Intrincadas redes de Wikipedia

En el trabajo:

Escribí y leí extensamente sobre la arquitectura de Chicago. El tercer edificio más alto (ahora me sé de memoria el ranking) es el Aon Center, una torre blanca y delgada, parecida a las Torres Gemelas.

También hago un reporte de Fórmula 1 (puede que cubramos el tema el próximo año). Vi hace unas semanas Rush y luego, una noche, la mitad del documental sobre Ayrton Senna. De Lauda no sabía nada: todo fue una sorpresa. De Senna me había quedado en que era muy talentoso, elocuente y guapo, guapo como James Franco cuando posa para Gucci (también: una breve nota sobre el perfume de Gucci del que Franco es imagen). Hace rato, porque es mi costumbre, porque siempre caigo en el fatal accidents porn, descubrí lo que pasó con Senna.

Leo sobre la temporada actual de Fórmula 1. En los debuts del año, figuran jóvenes guapos. Clic a uno, Max Chilton. Su padre es el multimillonario Grahame Chilton, chairman de Aon Center. Con oficinas en Chicago (tercera torre más alta, blanca, estilo Torres Gemelas).

Dato en la entrada de Aon Corporation: tenía oficinas en los pisos 92, y del 98 al 105, de las Torres Gemelas. Después del primer avionazo, los ejecutivos lograron evacuar a la mayoría de sus empleados, pero varios se quedaron tiesos en sus lugares debido a las propias recomendaciones de seguridad y de los guardias. 176 de los 1,100 empleados murieron, incluido un ejecutivo que alcanzó llamar al 911.

 

Hoy mi sobrino mayor cumplió 13 años. Nació en 1998, yo estaba a punto de cumplir los 12 y fue el mejor año de mi vida por muchas razones: él, en primer lugar; yo acababa la primaria y entraba a la secundaria con muchas ilusiones pubertas; estuve en un retiro espiritual (aunque no lo crean) con gente de mi edad en el que me divertí mucho; Mtv pasaba muy buena música entonces (R.E.M., Placebo, Semisonic, The Smashing Pumpkins, Cake, The Wallflowers, Garbage, Fastball y su one hit wonder, The Way); fue el año en que descubrí Friends por accidente, cuando todavía los pasaban por Sony (el primer episodio que vi fue “The one with the fake party”, cuarta temporada, 1998), me desvelaba viendo Nicktoones en Nickelodeon (Real Monsters, Hey Arnold, Rocko’s Modern Life y Pete & Pete los sábados): ver caricaturas en la madrugada era la cosa más surreal, lo más cercano en ese entonces a navegar por internet a altas horas de la noche. Y el bebé, sobre todo el bebé, eso me emocionaba mucho. Había algo en 1998, algo que se ofrecía y se expandía como una onda, como si empezara a descubrir todo por primera vez. Y tal vez lo que descubría eran puros productos para mi consumo personal y recreativo, pero era bueno, era como construir un mundo interior que se nutría a cada instante de todo lo que veía, escuchaba y leía.

Hace rato llamé a Loló (así lo llamo desde que nació, ignoro de dónde lo saqué) para felicitarlo y me contestó una voz de adolescente gangoso, como el granoso voz de pito de Los Simpson. Fue tan extraño. Ahora tiene poco más de la edad que yo tenía cuando él nació y me pregunto cómo será este mundo que se está construyendo con dosis pasmosas de videojuegos y anime. Ojalá que sea un mundo nuevo. Es tal vez la persona menor de edad que más quiero en el mundo. O tal vez la persona a secas que quiero más en todo el mundo.

Con la desvelada de anoche, hace rato tomé una siesta enorme y tuve un sueño -varios sueños- muy intensos.

Siempre digo que la simbología de mis sueños es muy básica. Sueño con personas específicas, situaciones específicas (y muchas veces reales), objetos, canciones, películas, obras de ficción que estoy consumiendo. Y mi fobia. Innumerables veces sueño con innombrables. En mis sueños casi nunca hay conceptos universales (mandalas, diría Jung), sino elementos cuya interpretación recae en la superficie de mi personalidad. Con mis padres. Con las personas que amo y también, muchas veces, con las personas que odio (o creo odiar).

Corte: el sueño de hace rato fue muy intenso.

