Post de posts

Tengo muchos posts a medias. Hay temitas, o no.

Alguno nuevamente recala en los talentos de mis sobrines, de cómo las historias bullen dentro de elles, se manifiestan en flujo, el impulso creador se intensifica o no prospera, se dispersa en proyectos sin conclusión. De pronto su energía erupciona, luego su llama interior apenas llamea, hasta su postura es mala. Inevitablemente eso me llevará a otros lugares. Mis angustias. Los temores máximos.

Mataron a un amigo nuestro, un muchacho que trabajaba en las tortillas de al lado con el que mi mamá solía cotorrear y la hacía reír mucho; recuerdo que nos arrancaba la carcajada cuando lo veíamos montado en su motito con su cubrebocas de una boca de payaso, mitad cómica mitad terrorífica.

La vida en el pueblo se pudre. La violencia persiste.

Mi gato Mauricio es mi ancla. Es tan cariñoso, me acompaña tanto. Llegó solito al patio de mis padres, se escondió en un cuarto de triques. Lo descubrí y pensé que era niña, le arrimé ¡un plato de pozole!, que el pobrecito se comió rápido, hambriento, y luego su hociquito le quedó rojo. Me lo quedé. Nos vinimos los dos a este departamento, mi compañero fiel. Yo ya había mirado a Ágata en la calle, ya había pensado que la adoptaría. Un día bajé a sacar la basura y la vi que estaba cargada, luego ella subió conmigo y se metió a mi casa decidida. Encontró acomodo en el cajón más bajo del clóset y parió a cuatro gatitos. Entonces ya éramos siete aquí, ese número cabalístico que es la suma de mi familia nuclear, mis hermanos, hermanas y mis padres. Dos de esos gatitos encontraron casa pronto, una amiga de la familia cuyos hijos luego me encuentro en la tienda y les pregunto cómo están las bolas de pelo. Pero las dos niñas, fieras y hurañas, se han quedado aquí. No se dejan agarrar salvo que estén dormidas sobre mi panza, cosa que ocurre seguido, porque aunque son ásperas les encanta subirse sobre mí. Ágata ha engordado, era un fideo cuando llegó, y tras la esterilización ni siquiera le llama la atención el afuera. Aquí tiene todo lo que necesita. Mauricio se cree padre de las niñas, juega con Ágata y luego se acicalan. Yo también tengo aquí todo lo que necesito.

Entro y salgo del post, agrego algo y lo cierro. El blog me ha producido silencio, distancia, aburrimiento.

(¿Semanas? después). Este fin de semana con los pies desnudos me trajo de vuelta una sensación que no experimentaba desde la niñez: sentía que a los pies, al diseño de los pies, le hacía falta un pulgar que sobresaliera como en la mano. Y en esa parte del arco del pie sentí una comezón de miembro faltante. Siento que necesito, como los monos, plantar mis pies con un pulgar que sobresalga y haga palanca. Debes tener los pies en la tierra, me dijo una vez, con su lenguaje clínico, directo, sin capas añadidas de interpretación, Verónica, mi psiquiatra. Ana, mi psicoanalista, me dice otras cosas y todas son tan… verdaderas.

La expresión de mi sobrino de 16 cuando se habló, en la mesa, de que cada vez habrá menos agua, y el clima será más caliente e inclemente. ¿Qué futuro les espera o, más bien, cuál pueden imaginarse?

Caminamos por el centro de Querétaro, por callejuelas y pasajes y sitios secretos. El sol violento sobre el cuerpo, llenar el cuerpo de sol y comida y cerveza. Gastar mucho la boca en charlar y compartir, y aguzar la atención para escuchar la voz amiga.

