Ella

Tal vez Buenos Aires es más bella en el recuerdo que adentro. No dejo de pensar en ella, como si fuera una mujer -un hombre, una abstracción- que me hubiera enamorado de manera definitiva, en la distancia. En esa Sudamérica 2010, tal vez fui más feliz -de manera concreta, cuantificable- en otros lugares, en Colombia, por ejemplo, pero Buenos Aires es Buenos Aires. Sólo pienso en ella. En volver. En vivir en ella. En establecer una relación seria. Ahora de pronto recuerdo detalles insustanciales, nada que merezca escribirse o rememorarse (por eso es más bello recordarlo, porque es real, es materia real de vida, es rutina y normalidad). Nunca voy a recordar qué hice cada día de ese mes (casi un mes) que estuve ahí, pero las imágenes han estado apareciendo tan nítidas que a lo mejor se puede intentar un rompecabezas desordenado. Resisto la intención de contenerlas aquí (cuando Billy me acompañó a comprar una mochila nueva: la mía se había roto de la base; cuando entré a un café cerca de Puerto Madero y comí unos huevos con mucha pimienta, añoraba un desayuno en forma, algo sólido que no fuera panecitos y café, un desayuno mexicano, contundente, llenador; una pizzería horrenda donde leí unos cuentos de Ambrose Bierce que compré en una librería de viejo de Corrientes; una mesera de dentadura lamentable; la puerta del partido comunista de la Boca a la que fui con el primer chileno, no El Chileno, sino el otro chileno de pelo largo con el que paseé durante el primer día; el ecuatoriano que se nos unió al día siguiente; la carne, las papas, la carne, las cervezas, la carne otra vez; la lluvia de la tarde que conocí a Billy, los dos en una rendija, mojándonos los pies; Parque Patricios y la bodega de DHL; una tiendita, mi falda de puntitos, la blusa de flecos que dejé en un hostal después; la vez que la odié tanto como al DF, el tráfico y el «subte» lleno y los bancos interminables y las llamadas en los locutorios y los parques y los insectos y las paredes de los edificios que se veían desde la ventana del baño de Esteban, que miraba mientras me bañaba con toda tranquilidad, el elevador de reja de su edificio, la vez que se fue la luz en el edificio, la vez que Esteban y su novia llegaron después de ser asaltados, Maxi, El Chileno, Billy, su hermana: todo). Debo resistirlo. Debo conservarlo. Demasiado tarde. Ojalá regrese. Ojalá pueda vivir ahí y desenamorarme un poco, para no añorarla como la añoro ahora. Ojalá no la extrañara. Está tan lejos. Buenos Aires, las casas desde el tren hacia Tigre. Buenos Aires, de regreso de mis side trips, como una novia conocida, como una esposa que me espera, ojalá fuera menos difícil estar aquí y no allá.

 

 

Recuerdos de Taganga

Leí este artículo en la Soho («Taganga: coca, mariguana y judíos»), de una periodista colombiana llamada Alejandra Omaña. Es una breve crónica sobre Taganga, un territorio sin ley, un Estado dentro del Estado colombiano, en el que los policías ofrecen «la mejor creepy de Santa Marta» y las fiestas son explosivas y decadentes, y en el que los israelíes son reyes.

Me encanta leer de lugares en los que he estado, porque en la lectura descubres cosas que no viste o entiendes cosas que viste pero sin entender. O se confirman intuiciones. Las ciudades son como las personas no. 4: nunca dejas de conocerlas.

Mi estancia en Taganga no fue así, pero muchas cosas que Ocaña narra aparecen en el post que escribí al respecto. Ahora que releo, advierto que aún me ronda esa conversación entre Jairo, el dueño del hostal, y uno de los argentinos, que se la pasaban pachecos en las hamacas. Eso de los paisas y el cobro por muerto y la vida de sicarios, y la tranquilidad y alegría con que lo contaban, fumando marihuana en un hostal en el Caribe colombiano profundo.  A veces quiero reescribir la conversación pero la he olvidado casi toda; sólo queda lo del post, ese retazo.

Esos días estuve con el alemán, con quien viajaba. De él no contaría nada aquí, por todo lo que me dijo, por las cosas de las que hablamos en un mes en Colombia, salvo que una noche, mientras caminábamos en el malecón de Taganga, un tipo apareció detrás de una palapa y nos vendió coca, así nomás.

Lo que más recuerdo de Taganga son dos días, porque fueron días perdidos en muchos sentidos, para él y para mí. Uno en el que fui a nadar sola a la playa en la mañana, y tengo ese recuerdo. Creo que nunca había estado sola -y tan sola- en una playa, y en mi mente empecé a apartarme de los turistas (casi todos argentinos, jovencísimos y bronceados) y a sentir un espacio entre el mundo y yo, esa clase de soledad. Esa vez leía Tala, de Gabriela Mistral, y la corrección moral que el libro desprendía contrastaba con la decadencia de Taganga, pero a la vez hablaba de Taganga, y de la tierra y de Latinoamérica, y de esa montaña que teníamos que escalar para pasar a otra playa, la Playa Grande.

El otro día que recuerdo fue precisamente cuando escalamos la montaña para ir a la famosa playa. Atardecía. El alemán se fue a caminar (necesitaba su tiempo a solas), y dejó su diario abierto sobre la toalla, pero estaba escrito en alemán. Hacía mucho viento y me puse de mal humor. De regreso apenas y veíamos por dónde caminábamos, y en el malecón nos compramos unos jugos (nuestro lujo en Colombia era comprar jugos todo el tiempo, de las frutas más extrañas y desconocidas).

**

Ocaña dice que hay muchos israelíes en Taganga. No recuerdo haber visto tantos ahí, pero sí en muchas otras partes, y no sólo hombres sino mujeres, pues ellas también hacen el servicio militar (y después de éste, largos viajes por el mundo). Tampoco recuerdo las fiestas electrónicas y excesivas. En el hostal no había ruido, salvo el checheo de los argentinos. Pero es cierto que es bello mochilear en Colombia, y detenerse bajo el sol a comprar una cerveza por menos de dos mil pesos colombianos, y comer su comida y hablar su dialecto y escuchar sus piropos.

Para llegar a Taganga hay que pasar primero a Santa Marta (donde el alemán fue asaltado, ja). De esta ciudad escribí que me sentía como en una novela de Fernando Vallejo. Hace calor y hay prostitutas cariñosas en las esquinas, aunque no diría que sicarios (no diría que reconocí a alguno).

De estas dos ciudades colombianas sólo conservo estas fotos:

Desde la montaña para cruzar a Playa Grande.

Atardecer ventoso en la Playa Grande.

Unos perros (fuera de foco) junto a la playa.

Una calle de Santa Marta.

Aproximadamente trescientos litros de jugo de lulo (individual).

 

 

Y el sueño acabó

Ya estoy en México. Por diversas razones, trayectos de incontables horas, arreglos con la aerolínea, llegada inesperada al DF querido, y un viaje-paseo-encuentro en Oaxaca de cuatro días, no había consignado mis últimas aventuras en el bló de ocasión.

Ocurrieron muchas cosas luego de mi llegada a Santiago. Durante dos días, después de volver de Pumanque, me dediqué a turistear con todas las de la ley. Recorrí a pie esa hermosa ciudad que carece de los encantos evidentes de Buenos Aires, por ejemplo, pero que en cambio posee un aire muy distinto. Tiene una grandeza, una vibra moderna contrastada con su pasado bárbaro (en todos los sentidos), y una eficiencia que se distancia de sus hermanas latinoamericanas y te juega el truco de creer que estás en otro continente. Pero luego el acento, los innumerables cachai en el metro, el mote con huesillo, el postre de sémola, los anuncios en paraderos de micro de teleseries que celebran el Bicentenario (Martín Rivas, Manuel Rodríguez… guerrillero del amor), La Chascona -la casa de Neruda en Santiago, construida para su tercera esposa, Matilde Urrutia-, el cerro San Cristóbal -al que subí en funicular y que bajé caminando durante unas tres horas, deteniéndome en el jardín japonés y el jardín Maipú-, la Estación Mapocho, el poto de la virgen, y el contaminadísimo río Mapocho… Santiago es enorme, insondable, interesante. Podría pasar días enteros recorriéndolo.

Palacio de Bellas Artes. Tuve suerte de encontrarlo abierto, porque estuvo cerrado unos días por el terremoto

 

Vista desde la punta del cerro de San Cristóbal. Por si se lo preguntaban, sí: Santiago está tanto, o quizás más, contaminado que el DF.

 

Consigna política en río Mapocho: «Por más y mejor democracia, la derecha nooooo» -nótese la intensidad del no.

 

En el barrio bohemio de Bellavista, de pie al famoso cerro.

También visité Valparaíso. Para entonces, la batería de mi cámara había muerto -y el cargador continuaba perdido en la dimensión desconocida-, así que tendrán que darse una idea con mis descripciones.

Como todo puerto, Valparaíso tiene un aire de antigüedad, de algo perdido, avejentado, cubierto por polvo. En la mañana, cuando llegué, todo lucía desteñido: los edificios entre victorianos y portuarios, de colores pastel sucio. Cuando subí uno de los cerros, el Florida, salió el sol: por las empinadas calles, amarillas, se erguían casitas de colores y el museo al aire libre -pinturas sobre las paredes-. En cualquier punto se miraba el imponente océano Pacífico, azul eléctrico, helado. Los barcos estaban esparcidos por sus aguas.

Me robé esta foto de la Wikipedia. Esta casita tenía un nombre con algo de gato -hay decenas de ellos caminando por el cerro-, y era un restaurante. El senderismo tan inclinado no es lo mío, así que sudé como pueeeerco subiendo y bajando por sus calles ultra-peligrosas y ultra-empinadas.

 

Visité, desde luego, La Sebastiana, la útima casa que Neruda construyó. Gran parte de este viaje la pasé leyéndolo, no sólo sus poemas, sino su biografía -de lo que me arrepiento: al conocerlo, esa complejidad que se antojaba más bien simplona, su donjuanismo, mal gusto, coleccionismo rayano en lo ridículo y egolatría insultante mezclada con un talento a raudales, dejé de verlo como EL poeta y empecé a verlo como un hombre. Y, en definitiva, no quiero ver a Neruda como tal.

Después me fui a Iquique. El trayecto duró exactamente 24 horas, pero esta vez pagué por un asiento-cama, y me la pasé comiendo, leyendo y viendo capítulos de Mr. Bean y Los Simuladores versión argentina. En Copiapó, sin embargo, le ocurrió una desgracia al encantador adolescente que conocí en el autobús, pero esa historia la postearé más adelante con alternativas de solución (¡unámonos por las buenas causas!)

Pasé un día en Iquique, en su playa de agua fría como el hielo, y luego emprendí mi viaje final. Me di cuenta de que, desde el primer autobús que tomé de Quito a Otavalo, en el Ecuador, cada trayecto se elevaría en dificultad. Mi prueba de fuego vendría al cruzar de Chile al Perú.

