Post de posts

Tengo muchos posts a medias. Hay temitas, o no.

Alguno nuevamente recala en los talentos de mis sobrines, de cómo las historias bullen dentro de elles, se manifiestan en flujo, el impulso creador se intensifica o no prospera, se dispersa en proyectos sin conclusión. De pronto su energía erupciona, luego su llama interior apenas llamea, hasta su postura es mala. Inevitablemente eso me llevará a otros lugares. Mis angustias. Los temores máximos.

Mataron a un amigo nuestro, un muchacho que trabajaba en las tortillas de al lado con el que mi mamá solía cotorrear y la hacía reír mucho; recuerdo que nos arrancaba la carcajada cuando lo veíamos montado en su motito con su cubrebocas de una boca de payaso, mitad cómica mitad terrorífica.

La vida en el pueblo se pudre. La violencia persiste.

Mi gato Mauricio es mi ancla. Es tan cariñoso, me acompaña tanto. Llegó solito al patio de mis padres, se escondió en un cuarto de triques. Lo descubrí y pensé que era niña, le arrimé ¡un plato de pozole!, que el pobrecito se comió rápido, hambriento, y luego su hociquito le quedó rojo. Me lo quedé. Nos vinimos los dos a este departamento, mi compañero fiel. Yo ya había mirado a Ágata en la calle, ya había pensado que la adoptaría. Un día bajé a sacar la basura y la vi que estaba cargada, luego ella subió conmigo y se metió a mi casa decidida. Encontró acomodo en el cajón más bajo del clóset y parió a cuatro gatitos. Entonces ya éramos siete aquí, ese número cabalístico que es la suma de mi familia nuclear, mis hermanos, hermanas y mis padres. Dos de esos gatitos encontraron casa pronto, una amiga de la familia cuyos hijos luego me encuentro en la tienda y les pregunto cómo están las bolas de pelo. Pero las dos niñas, fieras y hurañas, se han quedado aquí. No se dejan agarrar salvo que estén dormidas sobre mi panza, cosa que ocurre seguido, porque aunque son ásperas les encanta subirse sobre mí. Ágata ha engordado, era un fideo cuando llegó, y tras la esterilización ni siquiera le llama la atención el afuera. Aquí tiene todo lo que necesita. Mauricio se cree padre de las niñas, juega con Ágata y luego se acicalan. Yo también tengo aquí todo lo que necesito.

Entro y salgo del post, agrego algo y lo cierro. El blog me ha producido silencio, distancia, aburrimiento.

(¿Semanas? después). Este fin de semana con los pies desnudos me trajo de vuelta una sensación que no experimentaba desde la niñez: sentía que a los pies, al diseño de los pies, le hacía falta un pulgar que sobresaliera como en la mano. Y en esa parte del arco del pie sentí una comezón de miembro faltante. Siento que necesito, como los monos, plantar mis pies con un pulgar que sobresalga y haga palanca. Debes tener los pies en la tierra, me dijo una vez, con su lenguaje clínico, directo, sin capas añadidas de interpretación, Verónica, mi psiquiatra. Ana, mi psicoanalista, me dice otras cosas y todas son tan… verdaderas.

La expresión de mi sobrino de 16 cuando se habló, en la mesa, de que cada vez habrá menos agua, y el clima será más caliente e inclemente. ¿Qué futuro les espera o, más bien, cuál pueden imaginarse?

Caminamos por el centro de Querétaro, por callejuelas y pasajes y sitios secretos. El sol violento sobre el cuerpo, llenar el cuerpo de sol y comida y cerveza. Gastar mucho la boca en charlar y compartir, y aguzar la atención para escuchar la voz amiga.

