NY cares

Nunca he estado tan pobre como ahora y nunca he viajado tanto como este año. Apunte rápido, antes de continuar con mi tortura bloqueada de Chicago: fui a Nueva York un par de días, a un evento de Grey Goose. Íbamos diez sujetos, de distintos medios, cosa que suele terminar en desastre. Sin embargo, otra vez, como en Chetumal, hubo una buena onda general. Llegamos a la 1 de la madrugada, al hotel de ventanas redondas que siempre se me ha figurado una lavadora gigante, a una cuadra del Chelsea Market. Salimos a caminar por la Novena, la Octava, la Séptima, con algún fin que nunca se concretó; terminamos en un deli, comiendo un bagel tostado de cream cheese. En una mesa, un uruguayo gordo dijo que era adivino y que vivió en Madrid, nos contó toda su vida y era tan intrusivo que por ratos lo ignorábamos y luego volvíamos a escucharlo. A mí me gustaba que fuera uruguayo.

Tenía sentimientos encontrados, seguramente es una estupidez, pero estaba con el humor de Chicago, pensando en Chicago, meditando sobre Chicago, y había puesto en mi lista de prioridades a Chicago como ciudad, incluso sobre Nueva York. Ir a Nueva York una semana después, por tan corto tiempo, era una contradicción y un despropósito. A las ciudades siempre las he visto como personas: tienes romances con ellas, piensas en ellas, debes darles su lugar y su momento, y yo estaba ahora enamorada de otra, similar, una que de hecho tiene una rivalidad manifiesta con Nueva York, que es distinta de ella en muchos sentidos y similar en otros. Vamos: no quería ir a Nueva York y comprobar que, acaso, es mejor. Que es más bella e interesante. Dejarme enamorar con tan poco, con unos besos. Era una infidelidad.

Pues fui. Y fue extraño, porque no deseaba realmente ir. Pero, ¿quién no desea ir a Nueva York cuando sea, como sea? Sentí un desapego absurdo al caminar por sus calles, a las que comparaba con Chicago, como si algo en mí me recordara no emocionarme demasiado porque mi corazón -ay, ingenuo- estaba en otra parte.

Por fortuna (o no), lo poco que tuve tiempo de ver, al convertirme en guía desinteresada de una chica que conocí y con quien logré formar una amistad que yo sentí auténtica en tan poco tiempo, fue lo que denominé pretenciosamente el tacky New York. Lo que cualquiera que no ha visto la ciudad quiere ver, porque es lo lógico: la Quinta avenida, Times Square, trozos de Central Park. Por la noche convencí al grupo de ir a cruzar el puente de Brooklyn de madrugada. No hay nada más impresionante que ir acercándose al skyline nocturno por el puente, con el agua a ambos lados, infinita y palpitante y oscura, entre cables de acero y columnas de tabique y soportes de hierro oxidado, y de nuevo sentir lo que sentí en Chicago: de estas ciudades no impresiona la mano de dios sino la del hombre. La ingeniería inmortal.

Sólo había ido dos veces antes de ésta, pero durante ambas la recorrí intensamente. Mi plan era, al volver (en un viaje personal), ir a Queens, al Bronx, tomar el ferry a Staten Island, reducir las dimensiones de una ciudad que me parece infinita. Esto fue un baje de pretensiones. No hay forma de conocer Nueva York. Pensé también que no me gustaría vivir allá, aunque siempre creí que era un deseo no formulado. Mi nueva amiga me dijo: es como vivir frente al mar. Nueva York siempre deberá ser un descubrimiento.

 

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Primavera fría, NY

Fuimos a un bar gay, no, fuimos a dos bares gay, sin intenciones. El primero en Williamsburg, a unas cuadras de un puente (en mi mente, debajo del puente mismo), después de una fiesta frustrada en que la roommate de alguien azotó puertas y pasó al lado de nosotros como un fantasma, aterrándonos. En el Metropolitan (el bar, no el museo) H dijo que había «puros tornillos». Nos reímos, tomamos Stella. Nos acompañó la amiga de H que fingía acentos británicos con extranjeros y era amiga de las hijas de Josefina. Había dos gemelas de Joan Jett, las dos delgadas y de brazos tatuados, que se besaban. Era extraño, como ver a dos siamesas. Luego llegó Natasha the cook, quejándose de la poca densidad de mujeres. Raro. Al salir comimos bagels en un deli de madrugada: una de las tantas versiones de los tacos nocturnos fuera de México.

