Flujo de conciencia playero

Fui a Costalegre, la costa de Jalisco. Todo fue tensión, al principio. Mis crisis de ansiedad se agudizan. Los aviones, que antes me resultaban indiferentes, ahora me ponen nerviosa. Una falla minúscula en el despegue y la caída libre. Me senté y abrí mi libro, con el aire acondicionado en la cara. Era un avión pequeño. Una pareja, con su niño gritón insoportable, hacía tanto ruido, estaba tan empeñada en ostentar su alegría pre-playa, que cerré los ojos y apreté los puños y sólo al final miré por la ventana la sierra madre occidental. Llegué a Puerto Vallarta. Hacía calor. Entré al baño y no encontré mi maleta en la banda de equipaje. Apareció después. El delegado de turismo pasó por mí, nos detuvimos en un Oxxo por un café. Unos militares con metralletas entraron. En la carretera 200, me fue diciendo cosas: que en una playa se ahogó un periodista, que en esta propiedad vivía el Chapo Guzmán, que una vez vio en la madrugada cómo una avioneta aterrizó en la carretera y luego se dio la vuelta entre la maleza. Me dijo que iríamos a ver caimanes. No quise. Le dije de mi fobia. Se trababa cuando decía ‘innombrables’. Buen tipo, el delegado. Fuimos a comer al Hotelito Desconocido, del que luego escribí, en mi papel profesional, ‘un pedazo de Bali en México’. Hay reptiles por todos lados. Iguanas de estas que abren unas crestas en las cabezas. Vi varias entre los senderos. Me comí mi aguacate relleno con el cerebro ablandado, deseando en silencio: que no haya innombrables, que no haya innombrables. Vi un gatito, quise llevármelo. Salimos de ahí. El delegado manejó, me dormí con el sol en la cara. Llegamos a Alamandas. Un pequeño paraíso. Nadé, conocí a una pareja, católicos de Guadalajara de deliciosa actitud ambigua. Un tejón se robó mi cosmetiquera. Lo buscamos entre la bruma del atardecer. Por la noche todo es oscuridad. Estuve más tiempo en el agua, en el silencio. El mar es salvaje. Se escucha su bramido. El delegado me dijo que había unas iguanitas transparentes que se metían a los cuartos y se comían a los bichos y los alacranes. En un librero encontré Fear & loathing in Las Vegas. Me la pasé leyendo, a carcajadas. Recorrí el terreno. Tiene su pista de aterrizaje y 600 hectáreas de nada: territorio salvaje, seco, playas vírgenes, línea de mar infinita. Silencio.

Lo demás fue menos interesante. En Alamandas el mar era intenso, pero después, en Careyes, me metí una tarde a él. Era una bahía segura, Playa Rosa se llama. Hay barquitos flotando, como abandonados. Aunque la arena tiene piedras y el pie se hunde en ella como lodo, la ausencia de oleaje da una confianza que después es trastocada: es hondo, hondo, como para flotar de muertito sin hacer esfuerzo, porque a veces llegan corrientes heladas que se envuelven en las piernas como anillos de metal.

Después estuve en un hotel que solía ser nudista. Me dicen que hay «swingers aferrados» que de pronto regresan. Era la única persona sola en un hotel lleno de parejas que me miraban con una rara mezcla de lascivia y curiosidad. Me hicieron tomar un tour por un manglar. Estaba tensa en espera del caimancito, que bien podría ser una innombrable. No sucedió nada. Después llegó el chofer del delegado, Juan Carlos, muy amable hasta cuando, agarrado en confianza, me dijo de esas «nalgas que se obligó a olvidar». Fuimos a ver los caimanes. ¿Grité? Sí, grité. Caminé por los puentecitos colgantes del estero con la cámara en la mano temblorosa y grité mucho, pero también me obligué a ver. Y vi. Los vi.

Comí un sashimi de huachinango con el delegado, ya en Barra de Navidad. Fue una conversación que, sin ser íntima, tuvo una nota agridulce. Me llevó al aeropuerto de Manzanillo. La primera vez que volé, cuando era niña, fue allí. En Taesa.

El avión era uno de esos pequeños con una fila de dos asientos y otra individual. Antes de mi periodo ansioso había tomado uno así, que no sentí. Atardeció en el camino. Las nubes estaban esponjosas. Hubo turbulencias. Fear & loathing se me acabó en el aire. Entramos a la nata gris del DF. Llovía.

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La playa

En Huatulco hay una playa que se llama San Agustín. Fuimos un martes. Vas a un crucero que está en medio del desarrollo (la parte concretamente turística) y el municipio (Santa María de Huatulco, diminuto, donde está la sede de la presidencia municipal, una placita, dos o tres calles, una sola panadería). En el crucero, tomas un taxi colectivo. Cuarenta minutos de terracería. Antes, nada de playa. Mucho polvo, muchos árboles, algunas palmeras. Llegas donde termina la terracería y empieza la arena, niños jugando con su pelota, señoras y niñas lavando la ropa, gente sentada en sillas de plástico afuera de sus casas. El taxi se detiene. El taxista se llama Rolando, trabajaba en Estados Unidos de pintor de brocha gorda. El taxista es muy buena gente. Acuerdan que volverá a las seis (cuando llega, un tipo afuera de una tienda le dice que le tiene «un regalito»; suena fishy, Rolando da vueltas, cuando se lo encuentra de nuevo, el tipo le entrega un envoltorio; Rolando lo rompe, aparece una camisa, de rayas; Rolando dice que la gente de acá lo quiere mucho, que le regala cosas todo el tiempo: tú quieres llorar, para no perder la costumbre).

Se hace un hueco entre dos palapas. Un bloque dividido en dos azules: el del cielo y el de la bahía, de tonos cambiantes, por el coral que está abajo (muerto, punzocortante, oscuro). Es un martes de temporada baja. No hay nadie. Nos dijeron que fuéramos con Lala, que en realidad es Lalo, con los senos operados. Su palapa está vacía. Ni siquiera me siento: me quito los pantalones de un tirón, un gesto inusual. El agua está tibia. Hay dos niñas nadando, una es adolescente, la otra es una niña. Platicamos. La grande insiste: ¿Verdad que eres licenciada? Aunque no tiene importancia. Te puedes sentar en las piedras. Las piedras triangulares, enormes, sobresalen del agua. A esa hora no hay olas. La bahía es una albercota. Hay unos ostiones en una red junto a una piedra, con una botella de plástico amarrada (la botella es el indicativo de que los ostiones «ahí siguen»). Luego, leo. Con muchas Coronas. La beatitud.

Luego, snorkel. Pero sin zapatos especiales, entonces no puedo nadar entre el coral, porque un accidente en el que tenga que poner los pies sobre su superficie resultaría catastrófico. Peces de colores fosforescentes: amarillos chillones, azules neón con morado. Algunos muy delgados, casi transparentes, como viboritas. Doy grititos bajo el agua.

Antes de las seis caminamos a la otra parte de la playa, que es mar abierto. Ahí también hay piedras y las olas se rompen contra ellas, e imaginas que esa muerte sería dolorosa. No hay nada más imponente. El agua verde se revuelca antes de llegar a la arena y arrastra los coralitos y las conchitas. Es bello, pero terrible.

Al volver, Rolando lleva algún tiempo esperando. No le para la boca en todo el trayecto de regreso. Es bueno, Rolando. Fue fijado en mi mente.

 

**no llevé cámara ni celular ni nada, pero encontré estas imágenes, que no le hacen justicia**

(robada de aquí)(robada de acá)