Lo importante que para mí ha sido la amistad. Pienso: quiero escribir un cuento que ocurra en Querétaro. Un cuento que siempre he querido escribir, del que ya escribí -y deseché- variaciones. En los siete años que viví allá, años 2001 (llegué en julio) a 2008, contraje amistades innumerables. Me he decidido por ese hiperbólico innumerables. Conocí personas por toda la ciudad, amigxs de amigxs, primxs de amigxs, compañerxs de estudios de amigxs, amantes de amigxs, amigxs de amigxs de amigxs que salían de internet por proximidad (una cuenta graciosa de Messenger te agregaba, la danza del apareamiento comenzaba); además: el mundo entero que era la Prepa Sur Salvador Allende, con sus 16 salones por grado en turnos matutino y vespertino, salones de más de sesenta personas, una multitud ingobernable de mañana a noche; me parecía que me cruzaba con caras nuevas todos los días, y la presentación o la casualidad llevaban al saludo, eventualmente a la conversación y luego a la amistad. Porque a veces esa amistad fue corta pero intensa, siempre me entregué con entusiasmo a la convivencia y supe enmascarar mis estados de ánimo en pos de la socialización. Amigas de amigas y amigos de amigos se multiplicaron como larvas durante mis años universitarios, y creo que con esas personas nos recordamos y nos tenemos en cuenta, todavía. Santiago de Querétaro no iba más allá de Plazas del Sol, Cimatario, Lomas, Casa Blanca, Niños Héroes, el Cinépolis de la Plaza de Toros que era mi predilecto, el café de Zaragoza en el que trabajaba, las excursiones al Gómez Morín, el laberíntico centro histórico que engulle y debilita, el norte inhóspito (la otra punta de mi mapa: la Prepa Norte), Jurica y Juriquilla que eran el suburbio lejano, aburguesado. Andaba siempre en las rutas del transporte público, de la A a la Z y centenas de números, cómo olvidar la mil veces maldita ruta 64, con una bolsa o una mochila, y en esa bolsa o mochila: un discman Sony que era mi posesión más preciada y costosa; cuadernos, libros, plumas, suéteres y bufandas, basura y maquillajes. En ese entonces me entregué toda a la ciudad, la caminé toda, la recorrí toda; sufrí accidentes en sus calles y la violencia de sus mediodías, le descubrí secretos y también me cansé de su faz limitada. Allí tuve mis primeros trabajos (comerciante independiente de dulces, encuestadora del PAN, empleada de agencia de tiempos compartidos, empleada de cafetería, reportera amateur). Allí escribí los primeros cuentos que consideré serios, terminados, comprometidos [los conservo, los releo con vergüenza y contento, en qué momento esto se volvió una numeración de orden narcisista: «Sangre», «Perturbación» (Premio Universitario de Cuento y Poesía 2002, ejem), «Delirio de un cepillo de dientes», «El panquecito marihuano», el famoso de la sopa Maruchan, el de las manzanas verdes en el manzano y tantos otros, mi obra privada que sólo yo leeré y releeré]; también escribí mi primer mail de amor, mi primer post de internet, mi primer artículo publicado (en ¡La Mosca en la Pared!), mi primer guioncito freelance. No era mi intención darme palmaditas (ay, pero es agradable recordar que luché contra mi mente y mi cuerpo para confeccionar textitos). No menos importante en mi camino espiritual y por constituir la zona de acción de mi experiencia: en Querétaro perdí mi virginidad y descubrí el enamoramiento gay. Querétaro con Q de QQQ. Quiero capturar el año 2002, hace 20 años.

Quiero, quiero, quiero.

Tema: literatura. ¿Se dan cuenta de lo que escriben? ¿Se escuchan? A veces quiero gritar: EL EMPERADOR VA DESNUDO.

Pero me contengo.

En este momento, momento en el que me acerco a -atención- abandonar mas no terminar el post, me dan ganas de escribir que todo es negro. Debhani y tantas otras. Qué puto horror, qué putas ganas de dejar de vivir. Mis niñas. Mis niñes. Mis niños. Ah. Hasta escribir lo mancha todo. No lo conjura, no suaviza, no sana.

Pero no quiero dejar en lo negro. ¿Dónde está la luz? ¿Hay luz sobre la crisis feminicida?

Ya sé. El Oráculo de las Capturas de Pantalla.

Que me dice:

¿Está?

Notas sobre escribir

Para escribir hay que concentrarse. Pensar mucho. Es muy difícil. No es un ánimo; para mí es un estado de gracia. Entonces viene el placer, la destreza. Pero cuando no sale, no sale. Este post he querido escribirlo desde hace días, o semanas; este post o cualquiera. Subir algo acá para cerrar el 2021, el extraño 2021. El blog es lo fácil, es el exabrupto, la inspiración súbita. Igual, algo hay de sistema. Pero tampoco puedo forzarlo, esto no es una newsletter ni un blog por suscripción (descubrí este, muy bueno); nada me obliga a escribir por escribir, a escribir que no puedo escribir, que no sé de qué escribir. No es el post lo que me ha costado escribir, porque mal que bien me he abierto paso por él como quien camina entre la maleza cortándola con un machete. Puedo usar las palabras.

Escribo otra cosa. Otras. Que es la misma. Es muy difícil, ya lo dije. A la vez experimento la deliciosa constatación de que poseo más habilidades que nunca antes en mi vida. Que puedo abrirme paso entre la maleza, y esa maleza es un ideal o una exigencia. Pero el estado de gracia es elusivo. Concebir un texto, parirlo, cuesta mucho trabajo. Comporta una entrega total, como Adorno supo ver. Le doy todas mis capacidades al texto, y el texto saquea de mí como una rémora. Me vacía. Me enferma. Otra vez pensando, en silencio o entre el ruido y la voz de las personas. Pienso tanto que siento que se me salta una vena en la frente, y luego me duele la cabeza, me duele mucho.