El segundo bar gay al que fuimos fue por causalidad, porque ya no encontrábamos nada en Lower East Side en domingo. Ahí sí había puros hombres, unos pocos sentados enfrente de la barra, bebiendo sus cervezas masculinamente, sólo que a veces se besaban. El que animaba, pantaloncitos de licra blancos pegados a las nalgas y una chaqueta china rosa pálido, nos regaló huevos de Pascua. El mío tenía una bebida gratis.

En Central Park vimos a un actor, luego me enteré que se llama Tate Donovan, es el que la hacía de Joshua en Friends, el que Rachel quería darse insistentemente (luego sí se dieron en la vida real; ahora anda con una señora rubia anodina).

En el metro camino a Coney Island había una pareja de señores rusos: él traía el pantalón con la raya bien planchada, zapatos de agujetas y chamarra de cuero; ella usaba medias y tacones, tenía una florecita en las manos que luego le vimos a todas las rusas en Brighton Beach, seguro era algo religioso. Todo el camino hablaron en ruso. Todos los hombres rusos parecen mafiosos. En la playa vimos a un señor canoso tostándose en traje de baño. Hacía tanto frío que tenía las manos entumecidas. Nos subimos a la rueda de la fortuna. Antes de entrar, el viejuco nos dijo swinging or not swinging.  Swinging! Luego nos arrepentimos: en lo alto no sólo se balanceaba, sino que recorría un medio arco de metal que te hacía sentir que morirías entre los fierros retorcidos. No nos subimos a la montaña rusa, fue como un pacto no dicho, como si lo que no se mencionara dejara de existir.

Comimos en un restaurante en TriBeCa, Bubby’s, del que bromeábamos que era como ese sketch de Portlandia donde le preguntan a la mesera de qué granja vino el pollo y luego van a la granja y se enamoran del pastor, que es un líder espiritual, que es Jason Sudeikis.

No quiero que se me olvide, quiero dejar escritos algunos detalles porque luego los olvido y las fotos son engañosas (al final, son las únicas imágenes que recuerdas). La primera noche fuimos a un lugar junto al edificio de J, yo comí sardinas y tenían muchas espinas; el mesero, que era ecuatoriano, nos hacía muchas bromas. En la mesa de al lado había una dyke embarazada; nunca habíamos visto tal portento. En la otra había dos que, adivinábamos, estaban en su primera cita.

Dije que no compraría libros. La primera vez que salimos del departamento, caminábamos por SoHo y había un viejo con un tenderete de libros usados: tomé el de los cuentos de Carver enseguida. Llevé varios encargos de Strand Books.

E nos invitó a la fiesta de una de sus compañeras de maestría. En la caminata nos enseñó el mejor lugar mexicano del rumbo, Hecho en Dumbo, que me dio buena espina porque su logo no eran unos cactus sino al menos el águila de lo hecho en México. En la fiesta estaba su compañera hija de una actriz, que se parece a la actriz, pero sin anorexia. Un tipo le pegó en la rodilla a J al pasar. Tomamos tres rondas, cada quién invitó una.

Fuimos a esa esquina donde está la librería de Marc Jacobs (compramos anillos a tres dólares, J: varios libros, yo: The Fashion Coloring Book, con los armadillos de McQueen en portada). En la contraesquina están los famosos cupcakes Magnolia (me impresionaron: las galletas de peanut butter). Anochecía, hacía frío. Es cierto que nunca te aburres en Nueva York, donde estés, hagas lo que hagas. Al día siguiente hubo luna llena.

Luego fuimos a lo de Jimmy Fallon, pero llegamos temprano. Nos metimos a la tienda NBC, el paraíso nerd. Pero J (no te reclamo): no nos van a dejar entrar con bolsas. Y no compré nada. Y cuando salimos ya habían cerrado. Eran muy buenos regalos.

En lo de Jimmy nos sentaron hasta adelante. Admiramos la organización relojera de los programas gringos. A The Roots, tocando ahí diario, gratis. La entrevista con Kevin Kline se centró en que al entrar se pegó con la pared y qué vergüenza, la otra parte fue para promocionar una película. Luego estuvo un comediante que no conocíamos (Steve Harvey) pero que nos hizo reír mucho, tiraba chistes con tanta rapidez que Fallon no podía seguirle el ritmo, sólo se reía de ese modo suyo y en las pausas se quedaba quieto para que dos chicas le retocaran el maquillaje. En otra pausa, enfrente de nosotras, Seth Meyers se acercó a decirle algo a no sé quién. ¡Seth Meyers!

