Sábado 23 hrs.

Viajé en una época en la que se podía, escribí en el otro cuaderno. Pensaba en los últimos viajes, incluido aquel que se extendió por varios años, y en el culto a la juventud, el culto que yo rendí. He mirado cosas que están perdidas pero lo que sentí no ha desaparecido como lágrimas bajo la lluvia. Hace rato caía el sol aquí y yo escribía. Pasó un video con personas jóvenes viajando en un automóvil por Los Ángeles, y pensé en Triquis y en Leo y en mí misma rodando por esas autopistas, y en noches montevideanas con amigxs fugaces, y pensé en bailar, en lo mucho que me gustaba, casi cada ocho días o cada dos semanas en Buenos Aires, en boliches que eran refugios después, o en sitios extraños, casas, barracas, laberintos. La ciudad de los laberintos. Nunca estuve tan abajo como allá, nunca me sentí tan miserable como en madrugadas vagando sin rumbo, nunca caminé tanto una ciudad; ahora pienso que es algo que no volverá, que ya no haré nunca más: caminar sola de noche, a todas horas, a la una de la mañana saliendo de alguno de mis cines predilectos rumbo a casa; a las cuatro o cinco de la mañana al abandonar, tambaleándome, boliches o espacios mencionados; a la hora del amanecer, por razones variopintas y sí, algunas sexuales. Creo que antes tenía menos miedo o era más inocente o más estúpida, ahora ya no quiero exponerme, ya no quiero tentar la suerte, tomar trenes y taxis y autobuses y andar caminos.

De un tiempo a esta parte me había entrado la sensación de que viajar había sido una pérdida de tiempo y de recursos, de que me había estancado en mi vida porque le había dedicado todas mis fuerzas y ahorros a esa actividad; pero ahora creo que viajé en una época en la que se podía, en la que se hacía sin que la conciencia de lo contaminante fuera suficiente para detener la pulsión de salir al mundo. Y no es que el mundo se haya cerrado como una concha y nunca más me aventure fuera de la frontera, es que será distinto y menos atrabancado y menos audaz y menos impulsivo, en todas las ciudades en las que estuve le rendí culto a mi propia juventud, me entregué a los placeres de la carne joven, a los privilegios del tener un cuerpo joven, y ahora lo veo distante, perteneciente a una época casi clausurada, me aferraré a ese casi todo lo que pueda.

QQQ II

Continúo acá el archivo de todo lo relacionado con Quisiera Quedarme Quieta. Toda lectura la agradezco profundamente y, ay, dejadme guardar lo más significativo.

Una emoción total. Lauren Cockney en el magnífico Leyendo Latam blog ha incluido a QQQ en algunos de sus listados, cada aparición eleva mi alma, y también escribió una excelente reseña que atesoro:

And just as Camberos’ prose is keenly observed, her stories are marked by an enduring sense of observing and being observed from afar. In ‘El lado del mal’, Verónica looks at herself in the mirror but fails to recognise her own gaze; in ‘Acapulco’, the protagonist suspects she’s been watched, only to discover that – years prior – she was the one doing the watching; in ‘La planta’, which hinges on a woman obsessively observing a plant, Camberos opens with “hay una presencia aquí que no estaba antes de la planta.” [“There’s a presence here that didn’t exist before the plant.”]

Review

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Una entrevista con mi amada Jessica Jaramillo para el también amado portal La Zona Sucia, de Monterrey, Nuevo León (detrás de esa conversación está la amistad y la pequeña familia que formamos en Buenos Aires).

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En Gatopardo, El pensamiento no puede ser confinado: Los diez mejores libros del 2020

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Josué Tello Torres consignó en Efecto Antabus sus lecturas de 2020. Dice que fue un año en que la conciencia de la labor editorial tomó la pauta de su vida lectora. Es un tema que me emociona muchísimo, sospecho o sé a quién le presté aquel libro de Constantino Bértolo, La cena de los notables, en la edición de Mardulce. ¡Devolvédmelo! Pues esos temas agilizan esta interesante lista de lectura, con libros bastante buenos de 2020. Por eso me parece de igual excelencia la mención a las y los editores detrás de cada libro, un ejercicio de lectura de lo más atento. De mi lado, sin más: el libro ha podido ser gracias a Nicolás Cuéllar y a Lucía Treviño.

Escribe:

Los seis relatos de Camberos me hicieron recordar una frase del escritor argentino Rodrigo Fresán, que va sobre libros con cuentos y libros de cuentos, a esta última categoría pertenece Camberos porque sus narraciones se entrelazan, encuentran puntos en común o nos ayudan a comprender diferentes espacios del universo narrativo en Quisiera quedarme quieta: los lenguajes, el cuerpo y el viaje, que en ocasiones toman como punto de partida lo onírico, los recuerdos, el tránsito, los espacios o la violencia. Un libro inagotable.

