Empecé a escribir este post durante el elipse lunar pasado.
Escribí: Espero el eclipse. O más bien lo miro por intervalos. Me cuesta volver. A este lugar, a esta pequeña, ínfima plaza pública.
(Continúa hoy) Es el problema, que no encuentro mi tono. Quien decía, sabiamente, que el tono es la relación que tiene la persona que escribe con el texto creo que era Hebe Uhart, esa maga, y esa maestra. Ya no sé cómo regresar aquí después de tanto tiempo, tanto pago de url perdida.
Antes, aquí, y en mi otro blog, he tenido la costumbre de comenzar de esta manera un texto luego de una larga ausencia del www.com. La resistencia que pone, no el texto, porque acá -en este url- no es el problema -aunque a veces sí-: lo que se resiste es la mirada inmediata, sí, limitada, pero precisamente por eso terrorífica.
Los restos de las lecturas quedan para los resultados de búsqueda de usuarios del internet inesperados, que a veces -como en mi otro blog- se leían entero el chisme y me lo hacían saber. Desconcertante no obstante disfrutable -narc, narc de narcisista- sensación. Pero si no, para qué escribes aquí. O sea, cuál es tu punto. Qué buscas. Qué otra cosa buscas. Entonces tengo que preguntarme el motivo, porque podría escribir en mi diario. Aunque hace mucho tiempo que no escribo en mi diario. Mi libro fue mi diario, mi objeto sublimatorio durante un muy largo tiempo, y ahora lo tengo macerándose. A veces lo releo y durante esa relectura me ocurre lo siguiente: lo odio, me gusta, me avergüenza profundamente, lo admiro, llanamente lo tolero, luego siento profundo hartazgo por él, paso los ojos por las frases como quien revisa una traducción, que son palabras ajenas, y otra vez, en momentos felices, gusto de él. Pero es lo menos.
Corrijo con ojo de correctora de estilo, que pasa del Word al PDF y descubre con horror, magnificados o evidentes o como más grandes a mis ojos, tipazos, ¡faltas de ortografía!, repeticiones, errores que en la blancura del otro espacio se me hacían invisibles. Y ahí estoy subrayando, y cambiando unas letras por otras, como dactilógrafa neurótica y cansada. Una Macabéa cansada pero con fe.
Luego, acá y allá revuelvo la sintaxis. Agrego secciones e información; ideas que se me vienen de pronto y anoto en mi cuaderno. Pero el punto es que la cosa, la cosa esa, ya tiene un final, y la etapa de refinamiento es delicada, pero más fácil: la casa se construye tabique a tabique, entre varios esforzados hombres, con castillos de hierro y columnas de concreto, y en cambio la pintada te la echas en unos días o semanas. O quizá estoy en la parte de la instalación eléctrica y la tubería. La analogía es estupidísima igual, pero en algún, misterioso proceso de acabado me encuentro y, con eso, he dejado de dedicarle cada santo sábado a lo que antes era completamente informe.
Volví, pues, a mi fanfic. Vuelvo ahora a mi blog. He vuelto a escribir ensayos, también. Hace unos 5 años, cuando volví a mi pueblo, me dije que ya no iba a colaborar en medios, que ya no me iba a quebrar la cabeza pariendo un texto que se lee una vez y se olvida, que no suma nada, al final no suma nada, de colaboraciones no formamos una obra, de escribir en revistas no podemos vivir, hay que sentarse a escribir LOS LIBROS. En fin, me dije que todo mi ímpetu se lo entregaría al libro, o lo que quedara de él tras mis esclavizaciones cotidianas.
Al mismo tiempo, reentré a la maestría y aquel es un esfuerzo intelectual grande, aunque estimulante. Y me ha mantenido con un norte gracias a su llama intensa desde el invierno austral.
Explotada trabajando, obviamente.
Pero no hablaremos de eso, no hoy. Aunque se hablará, ¡se hablará!
Vi de reojo unas entradas anteriores y me sonrojé, pero siempre me pasa eso cuando releo posts viejos. Me dan vergüenza. Me da vergüenza escribir movida por la inspiración repentina, la rabia, el júbilo, la fuerza de la opinión clavada, el afán de la crónica, o cualquier acicate tonta y pasajero, y entonces sentarme a escribir postcitos.
Pero luego pasa que no me arrepiento de haber escrito aquí. Releer me hace recordar. Y entonces mirar las cosas con una luz nueva, y mirarlas más.
Aprendo a ver, como escribió Rilke en su Malte.
Aprendo a ver todo: antes, ahora. Mi futuro es una incógnita en la que tengo más esperanza que optimismo.
Cerrando de lo que creo que trató en su mayor parte este post escrito como se prepara una sopa Maruchan, es decir, con el menor esfuerzo y en el menor tiempo posible: yo quería dejar ese libro ya. Me hacía mucho daño. Pero también me hizo feliz, gocé muchas veces.
Luego: es muy posible que salga un libro fallido. Las apuestas -la vida misma- eran demasiado altas, y las probabilidades de fracaso, tanto más. Eso lo supe muy al principio y lo sé ahora. Pero, “estoy bien”. “Cero me afecta”. “Ganando como siempre”.
*justo ahorita anoté en mi bloc de notas dos cosas que se me ocurrieron, fundamentales en este momento, tal vez desechables en el futuro.
Mientras tanto, volveré al blog con:
- Reseñas dobles de “Principio, medio, fin” de Valeria Luiselli y “Los malaventurados” de Mariana Giacomani. El contraste entre estas dos novelas, entendiendo la novela como el artefacto novedoso por excelencia (se alzan cejas). Textos que incorporan la tradición novelesca y las exploraciones narrativas “contemporáneas”. Que son, ¿contemporáneas? (seguiremos a Agamben, attenti).
- Una queja estilo La Isla a Mediodía / posts pormenorizados de mi época más maniaca en el sur sobre la hórrida serie Adults, que nos llevará como siempre, de una manera u otra, a Girls, y por qué era tan graciosa al mismo tiempo que tremendamente seria, con una parada técnica a medio camino entre otra hórrida, aunque menos hórrida, que Adults, I Love LA. Podrá, o no, mencionarse The Comeback, Broad City, High Maintenance, Search Party, Portlandia, Nadie nos va a Extrañar, y otras series citadinas, “cartas de amor a una ciudad” *suena Iron City de Interpol.
Cambio y fuera.
(hórrida despedida)
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