Escribo y escribo. Borro y descarto. ¡Qué ocupación tan tonta! Una idea, un robo. Materia transformada en palabras. Puedo usarlas, aunque a veces no he sabido. Luego vienen las pasiones tristes, que esas también alimentan la escritura. A veces descanso… escribiendo. Otro texto, un texto que no tiene mi nombre, que me produce el placer y la libertad del anonimato. Uso mis habilidades al servicio de ese texto que se considera menor, que es un capricho y una fantasía. Pero que ha dado, me lo han hecho saber, muchas alegrías, o al menos un buen rato de entretenimiento.

Pero no es eso. ¿Y qué es eso? Bah. «En cuanto a escribir, más vale un perro vivo”, apuntó Clarice Lispector, y yo lo creo.

Sin embargo, sin embargo…

Hay magia, sí. Juego de brujas. Intervienen el azar y los impulsos naturales. Pero es como si algo o alguien señalara el camino, me lo descubriera. Tanto que se sintetiza en una cantidad finita de palabras. Cada texto se levanta a partir de una estructura que he reforzado, de manera invisible, con castillos profundos. Un guiño o una referencia o un secreto sembrados como en un jardín que espero que no se seque nunca, que florezca más y más. Ya no tengo ganas de escribir este texto.

esperar

Estoy como a la espera de algo. Que me cambie. O que me restaure y me haga volver a ser yo. Otra que fui.

Leo entradas viejas de mi otro blog y pienso que era una buena muchacha, que hacía lo que podía. Que ella tenía sus ilusiones y ya le habían hecho demasiadas mierdas.

Siento la amenaza de una anhedonia mortal. Al mismo tiempo, sé que seguiré intentándolo, que no cejaré en mis empeños.

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Denuevodenuevodenuevo

Sigo soñando contigo. Al despertar siempre siento el mismo desconsuelo. Por una parte, ya no quiero sentir esto. Ya no quiero extrañarte. Iba a escribir ya no quiero amarte, pero no sé si te amo, o más bien lo que mi inconsciente busca, desesperadamente, es algún tipo de perdón.

Ahora pienso en ese poema de Frank O’hara que tanto me impresionaba, sobre todo cuando dice:

Now I am quietly waiting for
the catastrophe of my personality
to seem beautiful again,
and interesting, and modern.

Puedo buscar mi perdón en otra parte. Es más, ¡puedo dármelo yo misma! Pero no me funciona de esa manera. Me gustaría que me hablaras, que te rieras conmigo otra vez. Hacerte reír y entretenerte. Te cuidaba, ¿no? Te hacía de comer. Era la esposita que te esperaba en casa, y que los fines de semana quería estar sola para escribir. Tenía ganas de estar sola, todo el tiempo quería estar sola.

¿Te fijas que es un poema gay? Es el problema de amar a quien tiene un cuerpo como el tuyo, tu doble y tu reflejo. Me ponía tu ropa, te ponías mi ropa. A veces iba al trabajo y en el camino pensaba que ya no podía más. Quiero y no quiero que leas esto. Pero me has dejado con el monólogo y mis diarios ya no soportan tanto de lo mismo. Como si hubiera tomado un examen, el más importante de las relaciones adultas -escribía en uno- y lo hubiera reprobado estrepitosamente, sin posibilidad de recuperación. Entonces, si no podía seguir, ¿por qué me cuesta tanto olvidar, superar, soltar? Esos verbitos. El caso es que sigo soñando contigo, y en mis sueños te digo que te amo, y a veces volvemos, y así vuelvo a aquel hogar que añoro. Y despierto con una honda tristeza en el pecho, decepcionada de esa realidad sin ti.

How do you go back to being strangers with someone who has seen your soul? decía una de las imágenes de Tumblr.

Eso es lo que jode, este desierto después de saber cómo duermes, de conocerte tan profundamente.

¿Nunca más conmoverse por otra persona?, escribía en un diario de esa época. Esa tontería me frenaba. Llegué a conmoverme por otras personas. Ahora nadie me conmueve, nadie me emociona.

¿Por qué escribo esto? Debería parar. A mí me molestaría la insistencia, en el pasado me molestó la insistencia del amor ajeno. Pero esto no es amor…

Ay.

Volví con Ana, mi psicoanalista. Ella sí me aceptó de vuelta.