Mi amada Alaíde Ventura Mendoza recomendó QQQ en las lecturas favoritas de plumas destacadas de Sin Embargo MX, entre las que desde luego está ella, con estas palabras bellísimas:

Qué tremenda cuentista es Camberos; admiro mucho su dominio del oficio, suma perfecta de forma, técnica y sensibilidad. Yo diría: una magia de equilibrista. El libro obliga a una lectura atenta para que se escuchen todas las voces y palpiten todas las exuberancias (calor, humedades, humores). Los reseñistas hablan de resistencia para referirse a su libro. Creo que estoy de acuerdo, si lo entiendo como una tensión permanente: las atmósferas se desbordan mientras que la voz apela a la contención, se agazapa y se evade finamente.

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En el podcast de México Lector se menciona QQQ, gracias a Gerry por la mención y los comentarios sinceros.

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Estuvimos en un sábado de septiembre en Partículas Elementales del Instituto Mexicano de la Radio con Elvis Liceaga. Platicamos de nuestro amor por el cuento como género y en verdad fue una bella charla entre cuentistas amantes de los cuentarios.

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En el listado de los 10 mejores libros del año de Enrique Saavedra en TimeOut.

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Esta bella reseña de Shoshana en Ya déjame leer.

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En Literal Magazine, en los mejores libros de 2020 de Lorea Canales.

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Algunas, pocas pero sustanciales reseñas en GoodReads.

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Lectura de textos y cartas en el Día de las Escritoras en la Biblioteca Nacional de México (1:45 aprox.)

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Y finalmente, la presentación del libro en la Feria del Libro de Guadalajara 2020, en la que me acompañaron Juan Pablo Villalobos y Mariana H.

28-01-21 // recuento de manía dic. 2020

Diciembre transcurrió en un parpadeo. A 200 kilómetros por hora. Por ahí del 10 de diciembre mi cerebro se sobrecalentó, empezó a salirme humito de las orejas. Pues sí, si la quieres, hay una explicación multifactorial. Las mezclas cerebrales se volcaron. Euforia, estrés y susto. Bueno. Estuve escombrando. Empecé escombrando mi espacio, luego el de mi madre, luego el de la casa Campo Real, lastimando mi cuerpo en el proceso. La manía, las llamadas, los incontables mensajes, y correos, y páginas furiosamente escritas a mano. La clasificación obsesiva, la organización del archivo. La purga. Hasta llegar a los actos sin registro, sin sedimento en mi memoria, que son los que más temo.

Ahora, tras gastarme todas mis sustancias del orden de lo bueno, ruedo cuesta abajo. Me entrego con suavidad a la melancolía, a la tristeza sin atenuantes. Todos mis planes grandilocuentes y mesiánicos se han hecho humo, nada. Si en diciembre no dormía, ahora me cuesta hasta socializar. Hice tratos con medio pueblo, acabé con una bici usada renovada, color verde, y objetos nuevos y reparados que no necesito. En números rojos, claro. Bloqueada en Twitter y pasada de largo por otras personas. Me acuerdo de las cosas que dije y escribí, y siento palpitaciones y arrepentimientos. A lo hecho, pecho. Mi rostro, cuando no duermo, adquiere un semblante tenebroso. Recuerdo momentos, recuerdo además muchos momentos felices, todos a prisa y en la antesala de otras cosas importantes por llevar a cabo. Escribirme en clave simbólica una vez más, consignando y organizándolo todo. Ah, y la violencia. El arrebato y la violencia.

Miro por la ventana mientras escribo este post, nuevamente dueña y señora de mi blog. He recuperado esto que es un proyecto y otra cosa muy cara para mí. Entonces, miro por la ventana: hay un tractor trabajando en el campo, pasa un coche solitario por la calle que antes no existía. Un silencio de pueblo. Estuve en D.F., la ciudad semivacía y más vivible, departamentos en renta y venta por todos lados, qué ganas de que me sobraran unos milloncitos. Pero la tinta negra se esparcía en el agua y decidí volver. Necesito permanecer en mi cueva, necesito una soledad inquebrantable.