Lo importante que para mí ha sido la amistad. Pienso: quiero escribir un cuento que ocurra en Querétaro. Un cuento que siempre he querido escribir, del que ya escribí -y deseché- variaciones. En los siete años que viví allá, años 2001 (llegué en julio) a 2008, contraje amistades innumerables. Me he decidido por ese hiperbólico innumerables. Conocí personas por toda la ciudad, amigxs de amigxs, primxs de amigxs, compañerxs de estudios de amigxs, amantes de amigxs, amigxs de amigxs de amigxs que salían de internet por proximidad (una cuenta graciosa de Messenger te agregaba, la danza del apareamiento comenzaba); además: el mundo entero que era la Prepa Sur Salvador Allende, con sus 16 salones por grado en turnos matutino y vespertino, salones de más de sesenta personas, una multitud ingobernable de mañana a noche; me parecía que me cruzaba con caras nuevas todos los días, y la presentación o la casualidad llevaban al saludo, eventualmente a la conversación y luego a la amistad. Porque a veces esa amistad fue corta pero intensa, siempre me entregué con entusiasmo a la convivencia y supe enmascarar mis estados de ánimo en pos de la socialización. Amigas de amigas y amigos de amigos se multiplicaron como larvas durante mis años universitarios, y creo que con esas personas nos recordamos y nos tenemos en cuenta, todavía. Santiago de Querétaro no iba más allá de Plazas del Sol, Cimatario, Lomas, Casa Blanca, Niños Héroes, el Cinépolis de la Plaza de Toros que era mi predilecto, el café de Zaragoza en el que trabajaba, las excursiones al Gómez Morín, el laberíntico centro histórico que engulle y debilita, el norte inhóspito (la otra punta de mi mapa: la Prepa Norte), Jurica y Juriquilla que eran el suburbio lejano, aburguesado. Andaba siempre en las rutas del transporte público, de la A a la Z y centenas de números, cómo olvidar la mil veces maldita ruta 64, con una bolsa o una mochila, y en esa bolsa o mochila: un discman Sony que era mi posesión más preciada y costosa; cuadernos, libros, plumas, suéteres y bufandas, basura y maquillajes. En ese entonces me entregué toda a la ciudad, la caminé toda, la recorrí toda; sufrí accidentes en sus calles y la violencia de sus mediodías, le descubrí secretos y también me cansé de su faz limitada. Allí tuve mis primeros trabajos (comerciante independiente de dulces, encuestadora del PAN, empleada de agencia de tiempos compartidos, empleada de cafetería, reportera amateur). Allí escribí los primeros cuentos que consideré serios, terminados, comprometidos [los conservo, los releo con vergüenza y contento, en qué momento esto se volvió una numeración de orden narcisista: «Sangre», «Perturbación» (Premio Universitario de Cuento y Poesía 2002, ejem), «Delirio de un cepillo de dientes», «El panquecito marihuano», el famoso de la sopa Maruchan, el de las manzanas verdes en el manzano y tantos otros, mi obra privada que sólo yo leeré y releeré]; también escribí mi primer mail de amor, mi primer post de internet, mi primer artículo publicado (en ¡La Mosca en la Pared!), mi primer guioncito freelance. No era mi intención darme palmaditas (ay, pero es agradable recordar que luché contra mi mente y mi cuerpo para confeccionar textitos). No menos importante en mi camino espiritual y por constituir la zona de acción de mi experiencia: en Querétaro perdí mi virginidad y descubrí el enamoramiento gay. Querétaro con Q de QQQ. Quiero capturar el año 2002, hace 20 años.

Quiero, quiero, quiero.

Tema: literatura. ¿Se dan cuenta de lo que escriben? ¿Se escuchan? A veces quiero gritar: EL EMPERADOR VA DESNUDO.

Pero me contengo.

En este momento, momento en el que me acerco a -atención- abandonar mas no terminar el post, me dan ganas de escribir que todo es negro. Debhani y tantas otras. Qué puto horror, qué putas ganas de dejar de vivir. Mis niñas. Mis niñes. Mis niños. Ah. Hasta escribir lo mancha todo. No lo conjura, no suaviza, no sana.

Pero no quiero dejar en lo negro. ¿Dónde está la luz? ¿Hay luz sobre la crisis feminicida?

Ya sé. El Oráculo de las Capturas de Pantalla.

Que me dice:

¿Está?

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