Primero tomé un autobús a Arica, unas cinco horas desde Iquique, en una carretera construida dentro de una herida en una montaña. Cuando, luego de un par de horas dormida, abrí los ojos, quise morirme: viajar en los segundos pisos nunca es buena idea cuando uno quiere asirse a la seguridad de la carretera.

Esta foto me la robé de un sitio de noticias en español y chino, específicamente de un artículo titulado 10 Caminos de la Muerte del Mundo (!!!!). El pie de foto: «El camino que va de Arica hasta Iquique es una ruta famosa por su peligrosidad, en particular por lo profundo de sus cañones. A lo largo de la ruta se ven frecuentemente los restos de los vehículos accidentados».

 

En Arica tomé un taxi colectivo hasta Tacna, dos horas, que compartí con una brasileña asentada en Pisco, Perú, donde desde 2007 ayuda a reconstruir la ciudad, y un señor chileno cultísimo con el que charlé amplio y tendido hasta las casetas de migración. En Tacna, gracias a las dos horas que me regaló el cambio de horario, pude tomar un autobús directo a Lima. Pagué con tarjeta y no cambié pesos chilenos por soles -gran error-, así que me metí al bus sin descanso de por medio.

Más de veintidós horas duró el trayecto hasta Lima (sumadas a las siete al hilo que ya llevaba). Cerca de las líneas de Nazca, en una parada exprés, la brasileña me invitó una Inca Kola y unas «canchitas» (palomitas de maíz, pues). Durante las horas siguientes soporté estoicamente las películas violentitas que nos pasaron, pero al menos la señora a mi lado me hizo trueque de granadillas -una fruta parecida a la granada, pero de granos negros y textura babosona- por manzanas -mi alimento de ocasión.

En algún punto en la mañana, al despertar, miré por las ventanilla a la derecha un desierto vasto, con dunas inmensas de arena. Cuando miré por mi propia ventanilla, el Pacífico bañaba la costa con sus aguas azules. Ese contraste no lo olvidaré. Los paisajes naturales del Perú son imponentes.

En el terminal de Lima me recogió Miguel, a quien conocí en México gracias a Luis Urquieta. En Facebook hay un par de fotos encantadoras donde salimos comiendo tacos en el Borrego Viudo, y en una fiesta con una bebé hermosa que pinta para bohemia.

Con dos días para mi vuelo a México, con el dolor de no haber tenido suficiente tiempo para recorrer Perú a fondo y mucho menos para visitar Bolivia, la estadía con Miguel y su familia fue un oasis benigno. Su hermano, Luis, que también conocí acá, su hermanita y sus papás fueron los anfitriones más generosos del universo: me llevaron a cenar auténtica comida limeña -anticuchos con choclo, picarones y agua de chicha morada. Al día siguiente, paseando por Miraflores, comimos en un extraordinario restaurante: Costanera 700 (del cebiche clásico al pescado chita en costra de sal a langostinos en salsa golf y como albondiguitas bañadas en salsa amarilla, con maracuyá sour para beber: orgasmos de sabor continuos) (todo lo cual me hizo confirmar que la comida peruana es mi favorita y punto).

Lima es hermosa: construida sobre un risco, al caminar por ciertas calles se puede observar el mar a lo lejos -que es salvaje, de colores cambiantes, y en el que sólo los surfistas profesionales se adentran.

Fotos robadas del FB de Miguel (que, luego de visitar Bruselas, regresa a México para bebernos el pisco que metí apretujado en mi mochila y hacer los preparativos para nuestra noche peruana)

No visité Arequipa, Cusco ni Machu Picchu esta vez… pero no podía irme del Perú sin acariciar una llama.

 

Hermosa escena al pie de la playa.

 

Faro limeño de cara al mar.

 

En la playa no hay arena, sino las piedras conocidas como «canto».

Hay otras aventuras encantadoras. El reencuentro con México, que fue brusco por muchos motivos. Supongo que de haber viajado a Europa o Asia, algún lugar enteramente distinto a mi país, el contraste me habría hecho notar la diferencia y saber de algún modo que ya estaba aquí. Sin embargo, después de tres meses en países con el mismo idioma, un pasado en común, costumbres similares, tuve una sensación de desfase, como si cruzar al país del águila hubiera sido el octavo de los siete cruces que realicé. Mientras caminaba por el centro histórico o por las sobrevaloradas calles de la Condesa continuaba con una sensación de turista, que se exacerbó con la llegada a Oaxaca sin haber visto a mi familia todavía.

Pero ir a Oaxaca fue sensacional. Me posicionó suavemente en mi patria, en los paisajes volcánicos que me resultaron muy diferentes a los de Sudamérica. Las monedas que conozco sin ver, los modismos que sé de memoria, los platillos probados que me elevan al éxtasis, y la gente. Sobre todo la gente.

Anécdota última -lo juro

Mientras me bebía unos mezcales en La Casa del Mezcal, charlando con un colega, miré hacia una esquina y casi me derramé el néctar de los dioses sobre la camiseta. De pie, con los rulos inconfundibles, los ojos azules enormes y la sonrisa perenne, estaba Zed.

Conocí a Zed en el terminal de autobuses de Ipiales, en la frontera entre Ecuador y Colombia. Es protagonista de uno de mis posts, junto con Katrin y Valentin. La primera vino a México hace poco y fue atendida con gran calidad por los camaradas defeños. Con el segundo recorrí casi todo Colombia. En Cali conocimos a Nikolai, al que nos encontramos dos veces caminando aleatoriamente por las calles de Taganga, primero, y de Cartagena, después. Supongo que los cinco estamos destinados a encontrarnos en todos lados por siempre.

El reencuentro fue emocionante y feliz. Yo no podía creer la coincidencia: no tenía idea de que Zed llegaría hasta México -lleva diez meses viajando-, y es improbable que me lo encontrara precisamente en Oaxaca, en el mismo bar y a la misma hora. Sencillamente, no tiene sentido. Y, sin embargo, lo tiene.

Antes de volar a Australia, me encontraré con él una vez más en el DF. Mi último eslabón con esa tierra salvaje al sur.

Reflexiones finales -de un post más largo que la cabellera de Rapunzel

Llevo ya una semana aquí, y todo ha transcurrido placenteramente. Extrañaba México por todas las razones coherentes y esperables: mi familia, mis amigos, mis costumbres, mis raíces. La comodidad, la cama propia, el descanso y lo conocido.

Sin embargo, cuando cierro los ojos, a veces imagino que sigo recorriendo porciones del continente sur subida en un autobús destartalado, a través de carreteras estrechas y peligrosas, con la emoción a flor de piel. No quiero perder esa sensación. No quiero perder la sensación del viaje, de esos trayectos que hice por tierra, agua y aire. Y entonces me doy cuenta, feliz porque así es como debe ser, de que quiero volver. Y de que, lo que es más, volveré.

Como Terminator.

 

(entrada original)

 

El país del cóndor

Siempre había querido estar en Santiago. Apenas lo hice, menos de veinticuatro horas después de mi llegada, ocurrió la réplica más fuerte después del terremoto: 7,2 grados Ritcher. En ese momento yo estaba en la ducha, enjabonada de pies a cabeza, sobre un quinto piso. Había cerrado la llave y segundos después sentí la trepidación, furiosa, que no cesaba. Alcancé a escuchar la voz de Nicolás (el primer chileno de este post, con quien me hospedo) que me decía «tranquila». Vislumbré por un segundo la posibilidad de salir corriendo con una toalla encima, pero entonces acabó. Duró dos minutos.

Tembló de nuevo unos quince minutos después. En el pasillo una señora lloraba. Al mismo tiempo se efectuaba la ceremonia en la que Sebastián Piñera asumía la presidencia de Chile, con invitados internacionales de honor que se quedaron congelados mientras los candelabros de la sede del Congreso, en Valparaíso, onduleaban temerariamente.

Ese día tembló quince veces en total.

***

Supongo que muchos calificarán de necia mi decisión de venir a Chile. Estaba todavía en Argentina cuando sucedió el terremoto, y fue ahí que decidí venir a hacer algo, ya que de todos modos resultaba complicado cambiar mis planes. De modo que pensé que, ya que vendría de todas maneras, lo mejor era emplear mi tiempo de manera positiva.

En cuanto llegué me puse en contacto con un grupo de voluntarios a través de Facebook. No bien mandé mi correo con mis datos, uno de ellos me llamó por teléfono. No entendí su acento poblado de «cachai, cómo estái, sí-po, no-po», pero igual pude llegar a donde se efectuó la reunión.

Me cuesta un poco de trabajo escribir sobre este apartado, como bien le confié a mi amigo Willy una noche bonaerense en que compartimos unas cervezas. Resulta difícil como mexicana decir que estuve en otro país y me ofrecí como voluntaria, pues puedo escuchar en alud los comentarios de mis coterráneos: cómo podría hacer aquí lo que, en apariencia, no hago por mi país, y mi hipocresía evidente derivada de esta decisión.

Creo firmemente que no hacerlo hubiera sido aún más hipócrita (tanto como no venir a secas, o huir con presteza, como ocurrió con los mexicanos que residían en Chile). Se hizo bastante evidente que el turismo que podría efectuar en este país no iba a ser el más común, y me parecía ruin llegar a Santiago -que está intacto-, tomar unas fotos simpáticas, y seguir hacia el norte. No me parecía correcto.

Por lo demás, me encontré con que el grupo de voluntarios estaba compuesto por chilenos católicos recién recibidos de universidades privadas, ambiente en el que yo encajé como lo haría Greta Garbo en una convención de mariachis. Pese a todo, la experiencia de ir con ellos a comunidades a unas cuatro horas de Santiago resultó buena, no exenta de cosas extrañas, inútiles y trilladas, pero interesante sin duda.

Acampamos, bebimos pisco a la luz de la luna (nunca como ahí había visto un cielo más hermoso, cuajado de estrellas), conversamos con los afectados, fuimos invitados a sus mesas, y sufrimos los constantes temblores -el epicentro del jueves fue en Rancagua- que aquejan la zona. Al menos uno cada hora, casi fugaces.

La primera noche, por ejemplo, me dirigí a tientas a la carpa, como pude me puse la pijama (la piscola desgraciada) y me metí al saco de dormir. A los tres minutos, acostada al ras del piso, escuché un bramido feroz, una especie de rugido que surgía de la entraña de la tierra, que se transformó en un temblor fortísimo que duró casi un minuto. Puedo decir con seguridad que el pedo se me bajó en un segundo.