 

x, 6:23

En el contrato, enunciado en nuestros respectivos discursos amorosos, estaba aquella cláusula o condición o futuro castigo, tras la disolución, del extrañamiento, el estallido de todos los puentes, el silencio sepulcral y la anulación del contacto; advertencia o amenaza que planeaba como un fantasma, claro, detrás de mi reticencia a terminar las cosas cuando debían terminarse, o por lo menos cuando en mí habían comenzado a morir (y siguen muriendo, lentamente, ya que es agonizante, débil, inconstante, tanto mi manera de amar como de extrañar), y no hasta gastar el amor que ella sentía, que a veces se sentía eterno, y que en los meses finales se limó tanto que lo sustituyó un algo desconocido. Vaya, esto se sabía, que debía aceptar sus condiciones, sus hábitos post-amorosos intransigentes, que en nuestro lustro de convivencia atestigüé y constaté; y tras las comprensibles o hasta esperadas recaídas de mi parte, de las llamadas lacrimosas y los intercambios de mails encendidos, tristes, algunos meses después, pasado el año, ¿pasados los dos años?, acepté o he aceptado el nuevo estatus de fantasma del pasado, de recuerdo sin voz, de fotos y documentos digitales borrados y alterados, de innombrable y eternamente ausente, hasta que ella así lo decida, cosa que espero, por varias razones que solo le diré entonces, cuando la tenga de frente, y entonces reparto anzuelos como éste, como estas entradas de blog que es como si dejara mi diario abierto para que lo lea, como hizo aquel domingo funesto, el domingo de agosto en que se murió Juan Gabriel, cómo lo vamos a olvidar; pero este diario, este blog, a diferencia del otro, lo escribo sin importarme quién lo lea, y bajo el principio del control de la exposición, que al fin y al cabo esa era mi advertencia, mi amonestación, mi amenaza, mi condición, mi castigo o represalia o venganza o traición, sobre todo eso, la famosa traición, tras enredarnos en nombre del amor: escribirte y reescribirte y que ya siempre fueras parte de mi escritura.

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7:54

Había pensado, y luego por eso pensé en Lili Anaz, en consultar el oráculo de las capturas de pantalla, OCP (eloraculo.com.ar), y entonces:

Y ahora, que he recordado esto, al verificar su web el OCP ha dicho:

 

tal vez no todo el internet agoniza.

Toda playlist es una playlist de amor

Pienso que yo viví mi vida. La he vivido lo mejor que he podido, y siempre procurando la experiencia. Me sumergí en High Fidelity por tercera vez. Quiero decir, me bebí a lo largo de unas semanas la tercera -eslavencida- versión de High Fidelity, el libro de Nick Hornby que disfruté enormemente, del que se hizo una película con John Cusack que disfruté enormemente. En la serie de televisión -un nuevo formato que le permite alargar el libro, y también separarse sin retorno de él-, la protagonista es Rob, una joven mujer bisexual, bella y un tanto disfuncional, melómana y esencialmente romántica (ingenua). Otra vez incurrí en la vulgaridad de leerme en ella, de encontrarme en su experiencia, la de una ruptura que no supura, que no sana, que infecta todo nuevo intento de tender un puente con otro ser humano. Y no tanto por un enamoramiento que persista, aunque al principio algo hay de eso, de ese dulce sufrimiento; sino por lo que queda después, esa playa vacía, esa corriente resacosa que lo único que arrastra es un recelo del amor. Una resistencia a sus cárceles. Es tan horrible enamorarse, convivir y luego separarse. Drena tantas energías, ocupa un espacio tan grande en la vida. Es excesivo. Euforia y dolor, placer y hartazgo, felicidad y aburrimiento, posesión y violencia. Quién puede estar dispuesta a enfrentarse con eso una y otra vez, por qué alguien quisiera eso. Por qué consintiera tan fácilmente a prestarse a tal rebase nuevamente.

La playlist o el mixtape es una prueba de amor, un relato de construcción sonora. Toda playlist es una playlist de amor, deformando a Chris Kraus (every letter is a love letter). Rob amonesta: la playlist debe escucharse en orden. Eso ni siquiera debiera ser aclarado. Debe escucharse en orden porque cuenta una historia.

Estás tú, yo, nosotras. 80% nosotras, 20% yo, solamente yo, porque igual que tú viví mi propia relación contigo. Reconocerás la historia y la estructura de mi digresión, por qué esa canción post-ruptura, con aquel arrepentimiento resignado de la culpable, que constata cuán poco cala ya, en la otra persona, aquel amor desaforado. Después las gozosas etapas del enamoramiento, el sexo y el embelesamiento; el asentamiento de la relación y su erosión, el violento final. El desgarrado final. Pero entre aquello está lo mío, mi mundo privado, aquel que nunca te compartí, que siempre he resguardado y no reservo para nadie salvo para mí misma.

Me queda lo que me queda.

