Pensamientos, pensamientos

Otra vez soñé con ella. Hace mucho que no me ocurría. Los sueños terminan, casi siempre, de una manera parecida. Pero no quiero volver, no quiero volver a todo lo que iba mal, a lo que nos lastimaba. Pero lo bello… había algo sublime en nuestros momentos más bellos.

Es difícil reparar los lazos cuando se cometieron errores, precisamente, irreparables. No me gustaría perturbar su paz; pero me pregunto si escribir, como una vez ya he amonestado, es… ¿qué es?

La famosa traición.

Vuelvo a soñar que me acepta, y es una alegría infinita. Creo que nunca quise a nadie tanto, a pesar de lo que le hice. Pero luego, con la sobriedad del día, me recuerdo las discusiones, la posesión que me asfixiaba, el futuro claro, sólido, definido que yo no podía concebir, el hambre de seguir vagabundeando por el mundo y tener tiempo para escribir.

Durante mi viaje a Centroamérica mi hermana se enteró, por su auxiliar en el trabajo, de que estaban rentando un departamento con balcón y querían “gente de confianza” (ya que la construcción del tren ha traído personas nuevas al pueblo). Cuando me dijo el precio (doscientos pesos más de los que pagaba en el otro: frío, húmedo, cada vez más inhabitable) y especialmente el detalle del balcón, no lo pensé dos veces y le dije que lo quería, que me hiciera el favor de apartarlo, a ciegas. Antes que todo, han de comprender que la vivienda en alquiler escasea en Polotitlán. No hay, casi, edificios de departamentos. La gente tiene tierra, u ocupó tierra, y construyó sus casas a medias con cualquier material. O viven con su madre. O con sus suegros. O en sus casas señoriales, que hay muchas, el adentro en Polo es más interesante que el afuera porque, tras una puerta de lo que parece una casa pequeña, se abre con frecuencia un territorio largo, con jardines, cuartos, espacios grandes. Como la famosa casa Campo Real, a la que ya no acudo. Ya no la necesito y además las últimas veces me agredió como una bestia.

Encontrar vivienda, pues, es el unicornio de oro.

Llegué de aquel viaje soñado y a las dos semanas hice mi mudanza. Antes, pasé un mes entre El Salvador, Honduras y Guatemala; me había enterado, un día antes de irme, de que Daniel Ortega impuso visa a casi 200 países, incluido México. Y aunque aterricé en Costa Rica y tenía comprado el boleto del autobús que me llevaría a la ciudad de Granada, no quise tener problemas con los oficiales de migración a altas horas de la noche, como me ocurrió en mi cruce Venezuela-México, dieciséis años ha. Mi primer viaje, y no he dejado de viajar, y sobre todo no he dejado de recorrer las arterias -las venas abiertas– de América Latina.

San Salvador fue una locura. El Zonte fue una locura. La ciudad montañosa de Santa Ana, todavía en El Salvador, y donde me tatué la Cruz del Sur por motivos que se explicarán en otra superficie, fue una semana calma, privada, de caminatas por la tarde y noches cómodas en una cama gigante. Me fui a Honduras y estuve en Tegucigalpa. Conocí al que ahora es mi excompañero de trabajo, un tipazo, un tipazo. Me invitó la cena junto a su hermosa esposa, y fuimos tan felices en aquel momento. Luego tomé rumbo hacia La Ceiba (12 horas infernales) para tomar el ferry por la mañana a la isla de Utila, que él mismo me había recomendado en lugar de mi ingenuo plan primero, Roatán, “la Miami de Honduras, sólo para whitedurans“, me adviritió.

Utila fue un sueño. El mar de El Zonte era agresivo, traicionero, ideal para surfistas y nadado con cuidado por personas como yo, que no le tienen miedo al mar pero sí mucho respeto. En cambio en Utila, esas aguas cristalinas del Caribe que parecían piscinas enormes, nadé hacia lo más hondo, lo más lejos que pude, porque adoro esa sensación suspendida dentro del agua, que es como volar. Y luego flotar de muertito, que me va llevando con la corriente a lugares inesperados.

El viaje a Antigua duró 17 horas y, para esto, yo dejé mis audífonos del celular porque llevaba los que usaría en la computadora (recordad que no dejé de trabajar remotamente durante este mes), y me había comprado un adaptador que luego resultó ser de otro modelo. Por lo tanto, ¡trayectos sin música! 17 horas que no acababan.

Antigua fue una belleza. Y una aventura. Y escritura, y lo ilegal, igual que en El Salvador, para darle mi simbólica bofetada a Bukele.

Quiero volver.

Quiero volver a Argentina, y a Uruguay.

Quiero pasar un mes en Tailandia.

Quiero ir con mis amigas a Corea y Japón.

Muero por pasar un largo tiempo en San Juan de Puerto Rico.