El miedo, por otra parte, surge de forma instantánea. Aunque llegamos a acostumbrarnos a los temblores al grado de continuar charlando como si nada luego de uno (después de quedarnos inmovilizados como en pausa, comentar «está temblando», y continuar con lo nuestro), en todas las veces yo sentí ese miedo que surge en la boca del estómago y se extiende como brazos invisibles alrededor del cuerpo. Es algo básico, una reacción natural e instantánea ante el peligro. En una zona donde sólo hay silencio, porque no hay automóviles ni industria, donde la gente construye sus casas con adobe frente al bosque, y cultiva la vid en sus huertos, el temblor no sólo se siente: se escucha. Algo que, en la ciudad, nunca percibiríamos.

***

Todo lo que se escucha en Santiago tiene que ver con el terremoto. Las charlas de sobremesa, en el excepcionalmente eficiente y limpio metro, en los micros y por las calles tratan todas sobre el terremoto y las réplicas. La gente está nerviosa, intenta como puede hacer su vida, yendo a los lugares de siempre y asistiendo al trabajo, pero ante cualquier señal de peligro se queda inmóvil esperando el temblor. Algunos lloran, se tocan la frente y se jalan el cabello: están cansados, verdaderamente cansados, porque nunca escapan realmente de esto. En algún folleto de ayuda leí instrucciones para tratar sobre lo sucedido con los niños, y una de ellas decía: «no haga promesas poco realistas, por ejemplo que no habrá más réplicas». Todos lo saben y lo resienten. No es algo a lo que puedan darle la espalda.

El primer día comí en el centro en un lugar de espacio muy reducido, donde todas las conversaciones se escuchaban, lo que provocó que eventualmente me cambiara de mesa y me sentara junto a una señora de cincuenta años de Temuco. Platicamos de muchas cosas, desde el terremoto hasta el golpe de Estado. Hasta nos sacamos una foto:

Me doy cuenta, charlando con todas estas personas, del miedo que persiste. Ayer por la noche, cuando regresábamos de Pumanque, nos detuvimos en un «Pronto» -un restaurante de carretera- para comer algo. Y entonces hubo un apagón, que después supimos abarcó todo el país por una falla en el generador eléctrico que abastece la mayor parte de Chile. Los únicos comentarios: es el fin del mundo.

Mientras tanto, la Bachelet se va y entra un nuevo presidente, al que todos parecen preferir porque al menos no es Frei «junior». El tipo, una especie de Slim chileno, la tiene difícil con un país que se da cuenta, como lo han hecho todas las naciones asentadas en terrenos salvajes, que en realidad sólo son un puñado de gente establecida en una porción de tierra. Y nada más.

***

Mendoza fue lindo. Conocí a un californiano de 45 años, Peter, con el que visité los viñedos y una fábrica de aceite de oliva. Después de probar los vinos típicos -el Malbec, por ejemplo, que en esa región se da esplendorosamente-, sostuvimos una conversación mexicana-gringo que sólo podría suscitarse con un demócrata. Interesante. Él me sacó una foto y yo le saqué una, porque dice que no le sirven las fotos con él mismo, ya que sabe cómo se ve.

El trayecto de Mendoza a Santiago fue imponente: los Andes y curvas cardiacas que casi te hacen morir. Fuera de estos sobresaltos, arribé a Chile sin un rasguño.

Básicamente, al dar una vuelta en esas curvas, mientras estás sentado en el primer asiento del segundo piso de un bus Pullman, sientes que miras el borde del abismo: puedes ver que estás a punto de estrellarte y morir, pero ni te estrellas ni te mueres, sino que te dan ganas de darte un tiro. Básicamente.

El mítico Palacio de la Moneda

Por lo pronto, visitaré Valparaíso e Iquique antes de cruzar a Perú. Mi estadía en el país inca será corta, porque Machu Picchu cerrado anuló muchas posibilidades. En términos llanos, me queda una semana de viaje. Creo que ha quedado claro que esto no fueron vacaciones, sino algo muy distinto.

Me alegra que así fuera.

 

(entrada original)

La selva y el glaciar

A los mexicanos nos gusta decir que tenemos todo en el país: ecosistemas variados, playas, selvas, desiertos y algunos bosques. La verdad, comparados con Argentina, tenemos poco: en sus más de tres mil kilómetros de extensión poseen esas enormes porciones de tierra de aridez verdaderamente deprimente que es la Patagonia, bosques y lagos de verdor intenso, y en el noreste hay una porción selvática fascinante y salvaje. Pero al sur, oh al sur… Los glaciares más grandes del mundo, en constante movimiento: espectáculos de nieve, hielo y montaña que no se parecen a ningún otro (ni siquiera a los fiordos noruegos).

Como otros lo han hecho antes, podemos suponer que mucha de la presunta arrogancia de los argentinos proviene de una tierra rica y fértil que atrajo por montones a inmigrantes europeos a principios del siglo pasado. Por la mañana leía una porción de un libro de Marcos Aguinis donde citaba al mismísimo Cantinflas, que decía: «La Argentina está compuesta por millones de habitantes que quieren hundirla, pero no lo logran».

Yo espero de todo corazón que no lo logren, porque su imponencia natural opaca esa necesidad constante del argentino por saber cómo lo percibe el resto del mundo (que alguien me dé diez pesos por cada vez que un taxista o personaje cualquiera me pregunta cuánto me gusta Buenos Aires… tendría mi pasaje de regreso pagado).

Sin más preámbulos, fotografías de putamadre (mamá, papá: perdón por las groserías)

Las cataratas de Iguazú. Impresionantes, ruidosas y enormes.

Para sacar esta foto tuve que empaparme un poco. Como puse en mis siempre-jocosos-ajá comentarios de Facebook, ducha gratis apta para los habitantes del Edomex (yo incluida).

 

Cuando viajé en la lanchita observé esta asquerosa tortuga (odio todo lo que tenga reminiscencias reptilianas). Miraba como estatua a lontananza, mientras su vástago se asaba como pedazo de carbón sobre una piedra.

 

En una cafetería entre las parcelas había una familia de coatíes dando tumbos. Buena onda los chavos.

 

Mi clásico foto turística de ocasión. Con los colores intercambiados, así que algunas porciones de agua se ven moradas (igual que yo, aunque es cierto que estoy más bronceada que nunca; en tu cara, Beyoncé)

 

La entrada al mirador de Garganta del DIABLOU (con dedicatoria especial a TriquisMaríaCarlangas, Fanny y Calleja).

***

Estos días, como escribí, fui al Calafate. La población es la más cercana a los glaciares del sur: es pequeña, con una vibra alpina que por momentos te recuerda al pueblito de Eduardo Manos de Tijeras, aunque igual tiene esa complacencia molesta que poseen todas las ciudades en extremo turísticas. Todas las casas tienen techo de dos aguas y están pintadas en colores aparatosos, como para agregar una nota de color al paisaje compuesto por dos paradojas: el desierto poblado de calafates (la planta espinosa), matorrales y arbustos secos. A lo lejos, montañas nevadas coronadas por el glaciar.

Me quedé en un hostal-albergue estilo cabaña, muy bonito pero con cierto personal un tanto ojete. Mi amigo de ocasión fue un francés, Aurelien, que habla con un español plagado de «súper» «buena onda» y «como se llama… este…»

Por lo demás, no hice muchas migas (además de las charlas eventuales con la señora de la cocina, varios israelíes -toda la juventud de Israel está vacacionando, luego de terminar el servicio militar- y algún despistado). Lo verdaderamente impresionante ocurrió al llegar al glaciar Perito Moreno.

«Dejemos que las imágenes nos ilustren mejor»

Vista panorámica del glaciar. Por momentos es posible observar enormes trozos de hielo en caída libre: el splash contra el agua es poco comparado con el ruido, como explosiones intermitentes de un relámpago

El close-up es cortesía del día, que estaba nublado, de modo que el hielo se ve azul (en contraposición con la brillante blancura de un día soleado). Acepto que me recuerda a una paleta helada sabor mora azul.

 

El frío es, además, muy agradable: ventoso y helado, pero no demasiado. Esta foto me la sacó un japonés, a quien yo le saqué fotos con toda su familia

 

Realmente, después de ver esto, uno puede decir: «ya, ya puedo morir en paz». Pero no nos pongamos catastrofistas, que luego mi querida Chilangelina me regaña: faltan muchos milagros naturales por ver antes de colgar las «zapatillas deportivas, goe».

 

Al otro día fui a la reserva del Lago Argentino. Acá, los presuntuosos flamingos sólo estando ahí

 

Tengo la impresión de que los pinos fueron plantados hace algunas décadas en un intento por tener un poco de verdor cerca del pueblo

Luego de mucho caminar me subí a un montecito y lo que vi casi me noquea: el Lago Argentino, de un azul turquesa con notas verdosas. Es un golpe directo al corazón

 

En esta lagunita nadan patos. Por alguna razón, me quedé atrapada en un cruce y me empapé-enlodé. Todo alrededor del agua es esponja: la sensación de caminar sobre ella es como si se hiciera sobre algodón.

Por el momento, agradezco infinitamente a todos por los comentarios del post anterior. En serio: a TODOS. Por el momento, ya que ayer asaltaron a Esteban con cuchillo en mano, y el tiempo apremia, parto hoy por la noche a Mendoza. Me dicen que todo está tranquilo en la zona, y supongo que merezco un poco de buena degustación de vino (de un vino que cueste un poco más que una tarjeta Ladatel).

Actualización:

Videos con vista panorámica del glaciar y del Lago Argentino:

 

(entrada original)

 

 

Soy un juguete del destino

Santiago está en ruinas. Mientras yo dormía en un expreso Singer rumbo a Puerto Iguazú, después de haber leído a Edwards sobre Neruda, un sismo de 8.8 grados sacudía la capital de Chile. Lo supe horas más tarde, cuando ya me había instalado en el hostal del pequeño pueblo, donde llovía a raudales.

Pensé en muchas cosas. Sentí tristeza por los chilenos. Todo era tan inesperado, y también sentí un poco de tristeza por mí misma, si es que cabe tal muestra de egoísmo ramplón en este blog. ¿Qué sería de mí? ¿A dónde partiría después? ¿Qué habría pasado con Bernardo, Pelao, los chicos de La Serena? ¿Qué sería de esa ciudad mítica que, a fuerza de imaginarla, se ha convertido en una de mis mayores obsesiones?

El país que propició todo este viaje, el que más ganas tenías de conocer, era Chile. Sabía que no me quedaría mucho tiempo, porque allá todo es más caro que en el resto de Sudamérica, pero me emocionaba visitar los sitios donde había ocurrido esa historia reciente que tanto me impresiona: como los alemanes, como los españoles, como muchos de sus hermanos latinoamericanos, los chilenos se habían levantado de entre las cenizas, habían sobrevivido a una dictadura brutal, y habían construido un país fuerte. Nuevamente reciben la desgracia.

Al mismo tiempo, yo vivía mis propias desgracias personales, representadas en Banamex e Ixe, que no tuvieron reparo en dejarme sin dinero durante días.