Primero, por alguna razón estaba ahí Kate del Castillo (uh, Kate del Castillo), ya que no puedo evitar saber que está filmando o filmó la versión telenovelera de La reina del sur. Todo ocurría en Colombia, en una selva infestada de innombrables. Nadando sobre un río, una bestia de esas enorme (como el Basilisco de Harry Potter) me perseguía y, a pesar de que era un sueño, yo me tapaba la visión con un algo invisible (¿la cobija con la que me estaba cubriendo en la vida real?), justo como cuando veo películas donde salen innombrables. Después llegábamos a la mansión donde Kate y su entourage acostumbraba departir. En el centro, una piscina techada, pero cuya agua no se había cambiado en mucho tiempo (siempre sueño con albercas descuidadas, de aguas amarillentas y sucias; el agua es otro elemento universal onírico). Aún así, otro tipo no identificado y yo nos metíamos a nadar. Llegaba después una mujer como de cincuenta años, que me recuerda levemente a una tía, mamá de una prima que hace ocho días vi en un Blockbuster (elementos de la vida ordinaria, totalmente olvidables, que adquieren otro significado dentro del sueño), y nos decía que no deberíamos nadar en una alberca tan descuidada y que ella, en su recámara, tenía una. Ahí voy (yo sola). En efecto, en una recámara exquisita y lujosa, como de museo (siempre sueño con museos), y la alberca comenzaba en una esquina y era toda un área del cuarto: tenía varios pisos y hasta muebles dentro de ella, para aumentar la experiencia del nado. El agua era caliente y yo sentía lo húmedo y lo caliente (sin albur), porque los sueños también vienen acompañados de experiencias sensoriales (olfativas, gustativas, táctiles) que no necesariamente son sólo visuales.

Hay acá una parte que es extremadamente triple equis y que no voy a compartir. Me sorprendió muchísimo el nivel de detalle y realismo, eso sí.

Al final de mi sueño estaba yo en una playa (siempre sueño con playas; otro elemento que sí es universal), al romper la tarde, en esa hora crepuscular en que no es ni de noche ni de día. En la playa había mucha gente. Todos tenían cara. Esto me llamó mucho la atención, generalmente los personajes incidentales de los sueños no tienen rostro o son borrosos e impersonales. Entonces entré en la fase consciente del sueño, una de las experiencias oníricas que más me gustan y en la que siempre trabajo mientras sueño (¿alguien recuerda Waking life?). Me dije que quería estar sola en la playa y, muy à la Inception, supe que todas esas personas eran manifestaciones de mi subconsciente y que, como tales, yo podía mandarlos. Les ordené que se fueran. Y fue increíble cómo, una escena que parecía totalmente cinematográfica, incidental (mucha gente dispar reunida en una playa), empezaron a levantarse e irse. Todos al mismo tiempo. Surrealismo puro.

Anoche tuve otro sueño increíblemente realista y simbólico, que me dejó exhausta. No descansé en toda la noche. Fue cuando pensé en entregarme a la idea de hacer un diario de sueños. Mi terapeuta lo recomienda. Jung analiza 400 sueños de un paciente con formación científica para identificar los mandalas que constituyen los círculos concéntricos de la personalidad. Todo lo que soñamos está ahí por una razón. Todo tiene un significado, aún sutil, aún inútil. Anoche estaba viendo The Sheltering Sky, la versión cinematográfica de la hermosísisisisima novela de Paul Bowles (que además la narra y aparece ahí), y en algún punto John Malkovich, como Port, empieza a narrar un sueño. Están en África del Norte, yuppies neoyorquinos de los años cuarenta que se consideran viajeros aunque siempre caigan en hoteles de lujo, en las ciudades más miserables. La pareja viaja con un amigo. Sentados en un café, Port habla de su sueño. Su esposa se enoja, le dice que a nadie le interesa. Él responde que si no lo cuenta lo va a olvidar. Es un sueño totalmente simbólico. Me gusta mucho la idea de contar los sueños. Acabo de hacerlo. Todos tenemos la costumbre de contar nuestros sueños, sobre todo cuando estos son raros o peculiares o involucran conocidos (“anoche soñé contigo”). Ya por último, Maips acaba de contarme que soñó con Kristen Wiig, que la “cortejaba”. Antes no le gustaba y yo constantemente le decía: pero si es bien hot. Ahora admite que le gusta. Los sueños eróticos transforman la forma en que vemos a una persona. Me ha pasado muchas veces. ¿Cuántos enamoramientos, fugaces o longevos, nacerían de un sueño?

En suma, qué fascinante es soñar.