Quiero volver a Berlín otra larga temporada.

Quiero visitar a Fanny en Canadá.

Quiero moverme y a la vez he permanecido inmóvil, pegada a la computadora incluso en mi semana de vacaciones, porque decidí destazar mi libro, reubicar pasajes, eliminar por completo otros, reescribir partes.

(Suspiro)

Mi otro trabajo era un infierno. Pronto se convirtió en un infierno. Ya dije esto en otra parte, pero tenía un tracker que me vigilaba la computadora, el número de clics y tecleos, y cada semana tenía que lograr un cierto porcentaje de actividad, además de cumplir con mis tareas diarias, que no eran nada fáciles. Si me retiraba por más de los minutos permitidos por el sistema, se me descontaban 10 minutos de mi turno, que había que reponer siempre. Esta hipervigilancia empezó a interferir con mi trabajo.

Y la tensión. Y el aburrimiento.

Pero encontré esto, y por ahora no diré mucho, ya que he terminado mi primera semana, y ha sido muy satisfactoria y ha culminado con elogios; pero temo de mí misma, de cómo mi entusiasmo dura lo que dura la novedad, pero a la vez: estos trabajos legales y administrativos me han permitido guardar la que llamo (*suenan ondan binaurales con cuencos tibetanos) mi energía creativa. Si ya no presto mi pluma, si ya no me hundo en material intelectual -no que esto no sea intelectual, es bastante intelectual, pero de otro modo, un modo que no exige que yo sea creativa, singular, imaginativa- entonces puedo ir a la página como el niño al juguete. Estos trabajos requieren que haga las cosas como es debido, que es lo que necesito, y lo que hubiera podido seguir haciendo allá si la vigilancia estilo 1984 no hubiera empezado a perturbarme hasta arruinarme incluso las tardes, nerviosa por reflejo de haber abandonado mi puesto de trabajo.

Ahora: horrible libertad. Trabajo menos horas, en un entorno minúsculo y familiar, no rígido y corporativo, en donde el abogado habla con una franqueza hilarante de clientes y otros abogados. Me río más que antes.

No sé qué hacer con tanto tiempo libre, lo único que sé es trabajar en algo. En lo mío, en mis frelos, como le dicen mis amigos JJJ y Barb que siguen en el sur y me cuentan de aquella porca miseria, o generando valor para gente con mucho dinero, como se diría.

Fui a Iron Maiden con mi sobrino, su regalo de cumpleaños, y terminé golpeada. Nos vimos con mi otre sobri por la mañana, y desayunamos juntos. Se han distanciado pero volvieron a tratarse, que era lo que quería. Pero hay tanto ahí, que obviamente no diré ni revelaré, decir esto ya es decir mucho.

Además de terminar con la rodilla y la cadera perfectamente chingadas, con el pasar de los días fui desarrollando un gripón de esos que me dan una vez al año, o cada dos.

Ahora preparo el taller, me gusta, me emociona.

¡Ah! Y lo que leo y aprendo en la maestría, que me hace volar. Cuando entro a clase, salgo del mundo del trabajo alienado y la supervivencia para llegar a la imaginación y el pensamiento.

Gracias a ella, antes, escribí este ensayo, “El grano de la voz del fantasma”, que se publicó en el número de Fantasmas de la Revista de la Universidad de México, que siempre me pareció tan accesible. Pero mandé mi propuesta a la convocatoria abierta. He dicho que ya no quiero escribir para otros medios, que toda escritura mía será dedicada a -aquí me llaman una pedante y pretenciosa y mamona etcétera etcétera- mi obra. Y sólo así he podido avanzar.

Entregarse por entero a la obra. Es lo que aprendí de Adorno. Entregarle todas las facultades a la obra.

Me destruye. Y me vivifica. E, igual que el otro, no quiero soltarlo, no quiero detenerme.

Pero, ¡¿dónde quieres que sublime?!

Esto no cuenta. Es mi escritura automática semestral, aunque me he prometido volver al blog porque… quiero.

Llegó el invierno, mi época menos favorita. En Polotitlán ya es invierno. La neblina de las mañanas y la noche compite con la famosa de Xalapa, recuerdo mucho cómo mis primos de Guadalajara se impresionaron aquella noche que salimos y todo estaba blanco, húmedo, misterioso.

Me duelen los huesos. Me da mucho frío (me apoyo en el calentador y, luego, la cuenta de la CFE es una bofetada). Y mi depresión estacional que se suma a mi depresión de casi siempre me orillan a una soledad calculada, que disfruto en secreto. Pero la ansiedad, mi eterna compañera. Y esos sueños tan vívidos, siento que dentro de ellos vivo años, y luego al despertar extraño esos lugares y a esas personas.

Debo seguir con lo mío. Y el blog también sigue.

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