No quiero prolongar demasiado la historia, ni hacer un recuento pormenorizado de todo lo que ha sucedido por culpa de estos zoquetes. He gastado horas de mi vida y cientos de pesos en llamarlos una y otra vez, para saber si ya tenían: 1) mi avance de efectivo «de emergencia» (dos semanas para dar respuesta, nada más) y 2) mi tarjeta de «emergencia» (a quién le importa si los igualmente zoquetes de DHL son incapaces de encontrar el número 2075 de la calle Corrientes).

A Iguazú me fui con pocos pesos, suficientes para los autobuses, el hostal, la entrada al parque nacional y cualquier baratija para comer. A pesar de todo, traté de tener buen ánimo. Conocí a un italiano en el dormitorio, Massimo, con el que apenas pude comunicarme: todo el tiempo me hablaba en un italoñol extraño al que, invariablemente, yo contestaba de forma afirmativa. Luego me fui a las cataratas, donde conocí a unas colombianas nefastas que no tienen idea de la diplomacia y empezaron a decir pelotudeces sobre México («es que a mí no me gusta cómo hablan los mexicanos, ¡qué horror! y «todo el tiempo me toman por una mexicana, arhg, qué molestia»). Luego hice el trekking (o senderismo) de ocasión por los innumerables puentes y caminos del parque: vi las cataratas, esa imponente fuerza de agua a no sé cuántos kilómetros por hora, que en los claros forman arcoiris, y supe que el viaje de 17 horas con grandes incomodidades sí había valido la pena. Luego me subí a una lancha para recorrer el río, donde conocí a unas parejas de Seattle entradas en sus cuarenta. Charlé con ellos, llegaban de Chile apenas, y estaban un poco perturbados, pero fueron muy amables; me prestaron sus binoculares para ver la fauna: un cocodrilo, un tucán, tortugas gigantes. Fue trés chido.

El viaje de regreso fue más cómodo y más rápido. En cuanto puse un pie en Buenos Aires, mi pesadilla continuó de nuevo: llamadas de una hora cada vez, zoquetes en «servicio» a cliente, gente inmunda que no se detiene a pensar en ayudar a la gente en problemas, y dos grandes bancos que defraudan a sus clientes de esta forma. ¿Qué pasaría si no estuviera quedándome en casa de Esteban? ¿Les importa dejar a sus tarjetahabientes en el extranjero durante dos semanas sin efectivo? ¿Les interesa siquiera?

Soy débil. En todos esos momentos de tensión, cada que una y otra vez explicaba mi problema y repetía mi número de expediente y confirmaba mis datos, en lugar de EMPUTARME como la gente decente, sólo hacía una cosa: llorar en silencio. Salía de los locutorios en lágrimas, me arrastraba por las calles de Buenos Aires con esa sensación de no tener a dónde ir, y me iba a esperar la llamada que jamás llegaba. Ayer, por ejemplo, me leí todo un libro de Harry Potter que encontré en el librero de Esteban (quien es Harry Potter: la misma montura circular de los anteojos, los ojos grandes y expresivos, el cabello lacio cayendo en flequillo sobre la frente, la misma delgadez y palidez inglesas) mientras esperaba que algún palurdo de Banamex se dignara a enviar un fax a Master Card. Mi vida dependía de un fax que no llegaba.

Los de Visa también me hicieron el día: me llamaron y me dijeron que recogiera mi tarjeta de «emergencia» en una bodega DHL. Llamé y me dieron una dirección cerca de Parque Patricio, una zona bastante lúgubre por lo demás, o me dijeron que esperara a que hoy la enviaran a una sucursal más cercana. Como me urgía, dije que iría: tomé el ómnibus y me interné por la horrible zona, donde cada tres pasos algún trabajador de construcción me gritaba alguna lindura. Desde luego, ni activar la tarjeta, porque ya todos los bancos argentinos habían cerrado para entonces.

Pero luego, oh, una de esas paradojas que tanto encantarían a Sherlock Holmes: en tarjeta de débito, Ixe no da adelanto de efectivo sino tarjeta de emergencia (política exactamente contraria a Banamex con la misma tarjeta). Cuando uno quiere ir a retirar efectivo de un banco, ningún banco tiene por política efectuar retiros de tarjetas extranjeras de débito (como no tiene NIP, es imposible hacerlo de un cajero). ¡Ah! Y los comercios tampoco aceptan la tarjeta extranjera.

De modo que ahora tengo un pinche pedazo de plástico que no me sirve para nada salvo para mirarlo y recordar todas mis desgracias.

Con mis últimos diez pesos de ayer, me comí un sándwich de milanesa y me bebí un vaso de vino (aquí el vino corriente es más barato que el agua o la Coca-Cola). Luego esperé a que llegara el temblor.

Por fin, en la mañana, Banamex me habló para decirme que ya podía ir a retirar el adelanto de efectivo que pedí (luego de dos semanas). Eran sólo 150 dólares, que hoy ya se esfumaron pagando deudas, y por esa mugrosa cantidad me la hicieron de pedo durante cantidad de días y llamadas.

Creo que hoy estuve a punto de darle un bofetadón a alguien, desde el grosero empleado de Banco Nacional que me envió a un tal Banco Piano (¿qué clase de puñetero nombre para un banco es ese?), y luego de vuelta, con visita a otros dos bancos, sólo para informarme que por ningún motivo me dejarían retirar efectivo con esa tarjetita.

No dejo de pensar en el ladrón que me robó la cartera, con todos los 60 pesos que llevaba consigo. Sesenta estúpidos pesos que ni siquiera alcanzan para una comida decente, y en cambio yo he sido lamida por las llamas del infierno de la burocracia, he llorado de rabia y frustración, he sobrevivido a base de manzanas y estupideces de bajo costo, le he colgado a tres empleados de Banamex, y le he llorado a uno de Visa, que se hasta se conmovió por mi caso. Espero, con todo mi corazón, que esos pocos pesos le aprovechen, y que encuentre gran regocijo en mirar mis credenciales y burlarse de la pendeja distraída con acento chistoso del subte.

Es curioso cómo, antes de venir, pronostiqué que me sentiría sola y muerta de miedo a cinco mil kilómetros de distancia. Sabía que sufriría, sabía que me las vería duras, pero nunca pensé que fuera por un asunto tan burocrático como éste. Lo que es más curioso es que, en todo momento, tuve a quién llamarle. Tuve a quién llorarle mis penas. Y, finalmente, luego de comprobar que ningún puñetero banco de este mundo iba a ayudarme, resolvimos recurrir a la última opción: los ladrones de Western Union.

Y ahora que mi pequeña pesadilla burguesa está llegando a su fin, retorno a mis dolores ajenos: Machu Picchu está cerrado hasta abril, es difícil cruzar a Chile, luego del Calafate mis planes se vuelven borrosos e imprecisos.

Pero entonces, mientras arrojaba un teléfono dentro de un locutorio, pensé en las cosas que debía hacer. En las cosas que estoy obligada hacer. Mis penas pueden transformarse, porque el poder de hacerlo está en mis manos.

PD. Mañana parto al Calafate a las 6 de la mañana, cruzaré tres mil kilómetros de territorio argentino en cuatro horas, y luego seré testigo de esos raros milagros de la naturaleza. Al volver, postearé fotos de la selva argentina y de su contraparte, el glaciar. Supongo que nada malo puede ocurrir después de ver dos maravillas naturales en tan poco tiempo. Espero.

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República Oriental del Uruguay

El lunes por la noche, confundida por mis planes próximos, tomé la resolución espontánea de irme a Uruguay. Me levanté a las seis de la mañana, dejé una nota y partí hacia Puerto Madero.

El viaje en buquebus, un ferry inmenso de dos pisos, duró unas tres horas. Leí, escribí, me asomé a la cubierta, donde el Río de la Plata divide a ambos países con su franja de agua, y me dormí. Cuando abrí los ojos, llegábamos al puerto de Colonia.

La pequeña ciudad uruguaya causó una gran impresión en mí. Días antes, abrumada por la perspectiva de viajes larguísimos a tierras lejanas, las contantes llamadas a Banamex e Ixe, el adelanto de efectivo que se escurría como agua en mis manos y cierta melancolía que no me abandonaba, había llegado a sentir un cansancio atroz. Supongo que a todos los viajeros les pasa, sobre todo a la exacta mitad de su viaje: no es tanto el famoso homesick como una sensación de que algo está fuera de lugar. No diría que me dieron ganas de regresar, sino que perdí cierto entusiasmo por seguir viajando.

Y de pronto, mientras caminaba por las calles de estilo portugués de Colonia del Sacramento, toda la emoción volvió a mí. Uno nunca deja de sorprenderse, no cuando se descubren sitios tan hermosos como éste.

El casco histórico de Colonia, uno de los asentamientos más antiguos de Sudamérica, es muy pequeño: su totalidad se recorre en una hora. Está todo rodeado por el río y sus calles son de piedra, llenas de árboles. Como cambié pocos pesos argentinos, estaba limitada de recursos: comí empanadas y manzanas en un parque, luego renté una bici y recorrí todos sus senderos. Fue una de las tardes más felices de mi vida, pues la belleza de un lugar así puede alegrar al corazón «más frío del universo, oh».

Calle de los suspiros. Creo que me estafaron porque no suspiré ni un poquito.

 

Acá con mi súper bici rentada por treinta pesos «uruguashos»

 

Semejantes imágenes no merecen pies de foto jocosos. Además no se me ocurre ninguno.

No era mi plan original quedarme a dormir, pero decidí hacerlo de último minuto. En el hostal conocí a una pareja de australianos con los que charlé un rato. Me contaron que llevaban una semana en Sudamérica, y que iban a recorrer todos los países hasta subir a México por los próximos seis meses. Les pregunté a qué se dedicaban, y me dijeron, pero después agregaron convencidos: we are professional travellers. Me di cuenta de que para muchos esto no se trata de simples paseos, sino de un modo de vida. Tuve que pensar qué era para mí este viaje, y creo que aún lo estoy decidiendo.

Por la mañana tomé un autobús a Montevideo. Mi plan era pasear unas horas y regresar por la noche a Buenos Aires, pero también me di cuenta de que no tenía caso, así que me quedé de nuevo en otro hostal.

Montevideo es una ciudad melancólica. A pesar de ser una capital federal, me sorprendió lo solitarias que están algunas calles. Casi no hay tráfico, hay mucho viento y oscurece poco después de las nueve de la noche. A pesar de esto, pude hacer algunas conclusiones apresuradas: los uruguayos son más reservados y callados que los argentinos, carecen de esa altivez y desenfreno que tienen los porteños. Por otro lado, paradójicamente, los hombres son más coquetos: no tienen reparo en lanzar piropos desde el coche o desde la ventana, y con esto reactivan en un trescientos por ciento la autoestima de la piropeada.

Willy me había contado que los uruguayos tomaban más mate que los argentinos, y de forma desquiciante (por ejemplo, que lo cebaban mientras conducían o entregaban las cartas montados en una bicicleta). No lo descreí, pero cuando llegué al Uruguay tuve que admitir que mi buen amigo se quedó corto.