Creo que mi tema, mi tema de vida ya definitivamente, es la relación padres-hijos. Y al darme cuenta de ello sentí primero que era irónico porque no quiero tener hijos, pero luego entendí que sí los quiero, que no puedo esperar para arruinarle la vida a otro ser humano. O para hacérsela más bella. En el fondo sí deseo cultivar a otra persona, no como una creación sino como una obra independiente de la que uno es parcialmente responsable.

Creo que por eso la tercera temporada de Mad Men me llegó hasta lo más profundo. Esa conversación de Don Draper con el vigilante de una cárcel y cómo éste le decía que todos los que están ahí -violadores, asesinos, ladrones, desfalcadores, cuando menos- culpan a sus padres. Don dice: that’s a bullshit excuse. Y luego recuerda su propia infancia, la pobreza, el amor a cuentagotas, la inseguridad. Me hace pensar que de alguna forma todos culpamos un poco a nuestros padres. Por darnos muy poco o darnos demasiado. Y que ellos a la vez culpan a los suyos. Mis dos papás son huérfanos, siempre pensé que por algo se habían encontrado. Y aunque ellos me dieron todo, me he dado cuenta de que, inconscientemente acaso, los culpo de muchas cosas. Ellos no lo buscaban, no lo esperan, lo hicieron lo mejor que pudieron. ¿No es eso una cosa extremadamente cabrona en la vida? Somos hijos de personas lastimadas y nos convertimos en seres lastimados para repetir la historia.

Y sin embargo, ¿no es maravilloso encargarte de que un pequeño ser se convierta en una persona honorable? En mi otro blog escribí sobre el hijo de Paul Auster, que no salió como se esperaba y lo triste que parecía. Con su hijo recién nacido, Don Draper dice esto: esa persona que está allá arriba, durmiendo, es un completo desconocido. No sabemos cómo será. No sabemos quién va a ser. Y eso es aterrador, pero también es maravilloso.

Una vez, durante un ataque de pánico, estaba dormida en mi cama en mi departamento de la Juárez. Siempre experimento alucinaciones, así es como funciona eso del pánico (la forma más común es la parálisis del sueño, también conocida como se me subió el muertito, que fue mi primera experiencia con el pánico súbito). Bueno, estaba dormida y sentí el miedo como una sombra envolvente, una sábana negra y pesada que caía sobre mi cuerpo. Cuando cuento esto siempre aclaro: suena gracioso. Excepto que no lo es. O sea, sí suena gracioso decir que de pronto escuché a los jinetes del Apocalipsis. Sin embargo, cualquier alucinación es muy real durante el episodio y en el mío había caballos negros con patas de fuego que avanzaban rompiendo sus cascos, y jinetes con rostros cadavéricos sin ojos. Lo de los cascos era la clave.

El papá de mis amigas de la infancia es muy religioso. Extremadamente religioso. Siempre nos relataba historias sobrenaturales: brujas en cuerpos de guajolotes, animales que eran mitad coyote y mitad caballo, un hombre de piernas muy largas con un sombrero hasta la nariz sentado en medio de un bordo seco, toda la clase de cosas fuera de este mundo que le sucedían. Una de esas historias la hice cuento, por cierto, el que está en la antología española (no es nada bueno, no logré capturar el intríngulis de la historia). A este señor siempre se le subía el muerto, esa era otra de sus experiencias constantes. Su método para alejar el espíritu era rezar: apretar los ojos, relajar los músculos y rezar todos los misterios, los dolorosos, los gozosos, los que sabía de memoria y los que no. Al cabo de un rato, el muerto desaparecía. Simón -así se llama- también decía que si dormías en la posición de un cadáver (los pies juntos, las manos entrelazadas sobre el pecho) era más probable que se te subiera el muerto.

Luego entiendes que lo que le sucedía era mera parálisis del sueño. Que si duermes en la posición de un cadáver es más probable que tus músculos se acalambren y pierdas sensibilidad. Y que la única forma de superar un ataque de pánico es por medio de la calma y el razonamiento.

La alfombra de mi cuarto me salvó de los jinetes del Apocalipsis. Inmóvil sobre la cama, como encadenada, esperé con los ojos cerrados a que los hombres calavera llegaran. Pero de repente pensé, ¿cómo es que escucho los cascos de los caballos si en mi cuarto hay alfombra? Es imposible. Y así, como si nada, como la llave maestra, como el abracadabra, desperté del ataque de pánico. Los jinetes se fueron. Mera lógica, los rezos de la era de la inteligencia.

