Apuntes misceláneos XXVII

Siento el dolor muscular. Tirada en mi cama, con el ventilador puesto, siento cómo me punzan las extremidades. El antebrazo sobre todo, entre la muñeca y el codo. Extensor, googleo. Ese músculo que se siente en llamas. Pero también me duelen las pantorrillas, los tobillos, los talones, y el empeine, ah, duele el empeine, mucho, mucho. Y los dedos de los pies, sobre todo los pulgares, los dedos gordos, duele la uña que se me abrió y sangró, y sobre todo las puntas de los dedos, que tengo en carne viva, se me desprendieron grandes trozos de piel, la herida se amorató, y quedaron ahí colgando los pellejos de piel muerta. Pero: debo persistir con el arte marcial. Recordar -lo he repetido a otrxs- el placer del golpe cuando, en prepa, practicaba karate con entusiasmo y quizá torpeza. De todas maneras no vale la pena seguir sin el convencimiento de que soy buena, de que puedo mejorar, de que pateo con fuerza, de que puedo dominar los movimientos.

La semana pasada, por avenida Avellaneda, recorriendo un área de la ciudad que no conocía, como un sueño. Había un aire un poco frío, por suerte, y de las anchas veredas emergían tiendas y tiendas y tiendas, lo mismo de bisutería que de ropa veraniega, y había tanta gente en las calles, demasiadas para un miércoles a media mañana. Yo había ido a Caballito por una cuestión laboral, y crucé Rivadavia y me encontré en Flores, Floresta, zona barrial tan particular y que parece vivir como a espaldas de todo, y nuevamente pensé que la ciudad es inabarcable y que no dejo de conocerla y que las excursiones jamás tienen fin. En la calle de Morón me encontré un gato negro: el tipo venía caminando por la acera y cuando me vio empezó a maullar en tono de queja, y yo me puse en cuclillas y le hablé, y él se acercó y se dejó acariciar, y ronroneó mientras paraba la cola; así estuvimos un rato largo, largo, en el cual hasta le saqué fotos y él siguió quejándose de la vida conmigo, o contándome algo, o quizás no quejándose sino celebrando y regodeándose, y luego me puse de pie y caminé y él caminó conmigo, incluso caminó como en diagonal, con la cabeza dirigida a mí, y yo mientras tanto me derretía, pensaba: me lo llevo, ya estuvo, lo cargo acá mismo y me lo llevo, no importa, y en la esquina pasó una muchacha que observó la escena y dijo «¡ay, qué lindo gatito!», y yo le dije «tal vez es callejero, está todo sucio», y ella: «no, no, mírale el pelo, el cuerpo, está bien alimentado, para mí que es de casa y anda de paseo, ¡ay!, me recuerda al que dejé en Venezuela», y así estuvimos con el tipín hasta que tuve que irme y, al caminar, lo veía todavía parado en la esquina, como despidiéndome.

Dos calles adelante entré a un pequeño enclave coreano, una bodega de fayuca abandonada, artículos de papelería polvorientos de Hello Kitty y otros muñequitos, cinturones por diez pesos y portarretratos y ¡carteles de Leonardo DiCaprio en The man in the iron mask! Estuve a punto de comprarme uno, pero por suerte lo medité mejor. Luego, buscando dónde comer, encontré un mercado oriental sobre Vallese que, al fondo, tenía comida coreana por peso. Delicias picantes y con cierto amargor en una mesa junto a tipos hermosos que hablaban con acento porteñazo.

En la esquina de Marcelo T. de Alvear (nunca dejará de causarme gracia el «Marcelote») y Talcahuano, un café anticuado donde algunas veces desayuné café con medialunas y en el que trabajaba una muchacha muy simpática, ahora es una pizzería Kentucky. Todo cambia y todo seguirá cambiando aunque ya no pueda atestiguarlo.

En mis sueños estoy yendo al mismo lugar, sensación de irrealidad al despertar, como si fuera bruscamente removida de una existencia concreta. Sueño con mis hermanos y les pregunto cosas y escucho sus consejos. ¿No es cierto que aquí vivimos muy a gusto y que mi habitación está más agradable que nunca? Pero en esta ciudad el clima me duele o me derrota; yo tenía experiencias excepcionales del calor húmedo, de la playa, de sentir la piel ardiente y la espalda empapada, pero bajo otro signo, con el mar cercano, con el tiempo peculiar y distinto de la vacación, y ahora siento que me ahogo, que estoy presa. Sin embargo, el frío no es mejor, es de hecho peor, sufro y sufro con él y el ánimo se me va al inframundo, lo reconozco ahora que transcribo mis cuadernos y noto la hipotimia invernal, a la que temo demasiado.

La semana pasada vino Elsa, era un viernes hermoso, soleado pero fresco, y la alegría indescriptible de encontrarla en Recoleta y hacer la caminata que suelo hacer con quienes están de visita. Fuimos a ver la floralis genérica, charlábamos de asuntos agradables, nos reíamos y nos sacábamos fotos, y le dije que fuéramos al Museo de Bellas Artes para hacer tiempo. Estábamos a punto de subir los escalones de la entrada cuando escuchamos un golpe seco, un sonido que ahora me persigue, y enseguida algunas expresiones de pasmo y aturdimiento: a treinta centímetros de nosotras una señora se había desvanecido, plaf, cayó del cuarto o quinto escalón, y su cuerpo quedó en transversal sobre la escalera, la cabeza sobre el piso, las piernas desnudas elevadas, no olvidaré las arañitas azules y moradas de las várices y su piel tan blanca, y que los lentes quedaron rotos a un costado de la cabeza de la cual sólo podíamos ver el pelo revuelto; y las dos nos quedamos en shock, inmóviles, y nos tomamos de las manos y dijimos «está bien, está bien, no pasa nada», y mientras tanto llamaban a la ambulancia y nadie sabía qué hacer, no era aconsejable moverla, y de pronto con el rabillo del ojo mirar el pequeño charco negro que se formaba bajo su cabeza, la mancha roja que se fue extendiendo sobre el piso. La gente empezó a enroscarse alrededor, personas que iba pasando, trotando, y que se quedaron como congeladas y magnetizadas, el morbo terrible; pero nosotras, con las piernas temblorosas, decidimos irnos, y luego nos sentamos en un café y concedimos llorar y pedir por su salud.