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(Cómo me gustaría decirte, como afirma Santiago Motorizado Barrionuevo en la canción última de esta carta amorosa –postamorosa– que ahora soy mejor, te juro soy mejor. Pero, si me detengo una vez más a pensarlo, no sé si eso es verdad.)

Des.

Desde el pueblo más lejano de acá, siguiéndote…

mdrgd 2:12

Algo muy extraño ocurre con mi blog.

Una plaga de posts hechizos ha terminado por expulsarme de aquí.

Cada noche limpio a mano la suciedad de los intrusos. Cada día amanecen más textos basura posteados en el blog. Research paper por sale. Going out with Japanese women. In some societies, marriage is certainly delayed till all debts are paid. If the wedding party happens sooner than all cash are created, the place is kept ambiguous. The bride really worth custom may have damaging results the moment younger males haven’t got the ways to marry. In strife-torn To the south Sudan, a large number of younger men steal cattle because of this, often risking their…

Conjeturo.

En 2012, cuando creé este blog como continuación e interrupción de La isla a mediodía (creado en 2005 como continuación e interrupción de otro, de url yaestarde.blog.com), me encontraba inmersa en dos relaciones románticas. Al centro de un triángulo amoroso. Al comienzo de una relación intensa y larga sin haber terminado del todo mi relación anterior, igualmente intensa y larga. No quiero decir que sostuviera las dos relaciones simultáneamente, que mantuviera el adulterio a toda regla; me refiero a otras cosas, aunque es probable que… Pero a quién le importan los detalles ahora. Ciertamente a ninguna de esas personas, a ese hombre y a esa mujer a quienes entregué mis años veinte…

Pues yo te entregué mis treinta así que quién está peor le revira Sadie a Leila en The bisexual, cuando la segunda incurre en un reclamo parecido.

Dado que ya no me aman ni yo los amo ya, todo es pasado, es El Pasado, como aquella novela de título perfecto y contenido dispar, aunque este pasado a veces no termine de pasar. PERO ESE NO ES EL TEMA. 

El tema es que en 2012 mudé muy pocas cosas a esta casa (¿esta casa?, esta casa-blog podría estar derrumbada, nuevamente escribo en el TextEdit en espera de recuperar lo que me pertenece) (¿lo que me pertenece?) y por algún error, o alguna decisión estúpida de entonces, sus contenidos quedaron alojados en el servidor de mi antiguo amante. 

Ah, parece que lo he recuperado de nuevo.

Debo mudarme. Me urge mudarme.

0:34

En una entrada de un diario de hace un año me pregunto dónde estaré en un año, «si estoy». Dónde estoy entonces es un sobreentendido. Luego apunto dónde estaba el año anterior en esas mismas fechas.

Esto no tiene nada de interesante pero la entrada anterior es desagradable y lastimosa a la vista.

«Seas quien seas, sé tú mismo»

Es muy extraño todo, no te diré que no.

Atravieso otro de esos momentos excesivos: las emociones excesivas, desde los dos polos, tiran de mí. En el centro, mi frágil cerebrito. Mi cuerpo adelgazado. Mis deseos interrumpidos.

Busco el silencio, lo busco insistentemente.

Presiento que podría romperme en cualquier momento. Mi mente, quiero decir. Quebrarse, malfuncionar, sacar humito, perderse en delirios al principio divertidos, grandilocuentes, después paranoicos, necesariamente perturbados.

Algunos de los posts hechizos de la crisis bloguil reciente:

Ciertos títulos y contenidos eran ciertamente violentos:

Stop reading this post to the end and go do that now…

That person who you are meet out there is not a robot. That person is an intelligent being and is not expecting you to tell him or her what to do.

If you have anxiety and depression you need a hard and good…

¿A hard and good QUÉ? ¿A HARD AND GOOD QUÉ?


Creo que en otro post no publicado apunté sobre perderse en otro cuerpo, lo necesario de perderse en otro cuerpo…


¿A HARD AND GOOD FUCK?

Publicidad tenebrosa en las navegaciones en modo incógnito.

Fantasmas CLXXX

Otra vez la casa se me llenó de intrusos.

ver. ver. ver. ver. etc.

¡HAY QUE IMPRIMIR! Hay que defenderse de esta tecnología traidora.

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Estoy mirando The bisexual, de Desiree Akhavan, a quien amo y con quien me identifico y en quien me proyecto y con la que me encuentro y de la que me separo. Las cosas que escribe, las experiencias a las que alude, a veces incluso su rostro, me rozan, me son familiares. Miro esta serie, que salió en 2018 y cuya existencia me había pasado de largo, y me río y me distraigo y recuerdo. Siento que la escribió para mí.