Dialéctica en contra del hipster

  • – Todo esto, Jason Schwartzman, Bored to death, Mad men, los Huckabees: estar en Brooklyn y ver a este gente que le ha dado la vuelta al concepto de decadencia. Ahora lo cool es, literalmente, lo cool. Andar en bicicleta, comer comida orgánica, separar tu basura, leer existencialismo, sofisticarte y hacerte consciente de tu entorno y tu planeta. La Condesa y la Roma y Coyoacán, al sur, donde viven los hippies que maduraron y ahora tienen dinero y son profesores de humanidades. Ya odio el término hipster, pero en realidad va de la mano de algo intelectual: no puedes ser hipster si eres un idiota. No son sólo las drogas: es una visión sofisticada del mundo. Lo que preocupa es que estas personas tengan tan bien “digeridas” -aparentemente- estas teorías, pero no propongan nuevas
  • – A eso iba: sofisticada, sí, pero inútil. Muerta. Es el McDonalds de la filosofía. Vas a la Barnes & Nobles, comprás una magnífica edición de Camus por dos mangos, la lées en Starbucks y después vas a tu pisito, regás tu plantita de marihuana y seguís siendo la mierda pretenciosa que eres.

Bueno, el asunto es que iba caminando por la calle y de repente un señor me dijo algo. Me quité un audífono de una oreja -el mínimo de atención posible y, al mismo tiempo, el máximo esperable de cortesía- para escucharlo mejor.

– Traes las panties chuecas.

Me puse roja porque conjeturé que a través de la camisola se me veía la ropa interior.

– Está bien, no te vayas a preocupar: soy travesti.

El señor iba como cualquier señor: lentes, chamarra, pantalones con raya de planchar, zapatos aburridos. Un señor. Un señor como cualquiera. Pero era travesti de noche, así que sabía más de la vida que yo y podía darme consejos aleatorios en la calle. Además, es de notarse cómo el hecho de ser travesti debía tranquilizarme definitivamente.

– Traes las panties chuecas. No se ve lindo, deberías arreglártelas.

Hasta que me di cuenta, porque traía medias de rayas y a veces las medias de rayas son de difícil mantenimiento.

– ¿Quiere decir las medias?

– Sí, tus panties, tus pantimedias.

Le dije que me las arreglaría y me crucé la calle, con peligro de atropello. Al fin que, de todas formas, ya había sido atropellada.

Un recuerdo de los Reyes

Ya me había acostado, pero me desperté en la madrugada. Caminé hasta la sala para ir al baño del cuarto de mis papás, y en la sala me encontré a mi papá y hermana viendo El Piano. Siempre lo recordaré: un dedo amputado, Harvey Keitel tan masculino como siempre, la infante Anna Paquin, y Holly Hunter con un peinado horrible. Me quedé como hipnotizada viendo la película y al voltear, lo juro, junto al sillón estaba mi flamante bicicleta. Era azul y verde. Nunca me di cuenta de quién la puso y eso alimentó mi ilusión durante muchos años.

Con ella fui muy feliz, hasta que me la robaron. En mi siguiente cumpleaños me regalaron otra bicicleta, mucho mejor: era rosa con bolitas de colores y canastilla. Fue mi fiel amiga hasta que llegué a la adolescencia.

Creo en el honor. Creo en la importancia de escribir personajes honorables. No es una regla escrita en piedra: los personajes más grandes de la literatura han sido villanos, tipos sin escrúpulos, asesinos, paranoicos, mentirosos, arribistas, estafadores. Sin embargo, hay siempre en ellos una cualidad que los redime. Una complejidad avasalladora. Son profundamente humanos. O inhumanos.

Por encima de la acción y la filosofía (la visión del mundo) que ofrece una novela, creo que el personaje es lo más importante. Un personaje admirable, un personaje detestable, un personaje que se grabe en tu memoria con un cincel.

Pensé en esto porque acabo de leer dos novelas, una de ellas es Lullaby y la otra no la mencionaré porque es mexicana y contemporánea, en las que los personajes son grises y detestables, pero no detestables en el buen sentido. No hay motivaciones, no hay recovecos por explorar, no hay cualidades redentoras. Seres grises.

Qué diferencia, pues al mismo tiempo releo Crimen y Castigo, y Raskólnikov siempre será mi personaje favorito. Un tipo insondable, un tipo consumido por la desgracia y la culpa.

¿Asomarse a estos abismos no debería ser el objetivo de escribir?

Estaba en Oaxaca, en un bar, abstraída en mis pensamientos (tristes, no puedo alejarlos ni en una ciudad hermosa, en un lugar hermoso, con gente brillante).

De pronto, un tipo que buenacopeaba por ahí, dando tumbos mientras sostenía trabajosamente su mezcal, se me acercó de la nada y me dijo:

“Tú eres muy guapa”.