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Espantos

Esa casa, de la que ya he escrito aquí, tiene un nombre. Campo Real. Por los hermanos Camberos Real. También ya escribí que ahí estudié la primaria. Antes fue un hospital. Ahora es una casa para días feriados, para fines de semana. El año pasado fue mi refugio. Me iba desde temprano y pasaba el día entero ahí, en el jardín, en la sala, en el comedor. En diciembre llevé muchos libros y cuadernos. Luego una noche, en mi casa y no ahí, me dio mucho miedo. La soledad, lo grande que es, los ruidos. Ya no quise ir. Fui hace unos días, después de largos meses. La noté un poco abandonada, hojas secas en el patio, las plantas sedientas, polvo sobre todas las superficies. Fui al jardín, abrí la puerta de metal que se atranca con una pala. El pasto, verdísimo; el árbol de manzanas, cuajado de manzanas. Miraba el que era mi reino cuando escuché un ruido horrible. Me convencí de que no era ahí adentro. Entré de nuevo, me senté en la sala. Más tarde fui a comprar comida y luego comí, hincada, en la mesita ratonera. Escuché otro ruido extraño. Me acosté en un sillón, dormité. Otro ruido. Ya no me gustó, ya no me siento a gusto ahí, no sentí miedo en ese momento sino incomodidad, como si quisieran amedrentarme. Me fui antes de que anocheciera.

/Si yo estoy despierta, mis gatos están despiertos. Si estoy dormida, están dormidos conmigo./

/Para escribir un texto busco entrar en un estado de gracia que no siempre consigo. De hecho, muy pocas veces lo consigo. Por eso me cuesta tanto trabajo. Lo único que sé hacer, lo único que me importa. Ay, ay./

Estábamos en el local contando de espantos, de la casa Campo Real, de la de mi abuelita y las de mi tía Lupe, que ahora son la presidencia y una panadería. En eso mi mamá abrió la puerta y nos asustó. ¿No es hermoso contar de espantos y que de repente te espanten? La enteramos de la conversación, añadimos detalles. En eso mi hermana abrió la puerta y nos asustó. ¿No es hermoso espantarse dos veces?

Quiero contar las historias de espantos de acá. Las puertas que se abren solas, el hombre vestido de blanco que atravesaba la casa de mi abuelita, aquel llamado que sentí en la casa de mi tía Lupe, cuando era niña: no puedo traducirlo en palabras, no puedo explicarlo. Pero me llamaban. Me resistí al llamado. Era de día y aquello venía del cuarto donde mi mamá había tomado una siesta otra tarde, y también la habían llamado. Los ruidos. Los fantasmas llaman, operan por sonidos, por índices. Así territorializan. No he querido escucharlos, aunque los escuche.

Ya no necesito esa casa ni su soledad. Ahora estamos aquí, los cinco, echados en la alfombra, con el calentador puesto, la lámpara prendida, y mi video infinito favorito, música de spa, «binaural», para la concentración. Siento esperanza, siento optimismo. Ellos me acompañan. Si estoy dormida, duermen conmigo. Sentada en mi escritorio, se acomodan sobre mis papeles o en la otra mesa. Rodean mi espacio en la cama. Las gatitas se acercan al calentador y se duermen sobre mi pie.

Aquí no siento miedo. Allá se me ocurría lo del barco, estar en una casa es como capitanear un barco. Hay un área de defensa y otra de ofensa. Tienes tus instrumentos, el sitio donde está tu timón. Lo proteges del afuera. Loa defiendes de los intrusos, lo llevas a buen puerto. Ese barco era imponente, trabajoso. Cambiaba cuando yo no estaba. Debía adivinar los procedimientos que se habían llevado a cabo en mi ausencia, seguir una serie de pistas, disimular mi presencia. La sala da a la calle; las dos ventanas tienen un vano donde la gente, sin advertir nada de lo que pasa adentro, suele sentarse. Escucho sus conversaciones, sus estornudos, sus pedos. De día nadie puede verme, las delgadas cortinas repelen la luz, hay que pegar la cabeza al vidrio para notar la ventana de la cocina, al fondo. Pero de noche, con la luz falsa de los focos, es como una habitación con las puertas abiertas de par en par. Tengo que esconderme en una esquina para que nadie me vea. Estoy expuesta. Es una metáfora de mi vida en este pueblo. Oculta y a la intemperie. Cerrada y abierta simultáneamente.

El flujo. Entrar en el flujo, ese estado tan elusivo. Estoy llegando, me estoy acercando…

Después de publicar esto fui a consultar el Oráculo de las Capturas de Pantalla y esto apareció. Apareció.

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Pedacerío no. 7495

Mi blog tiene una infección parasitaria. Textos apócrifos se publican solos. Tal vez aquí espantan. Y aunque mudé de servidores, una mudanza necesaria, aquel bichito se vino conmigo.


Bitácora del día 29: este hogar quedó enchufado a la red. Por antena. Me quedé pensando en esto. El internet rural. La misteriosa compañía de nombre inmune a Google que empezó como «soluciones de seguridad» en propiedades y ranchos: cámaras de seguridad conectadas a teléfonos, que forzosamente requerían una conexión de internet. Evolución a servicio de administración de redes ya existentes (Telmex). Sirven a varios pueblos de la región. Con la pandemia han llegado a las zonas más recónditas. Me lo recomendó una maestra y trabajadora social de San Antonio, que lo tiene desde que empezó el confinamiento. Ese testimonio me bastó. Veamos, veamos.