Los uruguayos no toman mate: hacen de ello el centro de su existencia. Caminan por la calle agarrados del termo, bajo la axila, como si fuera una prolongación de su cuerpo. Lo beben como agua de uso, con una naturalidad e insistencia que no hace menos extravagante la venta de mates, materas, boquillas y paquetes de hierba mate en todas las presentaciones posibles cada dos metros.

Las calles de Ciudad Vieja son angostas y largas, y de alguna forma todas llevan al puerto. Hay una vibra de algo antiguo y elegante en sus edificios venidos a menos, de colores grises con manchas de humedad.

Al cabo de una larga caminata ya había hecho mi resolución: si alguna vez me exilio, elegiré Uruguay para vivir.

Palacio Legislativo

 

Plaza Independencia de noche. Jugando con los colores de la cámara.

Uno de esos edificios antiguos, semi-descuidados, hermosos, de Ciudad Vieja.

 

 

Por la mañana caminé en la playa, de agua helada, cerca del barrio de Pocitos.

Anecdotario Jocoso:

En mi dormitorio había cuatro chilenos. Uno de ellos se parecía a Claudio Valenzuela y me hablaba de usted: «¿Lleva mucho tiempo en Uruguay? ¿Le ha gustado? ¿Va a regresar a Buenos Aires después?»

Me contaron que al día siguiente se irían a Colonia en autobús, y luego de ahí tomarían un ferry a Buenos Aires. Yo partiría directo de Montevideo.

En la noche dejé mi iPod conectado al cable conectado al adaptador de usb conectado al adaptador del enchufe uruguayo conectado al enchufe uruguayo, que era algo como esto:

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Por la mañana sólo tomé el «aipaaad» y, luego de desayunar con todos los otros huéspedes y de decir algunas chabacanerías, me largué a caminar. Cuando volví, no estaban ni mi cablerío ni los chilenos. Tanto la dueña del hostal como yo pensamos que los tomaron sin querer, así que me dio el correo de uno de ellos para ver si lo podía contactar en Buenos Aires o, ya de plano, en Santiago.

Estoy harta de ser tan estúpidamente distraída, y de perder las cosas todo el tiempo (la otra vez dejé mi diario con pensamientos máximos y profundos en un locutorio, maldita sea) (pero lo recuperé). Decidí no satanizarme tanto y me fui al terminal. De ahí salió un bus de nuevo a Colonia, y de ahí un Seacat a Buenos Aires. La mitad del camino leí, y la otra mitad me dormí. Cuando arribamos al puerto, cansada de largas filas, esperé en mi lugar hasta que el ferry se vaciara por completo. Cuando me levanté, los chilenos venían por el mismo pasillo. Jamás se me hubiera ocurrido que tomarían el mismo ferry. Antes de decir nada, uno de ellos sacó mi cablerío y me dijo «¡Mira!».

Fue fenomenal y me hizo sentir menos estúpida.

Sección de letreros chistosos:

Este letrero sólo puede tener sentido en esta parte del mundo.

 

 

Estamos de acuerdo en que todo este comercio, que no sé ni de qué era, sería un enorme albur en México.

Perspectivas a futuro:

Creo que visitar la tierra de Onetti, Benedetti y Galeano me dio un segundo aire, y refrescó mi perspectiva del viaje. Aún me faltan los trayectos más pesados, que serán una prueba de resistencia para mi cuerpo y mi mente. Pero también falta lo mejor: las cascadas de Iguazú, el glaciar de Perito Moreno, los Andes, Machu Picchu… Las glorias sagradas del continente. Tengo otra vez la energía. En una hora, por ejemplo, parto hacia Puerto Iguazú. Treinta y cinco horas de viaje en total, ida y vuelta, pero valdrá la pena, estoy segura. O eso quiero pensar. Me reportaré si no pierdo la cabeza.

 

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Me verás caer

Inevitablemente, me sentí sola. Caminé por las calles de Buenos Aires esperando encontrar una cara conocida, pero no había nada.

Y luego, de la nada, en Santa Fe con Uriburu, enfrente de una zapatería con descuentos, la vi.

Cuando estaba en el DF y caminaba por la Roma y la Condesa, o por San Ángel, o por Polanco, o por cualquier lugar que se prestara a mi propósito, mi actividad favorita era cazar artistas. Ignoro por qué, si en el fondo tengo alma de paparazzi como sentenciaban los estudiantes de Sociología de mi facultad, o sencillamente voy con los ojos muy abiertos, o he leído demasiadas TvNotas en el baño de mi casa, o tengo el morbo en la sangre: siempre reconozco a los actorcillos y cantantillos de nuestro espectáculo nacional. No sólo sé exactamente dónde vive Carlos Reygadas (fácil, entrente de Elisa) o reconozco a un integrante de Tierra Cero o veo a Alberto Estrella leyendo un libro en un Vips o sé quién puñeta es Beatriz Moreno porque la vi en Zacatecas con Orizaba… mi proyecto ocioso era abrir un blog sólo con avistamientos (El Cha! en El Imperial, viernes 12, 10:30 pm) por diversión. Empiezo a pensar que me voy a emplear como fotógrafa freelance SECRETA para el pasquín mencionado.

Esta vez vi a Sabrina Sabrok. Sí, la mujer con los senos más grandes del mundo, argentina de nacimiento, que paseaba por Buenos Aires tomada de la mano de su juguete de ocasión. Y en lugar de sentir sorpresa o curiosidad, sentí tristeza: la mujer no sólo tiene senos falsos, sino nalgas falsas, labios falsos, ojos falsos, cabello falso y está virtualmente inhabilitada para sonreír.

Mi soledad se acortó un poco.

El viernes salí con Guillermo/Billy/Willy, de Couch Surfing. Comimos empanadas y hablamos de libros y de historia y de situación política, todo lo cual nos hizo sentir personas muy importantes, hasta que salimos y nos empapamos hasta la médula con la lluvia torrencial de Buenos Aires. Fue una tarde agradable, después de todo, y luego corrimos a su casa y cebamos mate mientras charlábamos de comida. Conocí a sus papás y a su hermana en su bello departamento estilo francés, y luego caminamos hacia un lugar que, dijo, era como de cuento de Roberto Arlt: «Los amigos de Carlitos». Lo malo: estaba cerrado. De modo que volvimos a caminar, pero ahora hacia el «comedero de estudiantes pobres», un sitio de pizzas donde comes parado y tomas un vino muy dulce que parece jerez. Estuvimos a tiempo de cruzar la calle y comprar los boletos más baratos para ver Hedwig and the angry inch, el musical. Al entrar a la sala, como estaba casi vacía, la acomododadora nos dejó en la tercera fila al frente por una propinita. Salimos ganones.

Recordé entonces esa emoción que sentí, a los dieciséis años, cuando vi The Velvet Goldmine por primera vez. Fanny y yo éramos fans de Placebo, como hasta ahora, y por ende lo éramos también del glam rock. Esa película fue entonces una revelación, como lo fue algún tiempo después Hedwig… Hay un post al respecto, que viene a cuento: esa tarde, séptimo semestre de licenciatura, sucedió aquello que no creí que sucedería. Oh, todo tiene alguna conexión y es a la vez tan irrelevante. Por partes…

Ayer fui a Tigre, un pueblito a una hora de Buenos Aires. Me subí a un catamarán que navegó por el río, y que pasó por cada hermosa casa de campo con su muelle particular, mientras yo leía El libro de García Ponce, la historia de amor entre un profesor y su alumna.

El pueblito tiene una pinta muy Nueva Orleáns, un estilo isleño pero al mismo tiempo europeo. Para ir se tiene que tomar el tren desde la estación El Retiro, y viajar durante una hora a través de barrios de clase alta como San Isidro, y también de lugares desoladores y sucios. Es impresionante.

 

Estando ahí di una vuelta en catamarán por el río, rodeado de flora espesa.

Una de mis materias, en el séptimo semestre, era de ciencias políticas. El profesor era un argentino guapísimo que parecía César Évora. Por no sé qué razón, charlábamos mucho, entre clases en la facultad y por correo fuera de ella: nos gustaba leer novelas y eso nos unía, fuera de lo demás. Me acuerdo que me invitó a tomar un café y, lo que es estúpido, mi mamá no me dejó ir y, lo que es más estúpido aún, le obedecí. Ahí terminó una historia de amor que ni siquiera empezó.

Esa tarde, después de la desolación de mi irresuelto affaire profesor-alumna, vi Hedwig en compañía de Fanny y de mi buen amigo El Chalu, día en que por cierto inauguramos la rara costumbre de tomar café soluble Dolca sabor canela (a partir de entonces, todos los saludos de Chalu eran «¿Cuándo unos Dolca?»).

Es increíble. Tres años después todo se une, con un grado más de intensidad.

A los porteños recomiendo enfáticamente que vean el musical. La adaptación es muy afortunada, y la forma en que trasladan el personaje de Michael Pitt a Hedwig es impresionante. La historia es divertida y conmovedora, tiene un poco de cabaret y stand-up comedy, tiene chorcha e interacción con el público, tiene música en vivo y letras desgarradoras, tiene lágrimas y risas. Fue en verdad fascinante.

Mi otra aventura: Willy trabaja en una librería de viejo poseedora de verdaderas joyas. Acá, una primera edición de Los Lanzallamas.

Por ahora estoy resolviendo los últimos puntos de mi viaje. Cuando se viaja de esta forma, se pasan varios días en la planeación. Mis próximas paradas: Uruguay, Iguazú y Calafate. No puedo morir sin ver los glaciares.

 

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Buenos Aires, mon amour

Maxi y Esteban, mejores amigos, viven juntos desde 2007. Ambos son rubios, menuditos, de grandes ojos. Uno es periodista deportivo y el otro estudia sociología. A pesar de que su departamento no es grande, me dieron una cama, un juego de llaves y me dijeron que hiciera lo que quisiera en la cocina/área común/baño.

¿Recuerdan esa percepción generalizada -sostenida incluso por mí misma en mi estadía en Taganga- sobre la arrogancia de los argentinos? Nada podría ser más falso. De hecho, tuve que elaborar una teoría según la cual, algunos argentinos dan mala imagen sólo en el extranjero. En su país de origen, son encantadores.