Después vimos a Pulp. He escrito suficiente de Pulp aquí.

Luego pasó lo de la tienda NBC, que nos hizo caminar varias cuadras entre la bruma de las calles cercanas a Rockefeller Center y Times Square, que esas sí hierven de turistas, anuncios y basura, con cierto enojo reprimido. Donde íbamos a comer ya no había lugar. Más cuadras por Hell’s Kitchen hablándonos golpeado. Por fin caímos en el lugar ese cajun al que J quería volver y todo se solucionó con el poder del jambalaya.

Fuimos a la bienal del Whitney Museum. Una pieza que te mantenía morbosamente atado era el animatronic de un niño enfrascado en un diálogo diabólico con una marioneta. En Vulture está el video de la pieza creada por Dennis Cooper y Gisele Vienne. Da miedo. En este otro texto de Vice un tipo entrevista a los guardias. Es un texto maravilloso, que habla mucho del arte contemporáneo y la idea que produce, cuando se cree que no se entiende.

En el Guggenheim vimos las fotos de Francesca Woodman. Empezó a fotografiar a los trece. Se mató a los veintidós. Sus fotos estaban en la sala Robert Mapplethorpe. Todo el viaje fue el viaje Patti & Robert. Nos sacamos fotos afuera del Chelsea Hotel y en Coney Island, dos de sus lugares icónicos. En Marcbooks estaba un libro grueso con las polaroids de Robert y varios sobre Patti.

Me fui en la madrugada. El chocolate del huevo de pascua se derritió en el vuelo. Desperté en la mañana del DF, menos fría. Fui muy feliz, hasta cuando dolía todo (siempre duele todo pero igual caminas y caminas, sin cansarte realmente). Una semana después, el calor volvió a Nueva York.

 

The 50 Best Blocks in Brooklyn

Un artículo de The L Magazine: http://www.thelmagazine.com/gyrobase/the-50-best-blocks-in-brooklyn/Content?oid=2218903&showFullText=true

Un estudio de los rincones de Brooklyn, la nueva Manhattan. Donde están ahora los más cool, pero también donde permanecen aún los otros neoyorquinos, los que vivían en Brooklyn cuando era el Brooklyn lejos de la gran ciudad. El Brooklyn en el que habitaban los judíos de Woody Allen y otros outcasts. Ese Brooklyn un poco decadente e industrial, de paisajes cortados por fábricas y humo.

Entre las mejores 50 cuadras del texto de The L Magazine no están sólo los rincones esperables (la mejor cuadra para comer comida asiática: no china, que podría ser otra cuadra, sino comida asiática a secas, ecléctica). También está la mejor cuadra para fumarse un porro (Gregory Place, entre Baltic y Butler, Park Slope).

La que representa mejor la gentrificación (o aburguesamiento) del que antes era un barrio obrero y ahora es el mejor lugar para criar a tus hijos, si eres un vegano que sólo consume productos orgánicos, se transporta en dos ruedas, es ecológicamente consciente y jamás permitiría que al cuerpo de sus hijos entrara cualquier comida industrial (por eso amo Bored to death, una carta de amor no a Nueva York, sino a Brooklyn, donde se burlan constantemente de este tipo de sujetos).

Luego, J me informó que Williamsburg ya no es la meca del hipsterismo (ya está descubierto, ya es casi una franquicia). Lo de hoy es Bushwick, donde viven los verdaderos struggling artists, me explica. «Medio peligroso, lleno de lofts y sólo vas si sabes de una fiesta». Entonces encontré este link: http://scallywagandvagabond.com/2011/06/the-reinvigoration-of-the-bushwick-hipster/ donde se refuerza esta idea. Tal vez -me aventuro- Buschwick es lo que Greenwich Village fue hace muchos, muchos años. Lo que aquí fue la Condesa también.

Fauna de este barrio, según el texto de Scallywag and Vagabond:

schmoozing with gypsy clothed truck drivers (who live there of course), brainy geek dj’s, vixen hawt girls who wear canvas jumpsuits smoking Marlboro Lights whilst sitting on the hood of some car

Luego caí a este otro, una entrevista con Eileen Myles, escritora: http://therumpus.net/2011/04/the-rumpus-interview-with-eileen-myles-2/ sobre su juventud en Nueva York. El descubrimiento de la sexualidad, la poesía, el oficio de la escritura.