De nuevo el vacío.

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Sonríe, engáñate, reniega.

La verdad es que el miedo no se ha ido.

Me acuerdo /

¿De qué? Lo olvidé. Mi mente dispersa, mi mente fracturada.

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Algunos días después…

«Start writing» dice ahora la interfaz de WordPress. No te quedes ahí como mensa, con el borrador abierto. Hoy estuve leyendo mails del pasado. Saeta al corazón. Extraño a Ana, mi psicoanalista, que ojalá leyera esto. O no. Obviamente hice transferencia, obviamente sentía que ella en cambio me odiaba, que me ponía diques; al mismo tiempo sólo ella me calmaba, sólo a ella le creía, ella era mi brújula.

Me encuentro sola. He procurado la soledad. Me he regenerado en la soledad. Pero a veces… Sólo yo conozco mi tormento.

Ahora el momento difícil ocurre por la tarde. Hoy huí del crepúsculo y me caí de la bici. Me autohice manita de puerco y me salió una protuberancia en el muslo. ¡Ah! Querido diario: tengo una gatita nueva, Ágata. Finalmente le puse el nombre que sugirió une de mis sobrines. Y sus cuatro gatitos. Más Mauricio. Somos siete en esta casa, siete convivientes.

Parece que no, pero sí resguardo mi privacidad.

¿Otro extraño post, escrito a lo largo de muchos días, que registra mis altibajos anímicos? ¡Sí!

Todo el día he escrito y borrado frases. Aquí y en el Word. Una de las que borré muchos párrafos arriba era: «dudo de mis palabras».

Dudo de mis palabras, de mi voz, de mis deseos. AL MISMO TIEMPO (bip bip bipolaridad) poseo certeza respecto a mis palabras, mi voz, mis deseos.

Estoy a la mitad de mi vida y a punto de morir. Me siento desdibujada. «Quiero ser nueva, quiero ser una bebé».

Escribo simultáneamente en mi cuaderno. Me dio pudor escribir esas cosas aquí. No sé qué estoy escribiendo. Qué libro estoy escribiendo.

Me impresionó leer aquellos correos. La intensidad del sentimiento, una llama que arde y luego se apaga, todo se apaga, todo se olvida, tanto que sentí y ahora está evaporado, se fue a ninguna parte, el relato ayuda a poner orden y concierto, pero sólo un poco, y eso que yo… ¿Entiendes? Qué caso tiene. Transmitirle a los chicos la esperanza que no se tiene. En otro cuaderno escribía: vernos replicados en ellos, nuestras falencias repetidas.

De pronto me siento bien. Endorfinas, dopamina. El ser ahí supeditado a la química cerebral.

Al fin me digo que lo que decida para el libro o los libros será lo mejor. Aunque me tarde. Y qué. Se vive bajo la falsa ilusión de la vida eterna. Sólo yo debo ordenar mis materiales, sólo yo debo encargarme de ese libro.

Escritura autobiográfica a varios niveles. Me acaba de meter un susto el documental de Britney que empezó a reproducirse a volumen alarmante. La escritura del diario, que en teoría nadie debe ni deberá ver; la del libro o libros; la del internet. Releí un diario de mis 27 años: me autoexplotaba. Acabo de borrar lo que seguía. Me obligaba a cosas. Ahora ya no puedo obligarme a mucho, el cuerpo no me da. Sufría mucho con tema QQQ, reescrituras y corrección obsesiva. ¿Debería sentirme feliz y satisfecha? Por supuesto que no, porque está lo otro… Con suerte en el futuro releeré estos apuntes y lo consideraré terminado. Igual, ¿qué futuro? El mundo acaba, repiten.

Quiero hacer magia como antes hacía magia, pero ya no me salen los trucos.

Persiste la desconfianza. ¿Compré un teclado porque lo necesitaba o porque estoy entrando en manía? ¿Y es por la manía que empiezo a regalar otra vez todas mis cosas?

Ya tengo el teclado. Escribo esto en el teclado nuevo, días después. Sigo buscando el teclado ideal, sigo buscando el mouse más ergonómico, el que me va distraer del nódulo en la muñeca, de mis dolores de huesos.

Vino Ágata, la gata, con los gatitos. Estos días he sido testigo de las escenas más tiernas, y pronto desharé todo. Anticipo y me preparo para el dolor. Me siento como en el cuento de Guadalupe Nettel, «Felina», en el que una tesista convive con su gato y una gata que luego pare seis gatos.

Como Ulises me ataré al mástil para no escuchar a las sirenas.

¡Tengo esperanzas puestas en este teclado! Es suave, no quiero gastármelo. Hago todo lo posible por ayudarme.

