28-01-21 // recuento de manía dic. 2020

Diciembre transcurrió en un parpadeo. A 200 kilómetros por hora. Por ahí del 10 de diciembre mi cerebro se sobrecalentó, empezó a salirme humito de las orejas. Pues sí, si la quieres, hay una explicación multifactorial. Las mezclas cerebrales se volcaron. Euforia, estrés y susto. Bueno. Estuve escombrando. Empecé escombrando mi espacio, luego el de mi madre, luego el de la casa Campo Real, lastimando mi cuerpo en el proceso. La manía, las llamadas, los incontables mensajes, y correos, y páginas furiosamente escritas a mano. La clasificación obsesiva, la organización del archivo. La purga. Hasta llegar a los actos sin registro, sin sedimento en mi memoria, que son los que más temo.

Ahora, tras gastarme todas mis sustancias del orden de lo bueno, ruedo cuesta abajo. Me entrego con suavidad a la melancolía, a la tristeza sin atenuantes. Todos mis planes grandilocuentes y mesiánicos se han hecho humo, nada. Si en diciembre no dormía, ahora me cuesta hasta socializar. Hice tratos con medio pueblo, acabé con una bici usada renovada, color verde, y objetos nuevos y reparados que no necesito. En números rojos, claro. Bloqueada en Twitter y pasada de largo por otras personas. Me acuerdo de las cosas que dije y escribí, y siento palpitaciones y arrepentimientos. A lo hecho, pecho. Mi rostro, cuando no duermo, adquiere un semblante tenebroso. Recuerdo momentos, recuerdo además muchos momentos felices, todos a prisa y en la antesala de otras cosas importantes por llevar a cabo. Escribirme en clave simbólica una vez más, consignando y organizándolo todo. Ah, y la violencia. El arrebato y la violencia.

Miro por la ventana mientras escribo este post, nuevamente dueña y señora de mi blog. He recuperado esto que es un proyecto y otra cosa muy cara para mí. Entonces, miro por la ventana: hay un tractor trabajando en el campo, pasa un coche solitario por la calle que antes no existía. Un silencio de pueblo. Estuve en D.F., la ciudad semivacía y más vivible, departamentos en renta y venta por todos lados, qué ganas de que me sobraran unos milloncitos. Pero la tinta negra se esparcía en el agua y decidí volver. Necesito permanecer en mi cueva, necesito una soledad inquebrantable.

 

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