Por la noche, en Camping (recuerdos, recuerdos, marzo 2015), escuchar a Franny Glass/Gonzalo Deniz, la belleza y el bienestar, ese modo de ser tan dulce y tranquilo y particular de los músicos uruguayos, y aunque todo era tan bueno y feliz yo tenía el alma triturada y el corazón todavía me latía con fuerza. ¿Qué signo terrible era ese y cómo se explicaba o a qué correspondía, y sobre todo era necesario hacerse esas preguntas o más bien ignorarlas?

Al otro día fui al taekwondo y pateé y pateé y pateé.

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Extraños retornos del pasado

No voy a mirar tus fotos en Nueva York, lo bonita que te veías, lo joven y bonita, yo también me veo joven, no comparto el engaño de que luzco igual, reconozco la mirada de bebé, la sonrisa de bebé, la inocencia: quién iba a saber las cosas que sucederían y lo mal que la pasaríamos, lo terrible, asquerosamente mal que la pasaríamos; qué raro que otra vez escriba de esto, es de madrugada y tecleo con rapidez -pero sólo aquí, porque en mi documento avanzo con muchos dolores y muy lentamente- tras otra zambullida narcisista; no sé cómo llegué al post del irlandés que trabajaba en el cementerio de Montparnasse, Ruairi o Ruairí, el que me escribió su correo en mi cuaderno además de la enigmática frase «never eat candy floss in the rain», y se me ocurrió googlearlo porque ahí también aparece su apellido, Condra, y hasta me quité los audífonos por el pálpito que sentí cuando me aparecieron dos notas sobre violación, RAPE, esa palabra que en inglés es tan precisa, barbaric sex attack, precisaba una; pero luego resultó que eran otros Ruairi u otros Condras, o eso voy a pensar, eso quiero pensar, no tengo ganas de indagar más; cuando me dijo que me iba a enseñar una cosa en el cementerio, una escultura de una pareja besándose, medio oculta, yo fui con mi gas pimienta, como si eso me hubiera ayudado, ¿en cuántas situaciones de peligro me he puesto y no he sabido? Nunca olvidaré la vez, cuando iba en primero de secundaria en el Plancarte de San Juan del Río, que se me fue el autobús de estudiantes y mi papá paró a los señores del camión de gas y me mandó con ellos, y mi mamá se enteró de esto a mediodía y a punto de que yo volviera; cuando al fin llegué la encontré tirada en mi cama en un baño de lágrimas, nunca la había visto así en mi vida, en ese infierno tan personal y tan único y tan diseñado a su medida, y apenas me vio me tomó de los hombros y me dijo DÍMELO TODO, DIME QUÉ TE HICIERON, y yo le dije qué quiénes de qué hablas, y ella lloraba y soltaba groserías, y nunca le gritó tanto a mi papá como ese día, quien escuchaba estoico los reclamos y remarcaba que esos señores del gas eran sus amigos y que confiaba en ellos, oquei, ¿pero por qué, a quién se le ocurre?, y yo tardé en darme cuenta, no hilaba las cosas, hasta que luego lo pensé mejor y la imagen se fue dibujando, y creo que con el pasar de los años cada vez se dibuja mejor, con más detalles, con más horribles detalles, y siento mucho horror, pero, ¿por qué llegué hasta aquí si en realidad yo estaba pensando en esa foto tuya afuera de un hotel en la 9th Avenue, uno que aparecía en Bored to death y por eso nos detuvimos, además de que siempre me gustaron sus ventanas redondas como de lavadora? No imaginaba que luego, en un microviaje de trabajo, dormiría en uno de sus microcuartitos, berreta dirían acá, pero entonces no me lo parecía, bueno, quiero que sepas que todavía me acuerdo de estas cosas y ya las puedo escribir sin llorar ni sentir feo y casi, diría, sin sentir nada. *

Aunque creo que sí me arrepiento de jamás haber escrito lo mucho que te quería ni haber sido romántica, vaya, todo era fruto de mi autocensura, esa jaula en la que las personas queer suelen vivir, como bien expresa Agustina Comedi -se ve que su bella película me afectó-, quien además recuerda que una psicoanalista le dijo que como bisexual nunca sería feliz, viviría toda su vida dudando entre una cosa u otra, afirmación que otros psicoanalistas me han hecho llegar a través de cobardes intermediarios. Suelo ver cómo algunxs salen del clóset por Twitter sin comprender del todo que no se trata de un proceso cerrado, finito, que reconciliarlo en el fuero interno y luego comunicarlo a la familia, a los amigos, es apenas el inicio de un acto que ocurrirá incesantemente, una decisión que habrá de tomarse ante cada nueva situación, recién conocido, centro de trabajo, circunstancia vital. Releía un texto fallido donde narro, respecto a ciertas dinámicas familiares de aquella época: «Convivo un poco, cuento las cosas de manera superficial, porque la vida que llevo es vida que no les interesa o que no quieren saber, por sus propios motivos»; y aunque al final todo se supo, todo se aceptó, todos felices, y luego ya no, cuando el horror y las cosas feas que sucedieron precipitaron un cantado, esperado fin, la verdad es que lo gay todavía es origen de pesares y me gustaría, siento que debo, encauzar eso en otra cosa de largo aliento.

Oye, ¿no te parece que estás escribiendo demasiado en tu blog, que nuevamente se ha convertido en la escritura sucedánea de otra que es obligatoria, necesaria y urgente?

Sí, sí.

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Fantasmas IX

Un nuevo misterio. ¿Un virus, un error, un glitch? me posteó textos aleatorios en el blog. Textos de variada índole cuyo único elemento vinculante eran las palabras «canada goose». Googleo: «Un holding canadiense de fabricantes de ropa de invierno. La compañía fue fundada en 1957 por Sam Tick, bajo el nombre de Metro Sportswear Ltd. Canada». Bien, no me resuelve nada. Tampoco me acuerdo cómo me di cuenta, pero casi todas las entradas estaban publicadas en los años 2014 y 2015. Cientos de ellas. Nunca entré a su web, nunca busqué la mencionada marca invernal. Vuelve el pensamiento mágico: las señales en cada título. Por ejemplo ahora, al azar, reviso mi papelera (ya que una noche me decidí a borrarlas todas sin preguntar, sin googlear, sin enviar un correo quejoso a WordPress): We had a nice pattern of higher lows dating back to September. Otro título tenebroso: And I had no idea where they were taking me. O: When you burn cannabis, you are actually destroying a lot of. O: It is his/her premise that because of this supposed power. O: I want us to be about standing up for people who are single. O: Our rent is a month and we manage to save each month. O: And even that is just a poor rewrite of an extract from. ¿Qué carajos…?

Y ahí estaba todo, robándose espacio en mi blog, multiplicando los pins (¿los pins?).

