero las dos veces que llegué al Gaumont, una vez habían cancelado la función y la otra era jueves y ya habían cambiado los horarios. Un sábado comimos sopes, vimos Me estás matando (coma) Susana. El día del amigo tomamos vino con los mexicanos y las venezolanas, y luego todo se fue en hablar de Venezuela, en discutir. Ese nosotros tácito es engañoso: a veces son unos y a veces otros. Pero muchas veces yo sola. Fui al café La Paz, que Piglia menciona frecuentemente en sus diarios, y tomé una cerveza y leí unas cosas y escribí un poquito. Al salir, en Montevideo, pasé por el Pippo y el Pepito, otros lugares donde él solía cenar ¡hace casi cincuenta años! Otra cosa que suelo hacer, que ocurrió este mes: paso a la confitería y compro dos sándwiches de miga, por ejemplo de pollo con tomate o jamón y piña (ananá) o queso y salame, y me los voy comiendo mientras camino. Ya ese tipo de sándwich con textura de papel de estraza no me sabe de otra manera.

El demasiado trabajo, el lento avance. Las madrugadas. Asomarse por el balcón: una pareja esperando el 15, un señor inclinado junto al contenedor de basura, como si vomitara; dos hombres que pasan gritando. El señor de los quesos y los jamones del chino, que es muy amable y sonriente, y el chavo que atiende la caja principal que es malencarado, lindo como cantante de kpop pero malencarado; y el señor de las verduras que es bueno y seguido me consigue cilantro. Los de la pollería, que son rapidísimos y siempre dicen cómo vaaaa, bueno, bárbarooo. El muchacho venezolano del Día que, al día siguiente de la Constituyente, le decía a su compañero -riéndose maniática, resignadamente- que ahora menos se podía regresar, que ahora le quedaba más tiempo en este país, aunque no quisiera, y luego una señora le preguntó por las azúcares y él le dijo ahí en la góndola de los arequipes, que diga, del dulce de leche y luego se estuvo riendo mucho y muy fuerte por la puntada de los arequipes.

Pasó borroso, frío, sin muchas alegrías, el mes pasado.

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Julio

Le temo a julio. Tal vez, concretamente, al julio de Buenos Aires. Por estos días pasó lo del accidente de mi papá, hace dos años. El día que lo operaron, la noche en que le insertaron una placa de metal en la frente, se rompió la calefacción del edificio donde vivía. Esperé una hora y media en un silencio helado, temiendo lo peor. ¿Para qué recuerdas eso? Mejor no acordarse. Bueno: es inevitable. Fui a llamar por teléfono a un kiosco y atendía un muchacho pelirrojo y pecoso que me hizo la plática. Después yo evité pasar por ese kiosco, aunque seguro él me había olvidado ya. Luego vino agosto, y no recuerdo mucho aquel agosto. Una noche desgraciada en Flux, bebiendo hasta el hartazgo, lloriconeando y luego, por un malentendido, mi amistad más verdadera en esta ciudad entró en un impasse. Tenía decidido que este invierno no me derrotaría, porque ya tengo abrigos aceptables y calefacción a gas en mi cuarto, pero no, para qué andas decidiendo de antemano, si llegó julio y empezó mi fatalidad económica, un hundimiento financiero que me tiene contando los pesitos cuando voy a la verdulería y compro: papas, zanahorias, tomates, mandarinas, y planeo mis alimentos y mis gastos posibles del día. Negada de mis placeres hedonistas, por ejemplo: un café en la calle. Un libro si me place. El cine. Salir. Me tiene un poco jodida eso y a la vez romantizo la precariedad, la posibilidad de vivir con dignidad en la escasez que obliga al ingenio, a las decisiones, a un ascetismo impuesto.

(Sí recuerdo agosto, o una semana al menos, cuando vino ella y me trajo luz y aire)

Estoy con los nervios crispados. El ruido del subte me aturde. Si me obstaculizan el paso me lleno de furia. No entiendo qué me ven cuando se detienen a mirar mi cara por la calle. Vuelvo, innecesariamente, al asalto de Constitución. Ya no camino tranquila. En Tucumán, pasadas las diez de la noche, vi a un hombre masturbándose debajo de un montón de cartones. Luego me compré una empanada que estaba podrida. Ayer me desperté de un doloroso calambre en la pantorrilla. Hace rato, no sé por qué, se me ocurrió fijar a la señora que estaba sentada frente a mí en el vagón: sólo tenía arrugas alrededor de los labios, muy delgados. Había un olor como a huevo podrido, a mayonesa pasada, de origen incierto. Ayer fui al hospital Ramos Mejía y me dolió el estómago y me perdí en el laberinto y fue perturbador a secas. Mejor no volver nunca más. Luego: llueve. Mi gripe se enquistó, más días de los aceptables con el malestar encima, chingándome la existencia con aplicación, bajo la ingenua creencia de que se me pasaría con mera resistencia. Insomnio. Dudas sobre el trabajo al que le dediqué mis energías los últimos dos meses, si valió la pena poner todo lo demás en segundo término. Y otros males íntimos. La racha. El túnel que se alarga. Creo que es julio. La culpa la tiene julio.

 

 

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Mi acompañamiento audiovisual: Twin Peaks. Y así persistir con el desasosiego y la confusión.

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Los diarios parte II

Soñar con aguas turbias nunca es buen signo, pero si soñé con el río fue porque, antes de dormir, lo último que leí era que «el río es la última frontera a donde van a recalar los excluidos y los suicidas». Era otro río, el mismo Río de la Plata, pero otro definitivamente, en otra época, con formas distintas de llegar a él, de contemplarlo. Soñé que me iba de mi cuarto, que ya no vivía en esta casa. Era una pesadilla, porque yo adoro esta casa y también este barrio, el Boedo de la clase trabajadora, de la mística de Arlt y su grupo, de casitas y cuadras siempre iguales. Entonces me iba a otro cuarto, feísimo, con una cama estrecha y sin paredes, que sin embargo tenía una ventana enorme que daba al río. «Mira el río», le decía yo a un locutor onírico mientras abría la ventana, intentando convencerme de la bondad de tener el río a la mano, siempre disponible, tan cerca que sus aguas tocaban los bordes de aquella ventana o balcón, y de pronto el agua sucia, verdosa, un cadáver doblado y descompuesto, que yo tocaba con el pie, y tres hombres que pasaban por ahí flotando, unidos en un extraño acto copulatorio, el de hasta abajo posiblemente muerto, ahogado. Es un sueño cuyas imágenes no se me han borrado desde hace días. La atmósfera del sueño suele acompañarme a lo largo del día, pero no durante más tiempo. Luego leí que «al soñar nos vemos a nosotros mismos como si fuéramos un personaje». Y que:

El diario es como un sueño, todo lo que sucede es verdadero pero pasa en un registro tan condensado, tan cargado de sobrentendidos, que sólo lo puede entender el que lo escribe. La literatura tiende a ir ahí: su campo es la escritura privada, que se ilusiona con la idea de que está escrito para que nadie lo lea. Por eso el suicidio de Pavese es también una teoría o una resolución de lo que ha escrito en sus cuadernos personales. Kafka decía: sólo quien escribe un diario puede entender el diario que escriben otros.

Estoy leyendo la segunda parte de los diarios de Piglia. Me acompañan. Me avergüenzan, es decir, me humillan, porque verifico en ellos que nunca lograré trabajar con ese tesón, con esa disciplina, incluso con esa alegría. Aunque no tiene ningún caso martirizarse por eso y, peor todavía, compararse (no hay punto de comparación). También leo otras cosas. Las lecturas de la maestría, por supuesto. Y aparte, en otros momentos, a Armonía Somers. A Rebecca Solnit. Y eso leo, y también he visto cosas, y escuchado otras tantas. Pero este libro me la paso subrayándolo. Por ejemplo: «soy racional con la literatura e irracional en mi relación con la literatura». O: «me cuesta narrar aquí lo que vivo en el presente, la experiencia logra todo su espesor recién en el recuerdo». En fin, Piglia, siempre me haces lo mismo.

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La ciudad que vivimos: Buenos Aires y Ciudad de México

¿Qué es el espacio público? ¿Lo contrario de lo privado? ¿El espacio del que todos, sin garantía de propiedad, podemos beneficiarnos? La pregunta original era otra. ¿Cuál es la diferencia entre caminar en la Ciudad de México y caminar en Buenos Aires? ¿Puede compararse la experiencia del espacio público entre dos ciudades? Dos capitales latinoamericanas, desmesuradas, complejas, de configuraciones distintas, separadas por la historia y la distancia, que han intentado fijar su propia valoración del espacio público. Una es demasiado nueva; la otra conserva, como un palimpsesto, las huellas de su pasado precolombino… Ambas son centros financieros, comerciales, culturales, rodeadas de zonas metropolitanas compuestas de localidades dormitorio. ¿Cómo viven los defeños, cómo viven los porteños? ¿Cómo vivimos, todos, las ciudades?

Las ciudades no son cifras sino vivencia. Debo partir de mi experiencia, que es limitada, por eso me acerco a otros y contrasto (me inspira un texto publicado por Claudia Altamirano también en Nexos). En México viví muchos años en un poblado rural de 9,000 habitantes, Polotitlán de la Ilustración; después en Querétaro, la ciudad con la mejor calidad de vida según sus propios habitantes, y en varias zonas del D.F. (de la Prado Churubusco a Panteones, de la Juárez y la Roma a Coyoacán). Vine a Buenos Aires temporalmente, a estudiar un posgrado y terminar algunos proyectos, al tanto de que tarde o temprano debo regresar a mi ciudad. Esa ciudad que durante los últimos tres años me pareció inhabitable, lo declaro sin rodeos.

Lo que yo vivía lo viven millones todos los días. Lo aceptan, lo asumen. Pero no dejan de sufrirlo. Trasladarme de la Narvarte a Palmas, donde trabajaba, me tomaba tres horas diarias ida y vuelta: camión-metro-camión, en unidades repletas durante horas pico. Diez kilómetros aproximadamente, que en automóvil habrían cambiado poco y en bicicleta son impensables o temerarios. Antes de las ocho de la mañana toda interacción social había estado marcada por la agresión: de choferes, de pasajeros y por inspiración propia, pues en el metro es común ser testigo y participar en actos de violencia entre usuarios. Tiempo para pensar (para lamentarse) entre empujones, insultos, arrancones, claxonazos. En mis horas libres, en fines de semana, no visitaba parques, caminaba poco, me acoracé de la ciudad y dejé de participar en ella. El afuera no existía más. Vivir para refugiarse en la casa, en el adentro.

Daniel Burnham, el urbanista que reconfiguró la caótica Chicago de inicios de siglo XX, escribió en su ya famoso Plan of Chicago que, así como un execrable entorno urbano inspira lo peor de las personas obligadas a habitarlo, uno que fuera grandioso, “que expresara los valores de la civilización y el orden”, inculcaría dichos ideales y traería a la luz lo mejor de cada persona. Es una idea conservadora, binaria y quizá simplona, pero creo en ella.

La movilidad es parte del uso que le damos a las ciudades. Mi experiencia, hay que reconocerlo, era privilegiada a pesar de todo: vivía en una zona central y me desplazaba a una que, si bien un tanto inaccesible, estaba comunicada con el resto de la ciudad. ¿Cómo viven los demás sus traslados? Francisco Salmerón, diseñador editorial, excompañero de trabajo, vive en Bosques de Morelos, Cuautitlán Izcalli. Durante cinco años ha trabajado en la zona de Palmas-Lomas de Chapultepec. Entra a trabajar a las ocho de la mañana, con una tolerancia de quince minutos: si acumula tres retardos a la quincena le descuentan un día. “Antes, para poder llegar a mi trabajo temprano, me levantaba a las 5:15 am y a las 6:05 tomaba una combi que sale a una cuadra de mi casa y llega a la México-Querétaro; ahí pasa un camión que llega directo a Lomas de Chapultepec, pero era muy feo venir por esa ruta porque me asaltaban muy seguido y el camino era largo. Este camión hacía hora y media en la mañana, más la media hora de la combi, en total hacía dos horas para llegar en la mañana”.

“Al principio me dormía para pasar el rato, pero con el tiempo los asaltos ya eran tan frecuentes que viajaba espantado. Los asaltantes se subían a la siguiente parada de donde yo tomaba el camión: regularmente son dos personas, que se suben, pagan su pasaje y en un tramo de tres minutos sacan la pistola, te piden la cartera y el celular. Me asaltaban cada dos meses, hasta que opté por tomar una ruta más segura pero con más transbordos: tomaba la misma combi pero ahora llegaba hasta el suburbano de Lechería. Ahí tomaba el tren hasta la estación Fortuna, que son unos 15 minutos; ahí cambiaba a la estación Ferrería de la línea roja del metro (Rosario-Martín Carrera), me iba a Rosario y ahí cambiaba a la línea anaranjada, para bajarme en Auditorio. Y de ahí el camión que va a Palmas. Era mucho transbordo pero era más seguro. Lo único que sufría era los empujones y los arrimones”.