Me gusta ese Nueva York, el que no es sólo Manhattan y Central Park.

Metro neoyorquino (la foto es mía, por eso es mala).

Sobre Rape New York

Qué lectura tan brutal es ésta: Jana Leo, una arquitecta española, narra en el primer capítulo la violación no-violenta que sufrió en su propio departamento en Harlem. Un edificio que se caía a pedazos, sin seguridad, y a veces sin agua ni calefacción. En un barrio históricamente asociado a la pobreza y la negritud.

En la contraportada informan que el libro no es memoria ni manifiesto. Acaso no es nada en específico: un texto monumental sobre la violación, sobre feminismo, sobre la especulación de bienes raíces, sobre Nueva York. Un estudio tanto sociológico como criminalístico sobre el concepto de casa y hogar. Sobre la incidencia de crímenes violentos en los grupos más vulnerables, en las zonas más pobres y marginadas de una ciudad.

Esta parte me conmovió casi hasta llorar:

My friend L told me that when she was raped, the thought “here it is” came to her, as if rape is something every woman fears and expects to happen. The probability is that a woman has to assume that if she hasn’t already been raped, she very possibly will be in the future. And if she has, she may be raped again. The ghost of rape is attached to being a woman. 

Hablar de la violación de esta forma es aplastante, pero tan necesario. Deconstruir la idea de la violación como un sometimiento que te despoja de identidad, de humanidad, de la sensación de privacidad y dominio sobre tu propio cuerpo. Entrar en un cuerpo sin permiso, y que eso suceda en tu propia casa, rompiendo dos principios a la vez: el del hogar y el de la propiedad. Derribar tus derechos más elementales. No es casualidad que la palabra que Jana use, a lo largo de todo el libro, sea rape, una palabra fuerte, que reverbera, y no assault, sexual attack, violation…

Una parte se titula Defeated by New York.

Supongo que eso es lo fascinante de Nueva York, que es lo mismo que fascina del DF. La grandeza de una ciudad cientos, miles de veces evocada. Lo bello y lo horrible. Los túneles oscuros del metro. El asfalto reventado. Los puentes. Los museos. Los sitios turísticos. Los barrios de artistas que adquieren plusvalía.

En una entrevista con Jana Leo, una mujer extraordinaria, de una fría inteligencia y con valores terminantes y por eso mismo extremadamente admirables, ella comenta sobre Nueva York:

 In the city do you recognize the buildings or do you recognize the grid? Suddenly I was in the grid, seeing what is connecting things, seeing a different city.

Acá se lee: http://urbanomnibus.net/2011/03/rape-new-york-by-jana-leo/

Muchas gracias a Alón por prestarme el texto.

 

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El fantasma de Sylvia Plath

Hace poco estuve en Nueva York por primera vez. La ciudad es abrumadora e intimidante, y celebré mi admiración no confesada perdiéndome en el metro durante una tarde entera. Ahí encerrada, tomando un tren tras otro, regresando sobre mis pasos, mirando los andenes oscuros y húmedos, pensé en los fantasmas de la ciudad: Nueva York no se sostiene en el presente, sino en una delicada trama de evocaciones y homenajes.

Desde luego, mi idea de la ciudad estaba fundamentada en todas las películas que había visto y en todas las novelas que había leído cuya acción tomaba lugar ahí: el peligro de llegar a un  lugar que se conoce tanto, a pesar de nunca haber estado en él, radica en perder la posibilidad de sorprenderse. ¿Cómo haría mía una ciudad tan grande, tan recorrida, tan narrada y reconstruida por otros antes de mí? ¿Qué había en ella para apropiarme y conquistar a partir del descubrimiento?

De entre todos los fantasmas que vi, por ejemplo en la esquina de la quinta y la 57, frente al letrero de Tiffany & Co, hubo uno que me siguió con especial intensidad: el de Sylvia Plath. Leí su única novela, The Bell Jar, mientras caminaba por las calles calurosas y caminaba una, cinco, diez cuadras, tal vez deseando alcanzar las 47 que la protagonista, Esther Greenwood, recorre en una sola noche.