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Pensamientos desarticulados

Escribo en esta casa, vacía casi todos los días del mes, a la que vengo a trabajar, a leer y a estar sola. Recorro los pasillos. Durante los años noventa, la casa fue sede de un colegio particular de corta duración en los anales de Polotitlán de la Ilustración. Aquí transcurrió mi vida de 1992 a 1998 y aquí, por cierto, adquirí todas las habilidades que ocupo para sobrevivir hoy en día: aprendí a leer, a escribir, a hablar inglés, a usar los procesadores de textos. Aquí fui alentada, estimulada, desafiada y lastimada también, en este sitio recibí las primeras heridas. Recorro la casa, que salvo algunas remodelaciones está casi igual a esa época en que para mí representaba LA ESCUELA. Los salones son habitaciones cerradas con llave, a las que no tengo ni busco acceso; el territorio libre se compone de la estancia donde se ubican la sala con su chimenea, el comedor y la cocina; además de los corredores, el jardín en el que camino por la tarde, pensando; en el que leo, bajo el durazno o la buganvilia, y donde hace rato me encontré a un gato anaranjado majestuoso, de ojos amarillos.

Aquel jardín es tan grande que alberga una cancha simultánea de futbol rápido y basquetbol. La portería-canasta, de fierro, tiene la pintura oxidada y desflecada. Pero el rectángulo de cemento, formado de cuadrados más pequeños, está intacto y solo a medias invadido por la hierba. Al fondo se extiende un tupido bosque de carrizos, las paredes de adobe centenarias, el misterio salvaje.

Allí encontré al gato, en una caminata vespertina. Encontré el hoyo en la barda por el que se mete y luego seguí su paseo; su cabeza atenta, como una antena, perseguía los graznidos de las aves en los muchos árboles del jardín. Pero al volver al corredor, en una pared, vi una lagartija tan grande que parecía una iguana.

Esta entrada lleva meses a medio escribir. No los párrafos anteriores, esos los he forjado con la rapidez con la que mecanografiaba (otra habilidad adquirida en la época a la que me refiero, pero en otra escuela más odiosa, el Plancarte). Sin embargo hace un rato, mientras leía en el sillón de la sala, cada vez más a oscuras, encontré la respuesta de lo que a continuación intento terminar.

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De un artículo que leí hace unos meses en la New Yorker, titulado, aburridamente, «How social media shapes our identity», sobre nuestro derecho a olvidarnos, a prescindir de la documentación digital –generada unilateralmente, si quien leyere fuere un chaval nativo digital, por sus propios padres– y la ¿máscara azogada? de nuestras identidades en línea, en fin, la idea que más quedó conmigo, la que sigo rumiando, es aquella de que les niñes hoy en día –con sus canales de YouTube, por decir– se han apoderado de los medios de producción. La niñez crea y consume contenidos sin mediación de los adultos.

Y hay algo ahí, algo que me inquieta. La maravilla de contar con audiencia, les niñes creadores. El laberinto del contenido sin supervisar, para quien se pierde en esa fortaleza. Contenidos no curados, contenidos mediocres en su mayoría. El vasto desierto del entretenimiento, y lo cierto es que casi cualquier cosa entretiene. Distrae. Quisiera que mis sobrines descubrieran a Gógol y se carcajearan con sus cuentos, que leyeran una novelita erótica a escondidas, que hojearan los poemas de Sor Juana, y no como ocurre ahora que miran durante horas a un chileno barbón jugar un videojuego, o consumen sagas enteras de GachaLife de la peor calidad. ¡Bah!

Pero:

Ellos y ellas crean. Dibujan, escriben, tocan música. Elaboran sus videos pacientemente, que luego suben a sus canales de YouTube.

Pensar, entonces, en la dimensión ética de cuidar niñes artistas. ¿El deber de alentar sus talentos, y procurárselos, de no solamente celebrárselos sino facilitarles los medios para ejercerlos? Claro que parece lo más lógico. Alentar artistas. Pero, ¿qué se hace con el talento, cómo se lo administra, qué bienestar puede proporcionarle a quien lo cultiva? En pocas palabras, ¿cómo ser artista en esta época, en este país? Entonces siento una comezón molesta, una pregunta simplona que me repta por la piel hasta formarme un coágulo en la garganta. ¿Para qué? No, tampoco es eso. No es solamente eso. Por un lado, para evitar el mal gusto de la retórica de los sueños –abstractos– que se persiguen –se padecen–. Por otro, porque tendríamos que ser capaces de más, de traer un poco de contexto, condiciones materiales, POLÍTICA a la situación.