“Así duré un año. Después mi hermano entra a trabajar a Santa Fe y, buscando opciones de transporte y rutas en internet, encontró a una persona que se anunciaba transportando gente de Cuautitlán Izcalli a Santa Fe. Lo mejor de todo es que este chofer vive muy cerca de mi casa, así que me recoge en la avenida y me deja justo en la puerta del trabajo. Mis horarios, ahora, son así: a las 5:45 am me paro, me baño y me visto, salgo a las 6:15 y el transporte pasa por mí a esa hora. Se va por el segundo piso y me deja en Palmas a las 7:15. Hago tiempo durmiéndome o adelantando trabajo”.

“En la camioneta caben unas 17 personas pero no se regresan todas porque tienen distintos horarios. A mí me cobra, ida y vuelta diario, 1,650 pesos al mes. Si sólo pagas ida son 1,200. Salgo de trabajar a las 5:30 pm, me espero un rato y a las 6:40 aproximadamente, dependiendo del tráfico o la lluvia, voy hacia donde me recoge. De regreso baja de Santa Fe por Virreyes y pasa por mí frente a la Fuente de Petróleos. Ando llegando a mi casa como a las ocho de la noche”.

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¿Quiénes son los encargados de configurar las ciudades? Incluso los urbanistas que transforman las ordenaciones citadinas, como Burnham, no han logrado evitar que toda ciudad guarde otra dentro de sí, la de los excluidos, los barrios guetoizados, la experiencia urbana lejana a la propiedad, el consumo, lo verde, lo recreativo. La modernidad es la experiencia de la urbe, aún en el caso de un habitante de entorno rural, que mantiene siempre una relación de dependencia con la metrópoli (la existencia de mi pequeño pueblo, Polotitlán de la Ilustración, no puede pensarse sino en relación con su cercanía a San Juan del Río o incluso a Querétaro, a pesar de que sus límites políticos lo marquen como entidad mexiquense).

Un personaje paradigmático de la modernidad es el flâneur, que va errando por la ciudad para descubrirla. El hombre de la muchedumbre. Que asiste a las galerías parisinas para mirar y… comprar. Nuestro repudio a la creación del corredor comercial Chapultepec nos ha obligado a pensar en esto, cómo la propiedad –el dinero– atraviesa nuestra experiencia de la ciudad: un espacio público verdadero no exige consumo.

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Romanticé Buenos Aires. La primera vez que la visité, tras un periplo sudamericano, era febrero: nunca olvidaré la impresión que me causó aquella ciudad en pleno verano austral. Lo verde. El calor húmedo. El verano dislocado, invertido. La atmósfera ligeramente festiva, vacacional. Había conocido, un poco antes, tres capitales latinoamericanas: Quito, Bogotá y Caracas, y otras ciudades y pueblos más pequeños de sus respectivos países. En contraste, Buenos Aires me pareció moderna, excesiva, cosmopolita. Una abundancia de parques como yo no conocía, en los que la gente se asoleaba (mujeres en bikini en la vía pública: una visión insólita para una mexicana) y pasaba el rato sin hacer nada, tal como, según sabía, me habían contado, hacían algunos europeos durante sus breves veranos.

Esta vez, llegada desde el D.F., reconozco que la modernidad mexicana ha adoptado los modos del norte, cierta cultura del servicio y del consumo, un modo a lo yanquique en Buenos Aires ha penetrado menos. “Estados Unidos está tan lejos como Europa”, me dijo un argentino una vez, al fin y al cabo. Pienso, entonces, en aquellas ciudades estadounidenses organizadas alrededor del mall como en nuestros pueblos de herencia española la vida se organiza en torno a la iglesia. Los negocios en Buenos Aires están atomizados: giros comerciales acotados, compras en pequeño y a pie, y hasta cines que persisten solitarios, con sus nombres originales, desligados de la lógica de la plaza y el combo. Otro modo de vivir el afuera, con un ritmo marcado por las diferencias estacionales: al invierno frío y ventoso le sucede una tímida primavera, un poco de sol, y luego un verano tropicalesco, abrasador, por momentos asfixiante. Apenas el clima lo permite, las calles se colman.

Lo que más me atraía de Buenos Aires, además de sus librerías y programas académicos, era la posibilidad de vivir en una ciudad de dimensiones caminables. Liberarme, en parte, del transporte público defeño. Caminar. Sus plazas, parques y áreas verdes. Disfrutar del afuera.

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Estoy sentada en la pendiente de pasto de la Plaza San Martín, un sábado de septiembre. El barrio de Retiro condensa Buenos Aires. Hay sol, hay viento frío. Encuentro a mi alrededor parejas, niños descalzos, perros, amigos que beben mate y se sacan fotos. También hombres, adolescentes e incluso niños desposeídos, que se acercan a esta plaza a dormir sobre cartones o directamente sobre el césped.

Sobre la alfombra de césped hay motas blancas de algo parecido al algodón. Es la floración de los tilos, árboles grandes, añosos, que acompañan a los palos borrachos, las magnolias y los gomeros que verdean la plaza, una de las tantas diseñadas por Carlos Thays, paisajista francés, naturalizado argentino, nombrado director de parques y paseos en 1890. Más de 70 parques en Buenos Aires llevan su firma. Además, trajo numerosas especies extranjeras a la ciudad, trazó barrios y cultivó huertos, calculó floraciones de distintos colores según las estaciones y en su honor se nombró el jardín botánico… En un breve artículo sobre su legado, Loreley Gaffoglio lo llama “alquimista de la belleza”. A días del equinoccio de primavera, estoy pensando en Carlos Thays.

Hay una lata de cerveza tirada, decenas de colillas de cigarro y legajos de un periódicoClarín que sobrevuela la plaza. Leo un balazo al azar: “Para el Gobierno y los privados, hubo un repunte de la economía”. La vista siempre termina cayendo en la Torre de los Ingleses. Tras la guerra por las Islas Malvinas, su nombre oficial es Torre Monumental. La plaza misma que la alberga, antes Plaza Britania, lleva ahora el nombre de Fuerza Aérea Argentina. Es melliza de la San Martín, pero allá hay poco pasto, pocas bancas. Adyacente a la estación de ferrocarril de Retiro, se trata ya de una “zona brava”: sus márgenes hacen las veces de paraderos de autobús.

Si miro a mi derecha me encuentro con el perfil del Kavanagh, inaugurado en 1936, entonces el rascacielos más alto de América Latina (120 metros de altura, puro hormigón, espigado como la proa de un barco). El piso 14, el que habitaba Corina Kavanagh, es ahora un departamento de 726 metros cuadrados valuado en seis millones de dólares. Pese a sus 105 departamentos, este emblema del art déco es peculiar por un detalle: carece de estacionamiento.

A la Plaza San Martín la rodean edificios de distintos estilos: la mole de cemento y vidrio del Sheraton, la Torre Pirelli, la sede argentina de American Express (que donó las escaleras de cemento que descienden por la plaza) y varios edificios de departamentos de la escuela Beaux Arts que abunda en Buenos Aires, las fachadas afrancesadas que le ganaron su reputación de la “París de América”. Muy cerca de aquí está el expalacio Anchorena, ahora Ministerio de Relaciones Exteriores, un edificio academicista, de estilo borbónico, construido a principios de siglo. En aquel entonces el barrio recién había acogido a las familias adineradas que huyeron de la fiebre amarilla, de San Telmo y la zona centro.

En uno de sus textos más conocidos, La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica (1939), Walter Benjamin nos dejó un pensamiento breve y sencillo sobre la arquitectura: su recepción, la relación entre sujeto y obra, “se da por partida doble: por el uso y por la percepción. O mejor dicho: de manera táctil y óptica”. Toda forma artística está destinada a transformarse o desaparecer, pero la necesidad humana de habitación es permanente: contemplamos los edificios no con recogimiento, como quien se abisma en una obra, sino por acostumbramiento, distraídamente y, lo más importante, en colectividad.

Veo, a lo lejos, una grúa. Un edificio a medio erigir, la promesa de una nueva faz urbana. Yo sé que el Río de la Plata está cerca, detrás de las grúas, pero es imposible verlo. Buenos Aires creció dándole la espalda al río. También sé, ahora por experiencia, que detrás de la estación, detrás de las vías de tren que parten de Retiro, se encuentran los bordes de la villa de emergencia más emblemática de Buenos Aires: la Villa 31, uno de los primeros asentamientos irregulares de la ciudad. Es popular en ella la labor del padre Mugica, de la Teología de la Liberación, que en 1974 fue asesinado por la Alianza Anticomunista Argentina. Hoy es la villa más penetrada por organizaciones sin fines de lucro.

Una vez entré, acompañada. Pienso, en esta parte, en algo que escribe Josefina Ludmer en su meditación sobre escrituras contemporáneas en nuestra región: “Las ciudades brutalmente divididas del presente tienen en su interior áreas, edificios, habitaciones y otros espacios que funcionan como islas, con límites precisos… Se puede entrar: tiene límites pero está abierta, como si fuera pública” (Aquí América Latina, una especulación: 2010). A la villa no se va: se entra. Siempre con alguien de su interior. Los vecinos cuentan anécdotas sobre el ahora papa Francisco, cuando llegaba de visita a la villa, con su maletín negro y en colectivo, pero su leyenda no roza siquiera la de Mugica. La mayoría de sus habitantes son inmigrantes de países limítrofes: Paraguay, Bolivia, Perú… La pequeña Latinoamérica, la llaman, mientras relatan los proyectos inconclusos para urbanizarla, envolverla en un túnel “verde” y hacerla menos visible, menos incómoda.

Hay otra Buenos Aires, más grande, que suele esconderse.

A pocas cuadras de aquí nace la avenida 9 de Julio, según los argentinos la más ancha del mundo (hay disputas al respecto). En 2013 se inauguraron los carriles del metrobús, pero sin metrobús, en realidad carriles exclusivos para 11 líneas de colectivos (que aquí llaman “bondis”) y que, según datos oficiales, redujeron en 40 minutos el tiempo de viaje de unos 240,000 pasajeros. El experimento, de inspiración defeña y bogotana tiene un antecedente: los primeros carriles del metrobús se abrieron en 2011 a lo largo de la avenida Juan B. Justo, entre los barrios de Liniers y Palermo. Como en el D.F., es un sistema en constante expansión.

Pienso que yo vine a Buenos Aires a caminar. Que ésta es la ciudad que yo habito, la que buscaba. Bajo mis pies es pequeña, manejable, sus coordenadas delimitan una existencia fácil y afortunada: en el fondo todavía soy una turista cegada por el polvo de estrellas que la ciudad tiende, inadvertidamente, sobre los ojos foráneos. No es casual que Buenos Aires nos inflame con los resplandores del flâneur. Por momentos me parece más antigua (o mejor sería decir más anticuada) que el D.F., pero es indudablemente más nueva: su cara verdadera se edificó entre 1890 y 1910, una época en que la opulencia económica se correspondía con la novedosa experiencia de la vida en la urbe. En uno de sus textos críticos clave, Una modernidad periférica (1988), Beatriz Sarlo se refiere a la veloz transformación de la ciudad y su impacto en la cultura argentina, típicamente de mezcla (la segunda ciudad que en el siglo XX recibió mayor porcentaje de migración europea). El elenco de nuevas imágenes y percepciones, el paisaje reconstruido a través de la mirada. “Buenos Aires ha crecido de manera espectacular en las dos primeras décadas del siglo XX. La ciudad nueva hace posible, literariamente verosímil y culturalmente aceptable al flâneur que arroja la mirada anónima del que no será reconocido por quienes son observados, la mirada que no supone comunicación con el otro”.

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Jessica Garbarino es una periodista y editora argentina y hace más de 13 años migró a la Ciudad de México. Vive en la colonia Cuauhtémoc y también trabaja en Palmas. Me interesa la experiencia contraria, el espejo de la vida en ambas ciudades.

“Yo en Buenos Aires vivía en Haedo, una localidad del oeste del Gran Buenos Aires, tren Sarmiento, media hora de viaje y llegás. Ahí viví hasta los 26 años y me tomaba el tren a diario para ir a la facultad y a trabajar. Se me hacía que perdía muchísimo tiempo: una hora de ida y otra de vuelta me parecía un horror… Y ahora es lo mínimo que me tardo si no tomo precaución de salir de la oficina antes de las seis de la tarde o, si no llego temprano, antes de las ocho (con la diferencia de que acá son tres kilómetros y medio de distancia y allá eran 16). Así que esa pérdida de tiempo fue una de las razones que me llevó a independizarme y mudarme a la capital, barrio de Monserrat, calle México. Mientras viví ahí, iba prácticamente a todos mis trabajos caminando, sólo para uno tomaba un colectivo. Iba al cine caminando, de compras, para la facultad me tomaba un colectivo… Me sobraba mucho tiempo cuando me mudé, que usaba para mi calidad de vida: ir mucho al cine, ver seguido a los amigos…”.

“Estoy casada con un mexicano y mis hijas nacieron aquí. Mi primera impresión al instalarme acá fue que Buenos Aires era una ciudad mucho más caminable, con un sistema de transporte amigable, organizado. Algo que, fuera del metro, no encontraba acá. Los camiones desvencijados me llenaban de pavor al principio… Recuerdo contarles a mis amigos por mail que un día el chofer iba viendo tele y que era bastante común que trajeran un periódico abierto sobre el volante y que le fueran echando el ojo. El punto es que cuando vine a vivir a México yo no sabía manejar. Nunca lo había necesitado. Con el paso del tiempo y la llegada de las hijas, aprender a manejar se hizo imperativo. Algo que tuve que encarar aunque no lo disfrutara, me llenara de susto y me diera colitis durante un año, hasta que le agarré un poco la mano. Sigo sin disfrutarlo y si tengo que ir a lugares que no conozco, a veces prefiero tomar taxi…”.