Desde el señor en el bus rumbo a Boca que te habla de cuando llegó a Ushuaia en 1947, de familia italiana. La mesera que te trae los cafés. Los cocineros de la pizzería Kentucky, afuera del subte Plaza Italia, que dicen «fue un placer» y «¿le sirvo otro vaso de vino de la casa?» (por doce pesos mexicanos uno se puede emborrachar con un vino poco fino, pero delicioso). La rubia vegetariana del hostal que defiende su estilo de vida ardientemente. Una pareja hablando puras linduras halagadoras de México en el bus, sin saber que yo era mexicana. Las personas que te piden direcciones en la calle -increíblemente, lo han hecho conmigo e, increíblemente también, he podido ayudarlos gracias a mi mapa. He visto por todos lados Jake Gyllenhaals tímidos, charlando con Brad Pitts callados en el subte. Por poco dinero, uno come como los dioses: carne, empanadas, pizzas, tartas de espinaca, alfajores de dulce de leche, café con medialunas…

Hay mucha melancolía en Buenos Aires, una ciudad que sólo puede conocerse a pie. He elegido, por gusto, recorrerla en soledad. Del jardín japonés, donde sufrí con los inmensos peces reptilianos, hasta Puerto Madero de noche. De los bosques de Palermo al cementerio de Recoleta. Me he tomado un expresso en cada café que he encontrado a medio camino, y charlado poco, porque de pronto se me quitan las ganas.

Es verdad que, después de un tiempo, uno se siente abrumado por las grandes cantidades de turistas. Se siente como si entorpecieran la percepción de la ciudad, como si mancharan la esencia de algo separado de ellos, algo que debe coexistir sólo entre las calles y los porteños. Después de un tiempo, uno ya no quiere ser turista, sino fundirse. No quiere preguntar por direcciones con un acento diferente, sino moverse como pez en el agua. No ver más flip flops y bermudas, sino sentarse en un bar a conversar de algo más que cómo se dice resaca en ocho dialectos distintos.

La razón por la que viajo sola y no con amigos es que siempre necesito mi soledad. Hay días en que no me dan ganas de hablar con nadie, no por melancolía, sino porque me gusta disfrutar del paisaje, leer mi libro y caminar con los audífonos. Buenos Aires se presta mucho para eso.

Algunas fotos de ocasión:

La tumba de Evita, que no es ni remotamente tan bella como otras en el mismo cementerio. Por supuesto, es la única que atrae a los turistas por montones, fascinados con el mito. Desde luego, no pude evitar ir a ver, porque yo también siento cierta fascinación -y cómo no, si Eloy Martínez nos hizo sentir más curiosidad por el cadáver que por la mujer en «Santa Evita». Por cierto, una tristeza su muerte reciente.

Más chisme en el Museo de Evita: sus vestidos (claro que no hay tanto chisme como en la novela citada, pero es igualmente recomendable).

En el jardín japonés hay peces asquerosos nadando en el estanque. Yo, que padezco ofidiofobia, crucé los puentes con las manos temblorosas y los ojos apretados (el lugar sería un mini-paraíso para Jair Trejo, por ejemplo)

La calle Jorge Luis Borges, en Palermo, le daría vergüenza a Borges: es como Tamaulipas en la Condesa, llena de lugares nice para ir a tomar una copa, tiendas de ropa con nombres curiosos («No me toques» o cosas así) y gente con onda. Acá el complejo Borges, donde cualquier escritor que no se respete querría vivir.

Mi prima, que es muy hipster-fashionista-escenosa-pero-jipi-orgánica y lleva cuatro años viviendo en Buenos Aires, me recomendó una peluquería llamada Roho en Palermo. Ayer fui a que me arreglaran mi corte y me sentí como en el bar con más onda del universo, sólo que ahí me lavaron el pelo en una sala pintada de negro con fosforescencias, y mientras yacía acostada veía una película en pantallas pegadas al techo con Tim Robbins (mientras tanto, la señorita me enterraba los dedos con fruición, como si nunca me hubiera lavado el cabello o apenas regresara de una aventura en las montañas). Luego un tipo delgado me hizo unos cortes menores para asegurar que el pelo me siga creciendo, y mientras tanto música tecno-indie resonaba en mis orejas. Al final, el corte ni se nota pero ah, qué bien la pasé.

Por cierto: la escena es paradójica. Yo en Buenos Aires, y mi prima -con su acento aporteñado- en casa de mis papás, tal como me escribió. El mundo está al revés.

 

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¡Denme un solaz!

Hoy iba en el subte charlando con un chileno que conocí en el hostal y que habla hasta por los codos de temas enciclopédicos varios (de la trombosis al corazón al nombre científico de todas las palmas africanas con pata de elefante a las variedades de «ají» boliviano a los músculos ejercitados en las fuercitas a las técnicas de hipnosis al sicoanálisis puntual de mi persona). Cuando bajamos en la estación Plaza Italia, noté que mi bolsa estaba abierta. No necesité revisar para saber que me habían robado la cartera.

Tres horas empleé para cancelar mis tarjetas y comunicarme tanto con Ixe como con Banamex, y por ende con Visa y Master Card. La lección: Banamex es una auténtica mierda incompetente y abyecta, Ixe es lo máximo, y las ejecutivas sudamericanas de Visa y Master Card son increíblemente pacientes, bondadosas y altruistas. El subte es un túnel oscuro y sucio donde es imposible hablar con acento extranjero, y yo soy una pelmaza distraída sin remedio.

No perdí mucho dinero (sólo tenía unos sesenta pesos argentinos) y bloqueé mis cuentas, pero me duele haber extraviado:

1) Mi credencial de elector -en la foto salgo, cosa rara, fotogénica. En la siguiente seguro saldré con el ojo chueco y el cabello enmarañado.

2) Mi RFC enmicado.

3) La cartera Old Navy que mi hermano me regaló a los dieciséis años.

4) Mi credencial de la UAQ, recuerdos universitarios que se irán.

5) 250 pesos mexicanos y varios billetes colombianos y venezolanos de recuerdito.

6) Muchas monedas argentinas, que en este país escasean y son preciadas.

Luego de eso traté de ser positiva, y Nicolás y yo nos encaminamos al Jardín Botánico después de comer unas rebanadas de pizza sentados en el parque. Allá fuimos devorados por los zancudos, un auténtico ataque que nos hizo arrastrarnos entre maldiciones varias y lamentos lejos del paraíso botánico. El diagnóstico fue picaduras extremas por todo el cuerpo, tantas que tuvimos que caminar por algunas calles de Palermo y Recoleta rascándonos la piel hasta dejarla en carne viva.

No lo parece, pero en el fondo sufro, ¡sufro!

Es curioso: mi primera mañana en Buenos Aires me encontraba desayunando en un hostal en la calle Florida. De pronto, un chileno se sentó junto a mí y me preguntó si era venezolana (he escuchado que me dicen ecuatoriana, colombiana, venezolana, chilena o argentina; nadie jamás dice México en primer lugar: supongo que mis paisanas no viajan mucho al sur, maravilladas con Europa, ¡éjele!)

Bernardo es un mapuche moderno, de cabello largo y ojos rasgados. Me contó que estudia historia en la Universidad de Chile y que vino a Argentina buscando unos libros en específico. Terminamos acordando visitar la Boca juntos: fuimos a el Caminito, nos sacamos toda clase de fotos turísticas idiotas, vimos el estadio del Boca Juniors, y acabamos vagando por las calles lejanas a la zona turística, la Boca verdadera.

Clásica foto pendeja para Facebook… que ya mismo subo.

 

Cuando vi estos zapatos pensé en Plaqueta y cómo tal vez le encantarían

 

Para que todos mis amigos pamboleros sientan ira, envidia, dolor…

En una cantina-restaurante típico nos comimos un bife de chorizo, seis centímetros orgásmicos de espesor que me hacen sentir pena por los vegetarianos, acompañado de un litro de Quilmes negra.

Conocencias casuales

En la mesa de al lado había un señor callado acompañado por dos argentinas de unos cincuenta años, rubias y alegres, que me dijeron que soy idéntica a Verónica Castro (?). Terminamos platicando con ellos sobre infinidad de cosas, y al final una de ellas (la carola, le decía Bernardo) nos invitó a su casa, uno de los departamentitos miserables de lámina clásicos de Boca, y cebamos mate con ella. Resultó medio bruja y le leyó las cartas a Bernardo, pero yo me rehusé a que hiciera lo mismo conmigo (todo lo esotérico me produce ronchas y jamás en mi vida voy a consentir que me embarren en sus ondas). Tal vez varios en mi situación se hubieran sentido tentados, que les leyeran las cartas gratis, pero no yo. La carola decía cosas tan evidentes, cosas que a todo mundo le diría («sos un líder», a Bernardo: «vas a llegar lejos» y «sos bien distraída», a mí; lo primero algo que todos quieren escuchar, lo segundo algo evidente a simple vista).

Salimos de ahí después de haberle prometido visitarla luego. Tal vez lo haga.

Par mí que esto es Boca y no las bailarinas de tango cobrando por la foto…

Al día siguiente paseamos por San Telmo con un ecuatoriano del hostal, un tipo callado y tímido. Caminamos por sus calles típicas, y de nuevo comimos otros seis centímetros de paraíso, acompañados de papas fritas. Todo es tentador: las antigüedades, la carne, los alfajores, la vista, la arquitectura. Buenos Aires es tan hermosa que es difícil escribir conclusiones apresuradas sobre ella, y además todo está empañado, cubierto por una densa capa de calor: ayer estuvimos a 37 humedísimos grados centígrados.

En la calle Bolívar encontré la librería El Rufián Melancólico, que desde luego me hizo pensar en Rufián y en Roberto Arlt. Me saqué la foto de ocasión:

Con look de carnicera (o butcherette)

Hay tanto aún por conocer de Buenos Aires y de Argentina que mi robo furtivo no me duele tanto. Acumulo puntos kármicos, supongo, así que pronto algo realmente bueno me ocurrirá. O no. Al menos mañana me mudo con un couch-surfero, Esteban, que vive en Corrientes: cerca de todo y con tiempo suficiente para caminar, recorrer y aprender. Ésta es, verdaderamente, la ciudad de la furia. Y de los sueños.

 

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¡Dios!

La expresión que más escuché durante mi estadía con el camarada Reindertot fue «¡Dios!». No con una connotación religiosa, ni como resultado de una sorpresa no calculada. Mientras jugábamos Rock Band, veíamos Friends, comíamos tequeños acompañados de cubas libres, o bajábamos por los incontables pisos de Parque Central, el «¡Dios!» era una forma de expresar diversos sentimientos: sorpresa, risa o solidaridad. En mi post anterior he contado que mi suerte cambió una vez que pisé Caracas. Ahí fui recibida cálidamente tanto por el camarada como por Nathaly -verdadero ejemplo de la belleza venezolana-, y enseguida comí arepas caseras y bebí ron auténtico de piratas. Por la noche fuimos a bailar al famosísimo El Maní es Así, sitio emblemático de salsa, donde un sambo me sacó a bailar. No sé por qué accedí, si mi torpeza trasciende ritmos, pero al menos lo intenté. También conocí a Carlos Sicilia, figura emblemática del humor en Venezuela, con el que charlé un rato (sobre todo de Rius).