Greenwood siempre fue un alter ego demasiado evidente de la misma Plath. Fue por ello que retrasó la publicación de la novela, en la que narra la espiral descendente en la que cae una joven poeta una vez que renuncia a las convenciones de una vida que, sabe, ya no le pertenece. Igual que Sylvia a su edad, y mientras estudiaba en el Smith College, Esther gana una especie de beca para pasar un mes en Nueva York como editora junior de una revista de modas. La narración empieza en el verano caluroso de 1953, el verano que electrocutaron a los Rosenberg, una pareja comunista acusada de espionaje. A pesar de su determinada vocación por las letras, que no abandona ni en sus momentos de mayor depresión, Esther Greenwood se enfrenta a la sinrazón de la vida con la misma vehemencia que el personaje más recordado de Camus.

Sin saber que la imitaba, quise saber si habría alguna forma de entender el misterio y la magnificencia de la ciudad. Después del poco exitoso primer día, me desperté muy temprano al segundo y tomé el metro para llegar a las escaleras del puente de Brooklyn. A medida que caminaba y la perspectiva de Manhattan se acercaba como una postal que ha cobrado vida, tuve la sensación definitiva de que al fin estaba en Nueva York. La clase de sentimientos que inundan a las personas que sueñan con lugares en lugar de estar en ellos. Había recreado durante mucho tiempo esas calles que se extienden como líneas infinitas, acaso sin saberlo, esa ciudad de posibilidades, cuya belleza se encuentra también en la fealdad, que cuando por fin me encontré en ella no supe qué hacer. Por eso recurrí a Sylvia.

Visité, como ella, con la fascinación del fuereño, todos los lugares icónicos y los vi diferentes, menos idealizados, menos como un set que vi a través de la pantalla y más como un espacio real, palpable, más pequeño o más grande de lo que imaginaba, tal vez más sucio o más imponente. Viajar en soledad siempre te da la posibilidad de elegir a tu acompañante, y yo había elegido este fantasma.

Sylvia Plath, como poeta y como persona, siempre me ha resultado fascinante. Hay algo en su vida, en la disciplina de sus años escolares, en la persistencia de su oficio de escritora, pero sobre todo en su desgarrado amor por Ted Hughes, que me cautiva, que me arrastra como un tornado a esa tristeza contenida. Su inmenso talento pareció no ser suficiente para salvarla de ella misma.

Tal vez lo que me atrae como un imán secreto a Sylvia Plath sea la magnitud de su abismo, la fragilidad de ese mundo construido con palabras, con nociones idealizadas y hermosas como sólo pueden serlo las construidas por un ser con la belleza de su mente. Nada de eso pudo detenerla de cometer suicidio en 1963, meses después de la publicación de The Bell Jar con el seudónimo Victoria Lucas.

Una vida dentro de esa campana de cristal, para la que “el mundo mismo es un mal sueño”. Durante un periodo de separación de Ted Hugues, quien ya era amante de la también poeta Asia Wevill, Sylvia Plath por fin consumó lo que en su novela se convirtió en tentativas destinadas al fracaso. Es casi doloroso atestiguar el deseo más bien tibio, pero persistente, de Esther Greenwood de morir: “It was as if what I wanted to kill wasn’t in that skin or the thin blue pulse that jumped under my thumb, but somewhere else, deeper, more secret, and a whole lot harder to get at”.

Como una profecía, con la lucidez del que sabe su destino de antemano, el 11 de febrero de 1963 Sylvia acostó a sus hijos como todas las noches, colocó pedazos de tela enrollados en el borde de las puertas, y metió la cabeza en el horno hasta morir intoxicada por gas. El amor que sentía por su esposo, ese amor tormentoso que no aparecía con la justicia y valentía que ella esperaba, era la última espina de una corona invisible.

Al final de The Bell Jar, cuando Esther está a punto de salir del sanatorio y dejar el tratamiento de choques eléctricos atrás, se pregunta si la campana de cristal, con sus contornos sofocantes, no descenderá de nuevo sobre ella. En Europa tal vez, donde sea, cuando sea. Al final, lo hizo en Londres: en el departamento que alguna vez le perteneciera a Yeats.

Qué habría pasado si Sylvia no se suicidara, me pregunto a menudo. Se lo pregunta el mundo entero desde entonces. Pero esos celos, ese tormento, ese historial depresivo, todo lo que había debajo de ello, construyeron su hermosa poesía. Habría llegado a domar su talento, tal vez. Lo habría dosificado. Habría sido la poeta más grande del siglo XX, sin la nube oscura de su suicidio.

