Fantasma del máximo temor

Otra vez el blog se me complica. Pero a la vez tira de mí, me atrae, porque debo recordarme que pasan cosas dignas de ser fijadas, que su valor es personal, que es un archivo, que sólo mi nombre queda arrastrado en sus fangos, que es un consuelo. No me ayuda verme obligada a pensar más seriamente en la exhibición de la intimidad en internet y en las narrativas del yo y en el diario éxtimo y, de paso, reconocer y renegar de mi narcisismo. Esta entrada es un sándwich, un emparedado con la carne en medio. Pero justamente acabo de leer a Augusto Mendoza alias Chidoguan ¡y qué bien! Además de recuperar el ejercicio del texto arbitrario y reinyectarle lo gracioso a «lo gay», con el tema Katchadjian rinde homenaje al autor que ora sí, cual República de las Letras, con su doble posición en la tradición nacional y la internacional, es el -ah, ah, es terrible esto que escribiré- Borges mexicano: Juan Rulfo (cfr. «¡Diles que no me abduzcan!, reescritura en clave de ópera galáctica de «¡Diles que no me maten!»). Pero cuando llegué al texto de la muerte de su padre sentí mucho dolor. Y compañía. Y que los blogs viven, todavía. Me recuerdo, por no dejar, que lo personal es político y que estoy acá lejos de todos mis lazos afectivos y que es más fácil contarlo por aquí que a cada uno. Dejaré el bloque de texto, el párrafo enorme. Pasa que el viernes atropellaron a mi papá. Y yo me enteré hasta el sábado, tarde, al despertarme y encontrar un mensaje largo de mi hermano, colmado de tranquilizaciones y consuelos, asegurándome que ya está fuera de peligro y todo va bien. No ahondemos. La impotencia de la distancia y la soledad. Y todo lo que hay detrás. El dolor de conocer los detalles e imaginar, una y otra vez, el dolor de mi papá, la escena, la trágica escena, la ambulancia, la pérdida de la conciencia, el sufrimiento físico, el miedo. Y además lo otro, lo indecible. Para cuando yo me enteré había ya oportunidad de hablar con él mismo por teléfono y hasta de escucharlo hacer sus bromas de siempre, que tras la cirugía reconstructiva quedará como Brad Pitt, que todo de lo mejor, calmando como siempre, con su grandeza de espíritu, mi propio dolor. Pero no puedo dejar de imaginarlo, aunque no me dejan verlo; pienso en su rostro golpeado, con fracturas, y esta idea es la que me está triturando el alma en este momento por más que me tranquilicen y ayuden a distancia. Y el gran cuadro. Y mis reproches de mala hija, todas mis mezquindades. Los hechos concretos. No es la primera vez que lo atropellan: ahora, además de la mala suerte del momento y de un pésimo conductor, su distracción supina y su tendencia a andar de pata de perro, de no estarse quieto, de ser un vago, se suman y me ennegrecen la vida. Hubo, extrañamente, un «lado bueno». Además el reencuentro de la familia, que tanto lo alegra; la cercanía con mi mamá (su, paradójicamente, tiempo vacacional, también), me pintan un panorama aparentemente benigno. Pero mi mente insiste en lo otro. Y creo que necesito verterlo acá para entenderlo un poco más. Porque fue una semana tan horrible, tan llena de ansiedad, con horarios de sueño terribles, y muchas pesadillas que fui apuntando: en todas estaba mi familia. Tuve un presentimiento. Pero el viernes, cuando pasó, fue un día extrañamente luminoso y saludable y místico, una salida de mis malos hábitos (con muchas recaídas, como lo prueba mi compulsivo y superfluo tuiteo durante la mañana y la madrugada), con una curiosa experiencia tranquilizadora: por fin había reunido la energía para ir a un estudio de yoga que había encontrado en Facebook. No anunciaba la ubicación exacta pero estaba en la bella calle Tres Sargentos. Es una peatonal tan pequeña que el carecer de número pensé que no haría diferencia: el letrero aparecería. Pero no apareció. Comí en un café muy lindo de por ahí, llamado Florian, y decidí ir por mi tarjeta de Ecobici, asunto que también había postergado, a la sede gubernamental de la Comuna 1, por Tribunales. Fui. Había pasado por ahí la noche anterior, pensando justamente lo diferente que se vería con gente, a la luz del día. Al llegar, resulta que hacía una hora ya no las daban. Salí, derrotada, y en la esquina de la calle Uruguay vi el letrero grande, providencial (entonces pensé) de YOGA. Entré. Un edificio de esos afrancesados, viejos, con escaleras que crujen y amplios salones con duela y ventanas de doble hoja hacia la calle. Era un centro cultural, especie de ONG. Sólo estaba la maestra, una señora llamada María que no le cobra al centro a modo de retribución. Su hijo y nuera viven en México, ella ha ido varias veces, incluso a Acapulco (tema reciente), a donde siempre quiso ir pero cuyo estado actual la entristeció mucho. Nos entendimos, de manera plácida. La clase empezaría enseguida. Por el feriado reciente, nadie se apareció. Tomé la clase yo sola. Necesitaba el yoga, de manera terapéutica, por la tensión, el síndrome del túnel carpiano, el cuello, la espalda, la postura malograda de pasar los días encorvada en el escritorio. El descubrimiento de este lugar, más barato que el otro, en una zona de la ciudad que me gusta, con esta misteriosa maestra de yoga llamada María, como María, me pusieron bien. Luego, trabajé. La ansiedad cedió. Pero el sábado desperté a esto. La materialización fantasmal de mi máximo temor en la vida. El temor que me hacía dudar de venir a Buenos Aires. La verdad de las cosas. De nuevo la situación de ser informada por mis hermanos, tardía o suavemente, de las cosas que pasan, de las tragedias y las cosas cabronas, como un reflejo de nuestra dinámica familiar de antaño: yo era la más chica, entre grandes. Creo que tomaron la decisión correcta, no avisar de inmediato al que está lejos y angustiarlo de más, pero de todos modos no dejo de lamentar haber pasado todo el viernes en la pendeja, no cooperar de modo alguno. Y el fin de semana volcada aquí, la comunicación con los míos por medio de aparatos, sin verlos, sin abrazarlos, sin volver al nido y a las bromas, que seguro ya las hay. Mi papá, indestructible. Hace un par de décadas casi se muere, de una infección extraña. He intentado regresar a lo que sentía, ¿qué pensaba, de unos ocho años, ante la posibilidad de su muerte? Es extraño no llegar al fondo del sentimiento, aunque quizá entonces hice una «operación psíquica consciente» de negación y autoengaño. Ahora todo es diferente. Las tragedias unen a las familias y eso es bueno pero es triste. Por la noche hablé con mi primo Bef, alguien que lo quiere y lee como yo, que vino a recordarme anécdotas y momentos aquí mismo, durante su visita a la feria del libro de Buenos Aires, como si mi papá, que no puede venir, hubiera viajado con él; además yo había querido hablar con él recientemente, los temas que quedaron en el tintero, una porción de la historia familiar que yo no conocía y que me relató, y otros asuntos y afectos compartidos. Aceptar, terminar de ver, que los nuestros envejecen. Lo intolerable. Después: la necesidad de volver al origen, de entender el sitio del que se proviene. La historia de la familia de mi papá está poblada de situaciones y personajes peculiares, y entre esa galería él no desluce como figura igualmente insólita. Como en tantas familias. ¿Y qué debo pensar de todo esto? ¿Cómo se lee un hecho así? Pudo ser peor (parecía peor, me confesó Bef) y sin embargo se salvó. Qué lo salvó, qué lo arrastró allí. ¿Cuál es el dibujo que busco ahora, el relato que intento contarme?