“Siempre digo que si hubiera buen transporte público, cómodo, puntual, que no cambie la ruta porque al chofer se le antojó o que sepas bien dónde para (un servicio público en forma, vamos), yo no usaría el auto para ir a trabajar, y me evitaría el gastadero de dinero que cuesta estacionar todo el día para nada. Pero en una época en que lo intenté (las obras en la Fuente de Petróleos y la instalación de los parquímetros nos complicaban la vida) encontré que era realmente complicado hacer un trayecto tan corto y tan directo como el que me llevaría de Palmas al Ángel. Para empezar no hay nada directo. Hay que caminar varias cuadras hasta Periférico, y algunos días los choferes deciden no pasar por abajo del puente, entonces hay que agregarle unas tres cuadras más hasta pescarlos más adelante. Ese camión te deja en Auditorio y ahí hay que tomar otro (más fila) o de plano ir hasta Chapultepec, que de ahí a mi casa son otras 10 cuadras… De hecho, mi auto no circula los viernes y padezco esto cada semana. Es una locura pensar que es el mero centro de la ciudad y que esté tan mal conectado, que las rutas no sigan más lógica que la de cobrarte la mayor cantidad de boletos posibles.

Luego hay un camión que va por Masaryk, por el cual opto a a veces, pero los choferes son maleducados e irrespetuosos y cada vez que me lo tomo me lleno de coraje. Nadie les controla que traen el volumen de su música a niveles que hacen doler los oídos. O que van a dos por hora esperando que se llene el camión (te tardas el triple), etc, etc.”.

“Si hay algo que extraño y que envidio de otros países es la calidad de vida que te da que los traslados sean sencillos y que puedas aprovechar el tiempo en cosas más agradables. Mi esposo trabaja hasta Santa Fe, los mismos 16 kilómetros que hacía yo cuando vivía con mis papás, y resulta que si no quiere estar al volante más de dos horas, tiene que salir de casa antes de las 7 am… y nunca logra regresar antes de las siete de la tarde (eso es cuando llega temprano). Entonces llega un punto en que vivimos para trabajar, de lunes a viernes no podemos hacer otra cosa (a veces no alcanza a ver a las niñas más que 10 minutos en el desayuno). Llegan los fines de semana y nuestro principal objetivo es no mover los autos. Y acá viene quizá una justificación de por qué tantos extranjeros amamos vivir en la Cuauhtémoc, en la Roma o en la Condesa… Son colonias muy caminables, que se parecen un poco a lo que estamos acostumbrados, y que disfrutamos básicamente los fines de semana”.

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En charla con amigos mexicanos, en Buenos Aires, pregunto qué disfrutan más de vivir aquí. Dos de ellos, Jessica Jaramillo y José Juan Zapata, son norteños, de Monterrey y Torreón respectivamente. La respuesta de ella es inmediata: “Sentirme segura: al caminar siento menos inseguridad de la que sentía en Monterrey. Además, me encanta que haya plazas por todos lados y espacios verdes, y que la gente los use. Allá te prohiben “pisar el césped” y si te ven acostado, llega el policía y te corre”. José Juan: “Me gusta de Buenos Aires su arquitectura. Su mezcla de edificios y avenidas muy europeas, junto con edificios nuevos y a veces horribles. El caos: lo lindo y lo sórdido mezclado. En general, es una ciudad muy vivible. Buen transporte, tranquila”. Un amigo argentino, Javier S., participa: “A mí lo que me gusta es que es una ciudad grande pero fácil, y me siento cómodo conociéndola toda y recorriéndola. Me gusta tener mis sitios y negocios preferidos”.

Pero mis amigos se dedican a lo mismo que yo, llegaron a Argentina por motivos similares. Entonces repito el experimento con una comunidad virtual, el grupo de Facebook de mexicanos en Buenos Aires, donde paisanos cuelgan ofertas, hacen preguntas, discuten temas y en general comparten la experiencia, tan distinta y a la vez tan parecida, de la migración. Las respuestas son similares. Javier R.: “Creo que la estrellita de Buenos Aires es el transporte público. A pesar de la escasez de las líneas del subte, los colectivos son maravillosos, seguros y funcionan las 24 horas”. Pits S.: “Al llegar, una de las cosas que más me llamaron la atención fueron los parques. Hay un interés por la recuperación de espacios verdes, los vecinos colaboran con la vigilancia y la limpieza de las zonas. Me parece que para los porteños es importante tener este espacio de recreación, ya que lo consideran un derecho más”. Thabata P.: “En los últimos años la ciudad ha tenido una inversión en políticas de movilidad, como el metrobús y las bicisendas, pero ha dejado de lado el mejoramiento de líneas de subte y hay fallas en la conectividad con el conurbano”. Antonio D.: “Creo que sus banquetas tienen mejor diseño, son más uniformes y eso ayuda a las personas que usan sillas de ruedas”. Carlos B., con una queja: “Hay muchas cacas de perros en las calles de Buenos Aires. Siempre pisas una porque no hay cultura de recoger desechos de perro”. Y un colofón, de Marisa B.: “Es la primera ciudad donde me puedo mover en bicicleta. Es muuuy divertido”.

Pienso: ¿Me estoy dejando llevar? ¿Me estoy engañando? Sin duda hay una Buenos Aires menos amable, más complicada, aquella que inicia en los márgenes y succionahacia el centro. Por eso charlo con dos habitantes del conurbano, la zona metropolitana de la provincia de Buenos Aires que circunda la llamada CABA (Ciudad Autónoma de Buenos Aires).

Marcelo Peralta es profesor de letras en el Instituto 83, un terciario, en Solano, que pertenece a Quilmes Oeste, y en la Universidad de Varela, en la misma localidad. “Para mí venir de provincia a la ciudad es un quilombo, y volver peor. Son viajes de dos horas. Tomo la línea 148 del colectivo que me deja en Constitución, y allí hay subte. Y después hay medios alternativos, combis y taxis colectivos por ejemplo. Están saliendo todo el tiempo y tienen parada libre, o sea que si no está la policía te paran en cualquier esquina. Para las zonas periféricas es difícil viajar, porque no hay muchas líneas de colectivos y se tardan mucho tiempo. La 148 hace una hora y algo más, y nunca voy sentado. A mí la capital no me gusta, las veredas son muy chicas, estás chocando con la gente todo el tiempo. Yo laburaba acá en el centro, para venir me tomaba el 585, y para todo tenés que esperar un montón. En provincia hay otro ritmo, más tranqui”.

Federico Salvá vive en Villa Madero, en el partido de La Matanza, y da clases en una escuela privada judía del barrio de Belgrano-Colegiales. Lo primero que me dice: “La ciudad llega hasta donde termina el subte. Hay zonas que, aunque el subte llegue, ya es provincia, como la E que llega al bajo Flores, en el límite entre Mataderos. Las líneas de colectivo van subiendo de número mientras más se adentran en provincia: si ves una que es más de 100 ya preocupate. Mi rutina: me levanto a las 6:20, camino 12 cuadras y me tomo el 63 que viene casi vacío porque ahí empieza su ruta, me voy durmiendo tranquilo, golpeándome la cabeza, hasta el colegio. De viaje neto será una hora y media, una hora cuarenta. Después de trabajar voy a la maestría en el microcentro (Centro Cultural Borges) y ahí tengo varias horas vacías, siempre me quedo con la duda de qué hacer, si vuelvo a la casa apenas me daría tiempo de llegar, lavarme la cara, tomarme un café y volver. Entonces me quedo acá dando vueltas, caminando. La ciudad la camino toda. En Belgrano tomo la línea D del subte y casi siempre me voy a la biblioteca del profesorado Joaquín B. González, cerca de la Facultad de Medicina. Después en la noche me tomo el 132 hasta Caballito, que tardará unos 40 minutos, y de ahí el 103 que llega hasta mi barrio, otros 50 minutos”.

En 2009 se implementó la tarjeta Sistema Único de Boleto Electrónico (SUBE), que funciona indistintamente para el subte y los colectivos. A pesar de la propaganda sobre sus bondades, Marcelo y Federico se muestran escépticos. “Antes el gobierno le daba subsidio a las empresas para que no aumentaran el precio del boleto, como decirles: “invertí, poné más unidades”, pero en realidad no renovaban los colectivos. Pusieron la SUBE y cambiaron el sistema: ahora subsidian el boleto y todo está registrado electrónicamente, así controlan bien cuántos pasajeros hay. Las líneas son de empresas grandes que compran recorridos: vos tenés los de capital que están cuidados, tienen choferes encamisados, todo. Compran una flota de colectivos y los que van quedando los mandan a los recorridos de la provincia, y ésos se caen a pedazos porque son los que descartaron acá, los que ya no funcionan. Y hay menos subsidio y por lo tanto te sale más caro. Si querés pagarlo con monedas te sale el doble. En provincia el mínimo recorrido son cuatro mangos. Y seis y pico el más caro”.

Termino mi ronda de entrevistas con una porteña, Daniela Peez, que da clases de portugués, es intérprete simultánea, hace performance y danza, y por sus ocupaciones recorre varias zonas de la ciudad en un mismo día. “Vivo en Montserrat. Depende el día hay veces que tengo que ir al microcentro y puedo llegar caminando o tomando un colectivo o el subte, pero depende del trayecto; a veces el centro de Buenos Aires está muy trabado el acceso y los tiempos cambian por obras que están haciendo, nunca sabés. Ayer, por ejemplo, tuve que ir a Boedo, porque tengo un trabajo un poco precarizado, voy a dejar planillas o buscar un cheque, y de ahí fui a Chacarita; a mediodía fui a Correo Central, que es línea B hasta el final, y de ahí me volví a la Paternal, y luego a la Recoleta. Yo creo debí haber pasado tres horas viajando. Hay zonas que no están conectadas. Mi trabajo no es un solo lugar, no son las ocho horas juntas, y mi desafío es que quede cómodo. Yo prefiero moverme en colectivo, pero, como mi tiempo vale plata, voy en subte entre semana. Cuando vuelvo de noche me tomo bondi. Me gusta más, descanso más y por otra parte después de las diez de la noche ya no hay subte”.

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Semanas después, en noviembre, es un domingo en la Plaza de Congreso. Ahora vivo en el barrio de Montserrat, cuyo trazo me recuerda al D.F., a colonias como la Narvarte o la Doctores. Aloja varias iglesias y su límite se recorta en el tramo de la Avenida de Mayo donde se encuentran el café Tortoni al que iba Borges y el dantescoPalacio Barolo. Carece de parques pero a 20 minutos se encuentra esta plaza, con algunas jardineras, paseos de grava y bancas, sede de protestas multitudinarias y otros actos políticos. Por fin hace calor y los vecinos abarrotan las jardineras: la tonalidad de la primavera es el morado de los jacarandáes. Pienso que hasta en los parques las clases se dividen: hay un tramo familiar, lleno de niños, donde desentonaría. Camino en busca de un espacio libre y por fin, frente al cine Gaumont (por ocho pesos, todo el cine nacional), me siento entre jóvenes que beben cervezas, o mate, y fuman marihuana. Anoto a las personas que veo, de una variedad distinta a las de Plaza San Martín: en las bancas, charlando, señores de abrigo y sombrero, del tipo intelectual pobre o por lo menos poco holgado, que suelen verse flaneando por Buenos Aires; también hay personas de la tercera edad, que en la ciudad caminan por todos lados; inmigrantes peruanos y bolivianos, indigentes, mujeres tendidas en mantas que hablan por teléfono…

Una recomendación de la Organización Mundial de la Salud, recuperada por varios estudios para ciudades del presente, establece de 10 a 15 metros cuadrados de área verde per cápita. Resulta una medida engañosa: Buenos Aires no cuenta con más de dos metros por persona (al 2012 los espacios verdes corresponden al 4.5% de la superficie total de la ciudad), mientras que la Ciudad de México alcanza un promedio de 5.3 metros y el equivalente a un 20% de su superficie. El asegún es otro: que dichos espacios sean accesibles, cercanos a los vecinos, usables y bien repartidos. En el D.F. la delegación Miguel Hidalgo, donde se encuentra el bosque de Chapultepec, reparte 12.6 metros cuadrados por habitante, mientras que en Iztapalapa apenas se llega a un metro.