Al final de mi viaje pasé un día en Boston, donde Sylvia nació. Antes de tomar el metro desde Cambridge, mi amigo me contó que ese era el “día libre” de los locos del manicomio local. Estaban sueltos por la ciudad, lo que le daba la nota de color a la habitual calma bostoniana. Me gustó pensar que en esas calles lluviosas, grises, podría ver la silueta fantasmal de Sylvia disfrutando de sus “privilegios de salir al pueblo” en Belsize. Pensé en ella y cómo algunos años antes de morir, sin haber escapado de su campana de cristal, sabía que no podría olvidar todo lo que pasó en esos días oscuros de su vida. Y en esta frase triste: “Maybe forgetfulnes, like a kind snow, should numb and cover them. But  they were part of me. They were my landscape”.

 

 

Nueva York día 2

A la vuelta del hostal donde me quedaba había una librería de viejo. Ahí compré una libretita minúscula que me sirvió de formulario, agenda, mapa-croquis y confesionario. En una parte escribí: «Nueva York redime a Estados Unidos». Estaba en el bar del Music Hall de Williamsburg, haciendo tiempo en lo que Juliette Lewis salía para dar un concierto magnífico. Muy rompebolas, para ser más exacta. Abajo de la frase escribí que a mí también me redimían los hombres que me habían amado. Algunos. Y después seguí escribiendo borracheces de poca monta que llenaron las hojas hasta que me puse a charlar con un muchacho de ascendencia salvadoreña que se crió en Nueva Jersey. Bebimos hasta vomitar. Bueno, yo.
Pero me gusta la frase. Es cierto que una ciudad tan bella redime a un país tan fascinante como odiable. Que Nueva York solo vale el trámite vergonzante y molesto de exponerse a los cónsules de la Embajada. Eso.

Algunas fotos sobre mi segundo día en la «gran manzana»:

A la salida del metro, en Union Square, claro. No pude dejar de notar que muchos gringos acostumbran tomar su lunch sentaditos en una banca, mirando a la gente. El calor estaba bueno, pero no insoportable.

Esta esquina debe ser la 17 con Broadway, algo así.

Escaleras de emergencia.

Miren bien esta foto. Nos demuestra que las películas no nos han mentido jamás: los homeless con carrito de súper existen. ¡Existen! Soy testigo de este portento.

Flatiron Building. Nada que en Tacubaya no tengamos.

Como los neoyorquinos amantes de los espacios públicos, comí falafel con camarones de un carrito de la esquina (que, lamentablemente, no era atendido por Ross) sentada en una banca del Madison Square Park. Traía puestos mis zapatitos hechos a mano comprados en Guanajuato. Una señora me preguntó dónde los había comprado y así empezamos a platicar por horas. Me recomendó a qué lugares ir y me contó de su vida, etcétera. Al final me señaló a este sujeto en la azotea de un edificio. «Búscalos, están en todas partes», me dijo. No encontré a ningún otro.
(*_*)

En Chelsea, donde abundan las galerías de arte. Con una foto del compañero de este cuadro inauguré mi Tumblr, pues qué.

Caminé hasta llegar a este parque, Waterside Park. Me gustó mucho porque tiene varias fuentes y jueguitos alberqueros, y las señoras traen a sus hijos y los avientan ahí con sus trajes de baño mientras ellas se ponen a chismear con la de junto. Calificativo: hell yeah.

Yo me quité los zapatos y me puse a caminar sobre el agua. Relindo.

Río Hudson. Por ahí, pero más a la derecha, debía llegar el pobre Titanic. Pobre Leo.

El Chelsea Market está acondicionado donde antes era la fábrica Nabisco. Algunas de sus atracciones son panaderías con ventanas al público, para que te pares un rato a ver cómo trabajan los panaderos. Museístico con tinte social.

Me gustaba sacar estas fotos en los altos, mientras cruzaba la calle. No me atropellaron a pesar de dar la pinta de turistita maravillada hasta con los pinches semáforos.

¿Qué será? Por ‘ai de la Quinta con la 49.

Estatua de la Libertad en vivo y mascando chicle.

Radio City Music Hall. Tocaba Drake próximamente. La vida es una cosa injusta: en un lugar tan bello, un tipín tan desagradable.

Ainbow Room. Sólo para conceptuales.

