Espantos

Esa casa, de la que ya he escrito aquí, tiene un nombre. Campo Real. Por los hermanos Camberos Real. También ya escribí que ahí estudié la primaria. Antes fue un hospital. Ahora es una casa para días feriados, para fines de semana. El año pasado fue mi refugio. Me iba desde temprano y pasaba el día entero ahí, en el jardín, en la sala, en el comedor. En diciembre llevé muchos libros y cuadernos. Luego una noche, en mi casa y no ahí, me dio mucho miedo. La soledad, lo grande que es, los ruidos. Ya no quise ir. Fui hace unos días, después de largos meses. La noté un poco abandonada, hojas secas en el patio, las plantas sedientas, polvo sobre todas las superficies. Fui al jardín, abrí la puerta de metal que se atranca con una pala. El pasto, verdísimo; el árbol de manzanas, cuajado de manzanas. Miraba el que era mi reino cuando escuché un ruido horrible. Me convencí de que no era ahí adentro. Entré de nuevo, me senté en la sala. Más tarde fui a comprar comida y luego comí, hincada, en la mesita ratonera. Escuché otro ruido extraño. Me acosté en un sillón, dormité. Otro ruido. Ya no me gustó, ya no me siento a gusto ahí, no sentí miedo en ese momento sino incomodidad, como si quisieran amedrentarme. Me fui antes de que anocheciera.

/Si yo estoy despierta, mis gatos están despiertos. Si estoy dormida, están dormidos conmigo./

/Para escribir un texto busco entrar en un estado de gracia que no siempre consigo. De hecho, muy pocas veces lo consigo. Por eso me cuesta tanto trabajo. Lo único que sé hacer, lo único que me importa. Ay, ay./

Estábamos en el local contando de espantos, de la casa Campo Real, de la de mi abuelita y las de mi tía Lupe, que ahora son la presidencia y una panadería. En eso mi mamá abrió la puerta y nos asustó. ¿No es hermoso contar de espantos y que de repente te espanten? La enteramos de la conversación, añadimos detalles. En eso mi hermana abrió la puerta y nos asustó. ¿No es hermoso espantarse dos veces?

Quiero contar las historias de espantos de acá. Las puertas que se abren solas, el hombre vestido de blanco que atravesaba la casa de mi abuelita, aquel llamado que sentí en la casa de mi tía Lupe, cuando era niña: no puedo traducirlo en palabras, no puedo explicarlo. Pero me llamaban. Me resistí al llamado. Era de día y aquello venía del cuarto donde mi mamá había tomado una siesta otra tarde, y también la habían llamado. Los ruidos. Los fantasmas llaman, operan por sonidos, por índices. Así territorializan. No he querido escucharlos, aunque los escuche.

Ya no necesito esa casa ni su soledad. Ahora estamos aquí, los cinco, echados en la alfombra, con el calentador puesto, la lámpara prendida, y mi video infinito favorito, música de spa, «binaural», para la concentración. Siento esperanza, siento optimismo. Ellos me acompañan. Si estoy dormida, duermen conmigo. Sentada en mi escritorio, se acomodan sobre mis papeles o en la otra mesa. Rodean mi espacio en la cama. Las gatitas se acercan al calentador y se duermen sobre mi pie.

Aquí no siento miedo. Allá se me ocurría lo del barco, estar en una casa es como capitanear un barco. Hay un área de defensa y otra de ofensa. Tienes tus instrumentos, el sitio donde está tu timón. Lo proteges del afuera. Loa defiendes de los intrusos, lo llevas a buen puerto. Ese barco era imponente, trabajoso. Cambiaba cuando yo no estaba. Debía adivinar los procedimientos que se habían llevado a cabo en mi ausencia, seguir una serie de pistas, disimular mi presencia. La sala da a la calle; las dos ventanas tienen un vano donde la gente, sin advertir nada de lo que pasa adentro, suele sentarse. Escucho sus conversaciones, sus estornudos, sus pedos. De día nadie puede verme, las delgadas cortinas repelen la luz, hay que pegar la cabeza al vidrio para notar la ventana de la cocina, al fondo. Pero de noche, con la luz falsa de los focos, es como una habitación con las puertas abiertas de par en par. Tengo que esconderme en una esquina para que nadie me vea. Estoy expuesta. Es una metáfora de mi vida en este pueblo. Oculta y a la intemperie. Cerrada y abierta simultáneamente.

El flujo. Entrar en el flujo, ese estado tan elusivo. Estoy llegando, me estoy acercando…

Después de publicar esto fui a consultar el Oráculo de las Capturas de Pantalla y esto apareció. Apareció.

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