Leo las noticias de México y todas me parecen trágicas: 10 ciclistas muertos y 12 lesionados en lo que va del año; en cinco años los traslados metropolitanos requerirán 6.5 horas según la Coparmex; el próximo año el sexto bróker mundial en bienes raíces destinará 600 millones de pesos para construir 51 centros comerciales en todo el país; las negociaciones torcidas para levantar el corredor Chapultepec no dejan de salir a la luz… Dos amigas me hablan del estado de la Ciudad de México: una vive en París desde hace cuatro años, pero de su última visita me habla con tristeza de la ciudad que sobreviven sus papás y sus hermanas, de lo cansados que nota a los amigos por sus traslados. Otra, vecina de Coyoacán, me habla con amargura del metro, de las horas perdidas en llegar a zonas como Polanco o el centro, del tráfico que produjo Oasis Coyoacán en un cruce de por sí complicado, el de Miguel Ángel de Quevedo y Universidad, del que Bernardo Ibarrola escribió con agudeza: “en nuestra ciudad los oasis privados siguen apareciendo a costa de los infiernos públicos”. Yo no debo ir lejos para sentir en carne propia la tragedia de la movilidad capitalina: en julio de este año mi papá fue atropellado por una combi en la Jardín Balbuena. Sobrevivió de milagro, tras una larga estancia en el hospital.

Una confesión: no fue sino hasta las marchas por Ayotzinapa, el año pasado, que volví a experimentar la apropiación del afuera, que me volqué a las calles del D.F. con un sentido distinto del traslado, y que mientras marchaba con otros cuerpos a través del Paseo de la Reforma, por Bucareli, Juárez y 5 de Mayo, no dejaba de pensar en la belleza espectacular de nuestra ciudad. La miraba con nostalgia y con dolor, es cierto. Pensaba en la historia que guarda en sus obras arquitectónicas y monumentos, que son también los testimonios de la barbarie como sabía Benjamin; en las destrucciones sucesivas que ha sobrevivido, y en su faz siempre cambiante, siempre camaleónica. Ahora, en esta ciudad que es joven, que me encanta y que es benigna con la vida que deseo llevar por ahora, que carece de horizonte porque su terreno es plano y la rodea la llanura, a diferencia del valle de México que en días despejados nos deja admirar los volcanes, ahora, aquí, pienso en mi ciudad sin nombre, Distrito Federal, Ciudad de México, jamás CD MX, a la que inevitablemente volveré y a la que amo y admiro y a veces detesto, y pienso en lo que han hecho con ella los encargados de configurarla, mejorarla, extraerle algún provecho. Creo que la ciudad es de quien la usa, de los que la vivimos. La Ciudad de México es nuestra. Merecemos otra Ciudad de México.

Publicado en La Brújula de Nexos.

Domingo 16:13

Todo ha acontecido rápidamente, mi cuerpo siempre está por delante, soy muy lenta, muy lenta, cada vez contemplo más y me involucro menos, amplia vida interior, los hechos son meditados tardíamente, me mudé, cayó el fin de semana del día de muertos, yo tenía muy presente el anterior día de muertos, lo había fijado en un mail (todo este tiempo escribiéndole, en realidad me escribía a mí misma), me había afectado profundamente: aquel viernes tuve que ir al centro histórico del D.F., a la calle Argentina justamente, después me sumergí en Donceles, en las librerías de viejo de Donceles, encontré un libro de Deniz y una edición muy vieja, descolorida, tapas azul cielo, de Las Elegías de Duino; 20 pesos en total, atravesé el pasaje Catedral, con su memorabilia religiosa y su estatua de Juan Pablo II, prohibido tomar foto, la plancha del Zócalo un muégano, las calaveras de azúcar gigantescas, una piramidal ofrenda de muertos hecha de pantallas de televisión, dedicada a Cerati; un festival en su honor, una banda llamada «Rojo marfil», tocaba Vivo cuando yo crucé. Todo estaba reciente, tomar el Zócalo por asalto, manifestarse donde antes no se permitía. Yo tenía que ir a la calle 20 de Noviembre a recoger el vestido de dama de boda, muchas veces recorrí ese pasaje con mi mamá, de niña, en busca del vestido de reina de la primavera o una crinolina de bailable o la indumentaria de la primera comunión. Me dio tiempo de comprarme unos zapatos leoneses para la boda, así lo marcaba el presupuesto y la preferencia, intenté llegar al metro a través de Madero, empresa que me tomó más de media hora, una barrera impenetrable de disfrazados, familias, parejas, monstruos que cobraban para la foto, extranjeros, despistados, mi celular sin pila. Metro Balderas atascado, tres o cuatro trenes, sin posibilidad de abordaje. Había quedado con J a las 9 en el cine, veríamos la que entonces era la nueva de Woody Allen, no podía avisarle de mi atraso, no tenía efectivo, salí del metro y logré entrar a un cajero, saqué dinero, un taxi rosa se detuvo, lo abordé y llegué al cine y no se había hecho tarde y J sonreía y la película no empezaba y aquello también me producía sentimientos, yo iba a interrumpir esos viernes, cambiarlos por otros.

El día de muertos me pegó. No hubo sustitución. No hubo disfrazados, velas, cempasúchil ni por equivocación, no hubo Halloween siquiera, alguna máscara, una gota de sangre falsa, un poco de juego, un poco de risa, nada, ni lo uno ni lo otro, un fin descolorido, en un departamento nuevo, aquello estaba bien y mal, otra vez el cuerpo por delante, una pelea en la calle, de madrugada: dos parejas; una mujer  que gritaba y gritaba, el otro la sacudía, los amigos los separaban y a veces observaban, los cuatro estaban muy borrachos, de pronto alguien se caía, avanzaban pocos metros y muchos boludos y otras palabras alcohólicas y balbucidas, el domingo: Congreso, la plaza más cercana, el área verde, reflexiones, caminata por el barrio, reconocimiento del terreno, ¿y ahora cuál es el objeto? En medio variadas ocasiones e intercambios sociales, y una enfermedad terrible y horas febriles, poca lectura, poca escritura, lluvia, sol, plantas, horizonte por la ventana, noticias regulares, mexicanos, paisanos, amigos, una niña cejona en el Ramos Mejía, yo llamo a los niños, los encanto, ésta podría ser mi hija, me llenó de palabrerías, que tenía una víbora, en un árbol, junto a su cama, y era karateca, y yo la escuchaba y la trataba como a algunos niños les gusta ser tratados, con mucha seriedad y como si fueran adultos.

Pero me queda una semana en Buenos Aires antes de volver, si vuelvo, si vivo (¿quién tiene garantías de nada?), el próximo año, y siento que no es cierto, que me faltan muchas cosas por hacer aquí, si es posible regresar a lo que extraño y anhelo, y a mi tormentosa relación con el D.F., no me cae el veinte, estoy en negación, otro cambio brusco, mis defensas en el suelo, ¿haré lo que debo hacer y terminaré lo que debo terminar?, me cuesta pensar que ahora estoy aquí y en unos días allá, que otra vez el espacio cambiará, el sol (adiós, sol), el acento, la comida (¡al fin la comida!), los sentimientos, la vida interior, una vez más.

 

Los diarios de…

Yo conozco mi modo de leer y en qué categoría se sitúa mi concepción de la literatura. Pero no puedo cambiarla, es más: no quiero. Algunos libros verdaderamente me han ayudado a vivir. También sé que llevo mis meses porteños (porteños, se me dice, que lo bonaerense atañe a la provincia de Buenos Aires) sumergida en una lectura mística de lo que me rodea que no es otra cosa que un movimiento narcisista, una lectura de mí misma a gran escala (oh, soltería impuesta, soltería artificial). Me curo en salud para confesar que otra vez caí en la lectura letraherida (ay, el Constantino Bértolo que me complicó un texto a la mitad de escribirlo pero también: qué bueno), y puse mi sustrato autobiográfico al servicio de mi descubrimiento, o más bien interesamiento por Los diarios de Emilio Renzi (años de formación), reescritura, edición y quién sabe qué otra cosa más de los diarios del joven Piglia.

O sea, ya sabía del libro. Y me interesó, por el asunto de los diarios. Pero me urgía más, pensaba, el Cómo se escribe el diario íntimo, de Alan Pauls. Todavía me hace falta. Lo que sucede es que hoy entré a una librería Cúspide y en su mesa de novedades estaba el de Piglia, sin el plastiquito, y lo abrí y leí algunas entradas, las típicas de diario, intercaladas con episodios ¿literarios?, ¿narrativos?, y entre todo ello nombres conocidos y admirados, y sitios conocidos y amados, y todo rebosando literatura y lecturas, y total que mientras lo leía hasta el pulso se me aceleró. Hice lo que tenía que hacer donde estaba y luego decidí ir a El Ateneo de la peatonal Florida, donde hay una salita con sillones en la que siempre hay gente leyendo. Fui, con una buena hora para sentarme a leer. También tenían un ejemplar sin plastiquito. Me senté, triunfal, en una silla y, oh: primer misticismo apabullante: en la otra isla (hay dos islas de silloncitos y mesas) estaba sentada una anciana que, sólo en ese momento comprendí, yo ya había visto ahí mismo. Pero quizás la había visto sin verla, porque mi encuentro con ella en verdad consciente fue más bien aterrador: días antes yo venía caminando por avenida Santa Fe, a la altura del subte San Martín y en general de mi barrio y del microcentro, una noche en que me sentía triste, ansiosa, agobiada por mis problemas, cuando se me apareció aquel cuerpo tullido, enroscado, una mujer diminuta con una joroba tan pronunciada que su cabeza ya no podía erguirse, estaba totalmente torcida, su cara paralela al piso, de tal manera que al verla de espaldas era como ver un cuerpo sin cabeza, una deformación vertebral probablemente dolorosa, enquistada, que la hacía caminar con lentitud y sin embargo con plena autosuficiencia y hasta serenidad. Me turbó verla, incluso diría que al principio me espantó, la visión sobrenatural del cuerpo sin cabeza, y después la empatía y el dolor, y luego el movimiento narcisista, y todo esto no hizo más que remover el ánimo lóbrego que esa noche traía conmigo. Enseguida llegué y apunté algo sobre ella en un cuaderno, para fines utilitarios. Pues hoy la vi en la librería, diminuta y arrellanada en su silla, perdida en la lectura como, por supuesto, yo la había visto la primera vez, antes de robarle su dignidad. Seguramente somos (y pronto dejaremos de ser) vecinas. Al menos somos usuarias de la salita de lectura de El Ateneo de Florida.

De los diarios, en aquella hora, hice una lectura a la que tengo tanto derecho como todos, o sea desordenada y al azar, saltándome párrafos, frases y toda continuidad, viajando de 1967 a 1958 a 1963.

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Una semana después -que es cuando continúo esta entrada- tengo frescos muchos pasajes todavía. Aquel donde dice conservar la convicción de que cada día fuera sí mismo, único, portara su propio signo. Sus lecturas apasionadas de Dostoievsky; críticas de Fuentes, García Márquez, Cortázar, Leñero; amorosas de toda la literatura anglosajona; de James Baldwin y  Woolf y Pavese y Proust. Sus discusiones teóricas con Sartre, con Gramsci, sobre el problema arte-vida, la representación, la política, el narrador. Tiene diecisiete años cuando empieza su diario y el volumen se detiene en sus 27, edad crítica para el joven artista. Y a esa edad ya pensaba -y de qué manera- en todo esto. Admirar la claridad de pensamiento del joven Piglia, del joven Emilio Renzi, de Ricardo Emilio Piglia Renzi (otro que, como Jorge Mario Varlotta Levrero, se vuelve el doble de sí mismo: el nombre y el apellido secundario el autor, en uno; el personaje ficticio, en el otro). Asistir con morbo a sus relaciones sexuales y afectivas. Envidiar su voluntad de trabajo, su disciplina. Imaginar aquellas reuniones alcohólicas con Haroldo Conti, con Rodolfo Walsh, con Edgardo Cozarinsky. Encontrarse en sus dudas, en su confesión de que en su vida le ha apostado a una sola carta, en la puesta en crisis de la noción de vocación (¿y qué otra cosa es sino persistencia?), en su enamoramiento de la literatura y sus satélites (otro romántico).

Pero sobre todo proyecté mi experiencia en su experiencia, y me vi en sus andanzas por el barrio de Retiro y la Plaza San Martín y el centro de Buenos Aires, en sus estadías en el café Florida y en otros restaurantes y bares que ya no existen; en su tensa y peculiar relación con la provincia, los autobuses, la capital cercana pero a la vez un tanto inaccesible; en su condición de joven nómada, cambiándose de pensión en pensión, de cuarto en cuarto, cargando a donde vaya su pila de libros, su enorme pila de libros, que se agranda continuamente, pues compra y compra, y malgasta el dinero y a veces se queda sin plata y pasa hambres pasajeras y cuando por fin tiene dinero se sienta en restaurantes y pide un bife con papas fritas. Tuve que mirarme, entonces, en su idealización del héroe sin domicilio fijo. En sus diarios Renzi o Piglia escribe de lo que debe escribir y de sus ganas de escribir; de sus lecturas, de las películas que ve, de sus sueños y de ideas para cuentos. En un fragmento explica que cuando alguien cuestiona un aspecto de sus cuentos sobre el cual se siente completamente seguro, descarta el comentario; pero cuando hacen una mención, o apenas una intuición, por más vaga, sobre algo que a él le causaba cierta inseguridad, ya sabe que debe trabajarlo de nuevo.