La Catedral de San Patricio perfectamente ubicada junto a un edificio modernou algunos años atrás.

El súper edificio Med.

Grand Central.

Nombre al menos dos películas románticas cuyos protagonistas se encuentren aquí y se den un beso apasionado.

Cielo bonito.

En la esquina de la Quinta con la 59, donde uno se siente bien acá.

Dentro de Central Park.

Entré por la 60 Este y caminé, caminé y caminé, hasta que llegué a la otra puerta y pensé: Um, fueron dos horas, pero Central Park no es tan grande como pensé. Caminé un paso y noté que estaba en la 60 Oeste. Es decir, lo había cruzado a lo ancho, pero no a lo largo. Así que en verdad, Central Park es inmenso.

Pero tan bello como creía.

**Continuará (más resumidito)**

Nueva York día 1

Un martes por la mañana tomé el autobús a Nueva York. Llegué ocho horas después. Eran las tres de la tarde y la ciudad estaba nublada, pero calurosa y húmeda. Me bajé del autobús en una avenida desconocida, llena de edificios desconocidos, sin más idea que la de estar en Nueva York. Al fin.

No tenía la más puta idea de dónde estaba. Como no había encontrado ningún Lonely Planet antes de llegar a ese mítico lugar, fui lanzada de porrazo a una de las ciudades más intimidantes del mundo. O la más, cómo saberlo. Empecé a caminar guiada por el instinto, como si supiera dónde estaba. «Ya encontraré una estación de metro», me decía. «Todas las estaciones se conectan de alguna forma, no hay problema, todo está bajo control».

Tenía un hostal reservado en Brooklyn, en el barrio de Williamsburg. Las instrucciones escuetas de su página de internet decían que, luego de llegar a la estación Bedford Avenue, del tren L, caminara hasta la calle 4 Norte y girara a la derecha. Yo ni siquiera sabía dónde puñetas estaba Brooklyn. De modo que caminé y me interné en una calle y luego en otra, fingiendo una seguridad que a todas luces no tenía. Por dentro me estaba cagando. Pocas veces me había sentido tan temerosa al caminar arrastrando una maletita en una ciudad desconocida.

De pronto escuché el sonido del tren a toda velocidad, abajo, desde la acera. En la siguiente esquina encontré las escaleras al metro y bajé, sonriéndole a todo el mundo, como diciendo «Uf, ese fin de semana en Los Hamptons estuvo de locos» (lo cual explicaría mi maleta, porque el objetivo es pasar por neoyorquino). Luego me puse a leer el mapa. Imposible de entender a la primera.


Así que me aventé como el Borras. Una estación adelante escuché que en la siguiente había transferencia con la línea L. Me bajé con toda tranquilidad, descendí un nivel en el elevador, me metí al primer vagón que encontré y miré como de pasada las estaciones. Cuatro adelante estaba Bedford Av. Emergí a la calle otra vez, arrastrando penosamente mi maletita (que había intercambiado por mi mochila). Estaba en la calle 7 Norte, así que fui bajando hasta la cuatro, me di la vuelta y toqué un timbre. Lo había logrado.

¡Pero ah, mi suerte duró tan poco! Luego de congratularme por la hazaña, salí de nuevo sólo para perderme como nunca. Eso pasa cuando una anda creyendo que Brooklyn es un barrio cuando en realidad es una ciudad inmensa dentro de otra. Así que de tanto caminar terminé en un barrio peor que Tepito, para intername después en uno de puros polacos que me decían las que parecían guarradas en su idioma original. Encima, se me había bajado la presión. Me metí a un restaurante, donde me creyeron turca, y luego de comerme una sopa de lentejas para el alma, la mesera me dijo que tomara el metro.

Volví a perderme. Con el mareo, el dolor de cabeza y la náusea, olvidé fijarme que en un mismo andén pasan varios trenes. Me equivoqué de dirección tantas veces. Salí a la calle para volver a entrar al túnel. Pasé horas ahí dentro, reflexionando sobre el génesis del graffiti y The Warriors, sobre un video de U.N.K.L.E. y un libro de Henry Miller. Y sólo cercana la noche logré llegar a Brooklyn Heights.

Valió la pena.

A la mañana siguiente decidí levantarme muy temprano y empezar a conocer la ciudad de veras. Tomé el metro para llegar a las escalinatas del Brooklyn Bridge y cruzarlo a pie.