Lo interesante de Venezuela ocurre una vez que se pisa la frontera: el país está increíblemente politizado (como siempre, mi guía Fodor’s me recomendó no enredarme en discusiones de política, cosa que es casi imposible de evitar). Caracas, por ejemplo, es una ciudad muy moderna, repleta de rascacielos, oficinas y restaurantes. El nivel de vida de los caraqueños es alto, tanto que la ciudad es el triple -o cuádruple- de cara que en el resto del país (naturalmente, mi marrez a ultranza me obligó a escandalizarme con los precios de los sándwiches de pernil, la merengada de Óreo o la arepa de cuajada o de caraotas, acostumbrada como estaba a la mala vida que me di en Colombia en términos culinarios).

Visité El Hatillo, un pueblo típico en el que los capitalinos se refrescan los fines de semana, y también subí al Ávila, el imponente cerro que vigila la ciudad. El teleférico es larguísimo y estúpidamente alto (la subida dura veinte minutos), no apto para los que sufren de vértigo. Debo decir que emprender dichas actividades con mis anfitriones fue un verdadero placer, tanto que me sentía como la refugiada de guerra a la que han acogido en un ambiente seguro y tranquilizador.

Por supuesto, en mi estadía tuve que buscar la forma de obtener mi pasaje a Argentina, empresa que fue todo menos fácil (en el ínter me metí a ver Nine, que me pareció hermosa: ¡gran número -el segundo- de la Cotillard! También leí un libro muy ad hoc con mi viaje, Radio Ciudad Perdida, de Daniel Alarcón) (lo que me pone a pensar que siempre busco literatura acorde con mi destino: Bajo el Volcán en el volcán Pululahua, La Playa en la playa de Taganga y éste en Caracas; en Argentina leo al maestro Sabato).

Comentarios al pie: los venezolanos, al menos aquellos con los que me relacioné en intercambios comerciales, son extremistas… Viajan de la cortesía más encantadora a la hostilidad sin cortapisas, y se enojan cuando uno pide algo que viene incluido en la carta pero que no tienen. Reductos del estrés de las grandes ciudades, supongo.

El rumor de las chicas «con complejo de miss» (camarada dixit) es casi enteramente verdadero. Sólo en Medellín vi a tantas muchachas tan arregladas, pero lo que me pareció más importante es que los hombres venezolanos son más guapos que los colombianos (!).

Finalmente, cuando miraba las montañas detrás del Ávila y la bruma que se forma alrededor de ellas (lo que hace suponer pozos, mundos inexplorados de cara al Caribe), me di cuenta de que el quid de un viaje a Sudamérica no son tanto las ciudades como esos paisajes imponentes: la belleza natural de la tierra y sus accidentes geográficos, esas ciudades que siempre crecen rodeadas de cúspides y volcanes.

Por fin, el miércoles pasado, me encontré en el aeropuerto internacional (sangrada económicamente) para viajar a la tierra del gaucho y el mate. Ahí conocí a un argentino jipioso, Leandro, que viajaba con poca «plata». Compartimos indignación por los 190 bolívares que tuvimos que pagar para abandonar Venezuela, y luego esperamos sentados en el piso de la sala de abordaje. Me contó de su travesía a través de Bolivia y el barco en un afluente del Amazonas, por Brasil (un viaje que quise hacer, pero que al final me pareció demasiado peligroso estando sola), para llegar a Venezuela. En un momento dado sacó una baguette enorme y un pedazo de mortadela. Se preparó un «sánguche» improvisado y lo partió en dos.

– ¿Querés?

En ese momento pude ver la belleza de conocer viajeros en el camino. Acepté el sánguche y me lo comí con gusto, sabiéndome acompañada. Coincidimos en las fortalezas de los viajes, en esa resistencia que se desarrolla luego de pasar quince horas seguidas dentro de un bus terrible que viaja por carreteras angostas de cara a despeñaderos, y cómo un viaje de seis horas por avión parece pan comido (también comentamos que luego de esos trayectos, las montañas rusas son la cosa más ñoña del mundo, pues no incluyen el auténtico y necesario miedo a morir).

Luego de dos comidas de cartón, dos películas malas, tres niños llorando, y el atardecer más rápido que recuerde, aterrizamos en la ciudad de la furia. Compartimos un taxi hacia el barrio de San Telmo, por escandalosos cien pesos argentinos. Una vez en la avenida 9 de julio, mi aventura argentina comenzó de manera oficial…

 

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Aventura en la frontera II

En mis últimos días en Cartagena pasé el tiempo paseando por la ciudad amurallada, mirando hacia el mar, sabiendo que era tiempo de partir. El jueves salí rumbo a la terminal a eso de las nueve de la mañana, y cuando llegué ya no había autobuses directo a Venezuela -ni a Caracas ni a Maracaibo. Según mi fiel amigo Google, mi otra opción era partir rumbo a Maicao y de ahí cruzar tranquilamente a la tierra del tequeño y el ron auténtico de piratas.

Tomé una buseta Expreso Caribe, un viaje que me pareció infernal de casi nueve horas, en las que paré en cada lugar en el que ya había estado antes, pero ahora como a través de un cristal. Para añadirle dramatismo a mis desgracias, ya no traía pesos colombianos, y en el camino me comí un kilo de mandarinas para paliar mi dolor (y porque era para lo único que me alcanzaba).

Llegué a Maicao de noche, casi a las nueve, y en el pueblo no había terminal, como pensé primero, sino una calle miserable llena de comercios y gente vendiendo chorizo y arepas. En cuanto me bajé, un tipo me preguntó si iba a Maracaibo, y enseguida tomó mi mochila y la metió en la cajuela de un coche tipo lancha, un Malibú setentero que se caía a pedazos. Yo intenté resistirme, pero pronto descubrí que era la única opción: el viaje me costaría 80 bolívares y me dejaría en Maracaibo, desde donde podría tomar un bus a Mérida -la que, pensé, sería mi primera parada venezolana.

Me consoló saber que viajaría con otros cinco pasajeros, entre ellos una casi adolescente de mirada furtiva, y una señora que no se subió a la lancha sino hasta que se terminó su café tinto. El chofer pasó todo el camino diciendo que él no acostumbraba hacer esta ruta de noche, porque era muy peligrosa, pero que llevaba tres días sin comer y había decidido no fijarse en los detalles. Un puesto de control tras otro, hasta que llegamos a las oficinas de migración. En la primera parte mostré mi pasaporte, se me preguntó qué hice en Colombia («vacacionar», contesté con un tono muy casual), y salí de ahí como si nada.

Fue hasta el segundo puesto que ocurrió la desgracia. Para este punto, yo sabía que no podías viajar sin perder algo, que los viajes placenteros y sin contratiempos sólo existen en la mente del que no viaja. También tenía una lejana idea sobre algún impuesto fronterizo, y cuando el policía me dijo que tenía que pagar 50 dólares por «el convenio entre México y Venezuela», no dudé y sencillamente lo hice. No hubo resistencia de mi parte, no hubo escepticismo, no hubo un «¿qué te pasa, hijoeuputa? ¿Qué tú crees que yo soy una pendeja ingenua sin idea?». No lo hubo. Sólo caminé hacia la lancha, saqué mi mochila y busqué el billete de 100 dólares. Mientras lo buscaba entre mis calcetines y mis playeras, la señora del tinto me apuraba. «No quiero dormir en el terminal de Maracaibo, ¿por qué no tienes tus cosas a la mano, niña?». Yo no escuchaba. Sólo pensaba en el billete, en el impuesto y en la pérdida.

Convenientemente, el policía no tenía cambio de un billete de cien dólares. Me dio cien bolívares fuertes y me sonrió, como el beso de Judas. Yo sabía que estaba siendo estafada, pero algo en mí me impelía a actuar mansamente y obedecer. No dije nada.

En la lancha todos me preguntaron cuánto me cobró y enseguida me hiceron notar, de forma repetitiva si he de ser detallista, que me vieron la cara. Yo no quería saberlo, aunque lo supiera. No pensaba en los casi 80 dólares que había perdido, ni en lo fácil que había sido para el policía, sino en cuánto deseaba que todo acabara de una buena vez. El tipo tenía un arma, y aunque no tengo experiencia al respecto, si la tuviera ella me diría que nunca debes negarte ante un hombre armado. Además, trataba de ser positiva: el policía había resulto involuntariamente el problema de los bolívares que había de pagarle al chofer de la lancha-taxi-colectivo.

El camino a Maracaibo fue pesado e incluyó una carga de gasolina en una casa con las luces apagadas, donde se dedicaban al contrabando de gente. Incontables retenes donde a cada tanto tuvimos que mostrar nuestros documentos, y hasta una revisión exhaustiva de nuestro equipaje. Una carretera llena de huecos y sin señalizaciones. Los comentarios del chofer, siempre catastrofistas, y la hostilidad de mis compañeros de viaje, tan acostumbrados al cruce fronterizo.

En el terminal no había buses ni para Caracas ni para Mérida; de hecho, no había buses en lo absoluto. Dejé mi mochila en la sala de espera y me resigné a esperar hasta la mañana siguiente. Charlé un rato con un taxista, un negro de ojos bondadosos al que terminé contándole el robo del que fui parte, y que me contó de sus hijas y hasta me ofreció su casa para pasar la noche. Me negué primero, pero supongo que habría terminado aceptando si hubiera insistido más. Le dije que no sabía si ir a Mérida (quería pasar a la famosa heladería Coromoto y turistear un poco por la ciudad andina) o a Caracas directamente. Me dijo que tenía que decidir qué haría, y sólo farfullé que quería ver a mi amigo (el camarada) y de ahí decidir.

-Lo que usted quiere es el calorcito de una cara conocida.

Cuando lo dijo quise llorar, porque era cierto. Qué ganas quedaban de turistear después del robo y el viaje. Acordamos vernos a las seis de la mañana para que me llevara a un cajero (yo sólo tenía cuatro bolívares en el bolsillo, suficientes para un tequeño gigante), y me acomodé en una silla. Pronto me dormí.

Como a eso de las tres, un flaco canoso me despertó. Me dijo que había un carro a Valencia, y que de ahí sería fácil tomar un autobús a Caracas. Primero dudé, pero luego vi que la señora del tinto y otro de los que venían de Maicao iban a tomar el carro. Se trataba de una lancha similar, más sórdido que la anterior, y esta vez no dudé en permitir que amarraran mi mochila con mecates a la cajuela.

En el camino dormité la mayor parte del tiempo, y siempre tuve pesadillas. En cada parada deseé un café, pero no tenía dinero: ni pesos colombianos ni bolívares ni nada. Salimos a las cuatro de la mañana de Maracaibo. Llegamos a las once y media a Valencia. En el camino, uno de los pasajeros se enfrascó en una pelea con el chofer. Al principio yo observaba la discusión sin entender qué pasaba, hasta que un colombiano-venezolano a mi lado me explicó que, en realidad, era por mí: el chofer quería pasar a un cajero a que yo sacara dinero, y el otro tipo (un negro impresionante que, ironías, primero me pareció guapísimo) alegaba que tenía prisa y que no era justo que se detuvieran para semejante idiotez. La hostilidad era tan evidente que ya ni siquiera me provocaba nada, era sólo parte del viaje infernal para llegar a tierra conocida, una serie de trámites molestos para alcanzar un sitio seguro.