Salto de párrafo, total. Lo del Chapo. La estupefacción (no es asombro, no es indignación, no es ira, no es nada salvo estupefacción). Lo macro y lo micro. Las vidas privadas importan más que la trama histórica, pero se imbrican en ella. Entonces los chateos, las llamadas en Skype, los telefonazos a once pesos argentinos el minuto se vuelven insuficientes y requiero otra voz, cercana pero de otra manera. Había querido leer a Hebe Uhart desde que leí un perfil de ella en Anfibia y al llegar a Buenos Aires me encontré un libro suyo de cuentos, cuya compra pospuse. Este fin de semana se me apareció un par de veces y entendí que tenía que ir a buscarla. Como las montañas y una carretera, tenía la necesidad vital de leer cuentos. Y ahora que ya estoy leyendo uno de sus libros de cuentos (no debería, montañas de trabajo y de lecturas pendientes), y los maravillosos, extraños, felisbertescos y no, encantadores cuentos que se mencionan en su perfil y que se encuentran en línea («El budín esponjoso», «En la peluquería» y sobre todo, qué miedo, por el tema, por las plantas, por la visita en sueños de los que ya no están, «Guiando la hiedra»), me consuelo con esa luz. Por momentos. Después las lágrimas, otra vez. Y un frío de la chingada y la calefacción rota y mi papá, a quien operan hoy, y que pude perderlo aunque en realidad lo que permanece es el fantasma del temor y no sé muy bien cómo domarlo.

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1 comentario en “Fantasma del máximo temor

  1. Muy amena,tu plática,e insisto,tu papá,siempre orgulloso de su hija la escritora,y con un ánimo,capaz de atropellarnos a todos con su valentía y su coraje,otra faceta que no conocía de tu papi,besos sobrinas.

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