Pedacerío no. 7495

Mi blog tiene una infección parasitaria. Textos apócrifos se publican solos. Tal vez aquí espantan. Y aunque mudé de servidores, una mudanza necesaria, aquel bichito se vino conmigo.


Bitácora del día 29: este hogar quedó enchufado a la red. Por antena. Me quedé pensando en esto. El internet rural. La misteriosa compañía de nombre inmune a Google que empezó como “soluciones de seguridad” en propiedades y ranchos: cámaras de seguridad conectadas a teléfonos, que forzosamente requerían una conexión de internet. Evolución a servicio de administración de redes ya existentes (Telmex). Sirven a varios pueblos de la región. Con la pandemia han llegado a las zonas más recónditas. Me lo recomendó una maestra y trabajadora social de San Antonio, que lo tiene desde que empezó el confinamiento. Ese testimonio me bastó. Veamos, veamos.

De nuevo el vacío.

*

Sonríe, engáñate, reniega.

La verdad es que el miedo no se ha ido.

Me acuerdo /

¿De qué? Lo olvidé. Mi mente dispersa, mi mente fracturada.

*

Algunos días después…

“Start writing” dice ahora la interfaz de WordPress. No te quedes ahí como mensa, con el borrador abierto. Hoy estuve leyendo mails del pasado. Saeta al corazón. Extraño a Ana, mi psicoanalista, que ojalá leyera esto. O no. Obviamente hice transferencia, obviamente sentía que ella en cambio me odiaba, que me ponía diques; al mismo tiempo sólo ella me calmaba, sólo a ella le creía, ella era mi brújula.

Me encuentro sola. He procurado la soledad. Me he regenerado en la soledad. Pero a veces… Sólo yo conozco mi tormento.

Ahora el momento difícil ocurre por la tarde. Hoy huí del crepúsculo y me caí de la bici. Me autohice manita de puerco y me salió una protuberancia en el muslo. ¡Ah! Querido diario: tengo una gatita nueva, Ágata. Finalmente le puse el nombre que sugirió une de mis sobrines. Y sus cuatro gatitos. Más Mauricio. Somos siete en esta casa, siete convivientes.

Parece que no, pero sí resguardo mi privacidad.

¿Otro extraño post, escrito a lo largo de muchos días, que registra mis altibajos anímicos? ¡Sí!

Todo el día he escrito y borrado frases. Aquí y en el Word. Una de las que borré muchos párrafos arriba era: “dudo de mis palabras”.

Dudo de mis palabras, de mi voz, de mis deseos. AL MISMO TIEMPO (bip bip bipolaridad) poseo certeza respecto a mis palabras, mi voz, mis deseos.

Estoy a la mitad de mi vida y a punto de morir. Me siento desdibujada. “Quiero ser nueva, quiero ser una bebé”.

Escribo simultáneamente en mi cuaderno. Me dio pudor escribir esas cosas aquí. No sé qué estoy escribiendo. Qué libro estoy escribiendo.

Me impresionó leer aquellos correos. La intensidad del sentimiento, una llama que arde y luego se apaga, todo se apaga, todo se olvida, tanto que sentí y ahora está evaporado, se fue a ninguna parte, el relato ayuda a poner orden y concierto, pero sólo un poco, y eso que yo… ¿Entiendes? Qué caso tiene. Transmitirle a los chicos la esperanza que no se tiene. En otro cuaderno escribía: vernos replicados en ellos, nuestras falencias repetidas.

De pronto me siento bien. Endorfinas, dopamina. El ser ahí supeditado a la química cerebral.

Al fin me digo que lo que decida para el libro o los libros será lo mejor. Aunque me tarde. Y qué. Se vive bajo la falsa ilusión de la vida eterna. Sólo yo debo ordenar mis materiales, sólo yo debo encargarme de ese libro.

Escritura autobiográfica a varios niveles. Me acaba de meter un susto el documental de Britney que empezó a reproducirse a volumen alarmante. La escritura del diario, que en teoría nadie debe ni deberá ver; la del libro o libros; la del internet. Releí un diario de mis 27 años: me autoexplotaba. Acabo de borrar lo que seguía. Me obligaba a cosas. Ahora ya no puedo obligarme a mucho, el cuerpo no me da. Sufría mucho con tema QQQ, reescrituras y corrección obsesiva. ¿Debería sentirme feliz y satisfecha? Por supuesto que no, porque está lo otro… Con suerte en el futuro releeré estos apuntes y lo consideraré terminado. Igual, ¿qué futuro? El mundo acaba, repiten.

Quiero hacer magia como antes hacía magia, pero ya no me salen los trucos.

Persiste la desconfianza. ¿Compré un teclado porque lo necesitaba o porque estoy entrando en manía? ¿Y es por la manía que empiezo a regalar otra vez todas mis cosas?

Ya tengo el teclado. Escribo esto en el teclado nuevo, días después. Sigo buscando el teclado ideal, sigo buscando el mouse más ergonómico, el que me va distraer del nódulo en la muñeca, de mis dolores de huesos.

Vino Ágata, la gata, con los gatitos. Estos días he sido testigo de las escenas más tiernas, y pronto desharé todo. Anticipo y me preparo para el dolor. Me siento como en el cuento de Guadalupe Nettel, “Felina”, en el que una tesista convive con su gato y una gata que luego pare seis gatos.

Como Ulises me ataré al mástil para no escuchar a las sirenas.

¡Tengo esperanzas puestas en este teclado! Es suave, no quiero gastármelo. Hago todo lo posible por ayudarme.

Ahora JJ ha creado un nuevo usuario, desde el que escribo. Creo que es momento de publicar esto, seguir con lo otro.

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