Ahora JJ ha creado un nuevo usuario, desde el que escribo. Creo que es momento de publicar esto, seguir con lo otro.

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Documento encontrado

(Abril 2018)

Se me subieron los piojos la penúltima vez que fui a Uruguay. Fui y volví en el mismo día porque expiraba mi visa de turista; crucé a Colonia del Sacramento a principios de febrero, era verano a pleno, y me tumbé en la arena de la primera playita que encontré, sobre una toalla que llevaba para tal fin y además para secarme después de nadar en el río: aunque me adentrara durante metros y metros, el agua –fría, color caramelo (color excremento)– me llegaría a las caderas, y las piedras se me enterrarían en la planta de los pies. Había un club de verano junto a la playa. Niños, de un grupo amateur, en kayaks plásticos. Un perro que también se había metido al agua y dos amigas argentinas que reían y jugaban, y tres amigos adolescentes más tarde y, a lo lejos, algunos barquitos inamovibles. Yo me había comprado un pancho y una botella grande de cerveza Patricia. Comí y bebí con los audífonos puestos, y me saqué el short y la blusa y me acosté y me dormí; dormité por horas bajo la sombra precaria de un árbol. Despertaba para entrar al río y flotar un poco, de muertito, bajo el sol quemante y deliciosamente contrastante con lo frío del agua, y volver a mi sitio en la arena, y dormir más, hasta que a eso de las cinco de la tarde me levanté y fui al faro, y subí hasta la cima, y bajé y caminé hasta no sentir más las piernas ni los talones, tomando agua con gas y sudando copiosamente, con un parpadeante dolor de cabeza y los hombros adoloridos por la mochila, a todo lo largo y ancho –que tampoco es mucho– del pueblo, por la marina y el muelle y las calles empedradas y la avenida repleta de comercios y la antigua estación de tren y la orilla del río, de día y luego durante el crepúsculo, reconociendo un lugar vagamente recordado de un sueño que yo había recorrido, con el cuerpo, ocho años atrás.

Pero en el ferry de regreso, en la hilera de asientos donde había intentado estirarme y dormir, la cabeza apoyada en el vidrio empapado que revelaba puro negro aunque afuera había marea y cielo, sentí, por primera vez, el prurito. Una comezón persistente en el cuero cabelludo. Se la atribuí al agua del río. El agua contaminada por aceite y gasolina (nafta, en rioplatense). Por perros y la e.coli. El agua color excremento.

Dos semanas después, cuando una amiga me explicó que en esta parte del mundo son comunes las plagas de piojos durante el verano, y tras leer en internet que los piojos sobreviven en la arena caliente y es común llenarse de ellos en las playas, me revisé con lupa y a contraluz. Tenía unas semillas en el pelo. Como alpiste. La picazón a esas alturas era insoportable. Había tomado antihistamínicos, me había lavado con vinagre de manzana, con bicarbonato de sodio, con té de manzanilla puro. Había pensado, durante días, que se trataba de una alergia. Pero no. Eran piojos. Piojos, es decir organismos vivos, que se alimentaban de mi cuerpo y me irritaban la piel y me caminaban mientras yo dormía. Los que nunca tuve de niña, contraídos de grande en una playa uruguaya.

Uruguay siempre me caga la vida.

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(Párrafo sobre el brote que comenzó en Uruguay, reservado).

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down

Creo que nunca me había sentido así de mal, nunca, esta profundidad es nueva, estuve leyendo Yoga de Carrère, si alguien me ofreciera las llamadas TEC, terapias electronconvulsivas, las tomaría ahora mismo. Aunque distingo un día de hoyo mayor a inicios de marzo y los ínfimos avances actuales.

El problema es que estoy al tanto, estoy aguda, dolorosamente al tanto. Ahora, contrario a la manía, puedo ver las cosas tal como son, bajo la luz despiadada.

Nos estamos defendiendo de la muerte a todo momento y a mí eso francamente me cansa, todo el tiempo estoy esperando y temiendo la desgracia, y eso me debilita, soy un puntito, un puntito que no logró hacer muchas cosas, las que debía y por las que ahora sufre sufre sufre, y esto me deshumaniza, ya no quiero jugar, ya no quiero intentar, yo aquí quiero bajarme, quédense acá porque me rindo.