En la web de Anagrama se pueden descargar las primeras páginas. Algunos fragmentos de allí:

“«Por eso hablar de mí es hablar de ese diario. Todo lo que soy está ahí pero no hay más que palabras. Cambios en mi letra manuscrita», había dicho. A veces, cuando lo relee, le cuesta reconocer lo que ha vivido. Hay episodios narrados en los cuadernos que ha olvidado por completo. Existen en el diario pero no en sus recuerdos. Y a la vez ciertos hechos que permanecen en su memoria con la nitidez de una fotografía están ausentes como si nunca los hubiera vivido. Tiene la extraña sensación de haber vivido dos vidas. ”


“¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).
La experiencia, se había dado cuenta, es una multiplicación microscópica de pequeños acontecimientos que se repiten y se expanden, sin conexión, dispersos, en fuga. Su vida, había comprendido ahora, estaba dividida en secuencias lineales, series abiertas que se remontaban al pasado remoto: incidentes mínimos, estar solo en un cuarto de hotel, ver su cara en un fotomatón, subir a un taxi, besar a una mujer, levantar la vista de la página y mirar por la ventana, ¿cuántas veces? Esos gestos formaban una red fluida, dibujaban un recorrido –y dibujó en una servilleta un mapa con círculos y cruces–, así sería el trayecto de mi vida, digamos, dijo.”


“La ilusión es una forma perfecta. No es un error, no se la debe confundir con una equivocación involuntaria. Se trata de una construcción deliberada, que está pensada para engañar al mismo que la construye. Es una forma pura, quizá la más pura de las formas que existen. La ilusión como novela privada, como autobiografía futura.”


“Punto primero, los libros de mi vida entonces, pero tampoco todos los que había leído sino sólo aquellos de los cuales recuerdo con nitidez la situación, y el momento en que los estaba leyendo. Si recuerdo las circunstancias en las que estaba con un libro, eso es para mí la prueba de que fue decisivo. No necesariamente son los mejores ni los que me han influido: pero son los que han dejado una marca. Voy a seguir ese criterio mnemotécnico, como si no tuviera más que esas imágenes para reconstruir mi experiencia. Un libro en el recuerdo tiene una cualidad íntima, sólo si me veo a mí mismo leyendo. Estoy afuera, distanciado, y me veo como si fuera otro (más joven siempre). Por eso, quizá pienso ahora, aquella imagen –hacer como que leo un libro en el umbral de la casa de mi infancia– es la primera de una serie y voy a empezar ahí mi autobiografía.”

 

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Entonces pienso en el yo como relato, en la necedad y la ilusión y la ingenuidad de pensarse escritor, y sobre todo en mi biografía lectora remota, la de la niñez y la adolescencia: pienso en aquella tarde en Polo en que se fue la luz y durante las últimas horas de la tarde me puse a leer Pedro Páramo, mirando por la ventana la milpa y los cerros, sabiendo que yo misma estaba ahí, en Comala; la primera vez que en un libro de lecturas de la primaria leí a Borges y a Cortázar (y empezó así mi enamoramiento de Buenos Aires); en mi lectura de Ana Frank a la misma edad que Ana Frank tenía al escribir su diario; me miro también, desde afuera, leyendo Cumbres borrascosas, todo Wilde, El país de las sombras largas, las novelas de Jean Webster, ¡Cagliostro!, ¡Sinuhé, el egipicio!, ¡El sombrero de tres picos!, los coloridos volúmenes de El Quillet de los niños que leía y releía obsesivamente, junto con Las aventuras de Tomillo; María, de Jorge Isaacs; Marianela, de Pérez Galdós, mi primer intento de Crimen y castigo. El libro que inauguró mi vida lectora, muy joven: Alicia en el país de las maravillas. Hay mucho más. Libros que encontré en la nutrida, extraña, ecléctica biblioteca de mi papá, un gran lector (y qué suerte tenerlo y, unida a ello, la posibilidad de perderse en estantes repletos, de los que había que rescatar lo literario entre tomos de ingeniería, oceanografía, economía, manuales, almanaques, herbolaria, etc.).

También pienso ahora en la épica del nomadismo. Termino esta entrada, días después de aquel jueves del Ateneo de Florida, en un café de Montserrat, a donde me acabo de mudar (mudanza número 19). Lo único que me interesó durante la mudanza, a lo que no le despegué el ojo, fue mi caja de libros (90% adquiridos en Buenos Aires) y mis cuadernos (más de diez, algunos con apuntes escolares y otros con entradas de diario).

Es cierto que La novela luminosa me ayudó a vivir los primeros meses aquí. Pero ahora debo perderme menos en mis pensamientos y trabajar más. Necesito un nuevo modelo. He accedido intermitentemente a los diarios de Piglia. Pronto me sumergiré por completo.

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Semana 5

* Se me transparenta el vocabulario. Mi dialecto (la variación dialectal del español que yo hablo, con el que nací y crecí) se hace visible por su diferencia. En discursos amplios trata, a veces sin éxito, de neutralizarse, de adaptarse a un «español estándar». Pero no. Se mantiene. Se aferra. O cede. Para no generar confusiones y que la comunicación se mantenga fluida, adopta los modos locales de nombrar las cosas. Por lo mismo, se ensancha. Se me transparentan: ahorita, mamón/mamar/mamada, híjole, chingada, variantes de madre, aventón/aventar, pinche, güey y, contra mi voluntad pero delatándose como parte integral de mi habla, órale, padre, chido y gacho. En el elevador sonríen cuando digo ‘elevador’ (los límites de mi lenguaje…). Con los mexicanos que he visto mi lengua cae en blandito, se regocija en el territorio conocido, se particulariza al extremo. Me gusta el: yyy… Me gustan algunas cosas. Extraño otras. Aquella idea, que justo formuló Luisa Valenzuela en una lectura, de la lengua materna como música de fondo.

(por cierto, nos quieren mercantilizar la lengua)

* Un territorio asignado, pequeño pero estratégico. La esquina desde la que la ciudad crece. La Plaza San Martín. Zona fronteriza: entre la estación de trenes de Retiro -un enclave marginal-, el barrio de Retiro que forma parte del famoso ‘Barrio Norte’ -residencial de clase media alta- y el microcentro -concentración de comercios, oficinas y trampas/servicios para turistas-. Tres «realidades» muy diferentes entre sí que van a parar a este parque que también, replicando su entorno, está compuesto por áreas bien diferenciadas: el monumento, la placita, las islas para niños y para mascotas, la pendiente de pastito. Es un parque clásico, muy conocido, pero no tan concurrido como otros, en parte porque es un sitio de tránsito para los que vienen del microcentro o van a la estación de ferrocarril, y en parte, es cierto, porque es un refugio para marginados. Recibe también a gente que vive cerca y saca a pasear a sus perros, a estudiantes y parejas, a personas haciendo ejercicio, claro. Pero no es un bosques de Palermo, no es un Plaza Francia. Es un lugar silencioso. Me interesa la zona del césped. La arboleda y las banquitas son muy bonitas y frescas, pero demasiado familiares para mí: la plaza es el concepto de espacio público preponderante en México. La banca, el cuadrado de césped intocable: me remiten a una espera, no sé por qué. En cambio el pasto bien recortado que invita al descanso y la distensión del cuerpo: gran novedad.

Área verde disponible igual a mejor calidad de vida, por supuesto. El parque permite disfrutar de la ciudad, del exterior, sin verse obligado a consumir: no es un café, un cine, una tienda. Estás afuera sin gastar (¿un espacio relativamente independiente del mercado, el espacio de apropiación del ciudadano por excelencia?). El parque sirve al ocio, al encuentro, al descanso o al intervalo (hay quien se mueve constantemente por muchas zonas de una misma ciudad, sin poder servirse de un sitio de pausa y recogimiento entre sus trayectos: un parque resuelve esta necesidad sin exigir propiedad o consumo alguno). Un parque es bueno lo mismo para solitarios que para grupos. Un parque es bueno. Un ser humano necesita los árboles, necesita la luz del sol, necesita el sonido de los pájaros. Un parque es la naturaleza domesticada. Yo nunca había vivido cerca de un parque. Nunca había poseído este oro puro. La barranca de la Plaza San Martín encara directamente el reloj de la Torre Monumental (antes Torre de los Ingleses), en la Plaza Fuerza Aérea Argentina (antes Plaza Británica). Una vista soñadora: EL TIEMPO MISMO. El límite de la ciudad, el río. Para mí allá está el Plata, aunque en realidad se encuentre a mi derecha, hacia el este. Pero en realidad sí está, en una visión más amplia.

* En el pasto:

Un pájaro chiquito y panzón, color arena, encuentra una mariposa y la martiriza con el pico hasta tragársela completa.

Un chavo de pelo punk/escoba. Una muchacha sentada detrás de él. Una muchacha comiendo un sándwich, un perro negro la acompaña.

Un grupito de adolescentes. Dos novios y los amigos de él. Después sólo quedan tres: la parejita y uno que no se va. Se besan, ignorándolo.

Dos amigas. Un labrador color miel se mete en medio de ambas. Una le avienta un juguete. Él lo devuelve.

Un chavo con rayitos en el pelo que seguramente es indigente, dormido.

Dos amigos: chico y chica. Él hace pasos de danza mientras ella lo mira.

Un grupo de personas en ropa deportiva corriendo en fila india detrás de su entrenador privado.

** Espantan. La puerta de mi cuarto se abre, hace un rechinido, pero a veces no lo escucho. Echo una mirada desde la cama o vuelvo la cabeza desde el escritorio y ya está abierta, y no revela nada del otro lado, siempre oscuridad, siempre negro. Mi cuarto está lleno de luz pero el resto del departamento es muy oscuro, siempre es de noche, un ambiente muy fuenteano/Auresco. Se medio abre la puerta y nunca sé quién me está mirando del otro lado. Yo en general miro hacia la ventana. Detrás de ella ocurre a todo momento la realidad, no se detiene. Siempre está el afuera. Las voces y los ruidos del afuera, de la calle. Por la madrugada el semáforo del paso peatonal sigue cambiando de luces y figuras: de blanco en movimiento a rojo en rigidez. Siempre, un anuncio que nadie ve, que sólo tiene sentido en presencia de los demás. Hay muchas ventanas frente a mi ventana, pero a ciertas horas sólo hay un par con las luces prendidas. Las demás, de cortinas o persianas corridas, no sé si me miran también, no sé si alguien me espía. La vida en departamentos, tan común en Buenos Aires. La vida vertical. Al caminar por la calle podrías tener, sin saberlo, muchos ojos encima.

*** Después de encontrarme a la multitud adolescente que esperaba al Youtuber Rubius afuera de un hotel en 9 de Julio (pregunté a uno y me dijo), me encuentro a una multitud que espera a Susana Giménez afuera de un teatro en Corrientes (lo sé porque gritan su nombre). En Santa Fe: mucha gente se congrega alrededor de una mesa donde está sentado un hombre negro muy alto, tal vez gringo, ¿tal vez futbolista o basquetbolista famoso? (no pregunto, nunca sabré). También me encuentro a un medio conocido en Corrientes. Me pregunta qué estoy haciendo. Vagando, le digo.

*** Voy caminando por la calle y me cruzo con una muchacha muy cool, una auténtica chica Tumblr, con medio pelo rapado y mucho estilo, que desde que me ve a lo lejos hace caras y exclama «noooo, me estás bromeando, guaaau», como si me reconociera, pero ya desde antes yo sé que está sucediendo el fenómeno de MIS DOBLES y empiezo a aclarar que no, que eso siempre pasa, que la gente me confunde por otra, y ella: «guaaau, sos muy parecida a una actriz». Para este momento ya nos cruzamos y empezamos a alejarnos y ay, quiero preguntar, claro, QUÉ ACTRIZ, pero en el fondo no quiero, porque así debe ser, nunca debo conocer el referente, las dobles deben permanecer enigmáticas y desconocidas.

**** Estoy desubicada siempre. Me pierdo siempre. No lucho contra la desubicación: la incorporo. Perderme es una forma de explorar. Perderme me ha hecho vagabunda.