Me puse roja y por un momento formulé un pensamiento consolador, un: “Mira lo que son las cosas, tú tristeas y te das azotes, y esto pasa para demostrarte que no todo está tan mal y…”

Pero antes de terminar mi pensamiento, se volvió a una bella chica junto a mí y dijo:

“Pero ella, ella es guapísima”.

No entendió -sólo una mujer podría hacerlo- qué había en sus palabras que de nuevo me sumió a mis tristes pensamientos, y los atravesó, hasta un lugar más profundo todavía.

Así que me le puse punk. Qué más hacerle.

Mis dobles

Hace rato venía caminando por el parque Luis Cabrera, cabizbaja, absorta en mis pensamientos. En eso, un tipejo que estaba sentado en una banca me increpó: “Ay eres idénticaaa a una amigaaa”. Yo alcé la ceja sin entender (aunque claro que entendía). “Así de lejos son igualitaaaas”. Respondí lo único esperable: oooooquei.

Pero no es la primera vez. Recibo ese comentario, sin exagerar, por lo menos una vez al mes. A veces dos, a veces tres. De cualquier persona: amigos de la universidad, colegas, compañeros del Fonca, amigos de amigos, meseros, una señora sentada junto a mí en el autobús o en el avión o en la fila de una oficina gubernamental. Todo el tiempo. Y no sólo aquí, aparentemente mis dobles son internacionales: me lo han dicho en México y fuera de México. O al conocerme creen que ya me conocían, resulto siempre “vagamente conocida”.

Me he preguntado cómo son las otras. A veces tengo la suficiente presencia de ánimo como para bromear: “seguro es guapísimaaa”. Tengo una gemela en amigas, primas, hermanas, jefas y sujetas arbitrarias que alguien vio en la calle. Mujeres que lucen igual que yo. ¿Qué rasgo? No lo sé. ¿La mirada? ¿Las cejas? ¿La nariz? ¿El peinado? No importa.

Es tan deprimente pensar que soy de rasgos tan convencionales que cualquier tipa es confundible conmigo. Suena ególatra y lo es. Tengo dobles desperdigadas por el mundo, pero seguramente nunca las conoceré. En el fondo, tengo miedo de hacerlo. Me halaga la vanidad imaginarlas de buenas formas, pero sé que caería en una depresión comprensible si las encontrara feas y sin chiste.

Ah, la no cordura…

La muzzarella

Esto, de Casciari, para variar.

Me recordó las pizzas de “muzzarella” (con u, como lo pronuncian los argentinos) de Buenos Aires. Pizzas simples con salsa de jitomate, cubiertas de queso. De olor profundo, casi ácido. Suaves y calientes y chorreantes y grasosas. Exquisitas.

Ya no me gusta la pizza. Se me fue el encanto. Creo que el gusto por la pizza es algo muy básico de la niñez y la adolescencia, porque simboliza todo lo que es bueno y simple. Y no es que me haya hecho más compleja o más complicada, es sólo que comí toda la pizza que podía comer. Abusé de lo bueno y lo simple. Ya no la encuentro deliciosa, ya no me entusiasma pedirla a domicilio, ya no se me antoja como antes (el famoso craving for). Pero no tajantemente. A veces la como con gusto, sobre todo si es de horno de piedra o de base delgada y crocante, casera como las que hace Carlita. La que es grasosa y gruesa y abusa de ingredientes no me pasa.