Comienza la aventura

 

Down Under the Manhattan Bridge Overpass, no un pinche elefantito volador.

Y entonces, a medida que caminaba y los contornos de la isla de Manhattan aparecían, tuve una sensación definitiva. Por fin estaba en Nueva York. No había logrado sentirlo el día anterior, encerrada en el metro o dando tumbos por calles desconocidas. No había mirado sus rascacielos todavía, no de cerca al menos, y la magnificencia neoyorquina se me reveló de golpe en esa caminata.

Es cierto todo lo que se dice de Nueva York. Todas las novelas, películas, canciones, poemas, rumores, todos tienen razón. Es la capital del mundo. Es intimidante. Es hermosa, con una belleza especial y como sucia. Intento describirlo, pero no puedo: hay una emoción continua por estar en Nueva York. Una emoción que se renueva cada minuto. Creo que Nueva York es la ciudad que más se conoce sin haber ido: la hemos visto tanto en la tele y en el cine, y hemos leído tanto sobre ella, que parece asequible. Y lo es. Es caminable y es cálida. Los neoyorquinos son increíblemente amables: no bien te miran leyendo tu mapita o luciendo confundido en una esquina, se acercan para ayudarte. Y todo se ha visto. Jamás serás raro ni peculiar y esto, en lugar de ser aburrido, es liberador.

Acá cruzando el Brooklyn Bridge como cualquier hijo de vecino.

 

Fotografía de muy mala calidad de ya saben qué señora.



Decidí recorrer Manhattan en orden, de abajo a arriba. Empecé entonces en Lower Manhattan: Ground Zero, Financial District, Wall Street y después Chinatown, Little Italy, NoLita, SoHo, NoHo y un poco de Greenwich Village. Por la noche cometí una indulgencia de turista y me subí al Empire State. Al salir caminé por la Quinta hasta la 42 y luego fui a Times Square. Me quedé mucho rato sentada en unas escaleras repletas de turistas mirando los anuncios brillantes, sabiendo que un verdadero newyorker evita esa zona como la peste. Pero yo era turista y me gustaba, porque todo se me reveló por primera vez.

Fotos:

Clásico vendedor de playeras de I ♥ NY. Nótese que aún venden las playeras esperanzadoras de Obama.

 

Ground Zero.

 

Oficinista agobiado.

 

Wall Street. Paseador de perros con alto interés en economía al frente.

 

Es que como ni quién me sacara foto…

 

Esto es Nueva York: un loco montado en una escalera con una biblia en la mano pregonando la falta de valores en nuestra sociedad. Y un señor panzón sin nada mejor qué hacer asintiendo cada tanto.

 

También esto es Nueva York: las nalgas de una monja senil.

 

Columbus Park. Fue harto emocionante pasar en medio de estos amables señores.

 

¡Chinatown! Aunque no todo es chino, como este restaurante vietnamita. Yo comí en uno tailandés junto a unos españoles medio pendejos para los palillos.

 

Y, es verdad, todo el barrio chino huele a pescado.

 

El agua de lychee es dios… hecho agua de lychee.


Y luego, en Little Italy…

Así es como me gustan mis estereotipos: básicos y en placas de coche.

 

Es verdad: Little Italy sólo son dos cuadras, llenas de papel picado y verdeblancorojo. Y de restaurantes con pasta. Y de meseros parlanchines.

Exterior del New Museum en Bowery.

 

Lost duck. Still lost.

 

You so gay.

Una muestra en el New Museum consistía en decenas de deseos impresos en estas pulseras de tela. Podías escoger la que quisieras y la leyenda es que, cuando se te cayera, tu deseo se cumpliría. Elegí dos y no las soporté un día y yo misma me las quité. La metáfora de la vida: uno siempre destruye sus propios sueños.

Cosa de todos los días en SoHo.

 

Una pinche taquería, clásico.

 

Atardecer en la Sexta.

 

Empire State, psss oh.


Algo falta en esta foto. Algo como un gorila gigante.

Vistas desde el Empire State:





De la tienda de regalos, una taza de gorila: por qué no.

El paraíso terrenal.

Y por último, esa noche, Times Square:




Continuaron otros días emocionantes. Los iré relatando poco a poco. Aunque en un día vi tanto que me habría conformado con sólo ese. Afortunadamente, pues no. Mientras tanto, el recorrido de ese día:

Manhattan, día 1

**continuará**