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Suipacha y Arenales

Tres de abril. ¿Es viernes, es sábado? Es viernes. Difícil saberlo mientras camino. Las calles están vacías o depende: la mía, las aledañas, la 9 de Julio y la Libertador están vacías; las peatonales del microcentro, no. Pero ahora, de madrugada, ya es sábado. Es que empecé esto hace rato y luego me detuve. Sí, postergo escribir, me da miedo y pereza, pero además es otra cosa. Entrar a una librería, a cualquier librería, y abrir un libro, cualquier libro -una portada bonita, un título interesante, un nombre vagamente conocido- y encontrar una frase muy buena, un trozo de prosa notable. Hace un rato me sentía como borracha, drogada, la mente trastornada, aunque el cuerpo -algo inusual- muy bien, un leve dolor de cabeza nada más. El estado alterado era psíquico. Había una coreografía, todo era una escenografía. Rima, pero sin intención. Algunos me miraban, algunos ojos reparaban en mí, me sentía como Leonardo DiCaprio en un sueño ajeno, las manifestaciones del inconsciente tornándose, si no agresivas, por lo menos pendientes de mi presencia. Vagué en busca de cafeína. Terminé donde ya sabía que iba a conseguirla: el Starbucks enfrente de la Plaza San Martín. Dos violencias subterráneas: dejé mi libro y mi café -grande, helado, lleno de azúcar- en el sillón y la mesa, respectivamente, en lo que iba al baño. Al volver no estaban. Me alarmé. Anoche, al despedirnos, Alén me dio algo más para seguir instalada en el efecto Levrero: Irrupciones. ¿Y me lo habían robado tan pronto? Pero después un empleado me hizo señas de que otro de ellos los tenía, mi café y mi libro, el primero en su bandeja de garrotero y el segundo en la mano. Me los dio entre disculpas y luego, cuando ya me había sentado y empezado a leer, prosiguió con sus disculpas. Seguí leyendo. Seguí leyendo. Maldito Jorge Mario adictivo. Otro empleado fue a recoger unos vasos y se puso a una distancia de mí y se inclinó y me revisó con la mirada: debió pensar que estaba dormida. Cruzamos miradas y él dio un saltito torpe hacia atrás y se fue de inmediato. Raro. Todo era raro. Salí y todo era raro y yo me sentía rara. Me eché en el pasto, con la mochilita puesta en los hombros pero haciéndola de almohada. Era tan fresco bajo la sombra. Algunos grupos pequeños sentados en el pasto, unos niños que corrían, otro que se enojaba e iba a sentarse con ostentosa indignación en el borde del parque y una adolescente que iba a buscarlo y lo cargaba y me enternecía: anoche soñé, otra vez, con mis hermanos, con mis sobrinos, con mis papás. Bajaba un avión de pronto, luego otro, luego otro, seguramente hacia el aeroparque. Yo pensaba que en la Narvarte los veía muy cerca. En el pasto había muchas aves, palomas en su mayoría pero también unos pajaritos redondos y grises con alas color verde limón. Llegó otro niño pequeño y empezó a corretear a las palomas y éstas volaban rápidas antes de que se acercara pero luego bajaban de nuevo, no muy lejos: al parecer había muchas migajas y otras sobras entre el pasto. Pensé otra vez en ellas, seguro es por la influencia Levrero; pensé en que deben tener buena vista, tal vez no como las águilas, pero al menos con un ángulo cercano a los trescientos sesenta, lo que les permite anticipar los movimientos del perseguidor. El perseguidor. Pasó un maleante. Ya les voy a decir siempre maleantes. Como el que intentó llevarse mi bolsa hace unos días, en esa misma plaza, mientras yo dormitaba o hacía como que dormitaba. Ganas de rodar. Como un niño que se metió los brazos dentro de la playera y estuvo a punto de rodar pero su mamá empezó a regañarlo por tantas pavadas. Después, al salir de la plaza por el otro lado, donde hay una galería fotográfica sobre personas con síndrome de Down, en la que se aclara que tienen síndrome de Down y no son Down, lo que me hizo recordar el breve documental que vi en Migraciones sobre una empleada que tiene síndrome de Down, a quien luego reconocí platicando con sus amigas en otro edificio de Migraciones, vi al niño botando su pelota. Qué luz. Qué tarde. Si tuviera una cámara en los ojos. Si otros pudieran ver… Si J hubiera podido ver… Otra vez la culpabilidad, más bien siempre, en el fondo de la mente, y a veces por oleadas. Me zambullí en el microcentro. Veía mi reloj cada tanto, no sé por qué, para qué. Se me está haciendo tarde para algo, ¿pero qué? ¿A dónde tengo que ir, dónde me esperan? Perder el tiempo de nuevo. Perderlo, derramarlo, lanzarlo lejos. Diluirlo. Pensé, con egoísmo, en la ventaja de vagar en soledad. Los paseos a dos cabezas son maravillosos en tanto intercambio de impresiones, de descubrimientos repentinos. Pero es una democracia. Exige acuerdos. Propósitos en común. La soledad es más modesta, menos eficiente. Pero este obedecer los deseos más improductivos puede volverse peligroso. Por ejemplo, caí en Galerías Pacífico. ¿Por qué, si ahora debo ir todas las semanas? No sé, no había observado sus murales bien. Descubrí otra área de comida rápida, con opciones que no tenía en cuenta. Hice anotaciones mentales. Subí las escaleras. Luego recordé que había querido entrar a husmear en la librería Cúspide. Bajé de nuevo. Husmeé. Subí otra vez. Salí a la calle. En la peatonal Florida iban a empezar a bailar tango, un señor de pantalones anchos y pelo totalmente blanco, y una señora con un vestido muy sensual y de brillitos. Dije: veré. No he visto nada de tango desde que llegué. La grabadora no cooperaba, la espera se extendía. Por fin empezaron, el viejito se equivocó muchas veces. El viejito. Qué palabra tan fea. Entonces dije: no, y me fui. Di otra vez muchas vueltas, ya fuera del microcentro, explorando las calles y esquinas aledañas, todo semivacío, aquella luz celestial que caía sobre las fachadas palaciegas, afrancesadas, manchadas de humedad. Recordé mi lugar común de la noche anterior, en relación a Buenos Aires: una señora vieja y decrépita que en su juventud fue muy hermosa, que te seduce muchísimo cuando no te hace mierda la vida. Como el personaje de Grandes esperanzas. Una cosa así. Un lugar común. Yo no me acostumbro todavía (a la libertad, a la facilidad). Hay pocos autores mexicanos en las librerías, esa es la verdad. Paz, claro. Rulfo, claro. Y poquito más: a veces Monsiváis, a veces Poniatowska, mucho Mastretta y Laura Esquivel, menos de cinco contemporáneos, ¿Fuentes?, Garro (y eso porque la edita Mardulce), Villoro. Y párale de contar. Ahora no recuerdo más, a lo mejor hay. Hace cinco años yo compré uno de García Ponce en El Rincón del Anticuario, justamente. No he ido a librerías de viejo. Puras de nuevo. Cúspide, Ateneo, Eterna Cadencia (por casualidades he terminado en esa zona de Palermo varias veces). Hace calor. Hay mosquitos. Me da comezón. Creí que el otoño había llegado, lo creí hace unos días, pero fue un espejismo. De todos modos sé que luego voy a extrañarlo. Vendrá el frío y se pondrá feo y voy a sufrir. Ya voy a ajustarme. Ya voy a terminar de escribir mis pendientes. Ya voy a establecerme. Todavía no logro acostumbrarme.

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Buenos Aires, 24 de marzo

Tengo miedo hasta de escribir y no sé. No sé qué depara hoy. Igual ya es tarde y es feriado, la ciudad medio vacía, ninguna posibilidad de avanzar con los trámites -que se han ralentizado, pero no hasta extremos ridículos, un recordatorio de los tiempos rioplatenses, pausados, con calmita-, algunos vagos deseos de buscar un sándwich de bondiola en la Costanera, ganas de sentarse en un café -o mejor, en un parque- y leer. También he postergado esta entrada, que he escrito en la cabeza con miedo, sin adelantarme a las frases, que después no salen o parecen metidas con calzador. Aunque es tarde es de mañana y J todavía duerme y por fin algo de paz y silencio en el departamento (Balvanera, vecinos ruidosos, el trajín de Rivadavia).

Otra vez dejarse ir y escribir como salga. Antes tenía pensado continuar enumerando mis desgracias burocráticas, mis aventuras entre ridículas y lamentables, que después suelo contar con algo de gracia y que siempre arrancan risas o por lo menos sonrisas. Creo que incluso lo haré, en desorden. Que la PGR no me dio la carta a tiempo, sospecho que a propósito -en ese momento estaba segura de que me torturaban por placer y sadismo-, que hubo feriado en México y fui ayudada (siempre soy ayudada) a apostillarla, pero hasta el martes; que tuvo que ser enviada en un sobre UPS hasta Buenos Aires, pasando por Kentucky y Miami y São Paulo, y llegó el viernes, con una breve estadía en el 2do. I, en lugar del 2do. L donde nos hospedamos, por un breve error de Benja, que trabaja en el edificio, retrasándome todo y produciendo otra más de mis características angustias. Aquel viernes chusco tras la humillación y la espera en la PGR, el intento en el Diario Oficial de la Federación de avanzar el trámite, el banco que no era el banco, intentar sacar dinero de un cajero, ¡mi tarjeta expiró en febrero!, una carrera al Ixe de la Torre Mayor, el consuelo de la eficiencia, vueltas y vueltas con zapatos que me hacían doler los pies, el turno h448 en un Bancomer donde iban por el 23, la espera en una silla, en estado catatónico; las fotos 4×4 (los ojos rojos y chiquitos, la boca chueca, el pelo lamentable), el metrobús en ventana; la oficina; después María y las charlas con María, una de las cosas que más voy a extrañar; la caminata por Coyoacán, un café y una tarta de plátano, ¿qué haré sin esas conversaciones y esa manera de pensar a dos cabezas y esa comprensión que descubrimos tan recientemente, a pesar de conocernos desde los quince años, pero sólo de vista, ella en el grupo 5 y yo en el grupo 6, sin sospechar el lazo que nos unía? Esa noche, en casa, vimos A most violent year (¡Muy buena! Soñé con ella). Después, la fiesta, la amenaza de lluvia, (antes) la búsqueda de un proveedor de lonas (la breve reflexión sobre la Sección Amarilla, el declive de la Sección Amarilla y la lenta desaparición de los oficios), la llegada de los sujetos de la lona a las 6:50 am (pensé que «bluffeaban» cuando dijeron que llegarían a las siete de la mañana), los preparativos, mi garganta ardiente, Fanny, Carla y Tania llegando de Querétaro, el principio flojo, los grupos que no se mezclaban, y yo sin angustia como sería lo usual, sin desplegar hasta la extenuación mis dotes de anfitriona, lo que me hizo sospechar lo que luego se volvió evidente, que no estaba dentro de mí del todo, y después las cosas fueron encajando, la fiesta dio un giro, hubo excelente música siempre, no paró de sonar aunque el acuerdo da hasta las tres de la mañana, a nadie le importó y creo que todos se divirtieron, yo tomé vino o derivados del vino, no me caí, no tropecé, bailé y bailé y reí y en alguna ocasión lloré, y dieron las siete a eme, un sueño ligero y alcohólico, aquella mañana con J, con Carla, con Tania, con Fanny, con María, hasta con Frost que había quedado medio desmayado en el sillón, y la Ceci que estaba divertida con nuestra plática, los tacos Manolito, las horas que se escurrían sin que nadie pudiera detenerlas, la llegada sorpresiva -y adorada- de mis papás, mis hermanas, Loló, Leo y Tita, más tarde Elsa y Rafa, las lágrimas contenidas, esa separación que me envolvía, que me hacía actuar en consecuencia y ser yo aunque por dentro no me reconociera, y me buscara, y pensara que todo le estaba pasando a alguien que no era yo y, por lo tanto, decidiera retrasar o postergar los sentimientos.

Un día de viaje. El cansancio y el temor. El calor asfixiante de Buenos Aires. El reencuentro con una Buenos Aires que reconocía (de manera neuróticamente precisa: hasta los kioscos y las fachadas de los edificios) y que a la vez me mantenía afuera, pero tal vez no era la ciudad sino yo misma, la enfermedad que al fin se había instalado en mi cuerpo, lo que ponía una pared invisible entre el mundo exterior y el interior. Sí que idealicé esta ciudad, claro que lo hice, y al caminarla otra vez y reconocer sus inevitables hostilidades (las de toda ciudad) y pasar por lugares recorridos antes, recordé cosas que yo había mantenido más o menos ocultas de mí misma y que era necesario sacar a la superficie. El primer día habremos caminado más de veinte kilómetros, bajo un sol que calcinaba. Pero entre los trámites y los pendientes, que iba sorteando o redistribuyendo para días venideros, entramos en algún momento a la famosa Eterna Cadencia, y entre todos los títulos que anhelaba encontrar tan a la mano, hubo uno que pareció llamarme, un cliché o un lugar común, dirán algunos, porque es un autor que «todo mundo está leyendo» o «todo mundo quiere leer», y porque sus libros son difíciles de conseguir en México. Lo pagué, leí un poco en un café, leí un poco en la noche, y al día siguiente amanecí con fiebre. Más tarde se nos fue la luz, no había aire acondicionado, nos metimos a un cine de Corrientes (al que yo ya había ido, hace cinco años), vimos Relatos Salvajes, reímos y nos desesperamos, ¿qué más hicimos ese día? Llegamos tarde y seguíamos sin luz, y a la luz de las velas leí más, y al día siguiente todavía sin luz y ahora sin agua, ¡sin agua a más de treinta grados!, la piel pegajosa, el malestar, la incomodidad; una noche caminamos por Rivadavia y luego Avenida de Mayo hacia San Telmo; San Telmo no era como yo recordaba, estaba más sórdido y solitario que antes, cenamos en un café notable, un bife sin mucha emoción, y otra vez la fiebre, la presión baja, mi carta que no llegaba, la angustia del trámite migratorio, la angustia monetaria, una tira de pastillas (fuerte, con seudoefedrina) que nos recetó una excelente empleada del Farmacity, cuyo entusiasmo y seriedad agradó mucho a J; el entresueño, otra excursión a Migraciones, a través de Retiro, otra zona igualmente sórdida, una avenida incruzable, los claxonazos y los gritos de los camioneros y los informes informales (cacofonía) a la entrada del edificio y una pelea en un estacionamiento del Buquebus y advertir el choque de un trailer que se le fue encima a varios automóviles, y entre todo, en medio de este quilombo, leer en la novela que pareció llamarme en mi primer día en Buenos Aires:

 

De modo que, valiéndome de la imagen del perro para rellenar el discurso vacío, o aparentemente vacío, he podido descubrir que tras ese aparente vacío se ocultaba un contenido doloroso: un dolor que preferí no sentir en el momento en que debí sentirlo, pues estaba seguro de no poder soportarlo, o por lo menos de no tener tiempo para irlo soltando lentamente de un modo tolerable. Porque el 5 de marzo de 1985, a primera hora de la tarde, subí a ese coche que me llevaría «definitivamente» a Buenos Aires, y el 6 de marzo de 1985, a las 10 de la mañana, debería comenzar a trabajar en una oficina en Buenos Aires. Y debería comenzar a adaptarme a la vida en otra ciudad, en otro país. No había tiempo para sentir dolor y opté por anestesiarme.