Hace muchas semanas que no voy a la casa Campo Real, una noche tuve una visión de mí misma sentada en la mesa de la gran cocina, desde arriba, un puntito de nada tecleando en su computadorcita, rodeada por un perímetro de oscuridad negra e insondable e incómoda, unos corredores donde se perciben crujidos, viento, algo se levanta y vuela, un jardín atrás donde a cierta hora ya no se distingue nada entre lo negro, y la verdad, aunque no estaba ahí sino en la seguridad (esa balsa que remo sin brújula) de mi cama, sentí miedo y ya no he querido ir, ¿cómo lo puedo decir de un modo simplón? Me da cosita. Dejé el nacimiento puesto desde mi ataque de manía y ni siquiera sé dónde dejé la caja y los envoltorios con burbujitas de aire para guardar los figurines, y dejé unos libros envueltos en unas telas, y no me dan ganas ni energía ni accesos de valor para ir a recoger mi tendedero, prefiero quedarme entre los ruidos que me martirizan, y el cansancio, y la ansiedad, ¡ay! Y en otra parte de este post quería escribir de la literaturita burguesa que anda apareciendo, pero será en otro momento.

Sábado 23 hrs.

Viajé en una época en la que se podía, escribí en el otro cuaderno. Pensaba en los últimos viajes, incluido aquel que se extendió por varios años, y en el culto a la juventud, el culto que yo rendí. He mirado cosas que están perdidas pero lo que sentí no ha desaparecido como lágrimas bajo la lluvia. Hace rato caía el sol aquí y yo escribía. Pasó un video con personas jóvenes viajando en un automóvil por Los Ángeles, y pensé en Triquis y en Leo y en mí misma rodando por esas autopistas, y en noches montevideanas con amigxs fugaces, y pensé en bailar, en lo mucho que me gustaba, casi cada ocho días o cada dos semanas en Buenos Aires, en boliches que eran refugios después, o en sitios extraños, casas, barracas, laberintos. La ciudad de los laberintos. Nunca estuve tan abajo como allá, nunca me sentí tan miserable como en madrugadas vagando sin rumbo, nunca caminé tanto una ciudad; ahora pienso que es algo que no volverá, que ya no haré nunca más: caminar sola de noche, a todas horas, a la una de la mañana saliendo de alguno de mis cines predilectos rumbo a casa; a las cuatro o cinco de la mañana al abandonar, tambaleándome, boliches o espacios mencionados; a la hora del amanecer, por razones variopintas y sí, algunas sexuales. Creo que antes tenía menos miedo o era más inocente o más estúpida, ahora ya no quiero exponerme, ya no quiero tentar la suerte, tomar trenes y taxis y autobuses y andar caminos.

De un tiempo a esta parte me había entrado la sensación de que viajar había sido una pérdida de tiempo y de recursos, de que me había estancado en mi vida porque le había dedicado todas mis fuerzas y ahorros a esa actividad; pero ahora creo que viajé en una época en la que se podía, en la que se hacía sin que la conciencia de lo contaminante fuera suficiente para detener la pulsión de salir al mundo. Y no es que el mundo se haya cerrado como una concha y nunca más me aventure fuera de la frontera, es que será distinto y menos atrabancado y menos audaz y menos impulsivo, en todas las ciudades en las que estuve le rendí culto a mi propia juventud, me entregué a los placeres de la carne joven, a los privilegios del tener un cuerpo joven, y ahora lo veo distante, perteneciente a una época casi clausurada, me aferraré a ese casi todo lo que pueda.

QQQ II

Continúo acá el archivo de todo lo relacionado con Quisiera Quedarme Quieta. Toda lectura la agradezco profundamente y, ay, dejadme guardar lo más significativo.

Una emoción total. Lauren Cockney en el magnífico Leyendo Latam blog ha incluido a QQQ en algunos de sus listados, cada aparición eleva mi alma, y también escribió una excelente reseña que atesoro:

And just as Camberos’ prose is keenly observed, her stories are marked by an enduring sense of observing and being observed from afar. In ‘El lado del mal’, Verónica looks at herself in the mirror but fails to recognise her own gaze; in ‘Acapulco’, the protagonist suspects she’s been watched, only to discover that – years prior – she was the one doing the watching; in ‘La planta’, which hinges on a woman obsessively observing a plant, Camberos opens with “hay una presencia aquí que no estaba antes de la planta.” [“There’s a presence here that didn’t exist before the plant.”]

Review

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Una entrevista con mi amada Jessica Jaramillo para el también amado portal La Zona Sucia, de Monterrey, Nuevo León (detrás de esa conversación está la amistad y la pequeña familia que formamos en Buenos Aires).

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En Gatopardo, El pensamiento no puede ser confinado: Los diez mejores libros del 2020

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Josué Tello Torres consignó en Efecto Antabus sus lecturas de 2020. Dice que fue un año en que la conciencia de la labor editorial tomó la pauta de su vida lectora. Es un tema que me emociona muchísimo, sospecho o sé a quién le presté aquel libro de Constantino Bértolo, La cena de los notables, en la edición de Mardulce. ¡Devolvédmelo! Pues esos temas agilizan esta interesante lista de lectura, con libros bastante buenos de 2020. Por eso me parece de igual excelencia la mención a las y los editores detrás de cada libro, un ejercicio de lectura de lo más atento. De mi lado, sin más: el libro ha podido ser gracias a Nicolás Cuéllar y a Lucía Treviño.