En fin. No quiero volver a escribir sobre los fantasmas de internet (a, b), sino recordar(me) que nada aquí se conserva, que todo está destinado a la destrucción y el olvido. A continuación copio y pego unas notas que tenía en un cuaderno, que ya transcribí a un Word, y con las que escribiré otras cosas.

El problema número 5 para Giunta (Andrea Giunta, Objetos mutantes):
– Destrucción o apropiación de los archivos: su universalización por la vía del giro tecnológico. Poner todo online.
“Pero la idea de accesibilidad opaca la posibilidad de que el archivo no exista si no está ligado a una memoria acumulativa”.

Los archivos se desordenan en relación con su origen, se forman nuevos.
Otros no pueden digitalizarse.

Pregunta:
– ¿La idea de un archivo digital universal no alimentará la certeza de que sólo existe lo que está online? -> La digitalización no garantiza conservación.

Un resumen apresurado:

Archivo: lugar neutro que almacena registros y vincula con contextos y relaciones de producción.

El presente se analiza a través de los documentos, restos, fósiles, ruinas, es decir, indicios del pasado.

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Veleidad

Escribir.

Pero dónde.

No aquí.

Allá, en los cuentos. En el Word. En el trabajo. Lo que debe escribirse.

Leer. Sin método y con él. Esperar, esperar, esperar. Desear.

Tengo un borrador de post de hace dos meses, sobre Cortázar. No le agregué nada más y no lo publiqué. Algunas semanas después me invitaron a hablar de sus cuentos en el Villaurrutia, privilegio inesperado. Tuve más ocasión de pensar en él. Algo quería escribir sobre la idea de Cortázar. Sobre la mirada de hoy en torno a Cortázar. Sobre el supuesto buen Cortázar (el de los cuentos) y el malón Cortázar (el de Rayuela, que, en muchas opiniones, «no sobrevive la prueba del tiempo»). Pero luego ya no lo continué. Oficinapendientestextoscuentosnadaquédecir. Empezaba:

Hace unas semana releí Rayuela y me gustó mucho la experiencia; esperaba escenas, imágenes, episodios específicos; ya no había oscuridad en la trama; todo era como un viaje en autobús del que no esperas la llegada sino más bien el paisaje a través de la ventanilla.  Y concluyo que me gusta Rayuela. No perdió con la relectura. Reconozco en la prosa de Cortázar, obviamente, muchas cosas que he intentado. Lectura de formación. Claro: esta última vez la leí de manera lineal, sin saltar a los capítulos prescindibles, aunque de pronto me seguía por inercia y encontraba cosas extrañas, me acordaba de cómo desequilibraban la atmósfera y aumentaban la sensación de desorientación, y de inmediato volvía a la trama concreta de Oliveira y la Maga en París; Oliveira y Traveler y Talita en Buenos Aires. Muy agradable.

Fui a Ámsterdam. Por el trabajo. Nos invitó una página de internet, booking.com. Todos los de booking.com me cayeron muy bien. Buena empresa, gran ambiente, industria aparentemente inofensiva. Me paseé por Ámsterdam sola (a veces con los otros periodistas, a veces con un nuevo amigo, polaco, Piotr, fan de Game of Thrones). Pensé en muchas cosas. Conversaciones, lecturas, paseos concentrados. Todo era intenso y a la vez sosegado. Todo pasaba lento y a la vez demasiado rápido. Pero me gustó Ámsterdam. Me gustó lo que sentí. Me gustó lo que me hizo pensar. Fue un reencuentro con Ana (Frank). Con la idea de escribir, con el cuestionamiento de escribir. Pero mejor no escribir aquí, porque ya empecé otra cosa allá, en el Word.

 

 

Mi problema del café

Tengo un problema de café en la oficina. Que no tengo. Que no puedo obtener buen café. Que mi aprovisionamiento de café es insuficiente, inestable e irregular. Sólo cuando llevo café de mi casa soy feliz. Pero, ¿cuándo puedo llevar café de mi casa? No siempre tengo tiempo. Ahora parece que podemos programar la cafetera, pero todavía no sabemos cómo. Y poner el agua, el filtro, el café, esperar a que esté, o con el expresso que ahora es otra opción de la cafetera, con la cucharita y a presión, también hay valioso tiempo perdido. De todas maneras, cuando llego, con todo y el termo, ya está un poco frío. Y calentarlo en el microondas de la oficina traiciona su propósito. Tengo las siguientes opciones a la mano: una) el asqueroso café de la oficina, el proverbial café sabor a calcetín que sin embargo, me informan, causa gastritis. Recurro a él sólo en situaciones extremas. Dos) el café del Círculo K, Punta del Cielo, que como puede ser bueno puede ser malo y a veces tiene un aroma rancio y desagradablemente intenso: es necesario rebajarlo con sustituto de crema y azúcar, lo que resulta indigno. Tres) el alto del día del Starbucks, que me acelera el pulso demasiado. Y agregarle leche deslactosada light todos los días es un gasto y unos minutos formada y un ablandamiento de mis ideales radicales que no me puedo permitir. Hay una cuarta opción oculta, el todavía más indigno café del Seven-Eleven. Jamás recurro a él. Hay una quinta opción, que creí era la buena, pero que resultó no serlo: la cafetera Nespresso de mi jefa. Me compré mis capsulitas, a un precio absurdo. No es bueno, no es práctico, no es barato. Lo descarté. Como último recurso, me compré café soluble. CAFÉ SOLUBLE. De ese tamaño es mi desesperación. Un Nescafé de granos tostados y verdes, con más antioxidantes que el té verde, indica. Peor es nada. Más o menos. Con una colega que padece la misma adicción hemos proyectado comprar una cafeterita y compartirla. Nunca lo haremos. Seamos realistas. ¿Cuándo caí tan bajo? En la universidad trabajé año y medio en el Dos Minutos café, que tenía una mezcla de café muy buena y a la que no me entregué sino hasta muy al final. Y ahora soy una adicta, una maldita coffee snob, todo el tiempo compramos café, probamos nuevos lugares, nuevos granos, nuevos tipos y alturas y tuestes. Nuestro favorito es el pluma Oaxaca. Lo descubrí cuando fui a Huatulco a lo de la investigación. Al otro día el hijo de don Octavio me llevó a ese pueblito, Pluma Hidalgo, a media hora de Huatulco sobre una montaña, con un microclima frío y neblinoso. Le compré un kilo a un viejito en un molino antiquísimo, oloroso a granos frescos. Es el mejor café que he probado. En el DF sólo lo venden en una oficina dentro de un edificio horrendo de la Condesa, sin moler, lo que no nos resulta práctico. Y busco, busco, busco. El café Do Brasil enfrente de la glorieta de Vertiz, al que le creí el show de la vejez y el molino gigante y las poquitas mesas. Un café veracruzano mediocre. A veces recurrimos al café molido de Starbucks. ¿Es indigno? Es indigno. Pero es mejor que nada. A veces tiene buen cuerpo, buena acidez. Pero seguimos añorando el pluma. ¡Ay! ¿Por qué todo es tan difícil en esta vida, por qué?