Ese acto de anestesia fue una operación psíquica consciente, a la que en ese momento llamé «bajar la cortina metálica» y un poco más tarde llamé «psicosis controlada»: una operación de negación de la realidad, que básicamente consistía en decirme repetidas veces: «No me importa dejar todo esto». 

(Mario Levrero, «El discurso vacío»)

 

Esa idea de la postergación de sí mismo es la que me había acercado o interesado sobre Levrero, cuando apareció en mi radar. Tenía que ser así para alguien como yo que suele postergar hasta lo más ridículo, como leer un correo, por manía, por temor y por cobardía. Frecuentemente decido «no pensar» en las cosas, guardarme para después el momento de afrontarlas, de sentirlas con su intensidad debida, y luego pasa que nunca las saco, se quedan enterradas, incómodas, un pendiente abstracto de mi lista interminable de pendientes.

Las cosas con Buenos Aires mejoraron. Salimos con Vainilla, a un ‘boliche’/fiesta gay cerca del Planetario: vislumbré brevemente las posibilidades de la vida nocturna porteña. La luz y el agua volvieron. Empecé a leer un libro de Puig que estaba en el departamento, adecuado, al menos por el título, «The Buenos Aires affair». Vimos a Jordy y a María, el acento y las palabras y las anécdotas de casa. Conocí a más gente por ellos, fui viendo que no estaré sola (y además nunca estoy sola, siempre me las arreglo al respecto), me reconcilié aunque por momentos, caminando por la noche, me volvía una sensación puramente infantil: alguna vez, de menos de seis años, pataleé para que me dejaran dormir en casa de unas primas y cuando mis papás se fueron me entró una angustia muy honda y lloré y lloré y quise que me llevaran a mi casa; afortunadamente mis tíos no me hicieron caso y aprendí a economizar el sentimiento.

Sentí que tenía que seguir leyendo a Levrero. Había sido un consuelo. Quería leer, sobre todo, otra cosa que fuera como un diario, un tipo de escritura al que no dejo de regresar últimamente, y me enteré que tenía un escrito similar de su tiempo en Buenos Aires. También, juro por Dios, soñé con Burdeos, una ciudad que conocí no sé si por casualidad, en 2013, en uno de los viajes fabulosos de la revista, aunque para mí en ese entonces era Bordeaux, no podía dejar de imaginarla y verla así, nadie me dejaba pensarla como Burdeos. Estuve poco pero después me dio por decir que era una ciudad tan bonita como París, pero mejor: sin turistas, sin ríos de gente, sin basura, sin precios exorbitantes. Eso, por supuesto, es una mentira grande que ni yo misma creía, pero que igual abonaba al deber que nadie me impuso de volverla turística y deseable. Burdeos, entonces, volvió. Y un domingo que por fin concedimos entrar en esa otra famosa librería porteña, El Ateneo Grand Splendid, adquirí esa edición doble de «Diario de un canalla» y «Burdeos, 1972», que Levrero escribió en diferentes momentos, movido por «dos aventuras vitales», explica su editor Marcial Souto en el prólogo, «una por amor y otra por necesidad».

Terminé ambos antes de dormir. En el primero Levrero intenta autoconstruirse de nuevo, después de haberse vuelto un canalla, de claudicar de la vida de artista, viviendo con las comodidades que le da -por primera vez- un trabajo de oficina y un «nido de lujo» (con bienes antes impensables como una ‘heladera eléctrica’), en la corrupta Buenos Aires de los años ochenta. Registra el periplo de un gorrioncito (Pajarito) que aparece en su departamento de Balvanera (ah, Balvanera) y que debe aprender a volar, a huir, a integrarse a los miles de gorriones que sobrevuelan la plaza de Congreso (ah, Congreso) aunque «íntimamente, será un ser distinto; el padecimiento de su infancia lo dejará marcado para siempre». El otro son los recuerdos que le llegan a Levrero en las largas noches insomnes de 2003, un año antes de morir, sobre los tres meses que pasó en Burdeos viviendo con una francesa que conoció en Montevideo, Antoinette, y su pequeña hija Pascale. Un Burdeos que se recupera, en la mente de Levrero, recortado e impreciso, un Burdeos que imagino más aburrido que el que yo conocí, y más peligroso, por lo que dice del puerto y de los márgenes del Garonne, ahora transformados en un paseo peatonal en el que los bordeleses patinan, pasean a sus bebés y toman vino durante los raros días soleados. «¿Tendría que no haberla amado para serle útil? Pero ¿cómo se hace para no amar a Antoinette?», escribe en una parte que me conmovió mucho.

Creo haber leído por ahí que él escribía para recordar. La larga tradición de escribir para recordar.

Sentía, hasta este momento, que la última noticia que tuve de mí fue durante la última llamada a la PGR, cuando se me quebró la voz (una.vez.más.). Sigo recuperándome. Sigo buscándome. Y es en el diario público (que me da pudor y a la vez no, evidentemente) que encuentro algo de lo que soy y que permanece agazapado, aprisionado en un cuerpo que camina, camina, suda, se afiebra, tose, come y bebe. Pero falta todavía mucho más.

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Buenos Aires, otra vez

**5 de septiembre**

No acepto la idea. Too good to be true. No la acepto. Más hoy, que todo se formalizó. Que hay un papel, una firma, una cifra, un correo electrónico de emergencia.

Los días han tenido una incómoda cualidad de sueño. Despierto y me duermo, todo sigue igual o parecido, tengo incluso otros sueños, algunos extraños y otros cristalinos, y mientras tanto la idea va adquiriendo solidez, se hace más verdadera, empieza a ramificarse en posibilidades y cuestiones prácticas. Aquello soñado se vuelve realidad.

Durante el periodo de incertidumbre había otras cosas en las que pensaba. Un anuncio publicitario que veía siempre en un andén de metro Chapultepec y que me irritaba en extremo (ya lo quitaron). Era de salchichas Fud. Una familia fresa: la mamá, los dos hijos rubios, comiendo productos Fud, con la mirada fija en algo que no aparece en la foto pero que seguramente es la tele, capturados en un momento de suma naturalidad, a medio bocado, el cuerpo sin tensión, sin pose, hasta un gesto estúpido de pronto, el gesto del que mira embobado una pantalla, sobre todo en la mamá, una mujer atractiva de ojos verdes. Lo poco que se ve de la casa es que hay un sillón, una lámpara, unos libros, unas cortinas bonitas. Y arriba, sobre sus cabezas, con letras blancas, «nos encanta ayudarte a consentirlos».

(Todo esto en el andén de metro Chapultepec, a las 6 pm en promedio, que es cuando indefectiblemente me encuentro ahí, en hora pico, después de tomar un camión en Palmas, mientras espero el tren hacia Balderas, donde  transbordo.)

Así que obviamente voy a despreciar esto.

Obviamente voy a tener mucho tiempo para ver el anuncio, día tras día, y pensar en él. El doble mensaje de hacer pasar por mimo un alimento de desecho (pero práctico) que es usado por madres solteras o madres que trabajan (quienes son las verdaderas interlocutoras: el anuncio estaba al final del andén, donde paran los vagones exclusivos de mujeres), y el de exhibir el privilegio como algo asequible, como algo común a todos.

Hay otra publicidad, pero del STC mismo, donde se anuncia con gran orgullo que en el metro viajan todos, que el metro es diverso. Y en la imagen se observa, al momento de salir de un vagón repleto, a una mujer indígena, a una mujer enana, a un chavo banda, a una embarazada, a otras personas. Lo diverso es, esencialmente, lo marginal. Lo marginal puebla el metro.

De todas formas, cuando yo veía el anuncio, sabía que algún día dejaría de hacer ese trayecto, pues tenía una esperanza, y detrás de ésta un plan, y éste, a su vez, había sido fraguado hace años. Que otras circunstancias, después, algún tiempo después, me permitirían adquirir nuevas condiciones de existencia.

Poseo la necesidad -o el sueño, ya no puede verse como otra cosa- de los que desean dedicarse a escribir. Y además la quería a ella. Por muchas razones intelectuales pero también por algunas sentimentales. Pues ahora es realidad. Ambas cosas. Estaré allá, en Buenos Aires, para pensar. Para estudiar. Para escribir. ¿Es acaso real? ¿Debo aceptarlo de buenas a primeras y alegrarme y pensar que bueno, que era lo justo? Esto de lograr salir del vagón anegado, al menos durante un par de años. Integrarme a uno de los últimos reductos de libertad intelectual (eso es, en mi actual fantasía, la academia, por lo menos una parte de ella). Irme, mientras todo acá continúa. Mientras la fuerza laboral, entre ellos mi papá, por ejemplo, continúa haciendo el largo, atiborrado, incómodo trayecto. Resulta que no, que no es sencillo. Entonces se vuelve como un sueño raro, una sensación discordante entre lo que asumo como realidad (la vigilia) y aquello que no puede ser posible (y que tampoco creo merecer, como siempre).

**19 de septiembre**

Pero ahora han pasado algunos días y muchas cosas en medio. Por ejemplo: fui a Hawaii. Pero por el trabajo, porque trabajo en una revista de viajes. Lo cual está muy bien, porque puedo viajar y además en condiciones inaccesibles para mi sueldo y lugar en el mundo. Pero eso terminará en unos meses.

(Hawaii fue espléndido. Me dejó con un vacío y un anhelo. Después escribiré de eso, existe la necesidad de fijarlo.)

La sensación de sueño se ha desvanecido un poco. Ahora mi cabeza está ocupada en otros temas. Todo sucede de repente. Se hacen patrones como de bordado.

El jueves 4 murió Cerati. En la oficina sabían que yo amaba a Cerati. Yo decía, con ligereza, pensando que no iba a pasar, que el día que él muriera yo no iba ir a trabajar. Y un compañero respondía que entonces iba suceder mientras estuviera en la oficina. Lo cual sucedió. Me encontraba relativamente concentrada, escribiendo un artículo sobre California (porque también fui a California, una semana, antes de lo de Hawaii). Una vez confirmada su muerte, me levanté de mi lugar y me encontré con una amiga frente al elevador, bajamos en silencio, nos pusimos debajo del techito de un edificio de Palmas, prendimos un cigarro y estuvimos ahí sin decirnos nada. Habíamos compartido tanto a Cerati, de tanta formas y siempre en relación a un sentimiento intenso o una emoción nueva y tal vez transitoria. Yo traía puestos los lentes de sol, que me protegían de la vergüenza de llorar. Después nos sentamos en un chipote de cemento y lloramos juntas, cada vez más abiertamente. Nos abrazamos. Nunca me había pasado algo similar. Ese duelo extraño. Solitario. Pero compartido.

Llegué a mi casa y me puse a llorar. Después me bañé y fui a una fiesta. No se habló de Cerati allí. Tomé un poco. Cuando regresé, venciendo el temor de volver a escucharlo, puse el último concierto de Soda (ni siquiera mi favorito, siempre lo preferí en solitario, su trabajo como solista, pero este concierto, con sus despedidas y sorpresas, quizá sea el documento más emotivo al respecto). Volví a llorar. Creo que fue Calamaro el que dijo que había llorado como un niño al enterarse, y sin saber esto aún, lloré otra vez como niña, con abandono, con absoluto abandono.

Aquel periodo de incertidumbre no se reducía a los tres meses antes de confirmar que me iría a Buenos Aires, sino que iba más atrás, mucho tiempo atrás, tal vez desde 2010. Pero mucho más intensamente desde hace un año. Que fue cuando empecé a escuchar la obra de Cerati con atención, con devoción. Era un refugio. Y la admiración, la maravilla ante el arte que no puede replicarse, el reconocimiento del artista que crea con talento, con medios, con perfectas condiciones, con eco múltiple. La escritura, las palabras, el idioma maleable. Buenos Aires. Su Buenos Aires. Ir ahora allá, cuando no esté más. La pérdida.

Descubro que aquello aún no tiene sedimentos. Todavía no puedo consignar este hecho.

Queda sólo esto. Marzo, Buenos Aires.

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18 de diciembre, tarde

Me pasó algo hermoso. Facebook reserva una bandeja de entrada diferente, y oculta, para los mensajes de personas que no son tus ‘amigos’. Acabo de darle click sin querer. Y entonces algo de hace tres meses:

Hi Lilian,
My name is Peter. I met you a few years ago on a wine tour in Argentina. You left early the next morning from the hostel and left me a note that you had to leave early for Santiago.
I recently moved and went through a lot of old papers of which I found the note from you. So I thought I’d say hi.