Pero la pulsión de crear es más fuerte, y si aparece en la niñez echa raíces profundas. Si la legitima el aparato o no, si se transforma en oportunidad de negocio o no, si la crítica la celebra o la ignora, si llega a las masas o si no llega jamás, nada de esto la determina. Si han de crear, crearán. Si han de entregar sus vidas a la creación, que así sea.

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Acá había un párrafo con anécdotas uruguayas, que suprimí. Pero se refería, como Tiranos Temblad, o por lo menos a la manera en que se originó, a lo que denomino la creación por pura onda. Esa circunstancia tan frecuente en Montevideo de cruzarte cada dos por tres con artistas, con músicos, con escritores, con místicos delirantes. Artistas sin audiencia, o con audiencias limitadas. Crear por crear, por lo bonito y lo posible de crear, y de compartir lo creado, sin buscar ni esperar nada más allá del modesto acto de intercambiar sensibilidades, es decir, esa relación entre el que crea y el que recibe, pero también interpreta y disfruta.

Últimamente he pensado en uno de estos sitios ideales del internet, escondidos a plena vista del gran mall-tendedero digital, Archive of Our Own. La lógica de Wattpad, ponele, al que ni he entrado por lo feo que es, y este otro lugar qué ejemplo de limpieza y elegancia, y de ecos revolucionarios. Nuestro propio archivo.

En ese lugar solamente se escribe (y se lee, que es otra forma de escritura). O, más bien, se reescribe. Intertextualidad pura. Cualquiera puede entrar, adueñarse de personajes o tramas o escenarios o palabras o ideas protegidos por la propiedad intelectual, y crear. Crear para otras personas, para su disfrute y su entretenimiento y hasta su placer sexual. Es un intercambio de atenciones: escribir por pura onda, leer por pura onda. Acompañarse. Los puentes entre almas.

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El tema concreto, la duda que me perseguía, sobre qué hacer con mis sobrinas y mis sobrinos, cómo ayudarlos a gestionar su talento, y si es eso lo que debía hacer, si es que debía hacerse algo, se despejó (o agrandó) aquella tarde en la que escribía los primeros párrafos de este post.

No había leído nunca a Natalia Ginzburg y mi amada M me envió Las pequeñas virtudes.

“En relación con la educación de los hijos, pienso que se les debe enseñar, no las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia respecto al dinero; no la prudencia, sino el valor y el desprecio del peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor a la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber”.

Quisiera ir más allá. Quisiera profundizar. La otra noche estuve platicando con mis sobrinas de 10-casi-11 y 12-casi-13. Oh… Al otro día, en el jardín de esa casa, recordaba fragmentos de la conversación y las lágrimas me venían a los ojos. A veces aquí en mi pueblo, en donde puedo vivir con la tranquilidad que en esta época necesito, me siento sola. Me siento intelectualmente sola, vaya. Lo dejaré simplemente así. Entonces, en esa soledad que me procuro, que busco y busco, pensaba que en ellas, en esta cuestión del crear y del no crear, tengo las mejores interlocutoras. Que con ellas puedo hablar de lo que escribo, de lo que quiero escribir, de lo que he escrito. Y ellas, a su vez, pueden hablarme de sus proyectos y hasta de sus deseos de vivir sin proyectos, de elegir no tener la obligación o la deuda que impone la creación.

El hermoso libro de Natalia termina de esta manera:

“Y si nosotros mismos tenemos una vocación, si no la hemos traicionado, si hemos continuado a través de los años amándola, sirviéndola con pasión, podemos mantener alejados de nuestro corazón, en el amor que sentimos por nuestros hijos, el sentido de la propiedad. Si, por el contrario, no tenemos vocación, o si la hemos abandonado o traicionado, por cinismo o por miedo a vivir, o por un mal entendido amor paterno, o por cualquier pequeña virtud que se ha instalado en nosotros, entonces nos agarramos a nuestros hijos como un náufrago al tronco de un árbol, pretendemos vivazmente de ellos que nos restituyan todo lo que hemos dado, que sean absolutamente y sin fallo tal como nosotros queremos que sean, que obtengan de la vida todo lo que a nosotros nos ha faltado; acabamos por pedirles todo lo que puede darnos solamente nuestra propia vocación; queremos que sean en todo obra nuestra, como si, por haberlos procreado una vez, pudiéramos continuar procreándolos a lo largo de toda la vida. Queremos que sean en todo obra nuestra, como si se tratase, no de seres humanos, sino de obras del espíritu.