 

 

2013

Viajé mucho gracias al trabajo.

 

Ciudades que fueron como un sueño.

Un día en París. Un día en Río de Janeiro. Un día en Nueva York. Un solo día.

 

Pisé los aeropuertos de Dallas y Houston, dos formas de estar y no estar en Texas, lugar que me causa una enorme curiosidad. Sólo en Dallas, en el tren aéreo de una terminal a otra, vi a lo lejos el skyline ultra-moderno, medio borroneado por un aire caliente y espeso.

 

Vi muchos mares. En la mayoría nadé, otros -fríos, lejanos- sólo los admiré, y todos me despertaron cosas distintas.

 

El Cantábrico en la costa vasca francesa, el Atlántico que baña Brasil, el Caribe en Tulum  y en La Habana, el Pacífico en Acapulco y en toda la costa de Jalisco (Costalegre la llaman: abarca los municipios de Cihuatlán, La Huerta, Tomatlán y Cabo Corrientes), también fui a Manzanillo y, en Chetumal, nadé en las aguas de Bacalar: no es un mar pero se parece o es más hermoso que el mar, de un azul turquesa intenso, con piso de arena blanca y corrientes cálidas, con tanto azufre que no hay animales en su interior.

 

Descubrí a los siguientes autores: Alice Munro (y aclararlo, por la dignidad o el ansia de originalidad: meses, pocos, antes del Nobel), Eloy Tizón, James Baldwin, Leopoldo Marechal, Felisberto Hernández.

 

Probé el LSD por primera vez en Acapulco. Fue como entrar en un sueño, vivir el sueño. Las alucinaciones -nada terrorífico, nada que pudiera dar pie a un lugar común- estaban hechas de materia onírica. El sol brillaba de otra forma sobre las ondulaciones de la arena, una arena viva que palpitaba.

 

Vi una tortuga marina del tamaño de una lavadora, nadando en el mar de Manzanillo: yo estaba encima de un barquito y de pronto la vi, en una parte profunda. También vi una víbora. No me desmayé. Ahí estaba. Ahí me esperaba. Me hizo más fuerte.

 

Xalapa con sus edificios manchados por la humedad, la fiesta de una editorial allí mismo, y a la que no fuimos invitadas, y donde bailamos hasta la deshidratación; San Miguel de Allende, un antro mirrey, ¿cómo terminé ahí? Fui a un evento, los errepés, la mamá de la errepé argentina, hablamos de Buenos Aires, me dijo que a veces manejaba por la noche y que le gusta mucho la ciudad y yo sentí mucha nostalgia, y después tomé de más, como nunca, y la cruda fue tan dolorosa y volvimos de San Miguel por la mañana, a gran velocidad, y en cada curva desfallecía, y tuve que escribir un reportaje urgente (y serio, de un tema serio) en esas condiciones, ¿cómo lo logré?

 

Fue un año difícil. El principio y el final. Preocupaciones por la enfermedad de mi madre, por la cercanía de la muerte, por el futuro de mi padre, de mis hermanos, por la familia que te divide en pequeñas partes que siempre te duelen, que ya no dejan de dolerte. Evasión. Dolor en la distancia. Fracasos personales, un sistema de las cosas traicionero, una forma de madurar.

 

No fui a muchos conciertos. En 2012 fui a muchísimos, y buenos. Ahora sólo recuerdo el Corona, donde estuvimos en nuestra burbuja, en las gradas y otros espacios del VIP, porque la vejez ya no nos permite otra cosa, y el Ceremonia, que fue horrible y denso por muchos motivos, y del que después preferimos no hablar.

 

Este año concreté mi vocación. Veo un final al libro del Fonca. Falta muchísimo. Nadie reescribe o corrige tanto como yo (hipérbole). A veces son cosas neuróticas. Una coma que quito y pongo y quito y pongo, pero también: una descripción desacertada, un inicio flojo, un personaje difuminado, un final que no llega. Una idea que no puede ejecutarse. Muchas páginas escritas a mano y muchos inicios, y mucha corrección y relectura. Siempre ha sido escribir, siempre lo ha sido, pero nunca con tanta adultez como ahora.

 

Adultez será la palabra de 2014.

 

El amor estuvo en mí. Fui amada y amé (y todavía, y seguirá). Un futuro nuevo se abre para nosotras. Nada se compara a la calidez de la otra persona, a la que se procura y que te protege. Pero también: vivir con alguien te desnuda. Todos mis berrinches matutinos, mi mal humor, mis recaídas, mis enojos, mis decepciones, todo lo que resulta molesto de mí, de mi forma de ser, de mi forma de llevar una relación, la frialdad y la distancia, están ahí a su disposición, y nada se recoge u oculta. Pero luego nada se compara a mirar los ojos de J y saber que ahí está todo, ahí empieza y termina todo, y ya no quieres irte de ahí jamás. Y desear ser mejor. Como mi gran amigo me escribió: amar mejor, más adultamente.

 

Claro que espero viajar. Viajar por mis propios medios además de las agradables y emocionantes sorpresas del trabajo. Leer y escribir más. Amar y entender otras cosas. Esperar y cultivar otras. Tomarlo. No dejarlo.

 

 

Acto ruin de la semana pasada

Quería escribir de la semana pasada, el día en que ocurrió, y luego ya no lo hice y los días se fueron desdoblando. Pero siento que debo consignarlo, por la diversión de consignarlo nada más. Esto: le pegué a una señora en el metro. La frase me sorprende ahora tanto como el hecho mismo ese día.

Pero el contexto: el viernes, por ejemplo, que fue el día que subieron el metro a cinco pesos. Una semana en la que, para colmo, mi tarjeta (con más de 50) fue inexplicablemente invalidada y en la que pasé como tres veces gratis haciendo mis prudentes reclamos a los polis de los torniquetes, que me recomendaron ir a la oficina de Juárez a reponer mi dinero. Lo pensé demasiado. Pero el tiempo es dinero, concluí. El sólo hecho de desviarme al salir del trabajo a reclamar 50 mugrosos pesos era más costoso que esos mismos mugrosos mugrosos, robados, 50 pesos.