En Valencia me comuniqué con Gregory, me comí una arepa y me bebí una malta, y tomé el bus a Caracas. A mitad del camino nos cambiaron de unidad, porque a ésta se le había descompuesto el aire acondicionado, y durante todo el trayecto sufrí por un dolor de cabeza atroz (tal vez somaticé, tal vez el aire acondicionado me jode más de lo que me gustaría).

Llegué al departamento del camarada a las cuatro de la tarde. Me recibió con una Pepsi y un sofá muy cómodo. Aunque hablé del robo y del viaje como una desgracia, algo me decía que pudo haber sido peor. Y aunque intenté justificar mi torpeza con la policía, en el fondo aún tengo la certeza de que pudo haber sido peor negarme. O eso me gusta decir, nunca he sido buena defendiendo mis derechos.

No todo es trágico. En cuanto pisé suelo caraqueño, mi suerte cambió. Pero de mis aventuras en esta ciudad, oh amigos, he de hablar en otra ocasión.

 

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En Cartagena

Desde hace ya varios días, todas mis comidas incluyen alguna porción de arroz blanco y plátano macho. Estoy al borde de la locura. Hace rato, después de que mi alma lo implorara, me comí una crepa de Nutella en un lugarcito en Cartagena. Mientras esperaba mi orden, languideciendo en una silla de plástico en la calle, un gringuito pasó caminando. No podría lucir más turista ni aunque lo intentara: huarache-tennis, bermudas y un sombrerito ridículo que, de acuerdo a sus razonamientos, le refrescaría la cabeza.

Nos preguntó si era un buen lugar para comer. Como nadie había comido nada, le dijimos que no sabíamos. Se quedó pensativo, ponderando la situación. Decidió irse por donde venía. A los tres minutos apareció de nuevo y, alzando dramáticamente las cejas, dijo que ese camino no era aconsejable para la gente decente. Desapareció otra vez. Cuando le di la primera mordida a mi crepa, el tipo ya estaba sentado en el mismo lugar pidiendo una pizza. Me pareció encantador.

El hostal en Taganga estaba lleno de argentinos. Todo esto lo conté -o lo contaré próximamente- en mi columna de El Chamuco, pero da igual: los dueños son dos bogotanos, uno llamado Jairo y el otro sepa cómo, que se la pasan fumando mota todas las tardes. Ahí mismo, tirada en las hamacas, escuché conversaciones increíbles y chuscas entre Jairo y los argentinos (que no hacían otra cosa que rolarse los porros indiscriminadamente).

Uno de ellos, por ejemplo, dijo que conoció a uno de los paisas. «Pero, ¿cómo? ¿Vos sos de Medellín?», le preguntó el argentinito. «No, soy de los Paisas, de los Paisas, che» (le contestó, presuntamente, el narco). Ahí supe que los sicarios ganan de tres a diez mil dólares por muertito, dependiendo del grado de dificultad e importancia de la víctima, y que una vez un sicario, siempre un sicario. Un oficio ingrato, como puede verse.

Otra tarde, mientras veía a Carmen Aristegui sobre la hamaca del área común, un argentino me preguntó si era mexicana. La conversación hubiera quedado ahí atascada de no ser porque se fue la luz y nos vimos forzados a intercambiar datos culturales, halagando mutuamente nuestras culturas. Mientras yo hablé airadamente de la literatura argentina, el tipín se limitó a nombrar a Café Tacvba como su banda favorita de pubertad. Después se puso a despotricar contra Borges con tal ira e intensidad que temí haber dicho algo malo, inventé una excusa, y me deslicé a otra hamaca con rapidez.

Las argentinas, en cambio, eran todas unas perras.

Paréntesis políticamente correcto: Odio los estereotipos culturales. Los odio como el niño odia los lunes, como el empleado a su jefe, como el inquilino al casero, como la anoréxica al espejo. Me duele ser tan dependiente al picante y que la gente se ría y diga «claro, mexicana», y que se diga que los argentinos son todos unos arrogantes… Pero, carajo, estas tipas le hacían honor al cliché.

Me quitaban de la mesa para «cenar», apagaban la luz de la cocina aunque me vieran ahí adentro picando pepinos, y monopolizaban la televisión con tal saña que parecían hacerlo sólo para joder (por supuesto, ni quién quiera ver la tele en sus vacaciones en el Caribe… err… sí).

Hace rato las vi caminando por el centro de Cartagena, ¡por Alá! Un viaje de cinco horas para encontrármelas ocho después, ¿de qué se trata esto?

Ahora sí me siento atlética. He hecho mucho trekking en lugares que casi me han llevado a la muerte sólo para traerles fotos como ésta, que ni siquiera tiene gracia:

Si sienten que la calidad de mis posts ha disminuido, no están en un error. Pero ya casi me voy de Colombia, y las cosas adquirirán un tinte dramático una vez que esté en Venezuela. ¡Arrozconplátano!

 

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La playa

Tengo la creciente sensación de que esto no es la realidad. De que volver a mi vida cotidiana, donde no hay cervezas sobre hamacas en una playa caribeña, será un golpe demasiado duro de afrontar, el balde de agua fría después de un sueño pacífico y conciliador. Debí escuchar a Luis Frost cuando me dijo que no lo hiciera, que no viajara, porque después todo pierde sentido. Es difícil hacerse a la idea de que uno debe tragarse sus vacaciones y volver a la vida oficinística/freelancera, pagar la luz y el agua, comprar leche cada tercer día, estar al día con la tarjeta y visitar a la familia con regularidad.

En Santa Marta me sentí como personaje de Fernando Vallejo: el pueblo es pequeño y sofocante, las calles son como túneles por donde uno transita con el sudor en la espalda, y las prostitutas no hacen distingos entre hombres o mujeres. Yo había viajado afiebrada desde Barranquilla, y todo parecía estar en otra parte, donde no podía alcanzar nada.

Ahora, en Taganga, me siento como personaje de Alex Garland. Hay un paraíso allá afuera al que debo llegar, pero hay como una pared, y esa pared es mi trabajo y mi vida cotidiana.

Quizás todo sea producto de la cerveza sobre la hamaca, en efecto. O los arrecifes de ayer, en Parque Tayrona, a los que se llega luego de una caminata por la selva de 45 minutos. El mar es hermoso, entre azul y verde, y la arena es como rocas diminutas. Por supuesto, mostraría la foto… pero olvidé la cámara. Deben ser las cervezas tropicales. Ustedes me dispensarán.

 

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Shakira, Shakira (fotopost vegetariano)

El vuelo Medellín-Bogotá ha sido uno de los más angustiosos: en la casi media hora de vuelo sólo hubo turbulencias violentas, y el piloto se la pasó diciendo sandeces para que nadie sintiera terror. Conclusión: todo era culpa del cambio de temperatura -y tal vez de la aerolínea de bajo costo que, según Lina en Bogotá, es la que tiene mayor número de accidentes en Colombia.

Una hora en una ciudad tan linda, pero no pude ver a los amigos. En lugar de eso, esperamos unas dos horas como zopencos a que saliera el vuelo rumbo a Barranquilla. Ahí, por supuesto, todo fue tranquilo… de no ser por un escuincle que se la pasó llorando y pataleando sin cesar. Al salir del avión, el hornazo fue tan evidente e impactante que me dieron ganas de arrojar mis ropas a los policías y decirles «¡¿Cuál es su maldito problema?! ¡¿Cómo pueden vivir con este calor endemoniado sin tener la clara convicción de cometer suicidio todos los días?!»

Después de eso me metí en un taxi y juré no ser una quejumbrosa… a pesar de que mi cuerpo sea como un camarón al horno con múltiples ardores.

Algunas impresiones sobre la tierra que vio crecer a Shakira representadas en fotografías (advertencia, algunas imágenes pueden herir nuestro imaginario histórico y resultar en una deshonra para la cultura nacional):

Esta sopa de gandul es como Alá personificado: tiene los tubérculos más usados por acá, ñame y yuca y otras cosas cuyos nombres no recuerdo y de las que jamás hemos oído hablar en México, como el 70% del departamento de frutas y verduras de Colombia.

 

Combinado (pollo, lomo, butifarra, banano y sepa qué más) con mazorca desgranada y papas a la francesa. Un golpe de grasa directo al torrente sanguíneo. Lo mandaré como colaboración al This is why you’re fat

Todo lo cual nos lleva a la siguiente imagen:

Sujeto femenino no identificado caminando por la calle -inserte número que no recuerdo- al final de la comparsa precarnavalera. Cankle evidente (guiño a los que vieron Shallow Hal)

 

En exclusiva para los lectores de la Isla a Mediodía: el depto de Shakira en Barranquilla, hijoeputa.

También me gusta ofrecer diversos servicios a los incautos lectores de este cuchitril. Dos ejemplares -masculino y femenino- que te regalan cigarros mentolados y te dejan sacarles fotos y dicen «ay marica» a discreción:


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Si a veces se preguntan cuál es la imagen de México en el extranjero, no busquen más: nuestros héroes nacionales son todos sombrerudos con bigote, «sí iñor»

La vista engaña: ¿es esto un flan napolitano? ¡No! Es cuajada con panela derretida en un disfraz de flan napolitano. Esos colombianos, siempre tan bromistas.

La verdad esta foto es sobre el Peñón de Guatapé, cerca de Medellín, pero está bien bonita. Es como ¡el milagro de la naturaleza!

 

 

Esta foto también es en Medellín, pero ilustra la teoría de la influencia cortazariana en la arquitectura sustentable colombiana -ejem. No confundir parque con parque.

También en Medellín, pero da igual, porque hay Crepes & Waffles por todo el país. Una vez más, algún heroicillo nacional se está revolcando en su tumba.

 

***

El punto es: después de perseguir una playa desde mis aciagos y ventosos días en el Ecuador, y mis consecuentes pasos por ciudades calurosas con todo el ánimo costero pero sin playa, ansiaba llegar a la arena, tumbarme frente al mar y beberme una cerveza Águila sin pensar en el mañana. Desde que tenía 16 años, me vestía toda de negro y escuchaba banditas goth para mariquitas, ir a la playa me parecía un placer mundano: odiaba llenarme de arena, sentirme pegajosa, que las olas me revolcaran y tragarme agua de mar sin querer.

Después de años de no ir, por gusto, fue lo primero que quise hacer en Colombia. Más de dos semanas viajando, apretada y cocida a fuego lento dentro de busetas diminutas, hospedada en hoteluchos menos dos estrellas, o en casas de personas excelentes, comiendo delicias gastronómicas y anticipando el placer. No pude ir el primer día en Barranquilla, ni el segundo, pero hoy, después de media hora de camino y un retén… por fin lo vi.

El imponente mar.

 

 

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