Pero si nosotros mismos tenemos una vocación, si no hemos renegado de ella o la hemos traicionado, entonces podemos dejarles germinar tranquilamente fuera de nosotros, rodeados de la sombra y del espacio que requiere el brote de una vocación, el brote de un ser. Ésta es la única posibilidad real que tenemos de resultarles de alguna ayuda en la búsqueda de una vocación: tener una vocación nosotros mismos, conocerla, amarla y servirla con pasión, porque el amor a la vida engendra amor a la vida”.

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Entradas

Tengo posts a medias. De meses pasados. Empezaba a registrar sensaciones, impresiones, hechos concretos, y luego paraba.

En octubre:

Siento que me espantan. Que quieren espantarme.

Estoy cansada, exhausta. A veces clara, por eso. Porque me canso chambeando. Pero también… lo otro. Los fantasmas. Pasé por un periodo -tuve la impresión- de hipertimia. Luego de una hipotimia falsamente invernal, a mitad de julio. Llevaba cuatro julios al hilo deprimiéndome, trastorno afectivo estacional (a causa del invierno austral). Más otras dificultades concretas del verano pasado. De pronto: el optimismo, las reflexiones, la creatividad y la seguridad y la voluntad para emprender proyectos amateur en artes nuevas. Al mismo tiempo, fresca disposición social, desenvolvimiento, relaciones sociales.

Ya no sé.

En julio:

Constantemente vuelvo. Pero no quiero ir hacia atrás, sino adelante. No sé si quiero ir adelante tampoco. Necesito el archivo que me permite recuperar la memoria. Año 2016, 2017. Indicarle a Google Maps que la calle Monte Albán, entre Concepción Béistegui y Torres Adalid, colonia Narvarte, ya no es mi casa. Ya no calcules rutas desde y hacia allí. Se acabó. Ahora estoy en otro lado. Condesa, unos meses raros. Y luego otra vez Argentina, un tiempo Constitución, sobre la avenida Entre Ríos, zona pesada por la noche, sin embargo a distancia caminable de la estación de subte y a pasitos de una estación de servicio con kiosco 24 horas, lo cual compensaba. Plaza Garay, que no debía pisarse tras el crepúsculo. Luego, al fin, Boedo. Y fue Boedo por un muy largo tiempo: la avenida La Plata, la autopista 25 de mayo, arteria pesada también, por tramos, sobre todo bajo los puentes, pero no, curiosamente, a la altura de la avenida que nacía en Rivadavia y dividía el barrio que propiamente sería Boedo -con su esquina gardeliana en avenida Boedo y San Juan- del más residencial, homogéneo, barrio Parque Chacabuco (bendecido éste, con todo su aburrimiento, con aquel pulmón tan grande llamado, también, Parque Chacabuco). Habitar un barrio verdadero y vérselas con eso, con las dos o tres rutas de colectivo que te dejan, que te meten en un cuete tras otro, pero también: Pompeya, Liniers, esquinas de Belgrano desconocidas, romances y trabajos en Villa Crespo, la ciudad agrandada y en su dimensión real, esas infinitas caminatas por avenida La Plata de madrugada. Y después San Martín y Viamonte, la ciudad accesible, la libertad total, invierno, fiestas, tabaco de sabores, caminatas, sexo, conversaciones, verano, sudar y tiritar y cocinar y bailar sobre la duela con pedazos desprendidos, flashear y trabajar y pensar y leer y mirar películas y caminar a todas horas, por todas partes.

Cuando empezaba a repasar las aventuras en Los Ángeles, en mayo o junio:

Quiero escribir sobre Los Ángeles. Sobre las cosas que me impresionaron y me causaron gracia. Las diversiones, los momentos elevados, lo sublime: luces, música, velocidad, naturaleza, mar. Los momentos desagradables, cansinos: traslados, esperas, caminatas improductivas que no eran paseos sino como castigos peatonales, el cuerpo atrapado en un vacío grande y hostil y diseñado para el automóvil. Las islas diseñadas para dicho aparato: plazas comerciales que son 75% estacionamientos rodeados de algunos locales semiútiles: dentista, tintorería, tienda de 99 centavos, pupusería fabulosa, licorería, parrilla coreana, Subway genérico y un bar exquisito, o alternativo, o de nicho, o tradicional, o decadente, o latino, o de hip-hop, el género musical que define LA, Leo dixit. Pero también la isla para la isla: las plazas de autopartes únicamente, los mofles de primer mundo que no son tan distintos a los del subdesarrollo, que alienan todavía más, sin su caparazón transportador, al cuerpito humano y su lentitud. Esas plazuelas comerciales al aire libre que abundan en las ciudades semiprósperas del Bajío, por ejemplo, rodeadas de naturaleza igual de serrana, pero en el caso angelino de centros proliferantes y no uno solo denominado histórico, territorio abundante cortado y rayoneado y tejido a la vez por highways de anchura espeluznante. Lo que se sabe, pues. Más otras observaciones y sorpresas.