Y llegó el viernes y yo no tenía ni un boleto, no había hecho mis providenciales compras de pánico, pero estaba tranquila porque era el #posmesalto (nota para el futuro, para otro lugar: la protesta ciudadana contra la alza) y podía aprovechar para unirme al acto subversivo y liberador. Pero llegué a Chapultepec y la gente pagaba sumisamente y sumisamente, en fila, introducía su boletito o pasaba su tarjeta en el torniquete. Resignada, me formé en la taquilla y ¡cuatro boletos por veinte pesos! Cuando llegué -o volví- al DF en 2008, con 20 pesos podías comprar 10 boletos. En cinco años, un aumento del ¿150%? ¡Maligno! Lo que antes alcanzaba para una semana de traslados ahora se gasta en dos pinches días. Lo peor, lo más humillante, lo más Murphy del día: al bajarme en Miguel Ángel de Quevedo, reducida otro poco, siempre reducida después del metro (no sólo la incomodidad y lo indigno: lo que ves, lo que entiendes), había muchachos con cartulinas vociferando nuestro derecho a pasar gratuitamente, y la gente se saltaba, torpe y gozosamente, los polis viendo (los muchachos diciendo ¡poli!, ¡poli!), la algarabía que no me tocó, el acto liberador del que no pude ser parte.

Entonces llego el lunes, primer día del aumento, esperando en lo íntimo, no una mejora instantánea ni un servicio de primera, sino ya aunque sea menos gente, por pura lógica de mercado, ¡y Barranca del Muerto, inicio de estación, primera parada de la línea siete, siete con treinta minutos de la mañana, ATASCADA! El andén, intransitable. Los trenes que llegan no abren las puertas sino hasta la siguiente estación, Mixcoac, ahora rebasada por el flujo que viene de la nueva línea dorada, y puedes estar ahí minutos, minutos, minutos eternos, esperando tontamente, como ciudadano pisoteado. Después de muchos trenes, llegó uno que abrió las puertas justo frente a mí y, momento: soy rápida, soy ágil, soy veinteañera. Conozco los pormenores del transporte público, ¡pocos hacen operaciones de traslado a dos pies más rápido que yo! Y en el momento en que ponía el pie por delante, una señora detrás de mí sencillamente dejó caer su humanidad de manera violenta, atrabancada, BESTIA.

En la operación me machucó un dedo. Pero un machucón. Un Señor Machucón. Una aplastadura que me dejó la uña chata. Y el dolor fue tan intenso, tan rápido, tan mortal, que mis sentidos se obnubilaron y no hubo raciocinio, premeditación ni planeación alguna: con una fuerza que no conocía en mí, levanté el brazo y lo dejé caer con dolorosa furia sobre su espalda, al tiempo que lanzaba maledicencias varias. Todo esto en menos de un segundo. Recuerdo vagamente que la señora -su rostro es una mancha- volteó la cabeza sorprendida, pero leo su sorpresa como la del malhechor que, habiéndose salido con la suya todas las veces, recibe el castigo no con culpa o arrepentimiento, sino con inesperada catarsis. Sabía que se lo merecía y que se lo venía mereciendo desde hace mucho, pues seguramente ese era su modus operandi cotidiano.

Luego de haberla golpeado, fui a sentarme en una silla que milagrosamente estaba vacía. Tal vez me la reservaban, pues de pronto era la hembra Alfa de ese vagón. A mi alrededor se hizo como un círculo. Sentí que me veían, que me temían, que era a la CRAZY EYES del lugar. En cuanto me senté, temblorosa y adolorida (el dedo me palpitaba), empecé a sentirme avergonzada. Le pegué a una señora. ¿Quién, yo? Soy la persona más cortés y ciudadana por no decir pendeja de la vía pública: cedo todos los lugares, dejo pasar a toda la gente, digo gracias compermiso de nada buen día vaya con dios, ¡todo! En circunstancias normales no le pegaría ni a mi reflejo. La verdad, me sentí mal. ¿Tenía que pegarle? ¿Cuál era la edad de la señora? ¿Le dolió? ¿Me pasé? ¿Volverá por mí y me agarrará del pelo por detrás y me obligará a enfrentarme a ella y ahora, sin la adrenalina y ofuscación del dolor, no sabré cómo responder y si me pega me quedaré ahí sentadota recibiendo sus arañazos o por el contrario me levantaré y desquitaré en ella y en su cuerpo de señora la frustración, impotencia y coraje por las condiciones de traslado y vida a las que me obliga esta ciudad de mierda?

Por eso, hundí la cara en mi libro durante seis estaciones. Y en Auditorio  me levanté de un brinco y corrí a la puerta siguiente y caminé lo más rápido que pude entre los ríos de gente, subí las escaleras con trote seguro y emergí del túnel subterráneo bañada en vergüenza y extrañeza de mí misma, repitiéndome que huir de esa forma era lo más ruin del acto, pero que debía salvaguardar mi pellejo y mi poca dignidad y después, en el trabajo, a lo largo del día, en el tráfico o cuando me fui a cortar el pelo, relaté la anécdota con pena y orgullo secreto: sí, le pegué a una señora. Chingue su madre.

 

18 de diciembre, tarde

Me pasó algo hermoso. Facebook reserva una bandeja de entrada diferente, y oculta, para los mensajes de personas que no son tus ‘amigos’. Acabo de darle click sin querer. Y entonces algo de hace tres meses:

Hi Lilian,
My name is Peter. I met you a few years ago on a wine tour in Argentina. You left early the next morning from the hostel and left me a note that you had to leave early for Santiago.
I recently moved and went through a lot of old papers of which I found the note from you. So I thought I’d say hi.

(aquí me cuenta de qué va su vida y otros detalles personales)

I still think of you when I hear the spanish word «lado» because you taught me what it meant on that bus tour.
If you’re ever «estado lado» look me up.
Regards,
Peter
PS Dora! is my Hollywood name. It was a joke that stuck 30 years ago.
Firma: Dora Exclamationpoint

Al leerlo me encontraba cocinando una receta que «aprendí» (vi cómo cocinaban) en el sórdido hostal de Cartagena. Esa vez quizá tenía demasiada hambre, pero mientras veía a las señoras cortando el cebollín y las zanahorias, vertiendo el jitomate de las sardinas en el arroz, la boca se me hacía cataratas. No lo probé y no he conseguido a la fecha el sabor que yo imagino que tenía. Es una receta elusiva. Cuando fuimos al tour de vinos acababa de intentar cocinarlo por segunda vez y compartí con Peter un tupper del arroz rojísimo, picante y oloroso en el camioncito que nos llevó al primer viñedo.