(aquí me cuenta de qué va su vida y otros detalles personales)

I still think of you when I hear the spanish word «lado» because you taught me what it meant on that bus tour.
If you’re ever «estado lado» look me up.
Regards,
Peter
PS Dora! is my Hollywood name. It was a joke that stuck 30 years ago.
Firma: Dora Exclamationpoint

Al leerlo me encontraba cocinando una receta que «aprendí» (vi cómo cocinaban) en el sórdido hostal de Cartagena. Esa vez quizá tenía demasiada hambre, pero mientras veía a las señoras cortando el cebollín y las zanahorias, vertiendo el jitomate de las sardinas en el arroz, la boca se me hacía cataratas. No lo probé y no he conseguido a la fecha el sabor que yo imagino que tenía. Es una receta elusiva. Cuando fuimos al tour de vinos acababa de intentar cocinarlo por segunda vez y compartí con Peter un tupper del arroz rojísimo, picante y oloroso en el camioncito que nos llevó al primer viñedo.

Escribí de él. Lo otro que recuerdas más de los viajes es las personas que conoces durante ellos. Atesoro las caras, insisto en fijarlas en mi mente. Me enternecí tanto al comprobar que Peter conserva esos recuerdos, que fui fijada también. No hubo un lazo fuerte: nos vimos durante un solo día, no hubo atracción ni comunión de almas, pero en el día que compartimos existió un intento honesto y alegre por tender un puente con otro ser humano. Lo conocí en el hostal de Mendoza: una tarde volví a cambiarme y encontré que había nuevo inquilino en el dormitorio. Eran más de las dos y el cuarto recién limpiado estaba vacío excepto por un bulto en la parte superior de una litera. Tenía su mochila abierta, sus botas de minero algo percudidas tiradas como al aventón, una pequeña torre de desorden alrededor de su espacio. De las sábanas emergía el pelo rubio y escaso. ¿Qué haría un gringo de esa edad en un hostal barato de una ciudad bonita pero medianamente turística en el norte de Argentina? Me pareció, por la escena, que era un viajero. Roncaba tan fuerte que se notaba que estaba cansado, físicamente agotado. O pasa. Viajas y un día, el día que llegas a una ciudad nueva, simplemente no tienes ánimos para salir. ¿Dónde leí eso de que al viajar uno siempre considera «su casa» el hotel donde se esté quedando? Tal vez Peter necesitaba la casa provisional que es un hostal, cuyo funcionamiento brinda la ilusión de un refugio seguro y familiar.

Ese día, mi penúltimo en Argentina antes de cruzar a Chile, estuve caminando por toda la ciudad, cuya extensión y ciertos aspectos me recordaron a Querétaro. Me despedía de todo: de las marcas, de los billetes y monedas, de los mismos comerciales de Claro y los productos para el pelo con información conjugada a la argentina, de la cotidianidad que un país te impone cuando lo habitas un tiempo. Vagué sin mucho rumbo de algún parque a una glorieta larga y despejada, me paseé por un súper como de interés social, de pasillos anchos. Fui a un cineteatro. Me gustaba mucho entrar al cine en Sudamérica, me gustaba seguir viendo películas de la cartelera y no abandonar el hábito, y además me gustaba conocer los cines de allá, los de barrio y los de cadena, y los cineclubs como ese, otra similitud con Querétaro: un teatro convertido en cine. Vi Up in the air y lloré mucho. Volví al hostal y me encontré con Peter por la noche y hablamos un rato; le dije que pensaba hacer el tour por los viñedos mendocinos y como que se interesó, sin tanto entusiasmo. Al día siguiente, más recuperado, decidió unirse de último momento.

Hablamos un montón. Recorriendo los viñedos, en la carretera, en las catas de vino y aceite de oliva, hambreados ambos porque sólo desayunamos mi arroz horrible y durante todo el día no comimos más que panecitos con jitomates deshidratados y mordiscos de uvas. Al volver a la ciudad caminamos un poco por el centro, alrededor de la plaza Independencia que no estaba lejos del hostal y luego por una larga avenida peatonal con árboles, bares y restaurantes, bonita y llena de vida. Nos sentamos en una parrilla con mesas al aire libre y comimos carne, unos enormes pedazos de carne que eran gloriosos con el hambre, el vino y el buen clima. Y platicamos. Fue una charla muy agradable y honesta, tal como escribí en el post de entonces: entre un gringo demócrata y una mexicana de tendencia a la izquierda, con todas nuestras diferencias y puntos de encuentro, en un diálogo que por más políticamente correcto no dejaba de ser verdadero. Peter tenía gestos dulces y calmos, hablaba con lentitud, era súper californiano: un laid-back dude, pues. Al día siguiente yo iba tomar el autobús de la mañana para Santiago, el que va cortando los Andes en curvas demoniacas y paisajes sobrecogedores. Me levanté muy temprano y él seguía durmiendo; como sabía que ya no lo vería, arranqué una hoja de mi cuaderno, le puse que me dio gusto conocerlo y le dejé mi correo, pensando que jamás me escribiría.

Me parece lindo, y mejor, que me escriba ahora. Ahora sí se puede decir de todo eso que fue «hace unos años». Lentamente queda en el pasado y se vuelve más fácil verlo. La semana pasada me llegó de Buenos Aires un regalo de enorme valor y significado. El intento por fijarnos nos lleva a escribirnos religiosamente, a ser confidentes. Edificamos con cada larguísimo mail un puente distinto. El día que vea a Alén en la cara de nuevo, no sé cómo vamos a hablar, no sé cómo platicaríamos, no me acuerdo ahora ni de su voz. Será descubrir algo diferente.

Ojalá en el futuro se repitan los milagros de recuperar personas momentáneamente.

 

Del regalo:
Cuentos reunidos de Felisberto Hernández, una edición bonita con prólogo de «Elvio Gandolfo, pionero de la ciencia ficción en Argentina». Se me recomienda empezar con «La casa inundada». El otro es un «alarde de bibliófilo»: la primera edición de Cuentos droláticos de Balzac, ilustrados por Albert Robida, del que «cabe agregar que fue el primer ilustrador de ciencia ficción» y cuyos grabados «están hechos al acero, con las planchas originales». Que ojalá me guste (*ñoño se desmaya*). Venían además postales encontradas en libros de viejo, como toda la serie de viajes enviada al matrimonio formado por Óscar y Lilián del 4776 de la avenida Libertador, de 1984 a 1988. Y muchos dulces hipotéticos que jamás llegaron porque en DHL son unos fachos (*robado de mi propio Facebook*).

Ella

Tal vez Buenos Aires es más bella en el recuerdo que adentro. No dejo de pensar en ella, como si fuera una mujer -un hombre, una abstracción- que me hubiera enamorado de manera definitiva, en la distancia. En esa Sudamérica 2010, tal vez fui más feliz -de manera concreta, cuantificable- en otros lugares, en Colombia, por ejemplo, pero Buenos Aires es Buenos Aires. Sólo pienso en ella. En volver. En vivir en ella. En establecer una relación seria. Ahora de pronto recuerdo detalles insustanciales, nada que merezca escribirse o rememorarse (por eso es más bello recordarlo, porque es real, es materia real de vida, es rutina y normalidad). Nunca voy a recordar qué hice cada día de ese mes (casi un mes) que estuve ahí, pero las imágenes han estado apareciendo tan nítidas que a lo mejor se puede intentar un rompecabezas desordenado. Resisto la intención de contenerlas aquí (cuando Billy me acompañó a comprar una mochila nueva: la mía se había roto de la base; cuando entré a un café cerca de Puerto Madero y comí unos huevos con mucha pimienta, añoraba un desayuno en forma, algo sólido que no fuera panecitos y café, un desayuno mexicano, contundente, llenador; una pizzería horrenda donde leí unos cuentos de Ambrose Bierce que compré en una librería de viejo de Corrientes; una mesera de dentadura lamentable; la puerta del partido comunista de la Boca a la que fui con el primer chileno, no El Chileno, sino el otro chileno de pelo largo con el que paseé durante el primer día; el ecuatoriano que se nos unió al día siguiente; la carne, las papas, la carne, las cervezas, la carne otra vez; la lluvia de la tarde que conocí a Billy, los dos en una rendija, mojándonos los pies; Parque Patricios y la bodega de DHL; una tiendita, mi falda de puntitos, la blusa de flecos que dejé en un hostal después; la vez que la odié tanto como al DF, el tráfico y el «subte» lleno y los bancos interminables y las llamadas en los locutorios y los parques y los insectos y las paredes de los edificios que se veían desde la ventana del baño de Esteban, que miraba mientras me bañaba con toda tranquilidad, el elevador de reja de su edificio, la vez que se fue la luz en el edificio, la vez que Esteban y su novia llegaron después de ser asaltados, Maxi, El Chileno, Billy, su hermana: todo). Debo resistirlo. Debo conservarlo. Demasiado tarde. Ojalá regrese. Ojalá pueda vivir ahí y desenamorarme un poco, para no añorarla como la añoro ahora. Ojalá no la extrañara. Está tan lejos. Buenos Aires, las casas desde el tren hacia Tigre. Buenos Aires, de regreso de mis side trips, como una novia conocida, como una esposa que me espera, ojalá fuera menos difícil estar aquí y no allá.

 

 

La muzzarella

Esto, de Casciari, para variar.

Me recordó las pizzas de “muzzarella” (con u, como lo pronuncian los argentinos) de Buenos Aires. Pizzas simples con salsa de jitomate, cubiertas de queso. De olor profundo, casi ácido. Suaves y calientes y chorreantes y grasosas. Exquisitas.

Ya no me gusta la pizza. Se me fue el encanto. Creo que el gusto por la pizza es algo muy básico de la niñez y la adolescencia, porque simboliza todo lo que es bueno y simple. Y no es que me haya hecho más compleja o más complicada, es sólo que comí toda la pizza que podía comer. Abusé de lo bueno y lo simple. Ya no la encuentro deliciosa, ya no me entusiasma pedirla a domicilio, ya no se me antoja como antes (el famoso craving for). Pero no tajantemente. A veces la como con gusto, sobre todo si es de horno de piedra o de base delgada y crocante, casera como las que hace Carlita. La que es grasosa y gruesa y abusa de ingredientes no me pasa.

Pero sigo. La pizza argentina es deliciosa. Nunca he ido a Italia, no sé cómo sea la pizza italiana, aunque mis fuentes dicen que tampoco es la gran cosa. Con muchas hierbas, parece. La argentina, al menos, es tan única, tan de ellos. Y no sé si es porque fui en verano y todo era húmedo, caliente, cargado con una vibra como de vacaciones, como de tiempo libre, como de puerto turístico, no lo sé. Tampoco si fue porque viví muchas cosas, tantas que no he contado, en Colombia y Venezuela, y apenas llegaba de allá, con todo aún dando vueltas en la cabeza. Si era como un descanso y un comienzo. Si es porque era la mítica Buenos Aires, esa ciudad tan hermosa en la punta del mundo de la que tanto han escrito. Que es en tantos sentidos como una persona, con todos sus rasgos de carácter adorables y contradictorios, un personaje más de todas las historias que alberga. Donde te verán caer, porque es la ciudad de la furia. Porque es pequeña (comparada con el DF). Caminable. Parques, pasto, insectos, el río de la Plata, los cientos de cafés con baños invariablemente sucios y meseras sonrientes de dentaduras chuecas y un metro -subte- angosto, oscuro y viejo; viejo como la ciudad. Porque siempre acompañaba la pizza (la muzza, como la llaman cuando entran a una pizzería con prisas y la piden para llevar) con vino tinto corriente, corrientísimo, servido en un vaso de vidrio. Fui feliz. En esos breves momentos en que comí la pizza y bebí mi vino, y la ciudad se me mostró cálida, welcoming (¿cuál sería el equivalente en español de esta palabra? A veces el inglés es más preciso). Pero también fui desdichada, como siempre, porque así soy. Depresiva por default. Y también me sentí sola, increíblemente sola, sentada en un restaurantito de la avenida Corrientes, que es como un Insurgentes venido a más, la otrora “Broadway de Buenos Aires”, plagada de teatros comerciales y tiendas de ropa de mala calidad. Sentada ahí, pues, esperando mi milanesa a la napolitana con mi vinito tinto corriente, porque era tan barato y tan normal pedirlo que no iba a desaprovechar la oportunidad de hacerlo. Ni de desayunar medialunas y café con leche siempre, en cafeterías igualmente tristes en esa misma avenida -que recorrí entera, porque ahí mismo me hospedaba.

Todo lo describo torpemente, porque es de madrugada (y eso es una excusa fácil). Pero así recuerdo Buenos Aires. Nunca me sentí doblegada, ajena, extranjera. Ni por mi acento, porque incluso los demás lo encontraban lindo. Al contrario: sentí que la ciudad me acogió, que se permitió tocar, vaya, como una virgen decidida a entregarse. Sólo que Buenos Aires no es una virgen, es en todo caso una puta con un corazón muy puro. Una puta con clase. Siempre se te entrega, no importa de dónde vengas y con qué intenciones.

Corrientes con Pueyrredón. La foto es de Roberto Fiadone.