De las sobras del post de los gatos:

De repente, por la madrugada, escucho maullidos de bronca, esos gritos de guerra que los gatos lanzan cuando están a las puertas de putearse. A veces abro la ventana y grito ¡ALEX! ¡GATOS!, y lo único que alcanzo a ver es una sombra rapidísima que desaparece por la barda y las plantas, hacia la milpa y los terrenos de atrás, atravesados por dos caminos solitarios.

¿Quiénes pelean? Anoche me pareció ver la sombra de un cuarto gato. ¿Hay otros gatos que quieren atravesar ese sitio donde se sirve carne de cerdo y de res, y a veces también granos de pozole cocidos y arroz y huevo sobrante y papas hervidas, ya que leí que los gatos pueden digerir y nutrirse de todas estas cosas?

Unas frases aisladas que hubieran terminado en un exabrupto narcisista:

Desde que me acuerdo, desde que era niña, siempre había alguna persona enamorada de mí, o más bien obsesionada.

Todavía me perturba, si bien momentáneamente me acaricia el ego, cuando en mi pueblo me saludan y me llaman Lilí y saben cosas de mí y están al tanto de mis desplazamientos y hasta un poco al decirlos se echan de cabeza.

Las líneas o puntos a tocar más recientes:

Viene.

Gatos, ruidos, envenenamientos.

Inseguridad, policías.

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De Missouri, del norte, de las nueces, no hay nada aquí. Pero allá escribí mucho, vigorosamente. A mano, sobre todo. Afuera nevaba y adentro, en la cabina, no teníamos internet. Yo escribía y escribía, y cuando no escribía leía, y cuando no escribía ni leía trabajaba, y como trabajaba más con el cuerpo y el instinto, pensaba mucho mientras trabajaba. Mi cuerpo, cansado, sometido al clima hostil. Además de todo, convivía. Los cuatro primero, mi hermano y su amigo, y mi amigo y yo (mi compañero de la secundaria, que me encontré allá y estuvo unas semanas y luego tuvo que irse, y con quien nos contamos lo profundo y me recordó personas, vivencias que pensé que recordaba pero no las recordaba para nada, no había pensado en ellas en casi veinte años, y en él todo estaba reciente, fijado por la intensidad de las experiencias inmediatas, migrar siendo todavía un niño, a los quince años quién sabe nada, etc.). Luego, los tres nada más, y qué difícil fue, y qué intenso, y qué alegre, a veces, y qué extraño todo, qué lleno de ebulliciones, entre mi hermano y yo, entre nuestro amigo y yo, entre ellos dos casi nunca, y luego: la nieve. Brunswick, el pueblo doble de aquel del que los cuatro habíamos partido, parecidos y distintos en igual medida. Columbia, Missouri. Marshall, Missouri. Miami, Missouri. Mexico, Missouri. Carrollton, Missouri. El caudaloso río Missouri, al cruzarlo por un puente. Jim, Brad, Ethan, Roberta, Kaythlyn. Los güeros. Comer con tortillas y salsa todos los días, y todo lo dulce con sabor de peanut butter. Mirarnos profundamente a los ojos, el hombre con muchos nombres y yo, y unos sueños intrincados, vehementes, a veces demasiado obvios en su simbolismo.

Pero esa lista de arriba es la que ahora quiero pensar. Cuando estaba allá vi en una publicación de NotiPolo que alguien estaba envenenando perros y gatos callejeros en Polotitlán. Hace un par de meses supe de un ajuste de cuentas a una mujer y uno de sus trabajadores que se dedicaban al huachicoleo. Acaban de matar a un hombre en su local y dos taxistas aparecieron quemados dentro de sus unidades. El miedo que acá era de orden sobrenatural, y así se mantendrá, se mezcla con este horror que es estado de emergencia. Ya no he visto a una de mis gatas, las hermanas calicó. Y ahora cuando Alex se acerca al montón de comida, me maúlla y quiere quejarse o expresarme algo, y se va sin comer. ¿Desconfía de nuestra comida? ¿Qué intenta decirme? Tengo que aceptar que la otra gata debe estar muerta. Por la noche escucho otra vez esos rugidos agudísimos, un chillido que me trastorna, que me hace odiarlos. Y a veces, como todas las noches desde que yo era una niña, un concierto de ladridos lastimosos a cierta hora de la noche.