Escribí de él. Lo otro que recuerdas más de los viajes es las personas que conoces durante ellos. Atesoro las caras, insisto en fijarlas en mi mente. Me enternecí tanto al comprobar que Peter conserva esos recuerdos, que fui fijada también. No hubo un lazo fuerte: nos vimos durante un solo día, no hubo atracción ni comunión de almas, pero en el día que compartimos existió un intento honesto y alegre por tender un puente con otro ser humano. Lo conocí en el hostal de Mendoza: una tarde volví a cambiarme y encontré que había nuevo inquilino en el dormitorio. Eran más de las dos y el cuarto recién limpiado estaba vacío excepto por un bulto en la parte superior de una litera. Tenía su mochila abierta, sus botas de minero algo percudidas tiradas como al aventón, una pequeña torre de desorden alrededor de su espacio. De las sábanas emergía el pelo rubio y escaso. ¿Qué haría un gringo de esa edad en un hostal barato de una ciudad bonita pero medianamente turística en el norte de Argentina? Me pareció, por la escena, que era un viajero. Roncaba tan fuerte que se notaba que estaba cansado, físicamente agotado. O pasa. Viajas y un día, el día que llegas a una ciudad nueva, simplemente no tienes ánimos para salir. ¿Dónde leí eso de que al viajar uno siempre considera «su casa» el hotel donde se esté quedando? Tal vez Peter necesitaba la casa provisional que es un hostal, cuyo funcionamiento brinda la ilusión de un refugio seguro y familiar.

Ese día, mi penúltimo en Argentina antes de cruzar a Chile, estuve caminando por toda la ciudad, cuya extensión y ciertos aspectos me recordaron a Querétaro. Me despedía de todo: de las marcas, de los billetes y monedas, de los mismos comerciales de Claro y los productos para el pelo con información conjugada a la argentina, de la cotidianidad que un país te impone cuando lo habitas un tiempo. Vagué sin mucho rumbo de algún parque a una glorieta larga y despejada, me paseé por un súper como de interés social, de pasillos anchos. Fui a un cineteatro. Me gustaba mucho entrar al cine en Sudamérica, me gustaba seguir viendo películas de la cartelera y no abandonar el hábito, y además me gustaba conocer los cines de allá, los de barrio y los de cadena, y los cineclubs como ese, otra similitud con Querétaro: un teatro convertido en cine. Vi Up in the air y lloré mucho. Volví al hostal y me encontré con Peter por la noche y hablamos un rato; le dije que pensaba hacer el tour por los viñedos mendocinos y como que se interesó, sin tanto entusiasmo. Al día siguiente, más recuperado, decidió unirse de último momento.

Hablamos un montón. Recorriendo los viñedos, en la carretera, en las catas de vino y aceite de oliva, hambreados ambos porque sólo desayunamos mi arroz horrible y durante todo el día no comimos más que panecitos con jitomates deshidratados y mordiscos de uvas. Al volver a la ciudad caminamos un poco por el centro, alrededor de la plaza Independencia que no estaba lejos del hostal y luego por una larga avenida peatonal con árboles, bares y restaurantes, bonita y llena de vida. Nos sentamos en una parrilla con mesas al aire libre y comimos carne, unos enormes pedazos de carne que eran gloriosos con el hambre, el vino y el buen clima. Y platicamos. Fue una charla muy agradable y honesta, tal como escribí en el post de entonces: entre un gringo demócrata y una mexicana de tendencia a la izquierda, con todas nuestras diferencias y puntos de encuentro, en un diálogo que por más políticamente correcto no dejaba de ser verdadero. Peter tenía gestos dulces y calmos, hablaba con lentitud, era súper californiano: un laid-back dude, pues. Al día siguiente yo iba tomar el autobús de la mañana para Santiago, el que va cortando los Andes en curvas demoniacas y paisajes sobrecogedores. Me levanté muy temprano y él seguía durmiendo; como sabía que ya no lo vería, arranqué una hoja de mi cuaderno, le puse que me dio gusto conocerlo y le dejé mi correo, pensando que jamás me escribiría.

Me parece lindo, y mejor, que me escriba ahora. Ahora sí se puede decir de todo eso que fue «hace unos años». Lentamente queda en el pasado y se vuelve más fácil verlo. La semana pasada me llegó de Buenos Aires un regalo de enorme valor y significado. El intento por fijarnos nos lleva a escribirnos religiosamente, a ser confidentes. Edificamos con cada larguísimo mail un puente distinto. El día que vea a Alén en la cara de nuevo, no sé cómo vamos a hablar, no sé cómo platicaríamos, no me acuerdo ahora ni de su voz. Será descubrir algo diferente.

Ojalá en el futuro se repitan los milagros de recuperar personas momentáneamente.

 

Del regalo:
Cuentos reunidos de Felisberto Hernández, una edición bonita con prólogo de «Elvio Gandolfo, pionero de la ciencia ficción en Argentina». Se me recomienda empezar con «La casa inundada». El otro es un «alarde de bibliófilo»: la primera edición de Cuentos droláticos de Balzac, ilustrados por Albert Robida, del que «cabe agregar que fue el primer ilustrador de ciencia ficción» y cuyos grabados «están hechos al acero, con las planchas originales». Que ojalá me guste (*ñoño se desmaya*). Venían además postales encontradas en libros de viejo, como toda la serie de viajes enviada al matrimonio formado por Óscar y Lilián del 4776 de la avenida Libertador, de 1984 a 1988. Y muchos dulces hipotéticos que jamás llegaron porque en DHL son unos fachos (*robado de mi propio Facebook*).

Peeeeeta

En el hostal de Londres había un chico que era Peeta el de The Hunger Games. Era él, pero no lo sabíamos. Su cara me resultaba vagamente familiar. Mis años de consulta religiosa en imdb.com no me habían llevado a su perfil. Era un muchacho del staff del hostal, con la cara idéntica a la de un actor que no identificábamos, J porque no se acordaba aunque ya había visto la película, y  yo porque no la había visto. Y lo mirábamos fijamente y decíamos: es él, ¿pero quién? Es un actor juvenil, ¿pero cuál? Mientras tanto él llevaba a cabo sus actividades normales de empleado y habitante de hostal, esa vida que parece idílica vista desde afuera, si eres joven y quieres pasártela bien un rato: limpiar la cocina, poner los panecitos en un plato, el cereal en un bol, la leche en una jarra, las mantequillitas y mermeladitas en un recipiente; limpiar baños y áreas comunes, colocar recaditos y compartir la clave wifi, pasar la noche en recepción cuando te toca, sentarte en las áreas comunes charlando y bebiendo cervezas.