Pero sigo. La pizza argentina es deliciosa. Nunca he ido a Italia, no sé cómo sea la pizza italiana, aunque mis fuentes dicen que tampoco es la gran cosa. Con muchas hierbas, parece. La argentina, al menos, es tan única, tan de ellos. Y no sé si es porque fui en verano y todo era húmedo, caliente, cargado con una vibra como de vacaciones, como de tiempo libre, como de puerto turístico, no lo sé. Tampoco si fue porque viví muchas cosas, tantas que no he contado, en Colombia y Venezuela, y apenas llegaba de allá, con todo aún dando vueltas en la cabeza. Si era como un descanso y un comienzo. Si es porque era la mítica Buenos Aires, esa ciudad tan hermosa en la punta del mundo de la que tanto han escrito. Que es en tantos sentidos como una persona, con todos sus rasgos de carácter adorables y contradictorios, un personaje más de todas las historias que alberga. Donde te verán caer, porque es la ciudad de la furia. Porque es pequeña (comparada con el DF). Caminable. Parques, pasto, insectos, el río de la Plata, los cientos de cafés con baños invariablemente sucios y meseras sonrientes de dentaduras chuecas y un metro -subte- angosto, oscuro y viejo; viejo como la ciudad. Porque siempre acompañaba la pizza (la muzza, como la llaman cuando entran a una pizzería con prisas y la piden para llevar) con vino tinto corriente, corrientísimo, servido en un vaso de vidrio. Fui feliz. En esos breves momentos en que comí la pizza y bebí mi vino, y la ciudad se me mostró cálida, welcoming (¿cuál sería el equivalente en español de esta palabra? A veces el inglés es más preciso). Pero también fui desdichada, como siempre, porque así soy. Depresiva por default. Y también me sentí sola, increíblemente sola, sentada en un restaurantito de la avenida Corrientes, que es como un Insurgentes venido a más, la otrora “Broadway de Buenos Aires”, plagada de teatros comerciales y tiendas de ropa de mala calidad. Sentada ahí, pues, esperando mi milanesa a la napolitana con mi vinito tinto corriente, porque era tan barato y tan normal pedirlo que no iba a desaprovechar la oportunidad de hacerlo. Ni de desayunar medialunas y café con leche siempre, en cafeterías igualmente tristes en esa misma avenida -que recorrí entera, porque ahí mismo me hospedaba.

Todo lo describo torpemente, porque es de madrugada (y eso es una excusa fácil). Pero así recuerdo Buenos Aires. Nunca me sentí doblegada, ajena, extranjera. Ni por mi acento, porque incluso los demás lo encontraban lindo. Al contrario: sentí que la ciudad me acogió, que se permitió tocar, vaya, como una virgen decidida a entregarse. Sólo que Buenos Aires no es una virgen, es en todo caso una puta con un corazón muy puro. Una puta con clase. Siempre se te entrega, no importa de dónde vengas y con qué intenciones.

Corrientes con Pueyrredón. La foto es de Roberto Fiadone.

Ideas sueltas

1. Un texto, no cuento, sólo un texto, sobre un asesino escritor. O un escritor asesino. Se descubren sus fechorías, la comunidad literaria está indignada. Se crea un culto a su alrededor. Sus fanáticos más fieles son chicos gore, coleccionan sus libros como si fueran cuchillos y rosarios de plata. Se hacen lecturas de sus textos en salas lúgubres con cirios y cortinas de terciopelo. No sé de qué escribe, supongo que eso no importa. Al final, luego de su muerte, los críticos, los escritores laureados, los lectores cultos, deben aceptar que es bueno. Sus novelas tienen una fuerza oculta y evidente, no sólo exquisita sino avasalladora. Es la clase de talento que se impone pese a la moda y los géneros, el tiempo y los gustos. Talento irrefutable. ¿Pero cómo puede ser un buen escritor si era un asesino? ¿Puede un asesino tener la sensibilidad y la sabiduría de un escritor? Digamos, ese entendimiento sobre la condición humana que hizo inmortales a los griegos, a Shakespeare, a Flaubert, a Dostoievsky. El asesino se convierte entonces en el autor incómodo, en la mancha negra sobre la literatura. La oveja que es realmente negra. Un tipo ruin, un alma corrompida, que logró producir belleza pura.

2. Mientras estaba viendo Brasil se me ocurrió que el problema de las películas futuristas (no es su caso, porque es retrofuturista) es la idea de la evolución de un aparato. Por caso: una computadora o un automóvil. Su proceso de “mejoramiento” consiste en tomar el modelo actual y llevarlo al siguiente nivel. Ahí están las computadoras táctiles de Minority Report o las naves de Star Wars (cuya acción, en realidad, ocurrió hace mucho, mucho tiempo). Entonces pensé que la razón por la que Volver al futuro y anexas lucen tan obsoletas es porque la dirección de arte evoluciona los objetos de manera simple. En tiempo real, un aparato evoluciona por etapas (como la televisión); es decir, cada prototipo mejora al anterior. Así que la única solución, y sería titánica, es cierto, sería evolucionar el prototipo actual, luego evolucionar ese mismo prototipo, luego evolucionar éste, y así sucesivamente. Luego de cien modelos, podemos imaginar el automóvil en el año 2100, por ejemplo. El que quiera filmar una película futurista, tendrá que tener alma de inventor. ¿No es mejorar el aparato-entidad el objetivo de los nuevos prototipos? Piensen en las computadoras: de la Clamshell a la Macbook Pro, del primer iPhone al iPad. Estilizar, también: los automóviles. Facilitar el uso: las impresoras. Abreviar: las máquinas industriales.