Escribe:

Los seis relatos de Camberos me hicieron recordar una frase del escritor argentino Rodrigo Fresán, que va sobre libros con cuentos y libros de cuentos, a esta última categoría pertenece Camberos porque sus narraciones se entrelazan, encuentran puntos en común o nos ayudan a comprender diferentes espacios del universo narrativo en Quisiera quedarme quieta: los lenguajes, el cuerpo y el viaje, que en ocasiones toman como punto de partida lo onírico, los recuerdos, el tránsito, los espacios o la violencia. Un libro inagotable.

Mi amada Alaíde Ventura Mendoza recomendó QQQ en las lecturas favoritas de plumas destacadas de Sin Embargo MX, entre las que desde luego está ella, con estas palabras bellísimas:

Qué tremenda cuentista es Camberos; admiro mucho su dominio del oficio, suma perfecta de forma, técnica y sensibilidad. Yo diría: una magia de equilibrista. El libro obliga a una lectura atenta para que se escuchen todas las voces y palpiten todas las exuberancias (calor, humedades, humores). Los reseñistas hablan de resistencia para referirse a su libro. Creo que estoy de acuerdo, si lo entiendo como una tensión permanente: las atmósferas se desbordan mientras que la voz apela a la contención, se agazapa y se evade finamente.

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En el podcast de México Lector se menciona QQQ, gracias a Gerry por la mención y los comentarios sinceros.

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Estuvimos en un sábado de septiembre en Partículas Elementales del Instituto Mexicano de la Radio con Elvis Liceaga. Platicamos de nuestro amor por el cuento como género y en verdad fue una bella charla entre cuentistas amantes de los cuentarios.

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En el listado de los 10 mejores libros del año de Enrique Saavedra en TimeOut.

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Esta bella reseña de Shoshana en Ya déjame leer.

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En Literal Magazine, en los mejores libros de 2020 de Lorea Canales.

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Algunas, pocas pero sustanciales reseñas en GoodReads.

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Lectura de textos y cartas en el Día de las Escritoras en la Biblioteca Nacional de México (1:45 aprox.)

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En la Feria del Libro de Oaxaca con Luis Jorge Boone y Karina Sosa

Minuto 7:38, 40:36 y otros, intrusión de los fantasmas.

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Y finalmente, la presentación del libro en la Feria del Libro de Guadalajara 2020, en la que me acompañaron Juan Pablo Villalobos y Mariana H.

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x, 6:23

En el contrato, enunciado en nuestros respectivos discursos amorosos, estaba aquella cláusula o condición o futuro castigo, tras la disolución, del extrañamiento, el estallido de todos los puentes, el silencio sepulcral y la anulación del contacto; advertencia o amenaza que planeaba como un fantasma, claro, detrás de mi reticencia a terminar las cosas cuando debían terminarse, o por lo menos cuando en mí habían comenzado a morir (y siguen muriendo, lentamente, ya que es agonizante, débil, inconstante, tanto mi manera de amar como de extrañar), y no hasta gastar el amor que ella sentía, que a veces se sentía eterno, y que en los meses finales se limó tanto que lo sustituyó un algo desconocido. Vaya, esto se sabía, que debía aceptar sus condiciones, sus hábitos post-amorosos intransigentes, que en nuestro lustro de convivencia atestigüé y constaté; y tras las comprensibles o hasta esperadas recaídas de mi parte, de las llamadas lacrimosas y los intercambios de mails encendidos, tristes, algunos meses después, pasado el año, ¿pasados los dos años?, acepté o he aceptado el nuevo estatus de fantasma del pasado, de recuerdo sin voz, de fotos y documentos digitales borrados y alterados, de innombrable y eternamente ausente, hasta que ella así lo decida, cosa que espero, por varias razones que solo le diré entonces, y entonces reparto anzuelos como éste, como estas entradas de blog que es como si dejara mi diario abierto para que lo lea, como hizo aquel domingo funesto, el domingo de agosto en que se murió Juan Gabriel, cómo lo vamos a olvidar; pero este diario, este blog, a diferencia del otro, lo escribo sin importarme quién lo lea, y bajo el principio del control de la exposición, que al fin y al cabo esa era mi advertencia, mi amonestación, mi amenaza, mi condición, mi castigo o represalia o venganza o traición, sobre todo eso, la famosa traición, tras enredarnos en nombre del amor: escribirte y reescribirte y que ya siempre fueras parte de mi escritura.

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7:54

Había pensado, y luego por eso pensé en Lili Anaz, en consultar el oráculo de las capturas de pantalla, OCP (eloraculo.com.ar), y entonces:

Y ahora, que he recordado esto, al verificar su web el OCP ha dicho:

 

tal vez no todo el internet agoniza.