Meses después, cuando por fin vi The Hunger Games, descubrí que el actor al que se parecía (no sólo se parecía, era él) se llama Josh Hutcherson. Ahora nos gusta Josh Hutcherson. Peeeeta. Lo vimos en Saturday Night Live y convenimos en que es muy guapito. ¿Nos gustaba al mismo tiempo el chico del hostal de Londres?

La semana pasada, un chef que admiro me saludó convencido de conocerme. Otra vez. El asunto de mis dobles no terminará nunca. ¿Tengo una cara común? ¿Algún rasgo que se repite? Supongo que es otra cosa. Mi Doppelgänger de cara se repite, allá afuera.

 

El fin estuve leyendo los procesos creativos de un músico que admiro. Es tan bella la creación artística holgada, libre y con posibilidades.

 

Jueves 1:48 pm

Llega un momento de la tarde, antes de salir a comer, en que nada tiene sentido. Ninguna lectura tiene sentido. Los periódicos latinoamericanos, sobre todo, dejan de tener sentido. Entras a una realidad paralela con las noticias de Venezuela, Argentina o Perú. Se abren los mundos simultáneos.

 

El fin pasado estuve sola y encerrada. Era el fin de la distensión, pero curiosamente todo fue acomodado como con relojito. Hubo algo que no hice y quería hacer (un texto que hasta hoy debo), pero los puntos importantes de mi lista fueron tachados. Dormí. Soñé con una orgía prometida y nunca concretada, otra vez. Soñé otras cosas. Leí (leí mi Adán Buenosayres, y un cuento de Onetti, otro de Felisberto Hernández -ah, el conor sur- y otros de Carlos Fuentes). Vi capítulos arbitrarios de: Ally McBeal, Portlandia, Roswell, Parks & Recreation y 30 Rock. Eso vi. El sábado decidí no trabajar, sino ver televisión por la mañana, y leer y escribir por la tarde y  noche. Eso hice. Me desvelé. Al otro día trabajé (un freelance de correcciones). ¿Vi algo más? No me acuerdo. Cosí un suéter. No salí ni al pasillo. Las dimensiones del departamento, el calentador prendido, la lluvia y el frío afuera, el té y las colillas de cigarro amontonándose en el cenicero, todo constituyó un anhelado viaje al interior.

 

 

Intrincadas redes de Wikipedia

En el trabajo:

Escribí y leí extensamente sobre la arquitectura de Chicago. El tercer edificio más alto (ahora me sé de memoria el ranking) es el Aon Center, una torre blanca y delgada, parecida a las Torres Gemelas.

También hago un reporte de Fórmula 1 (puede que cubramos el tema el próximo año). Vi hace unas semanas Rush y luego, una noche, la mitad del documental sobre Ayrton Senna. De Lauda no sabía nada: todo fue una sorpresa. De Senna me había quedado en que era muy talentoso, elocuente y guapo, guapo como James Franco cuando posa para Gucci (también: una breve nota sobre el perfume de Gucci del que Franco es imagen). Hace rato, porque es mi costumbre, porque siempre caigo en el fatal accidents porn, descubrí lo que pasó con Senna.

Leo sobre la temporada actual de Fórmula 1. En los debuts del año, figuran jóvenes guapos. Clic a uno, Max Chilton. Su padre es el multimillonario Grahame Chilton, chairman de Aon Center. Con oficinas en Chicago (tercera torre más alta, blanca, estilo Torres Gemelas).

Dato en la entrada de Aon Corporation: tenía oficinas en los pisos 92, y del 98 al 105, de las Torres Gemelas. Después del primer avionazo, los ejecutivos lograron evacuar a la mayoría de sus empleados, pero varios se quedaron tiesos en sus lugares debido a las propias recomendaciones de seguridad y de los guardias. 176 de los 1,100 empleados murieron, incluido un ejecutivo que alcanzó llamar al 911.

 

Hoy mi sobrino mayor cumplió 13 años. Nació en 1998, yo estaba a punto de cumplir los 12 y fue el mejor año de mi vida por muchas razones: él, en primer lugar; yo acababa la primaria y entraba a la secundaria con muchas ilusiones pubertas; estuve en un retiro espiritual (aunque no lo crean) con gente de mi edad en el que me divertí mucho; Mtv pasaba muy buena música entonces (R.E.M., Placebo, Semisonic, The Smashing Pumpkins, Cake, The Wallflowers, Garbage, Fastball y su one hit wonder, The Way); fue el año en que descubrí Friends por accidente, cuando todavía los pasaban por Sony (el primer episodio que vi fue “The one with the fake party”, cuarta temporada, 1998), me desvelaba viendo Nicktoones en Nickelodeon (Real Monsters, Hey Arnold, Rocko’s Modern Life y Pete & Pete los sábados): ver caricaturas en la madrugada era la cosa más surreal, lo más cercano en ese entonces a navegar por internet a altas horas de la noche. Y el bebé, sobre todo el bebé, eso me emocionaba mucho. Había algo en 1998, algo que se ofrecía y se expandía como una onda, como si empezara a descubrir todo por primera vez. Y tal vez lo que descubría eran puros productos para mi consumo personal y recreativo, pero era bueno, era como construir un mundo interior que se nutría a cada instante de todo lo que veía, escuchaba y leía.

Hace rato llamé a Loló (así lo llamo desde que nació, ignoro de dónde lo saqué) para felicitarlo y me contestó una voz de adolescente gangoso, como el granoso voz de pito de Los Simpson. Fue tan extraño. Ahora tiene poco más de la edad que yo tenía cuando él nació y me pregunto cómo será este mundo que se está construyendo con dosis pasmosas de videojuegos y anime. Ojalá que sea un mundo nuevo. Es tal vez la persona menor de edad que más quiero en el mundo. O tal vez la persona a secas que quiero más en todo el mundo.

Con la desvelada de anoche, hace rato tomé una siesta enorme y tuve un sueño -varios sueños- muy intensos.

Siempre digo que la simbología de mis sueños es muy básica. Sueño con personas específicas, situaciones específicas (y muchas veces reales), objetos, canciones, películas, obras de ficción que estoy consumiendo. Y mi fobia. Innumerables veces sueño con innombrables. En mis sueños casi nunca hay conceptos universales (mandalas, diría Jung), sino elementos cuya interpretación recae en la superficie de mi personalidad. Con mis padres. Con las personas que amo y también, muchas veces, con las personas que odio (o creo odiar).