3. Pero el alma del inventor que se requeriría equivaldría a escribir la historia en un par de horas. Lo cual, de alguna manera, me recuerda a Pierre Menard, autor del Quijote: escribir de nuevo el Quijote, palabra por palabra, supondría “convertirse” en Cervantes, vivir en su época, pensar como él, comportarse como un manco recién salido de la batalla, haber leído cientos de obras caballerescas y tomar la decisión de reinventarlas.  No es imitación, no es plagio, no es copia. Es escribir el Quijote de nuevo.

No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran -palabra por palabra y línea por línea- con las de Miguel de Cervantes.

Ah, cómo amo este párrafo:

”(…) la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.

Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

”(…) la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.

La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales –ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir– son descaradamente pragmáticas.

Queda luego, claro, la anécdota de que Borges leyó El Quijote primero en inglés y, cuando por fin lo leyó en español, sintió que era una mala traducción.

Es un cuento muy cómico. Y tan evidente. Podría haber sido escrito por cualquiera, pero no. A nadie se le ocurrió. Por eso ese cabrón ceguetas y pretencioso fue quien fue. Por eso.

¿Por qué escribir? ¿Vocación? ¿La necesidad física de hacerlo? ¿Contar historias? ¿La fama y vida del escritor? Siempre he pensado que todos tienen sus motivos. Yo todavía no los descubro. En lo que siempre he creído es en lo doloroso que es escribir, sobre todo cuando te importa, cuando estás trabajando en un texto que no sale como desahogo (como éste, que se produce a medida que tecleo). Entonces, forzosamente, escribir debe ser un acto masoquista. Producir una historia es difícil. Al menos para mí. Es una lucha con el estilo: si no encuentro un tono desde el principio, no puedo continuar. Borro y escribo un nuevo comienzo. No sirve. Borro y hago otro. Si no sale, abandono la historia. La guardo en una caja fuerte imaginaria, hasta que le llegue el momento de brotar. Debe ser natural, pero rara vez lo es. Escribir no es para mí sólo contar historias. No se trata de tener una trama: tu inicio, tu desarrollo, tu clímax y tu desenlace. Mi problema siempre es cómo contarlo. Qué tipo de narrador usar. Qué palabras. Con qué frase abrir. Por eso digo que escribir es doloroso. Es un acto tortuoso que sólo a veces brota con increíble naturalidad.

(por ejemplo: iba a usar un sinónimo de brotar, porque ya había usado este verbo en una frase tres líneas arriba, pero luego decidí dejarlo y explicar un poco mi método de escritura; eso es lo difícil para mí, supongo que soy estilista, pero eso no me interesa: detenerse en la forma no permite avanzar en el fondo).

A veces, decía, la escritura aparece con fuerza. Puedo escribir cinco páginas de corrido, casi sin levantarme. Durante estos raros momentos de inspiración, la escritura se revela como lo que debe ser: ese río. Puedo sentir la emoción de crear algo bello -así parece siempre en el momento de la ejecución; de otra manera no lo escribiríamos-, un legado que se me desprende hacia los demás. Suena pretencioso y lo es. Pero también ingenuo. La tristeza sobreviene al día siguiente: al releer, corregir, descubrir con dolor que poco o nada sirve, que el ímpetu era engañoso, nada más que un espejismo en el desierto.

Envidio a los escritores y aprendices de escritores que narran brincando las convenciones de la forma. No están tan paralizados por sus propias fijaciones. Ejecutan su arte con espontaneidad. Van al grano.

Para mí, es tan importante lo que cuento como la forma en que lo cuento. Puedo ser farragosa o minimalista, puedo abusar de los diálogos o escribir párrafos larguísimos y apretados. Pero ante todo, al escribir, debo sentir que fluye. Me niego a luchar contra la historia que se niega a salir.

Pero también, creo, esta insistencia con la forma puede convertirse en el “detector de mierda” del que hablaba Hemingway. Entonces paso a mi segundo punto de reflexión: los malos escritores que a todas luces insisten en ser escritores. Justo hace rato se me estaba ocurriendo que de nada sirve decirles que son malos escritores. Se negarán a creerlo. No sé entonces cuál es su motivación: si la escritura misma o contar una historia. Porque no parecen estar preocupados por asuntos tan banales como la ortografía, las cacofonías, las aliteraciones. Puede que estén en proceso de mejora. Puede que simplemente les importe un carajo. Puede que no tengan fijaciones y vayan al grano. Son efectistas y les gusta: abusan de las groserías, de las imágenes demasiado sórdidas (un fellatio humillante, nada más literario que eso), del dialecto. Leyeron realismo sucio y les pareció que a esto sonaba. O, por el contrario, los preciosistas: regocijados con los rayos del sol, la copa de los árboles, los atardeceres, las lágrimas y los “besos sabor a mar” que alguien les dio.