Corte: el sueño de hace rato fue muy intenso.

Primero, por alguna razón estaba ahí Kate del Castillo (uh, Kate del Castillo), ya que no puedo evitar saber que está filmando o filmó la versión telenovelera de La reina del sur. Todo ocurría en Colombia, en una selva infestada de innombrables. Nadando sobre un río, una bestia de esas enorme (como el Basilisco de Harry Potter) me perseguía y, a pesar de que era un sueño, yo me tapaba la visión con un algo invisible (¿la cobija con la que me estaba cubriendo en la vida real?), justo como cuando veo películas donde salen innombrables. Después llegábamos a la mansión donde Kate y su entourage acostumbraba departir. En el centro, una piscina techada, pero cuya agua no se había cambiado en mucho tiempo (siempre sueño con albercas descuidadas, de aguas amarillentas y sucias; el agua es otro elemento universal onírico). Aún así, otro tipo no identificado y yo nos metíamos a nadar. Llegaba después una mujer como de cincuenta años, que me recuerda levemente a una tía, mamá de una prima que hace ocho días vi en un Blockbuster (elementos de la vida ordinaria, totalmente olvidables, que adquieren otro significado dentro del sueño), y nos decía que no deberíamos nadar en una alberca tan descuidada y que ella, en su recámara, tenía una. Ahí voy (yo sola). En efecto, en una recámara exquisita y lujosa, como de museo (siempre sueño con museos), y la alberca comenzaba en una esquina y era toda un área del cuarto: tenía varios pisos y hasta muebles dentro de ella, para aumentar la experiencia del nado. El agua era caliente y yo sentía lo húmedo y lo caliente (sin albur), porque los sueños también vienen acompañados de experiencias sensoriales (olfativas, gustativas, táctiles) que no necesariamente son sólo visuales.

Hay acá una parte que es extremadamente triple equis y que no voy a compartir. Me sorprendió muchísimo el nivel de detalle y realismo, eso sí.

Al final de mi sueño estaba yo en una playa (siempre sueño con playas; otro elemento que sí es universal), al romper la tarde, en esa hora crepuscular en que no es ni de noche ni de día. En la playa había mucha gente. Todos tenían cara. Esto me llamó mucho la atención, generalmente los personajes incidentales de los sueños no tienen rostro o son borrosos e impersonales. Entonces entré en la fase consciente del sueño, una de las experiencias oníricas que más me gustan y en la que siempre trabajo mientras sueño (¿alguien recuerda Waking life?). Me dije que quería estar sola en la playa y, muy à la Inception, supe que todas esas personas eran manifestaciones de mi subconsciente y que, como tales, yo podía mandarlos. Les ordené que se fueran. Y fue increíble cómo, una escena que parecía totalmente cinematográfica, incidental (mucha gente dispar reunida en una playa), empezaron a levantarse e irse. Todos al mismo tiempo. Surrealismo puro.

Anoche tuve otro sueño increíblemente realista y simbólico, que me dejó exhausta. No descansé en toda la noche. Fue cuando pensé en entregarme a la idea de hacer un diario de sueños. Mi terapeuta lo recomienda. Jung analiza 400 sueños de un paciente con formación científica para identificar los mandalas que constituyen los círculos concéntricos de la personalidad. Todo lo que soñamos está ahí por una razón. Todo tiene un significado, aún sutil, aún inútil. Anoche estaba viendo The Sheltering Sky, la versión cinematográfica de la hermosísisisisima novela de Paul Bowles (que además la narra y aparece ahí), y en algún punto John Malkovich, como Port, empieza a narrar un sueño. Están en África del Norte, yuppies neoyorquinos de los años cuarenta que se consideran viajeros aunque siempre caigan en hoteles de lujo, en las ciudades más miserables. La pareja viaja con un amigo. Sentados en un café, Port habla de su sueño. Su esposa se enoja, le dice que a nadie le interesa. Él responde que si no lo cuenta lo va a olvidar. Es un sueño totalmente simbólico. Me gusta mucho la idea de contar los sueños. Acabo de hacerlo. Todos tenemos la costumbre de contar nuestros sueños, sobre todo cuando estos son raros o peculiares o involucran conocidos (“anoche soñé contigo”). Ya por último, Maips acaba de contarme que soñó con Kristen Wiig, que la “cortejaba”. Antes no le gustaba y yo constantemente le decía: pero si es bien hot. Ahora admite que le gusta. Los sueños eróticos transforman la forma en que vemos a una persona. Me ha pasado muchas veces. ¿Cuántos enamoramientos, fugaces o longevos, nacerían de un sueño?

En suma, qué fascinante es soñar.

Creo que mi tema, mi tema de vida ya definitivamente, es la relación padres-hijos. Y al darme cuenta de ello sentí primero que era irónico porque no quiero tener hijos, pero luego entendí que sí los quiero, que no puedo esperar para arruinarle la vida a otro ser humano. O para hacérsela más bella. En el fondo sí deseo cultivar a otra persona, no como una creación sino como una obra independiente de la que uno es parcialmente responsable.

Creo que por eso la tercera temporada de Mad Men me llegó hasta lo más profundo. Esa conversación de Don Draper con el vigilante de una cárcel y cómo éste le decía que todos los que están ahí -violadores, asesinos, ladrones, desfalcadores, cuando menos- culpan a sus padres. Don dice: that’s a bullshit excuse. Y luego recuerda su propia infancia, la pobreza, el amor a cuentagotas, la inseguridad. Me hace pensar que de alguna forma todos culpamos un poco a nuestros padres. Por darnos muy poco o darnos demasiado. Y que ellos a la vez culpan a los suyos. Mis dos papás son huérfanos, siempre pensé que por algo se habían encontrado. Y aunque ellos me dieron todo, me he dado cuenta de que, inconscientemente acaso, los culpo de muchas cosas. Ellos no lo buscaban, no lo esperan, lo hicieron lo mejor que pudieron. ¿No es eso una cosa extremadamente cabrona en la vida? Somos hijos de personas lastimadas y nos convertimos en seres lastimados para repetir la historia.

Y sin embargo, ¿no es maravilloso encargarte de que un pequeño ser se convierta en una persona honorable? En mi otro blog escribí sobre el hijo de Paul Auster, que no salió como se esperaba y lo triste que parecía. Con su hijo recién nacido, Don Draper dice esto: esa persona que está allá arriba, durmiendo, es un completo desconocido. No sabemos cómo será. No sabemos quién va a ser. Y eso es aterrador, pero también es maravilloso.