Y después vuelvo a pensar: de nada sirve detectar la mierda, porque en el propio ser es indetectable (sólo los grandes lo lograron). Con toda seguridad yo soy una pésima escritora y podrán pasar muchas décadas antes de descubrirlo. Ese es el vértigo en el estómago. El miedo. Ese miedo contra el que lucho… escribiendo. Y, al mismo tiempo, odiando todo lo que escribo.

Dilema de odiar el futbol

Siempre odié el futbol. Nunca entendí la pasión que despertaba un deporte que me parecía tan entretenido como curarme el insomnio viendo el canal del Congreso.

En 1998, cuando iba en sexto de primaria, fui obligada a mirar los partidos de México en el Mundial de Francia. Durante junio de 2006, mientras trabajaba en un café de medio tiempo y atendía mis “estudios universitarios” en una facultad de Ciencias Políticas y Sociales, hacía verdaderos berrinches porque la atención de toda la gente estaba puesta en los partiditos de futbol en lugar de las elecciones. Donde quiera que miraba, había propaganda mundialista: camisetas de la selección, balones, tazas, fotografías tamaño completo del Cuau haciendo su famosa señal…

No recuerdo el Mundial de 2002. Era una adolescente y tenía otras preocupaciones menos mundanas: pasé ese verano intercambiando intereses románticos, ninguno de los cuales me correspondió apropiadamente; también asistí a conciertos, bebí de forma ilegal y bajé canciones de internet con una conexión telefónica. El Mundial me pasó a un lado, con la rapidez de lo que resulta desapercibido para los sentidos.

Y luego llegó este Mundial. Avisé, a través de todos los medios de comunicación posibles, que no iba a unirme a la fiebre mundialista. Que odiaba el futbol. Que todos me parecían unos estúpidos. Que lo que yo sentía era verdadera indiferencia y ante ella no podía hacerse nada.

Luego México jugó contra Francia y me encontré, con una sorpresa creciente, vitoreando las jugadas de Chicharito, diciendo cosas como “Tú puedes, Chícharo, nuestra confianza está puesta en ti”. Brincando como un resorte en las pocas, contadas amenazas de gol. Celebrando, como jamás lo creí, el triunfo innegable.

Me sentí parte de algo. Como cuando uno se niega durante mucho tiempo a hacer una cosa, por ejemplo ofrecerse para ser dama de honor en una boda, y se encuentra con un placer inexplicable una vez que ha cedido. No diría que feliz, sino menos marginada. Menos como una tipa amargada y más como una persona relajada con la que te irías a emborrachar saliendo del trabajo.

Pero ya sabía, algo dentro de mí siempre lo supo, que una vez que le ganaran a la selección mexicana sentiría de nuevo mi desidia usual. No estaba equivocada. No tuve ganas de ver el partido contra Uruguay, pues sabía que la emoción del ganador no estaría presente esta vez.

Pasó lo que siempre termina pasando. Y sin embargo, con no poca frecuencia me asomo para ver cómo van los partidos y hago conversación de sobremesa con algún dato que leí en Twitter o le escuché a alguno más enterado que yo. Participo en el mundial… sin ver los partidos.

Old habits die hard. Puedo fingir con los amigos que estoy interesada, quedarme los últimos minutos del encuentro Japón-Dinamarca y admirar, como lo dicta el lugar común, la disciplina nipona. Puedo recrearme con la belleza de los italianos. Puedo incluso aparecerme en la cantina y beberme unas cervezas mientras finjo que miro el partido, cuando en realidad sólo estoy ahí, distraída, pensando en algo más.

Nunca entenderé el futbol. Nunca lo disfrutaré genuinamente. Nunca me sentaré a ver, por decisión propia, partido alguno. Pese a todo, no puedo evitar sentir una nostalgia extraña. Jamás me había preparado tanto para detestar un Mundial y jamás lo había disfrutado tanto. En ocasiones fugaces, es cierto, pero que me llenaron de esa cosa que es tan difícil de definir. La pertenencia, tal vez. La sensación de que en algún lugar, a miles de kilómetros de distancia, alguien más se emociona por la misma cosa que tú.